Blogia
El blog de Angel Arias

Temas de política general

Al pairo: Los conceptos de usabilidad y accesibilidad aplicados a la Unión Europea

Los conceptos de usabilidad y accesibilidad son de uso común en el mundo de las webs, como parámetros útiles para medir sus virtudes o defectos.  La usabilidad de una web sería la facilidad con la que el usuario accede a la información que busca, medida, por ejemplo, en el número de clics necesarios para obtenerla ("Ley de los tres clics").

Para conseguirla, es importante la gestión de los archivos, que deben estar estructurados y jerarquizados adecuadamente. Para las webs de organismos públicos y grandes empresas, que ofrecen miles de páginas de información, interconectadas con otros servidores, y que tienen muchas visitas simultáneas realizadas en su mayoría por usuarios que no disponen de conocimientos informáticos (tal vez el 90% de los visitantes), una alta usabilidad es clave. Las tecnologías para gestión y actualización de archivos (tipo Fatwire, el socio de Indra) se encargan de que las webs cumplan adecuadamente su objetivo de informar e interrelacionar los contenidos.

La accesibilidad de una web, por su parte, puede entenderse tanto como por la capacidad de suministrar información a los colectivos con problemas de visión, auditivos u otras discapacidades (quizá el 3% de la población), como por la posibilidad de hacer las consultas a la web desde una plataforma móvil -por ejemplo, un teléfono portátil- .

Ambos conceptos están de moda, y, por ejemplo, el comunicólogo Enrique Dans revela en su blog que la web del Congreso de los Diputados español, no tiene ni usabilidad ni accesibilidad. Vamos, que por muy orgullosamente que la presente en portada el presidente Manuel Marín, desde el punto de vista tecnológico es un fiasco, "un ridículo espantoso". Y eso que costó alguna cantidad entre los 200.000 euros que afirman desde el Congreso y los 14 millones de ídem que especulan los malvados, aunque esta última cifra debe incluir, además, la renovación del mobiliario y el artesonado.

Porque una creación corporativa virtual como la del Congreso va a ser muy visitada y sus contenidos deben poder actualizarse y priorizarse con rapidez y facilidad. Si además no es fiable, para qué os cuento. Porque parece estar afectada por terribles vulnerabilidades que esos destructores de barreras virtuales, que son los hackers, ya habrán descubierto y ridiculizado, para escarmiento del ego de sus creadores y mejora del malestar de la Humanidad.

Bueno, pues si dejando el mundo virtual me acerco al real, y aplico ambos conceptos a la reciente reunión mantenida por los altos mandatarios de la Unión Europea en Alemania, por los que se negociaron las bases para un nuevo Tratado que sustituya a la no-nata Constitución Europea, resulta que, en mi opinión, esta Unión de Comerciantes y políticos tiene escasa usabilidad y poca accesibilidad, al menos, para la mayor parte de los ciudadanos europeos, a los que les gustaría contar con un espacio común de verdad, seguramente asentado más sólidamente en las regiones que en los Estados.

Los motivos que mueven la maquinaria europea y la fiabilidad de la información copiosa que se pone a disposición del ciudadano interesado (¿el 3%?), son cada vez más oscuros, y es casi imposible enterarse con pocos clics mentales de los motivos y razones por los que se discute tanto en esas graves y fatigosas (por lo que parece) reuniones de los representantes de los Gobiernos. Así que de accesibilidad vamos muy mal.

Pero es que la usabilidad es prácticamente nula. Cuando leo las crónicas de los debates, llenas de anécdotas vanales, tensiones inextricables y enfados incomprensible, entiendo que las fotografías que reflejan el evento se esfuercen en mostrar la buena sintonía personal que existe entre los Presidentes y Primeros Ministros, capaces de sentarse al sol para intercambiarse chascarrillos en mangas de camisa, mientras esperan el momento de volver a casa con los éxitos que se habrán inventado entretanto para convencerse de que la reunión no ha sido inútil. 

Alguna razón tendrá Rajoy, presidente de la oposición española y seguramente futuro presidente de Gobierno, para afirmar que los intereses españoles han sido defendidos por Polonia, quiero decir, por los gemelos Kacsynski. Los mismos que han ordenado mostrar limpieza de sangre y prohibido el top less en su territorio, entre otros avances de claro tufo antidemocrático. 

Jugando en corto: Manual para negociar con nacionalistas o con terroristas

Mi argumento es muy sencillo: si alguien defiende que debe ser tratado con atención especial, por origen, por etnia, por su superior coeficiente intelectual, por mayor poder económico o fáctico, por su elevada tradición cultural,...; en fin, por cualquier imaginable o imaginario principio de cuantos la inventiva del ser humano se ha obstinado, generalmente, de forma burdamente interesada, en proclamar que su diferencia lo hace superior al resto de los mortales, pues, qué se le va a hacer, aunque no me será fácil deshacerme de la idea de que está equivocado, o de que persigue su propio beneficio a costa del de otros, negociaré con él. Yo le ofreceré comprensión a su petulancia a cambio de que el me apoye en mejorar el destino común.

Pero si alguien organizara una banda para, con los mismos o parecidos argumentos, matar y lesionar a unos, extorsionar a otros, amedrentar a aquellos, insultar a todos los que no son de su grupo, pretendiendo que debemos darle la razón porque tienen las pistolas y los puños de hierro con los que hacerme daño, no negocio. No tienen nada que darme a cambio.

Los perseguiría implacable cuando detectase que han cometido un delito, vigilaría sus guaridas, sus contactos y movimientos, airearía lo desleal de sus argumentos y actuaciones para con la colectividad que representara, y defendería y protegería a sus potenciales víctimas, asumiendo el fracaso de haber fallado en la salvaguarda de quienes hubieran sufrido un atentado.

Por favor, que no se confundan nacionalistas con terroristas. No son del mismo pelaje. En una situación de guerra, -incluso nosotros, los que abominamos de la guerra- entendemos que se defienda con las armas y con todos los medios posibles, que el enemigo no nos avasalle.

Quienes arropan sus pretendidos argumentos nacionalistas o separatistas colocando bombas a los pacíficos y matando a diestro y siniestro a semejantes, con el único objetivo de elevar la cuota de sus extorsiones y continuar viviendo de su delincuencia, no pueden pretender tener ideales, y no hay nada que puedan ofrecernos a cambio.

No es posible negociar con ellos, porque no son iguales a nosotros, y sus argumentos (los que tengan) se mueven en un paraje que no tiene que ver con la dialéctica. El hipotético manual para negociar con ellos está manchado para siempre con las páginas sangrientas de sus víctimas y han de saber que todas sus hojas estaban en blanco, sin argumentos ni propuestas por nuestra parte.

Otra cosa es, como mi querido compañero de bachillerato Angel Aznárez, -hoy afamado notario- argumenta en un artículo brillante que leo en Tribuna en la Nueva España del 17 de junio ("En aquel tiempo y en este momento"), es que nos influyan los terroristas, que se hayan entrometido en nuestra democracia, y quieran retorcer nuestra libertad juzgando a nuestros gobernantes o dando argumentos a los opositores. De ese peligro adicional debemos también saber curarnos.

Jugando en corto: Programas, personalismos y dimisiones en política

Como consecuencia de los malos resultados obtenidos en Madrid por el PSOE, ambos cabezas de lista, Miguel Sebastián y Rafael Simancas han dimitido. Las razones alegadas por cada uno son diferentes, los apoyos obtenidos entre los militantes, cualificables. Las consecuencias, sumables: la agrupación del PSOE de Madrid, en donde supongo que se integra el mayor número de afiliados de este partido, está desunida (qué paradoja) y su crisis ha salido a la luz pública, debilitando aún más la intensidad del mensaje que se intentó dar en estas últimas elecciones municipales.

¿Cuál era el mensaje?. Pensé que debía ser algo así como que el PSOE era un sólido partido de gobierno, con un programa perfectamente moderno, de estructura orgánica sólida y homogénea, y con voluntad hacia el exterior, receptiva y adaptativa.

Me he permitido comentar en este Cuaderno mi previsión de lo que iba a pasar y, si con mis escasos elementos de juicio para valorar la situación, vaticiné la derrota, tengo que suponer que en la sede del PSOE el resultado más probable era archi-esperado. La fortaleza de los candidatos-antagonistas del PP eran muy evidente, y su imagen pública, favorable.

La dificultad para encontrar un candidato/a a la alcaldía de Madrid que ofreciera digna oposición a Gallardón, se demostró ardua: todos los preferibles desde  su mayor imagen pública, escabulleron el bulto, señalando a otros o al vacío con el dedo. El sostenimiento de Simancas como alternativa a Aguirre aparecía como una compensación sicológica para quien se le había birlado la Presidencia de la Comunidad por decisión de dos prófugos; en claras palabras: por traición; pero Simancas tiene más bien la imagen -que también dió Barranco- de diligente chico de los recados.

Lo que ya no resulta tan fácil de entender es que los candidatos del PSOE no hayan contado con todo el calor de su partido. Desconozco los entresijos, pero los síntomas son muy evidentes. Los comentarios posteriores de algunos directivos de esta opción política, inequívocos: desde dentro, algunos deseaban que los candidatos perdieran, y dejaron de hacer lo posible para que no fuera así.

En lo que tengo oído y leído, el programa del PSOE para Madrid no ha sido criticado desde dentro del partido, sólo los personalismos. A mí me parece que ahí hay un error importante. Las elecciones no las pierden o ganan únicamente los candidatos, porque, si eso fuera así, habría que tratar de convencer a una figura de los media y olvidarse de los programas.

Ya les valdrá algunos, si les sirve para blanquear la expiación, que les caigan rayos y truenos en las cabezas a estos dos bucos emisarios (que, como me sucede con todo perdedor, me caen aún más simpáticos)- Pero, para mí,  donde hay que concentrar los esfuerzos de revisión no es en Madrid, sino en replantear la coherencia interna en un partido que gobierna actualmente en el Estado. Hay que hacerlo -perdón por la ingerencia- más abierto, de funcionamiento más democrático, y, sobre todo, más ilusionado, menos fachada y más trabajo interno, y no solo político, sino técnico.

El síndrome de la UCD planea sobre todos los partidos políticos que tienen muchos barones que guardan sus ideas para emplearlas, preferentemente, cuando les llegue su ocasión. El PSOE parece haber caído víctima de ese maleficio.

Así no se ganan las elecciones, y menos, si enfrente se tiene a profesionales que lo están haciendo bien y detentan ya el poder. Aunque desde su oposición se pretenda ver fisuras en el apoyo que les presta su partido, viendo la paja en el ojo ajeno sin notar la viga de ala ancha en el propio. Esa falta de objetividad en juzgar lo que pasa, magnifica la labor del criticado, porque para el electorado independiente que, aquí y en todas partes, son (somos) mayoría lo que cuentan son las nueces.

 

A sotavento:Metáforas para después de votar

Cuando las diferencias ideológicas entre los partidos eran más señaladas y la inexperiencia con respecto a la participación ciudadana, más profunda, lo normal (hoy diríamos, lo cool) era manifestar desinterés por la política. En particular, empresarios, directivos y técnicos, proclamaban, a poco que se les implicara, su neutralidad, es decir, su aversión a que se les tomara por gente de izquierdas. "Yo soy un profesional; a mí no me importa quién gobierne, con tal de que me dejen actuar". Así hemos vivido algunos años.

Las declaraciones de indiferencia eran, sin embargo, falsas. Claro que importaba cómo se gobernara. A impulsos de la presión por cambiar las cosas, por actualizar y modernizar las instituciones, por abrir la economía, la cultura y los estamentos sociales a las mayorías, tenemos hoy en España una de las sociedades más tolerantes del orbe conocido, un sistema educativo de baja intensidad pero muy distribuído, y fórmulas de prestaciones sociales, sanitarias y hasta jurídicas, novedosas; caras, algo caóticas, pero democráticamente muy avanzadas.

Había, entonces -hablo de los setenta y ochenta, jóvenes-, miedo, por parte de algunos -los que cuidaban de no manifestar su opción para no arriesgar el condumio, puesto que se entendía que los que controlaban la economía real eran gente de derechas-, y ambición, por parte de otros -los que, sin importarles fundamentos, se arrimaron al ascua calentorra, modificando sus pelajes según soplaba el viento-; no faltaban, claro, los convencidos y leales a los principios, que los hay, tanto a las reglas del conservadurismo como de la evolución... La Historia muestra que han caído muchos, unos en brazos de Decepción y otros desaparecidos en beneficio de Desfachatez, Incuria, Envidia y Ambiciones Desmedidas.

Los políticos se han hecho profesionales al tiempo que los ciudadanos nos hemos convertido en escépticos. Si hay que manifestarse ideológicamente, a salvo de los militantes que han encontrado acomodo laboral, generalmente en las Administraciones públicas, lo aconsejable es hablar del tiempo.

Como resultó cada vez más difícil diferenciar izquierdas y derechas, los contendientes políticos se han refugiado en el calor de sus correligionarios y simpatizantes irreductibles, ya que los pesebres aportan plazas suficientes para llenar cualquier salón de actos, y tratan de llamar la atención del público que los ve por televisión a base de gritar y aparentar que se dan bofetadas, como en los combates de lucha libre americana.

En las elecciones municipales se nota mucho la dificultad por diferenciar los programas. Casi todos se copian, prometen el oro y el moro, e insultan al contrario, sacándole trapos sucios de la trastienda. No digo que no queden muchas cosas por hacer, pero las dificultades económicas para cumplir programas ambiciosos son evidentes.

Necesitamos gestores que trabajen en beneficio de los demás y no en el suyo, que movilicen equipos, creen ilusiones, y no tengan afán de notoriedad, sino -simplemente- capacidad y ganas de hacerlo bien.

Si estuviéramos en una travesía, ¿utilizaríamos solamente la mitad de la tripulación?. Si se levantara tormenta, ¿emplearíamos la mayor parte del tiempo en discutir si habría que dar media vuelta o encarar el temporal?. Si el barco tuviera una vía de agua, ¿nos preocuparíamos de colocar los adornos para celebrar el aniversario de su botadura?.

No soy tan estúpido para no tener claro que debemos seguir mejorando, o ignorar que los avances se consiguen principalmente a base de mejorar la productividad de todos y arrancando dineros y poder de decisión unilateral a los que los tienen, procurando encontrar fórmulas de distribuir los resultados del esfuerzo común, en mejorar la calidad de vida de los que más lo necesitan. El cumplimiento de ese programa elemental no debiera ser patrimonio de ningún partido político. Controlar que se cumpla es responsabilidad de todos. Como hace tiempo que no creo en las revoluciones, mantener la presión del cambio es fundamental para que avancemos, sin estrellarnos. 

Por eso, a la hora de votar, algunos vienen (venimos) eligiendo apoyar a minorías. No conseguirán gobernar en solitario, pero cabe la opción de que se mantengan vigilantes para guiarnos por la niebla entre los vítores y aplausos. Y cuando vemos que uno de los elegidos por los partidos mayoritarios lo hace bien, no nos cuesta ningún trabajo dejar lo que tenemos entre manos, y tenderle, con nuestra admiración, la alfombra de respeto y brindarle la colaboración más leal, el esfuerzo desprendido.

Al socaire: Queda inaugurado este destrozo

Al socaire: Queda inaugurado este destrozo

Como en España estamos en época electoral -los pueblos eligen el 27 de mayo a sus concejales, es decir, indirectamente, a los alcaldes-. los que tienen el poder actualmente, inauguran mucho. Es ley de vida representativa.

Llevados de un furor interino, cuando se aproxima el momento de la reelección, los mandatarios se apresuran a cortar cintas, colocar piedras, plantar árboles, visitar barrios marginales (ay, tal vez, hasta entonces marginados), y hacer todo tipo de cabriolas por las que se puedan arrancar devociones de última hora. Tanto unos como otros, gobiernos como opositores, jalonan nuestro espacio vital con sus grandes fotos de sus caretos en las que se los ve sonrientes, o sea, ufanos. Cabría preguntarles: ¿De qué se ríen Vds., señores y señoras compromisarios?. Y de refilón, espeto: ¿Es tan importante para Vds. que se les vea jóvenes, emprendedores, y dinámicos?

Este es el juego: A un lado de la línea del fragor, los opositores a los actuales equipos de gobierno, argumentan que la gestión de los que ahora terminan su mandato ha sido desastrosa. Expresiones más usadas: "se han aumentado las desigualdades", "las obras realizadas no funcionan", "la corrupción ha crecido", "los despilfarros han sido cuantiosos" y "las medidas adoptadas, inútiles".

Al otro lado del percal, todos estos argumentos son cuidadosamente replicados, por lo genérico y por lo particular, desde las filas del gobierno: "las obras eran imprescindibles", y las que no lo eran se han realizado para dotar de un impulso copernicano que "el pueblo demandaba" a gritos, los gobiernos anteriores -en los que la oposición regía- sí que "han sido malos", "la continuidad con lo que se ha hecho es ahora imprescindible", y, en fin, los que critican "no tienen ideas ni programas".

Miren Vds., señores que defienden con uñas y dientes sus gestiones o señores que maldicen las obras de los demás. Para mí, la forma de medir la credibilidad de sus posiciones -de unos y otros- debería tener otros baremos.

La cuestión de este pazguato se centraría en su capacidad de demostrarme, a priori, dos cosas: 1) que han llegado a una época de su vida en que no les importa ya el dinero que puedan acumular y 2) que tienen conocimientos, equipo y actitudes para entender con perspectiva lo que necesitamos para mejorar nuestro bienestar. Me refiero al bienestar colectivo. En conjunto, la idea que expreso es que me deberán garantizar que no van a utilizar lo que aprendan desde la res publica para beneficiar a ningún particular, y que acceden al puesto no como medio, sino como fin de sus vidas profesionales. 

No es necesario que me concreten su programa, basta con que me convenzan que serán capaces de adaptarlo cuando los ciudadanos decidamos, con los procedimientos de participación adecuados, que, en aras de la oportunidad, queremos modificar lo que tenemos.

Cada vez que leo que un antiguo ministro, alcalde, concejal o presidente de Gobierno está ahora asesorando a una compañia privada, y cobrando cien veces más que lo que le pagábamos por defender lo que es de todos, me pregunto por qué dejamos que eso sea posible, y cómo se sentirían los grandes grupos si un antiguo presidente o consejero delegado estuviera actuando ahora como asesor privado de un ministro, enseñándole al pueblo las cosas íntimas de la res privata.

Queda inaugurado, en fin, este destrozo. Los cabos de la cinta están en nuestras manos.

Al socaire: ¿Es posible ser independiente?

Al socaire: ¿Es posible ser independiente?

Una de las obsesiones del hombre es la de consecución de que se me haga justicia o se haga mi justicia, entendida, por supuesto, como el objetivo individual en el que un ser superior nos confirme que las razones que hemos tenido para actuar de una determinada manera -perjudicial para terceros-, son más valiosas que todas las demás alternativas.

En busca y plasmación de ese ideal, que a veces puede concudir a una valoración bastante espúreo de la Justicia, el ser humano ha construído a lo largo de la Historia una sinfonía de arreglos, normas y componendas. Porque, ya que prácticamente todos los individuos de nuestra misma especie han nacido con la misma preocupación, y ni los más listos ni los que ven aplastado su derecho, suelen ser los más fuertes, la situación nos hubiera llevado a que si tuviéramos que solventar nuestras diferencias a mamporros, -ejercicio posiblemente útil para mantenernos en forma-, junto con el despilfarro de energías, solo se llegaría a la selección de los más brutos para dirigir nuestros destinos.

El "yo, más", o "el mío más grande o mejor", o "yo soy más listo que tú", no son, en fin, sino derivaciones del pensamiento principal de creer que formamos parte del ombligo del mundo. Podíamos solventar las diferencias con otros ante toda la colectividad erigida en juez del caso, no nos lleva a una solución practicable, porque la inmensa mayoría de los conflictos importan un rábano a los no litigantes.

Además, demostrar la solvencia a base de hacer pruebas de acceso continuadas, test de idoneidad, torneos, justas y certámenes, también nos absorbería demasiado tiempo. Por eso, solemos caer en la designación digital de los mejores, con métodos más o menos depurados.  Así es, será y ha sido, en las empresas, gobiernos, escuelas, conventos, organizaciones deportivas, grupos mafiosos, premios literarios, etc.

La Historia muestra, en fin, que a las sociedades que han venido eligiendo convencionalmente -con formas, en los casos más relevantes, muy sofisticadas- a algunos de sus miembros para convertirlos en mejores, no les ha ido tan mal. Príncipes, sabios, jueces, presidentes, obispos o bramanes han salido airosos, por lo general, en la defensa de sus virtudes para el caso y en el desempeño cabal de sus funciones.

En caso de que alguien dudara de la razón del prócer o el prócer se viera obligado a confrontar las suyas con los de otras tribus, siempre se podrá acudir a tomar la decisión a porrazos, cuchilladas, castigos, marginaciones, cañonazos o bombas atómicas. Así se viene haciendo, y justamente en algunos casos muy importantes para la tranquilidad colectiva.

Gracias a la civilización, los humanos hemos sabido incorporar múltiples y sofisticados arreglos a la idea inicial, -que, recuerdo al lector, era tener razón y justicia por narices-, dando progresivamente facultades a interlocutores intermedios (juzgadores) entre los supuestos seres superiores y sucesivos niveles de seres inferiores. Siempre habrá discrepancias sobre el método, pero la cosa funciona. Así se han robustecido los poderes de reyes, jefes de gobierno, ministros, papas y ayatolás, magistrados, árbitros, jueces, catedráticos, universitarios, policías, mecánicos de taller, abades, monjas de clausura, peritos, guardias, ayas, etc.

Podría aparecer como ácrata con lo que estoy escribiendo, pero no quiero que se me vea radical, sino gracioso. Los métodos usados para seleccionar interlocutores intermedios por la sociedad no han venido tan mal, y especialmente a quienes han sabido aprovecharse de las circunstancias.

Si hubiera tiempo, cabría hablar por ese camino de cómo las religiones han servido para satisfacer las inquietudes de justicia de los buenos muy buenos y de los más pobres, (al menos, mientras estuvieran vivos...), controlando los ímpetus de unos y la desilusión de los otros. Pero ese camino está ya bastante trillado por mentes más claras que la mía, y hay importantes tratados sobre las consecuencias, sus razones, y la vigencia del concepto.

También sería factible referirse a la administración de Justicia (esta vez, con mayúsculas). Nunca nos acostumbraremos, -en especial, cuando perdemos un pleito-, a que una persona que ha superado diferentes exámenes con los que ha dejado probada su capacidad memorística ante un par de predecesores en su iter hacia el mismo signum, haya entendido nuestras razones y las de nuestro abogado, negándonos la pretensión que habíamos sometido a su buen juicio.

Si ganamos el pleito, el juez será para nosotros un figura, dios, un tipo inteligente y ecuánime. Si lo perdemos, no dudaremos en ponerlo a caldo, es un inepto, está corrupto, carece de experiencia. Al fin y al cabo, solo se le ha elegido por saber repetir como un loro resúmenes de dudoso valor literario cuyo sentido solo entienden plenamente sus propios redactores. No hay, en suma, argumentaremos, porqué correlacionar su capacidad memorística, con la capacidad de abstraerse de todo lo que es ajeno al caso que se le presenta, aplicando con libertad y objetividad una colección de leyes, principios, usos y costumbres cuyo conocimiento e interpretación completa es humanamente imposible... A fastidiarse tocan, pues.

No te complico más el argumento, querido lector. Hoy quiero referirme únicamente a la independencia de quienes han sido elegidos para un cargo relevante por el  partido en el Gobierno (el que sea) y reclaman su plena autonomía para actuar sin interferencias, de acuerdo con sus solos personales criterios, dejando al descubierto algunas tripas del sistema.

La España política reciente ha generado, por lo menos, dos personajes entrañables de este insólito objetivo: Manuel Conthe y Baltasar Garzón. La voluntad de ambos ejemplares de excepción en querer convertir un procedimiento bastante falseado para su selección -la designación digital- en un éxito del sistema, por haberlos elegido precisamente a ellos, levanta mi admiración. Su empeño en sentirse paladines en defender su independencia, especialmente contra quienes los escogieron, habría de ser objeto de meditación universal.

Qué valiosa información nos dan, qué recuerdos avivan en nuestra memoria colectiva. Porque, aunque ya ha sucedido otras veces, se estaba convirtiendo en algo muy raro que uno de los escogidos por la rueda de convenios, falsedades y ritos que la sociedad ha tejido para obtener intermediarios entre los seres superiores y los tipos de a pié, nos devolviera a nuestros orígenes, anunciando urbi et orbe que no eran libres, que estaban siendo mediatizados  por el poder y que, por ello, se les impedía tomar decisiones de forma independiente.

Habrá que escuchar lo que nos cuenta Conthe, habrá que seguir oyendo a Garzón. Ambos se conocen desde dentro el Sistema, y tienen, por ello, mucha más y mejor información que los demás. Han sido alimentados con el polen y la jalea real que solo reciben los que están previstos para abejas reinas. Se han escapado de la colmena cuando se dieron cuenta que solo les dejaban jugar el papel de marionetas, y que sus evoluciones tenían un guión.

Hace años, los hubieran arrojado a la hoguera o asaeteado con varas envenadas. Hoy pueden celebrar ruedas de prensa, dar conferencias y contarnos lo bien que podían haberlo hecho por nosotros, por la objetividad absoluta, por la Justicia como desideratum supremo, de haberles dejado seguir. Lo malo es que ya no tienen el mismo poder que antes para liberarnos de este enredo, si es que hay tal enredo.

Mientras aguardamos, impacientes, a que nos expliquen sus razones, y por si acaso los perdemos en la hoguera, habrá que desear que existan muchas otras larvas de abejas reina con adns mutantes que estén trabajando dentro de nuestra colmena enderezando los mecanismos para implementar su idea de orden, que es el orden absoluto.

Infiltrados que, felices y activos, todavía no se habían visto obligados hasta ahora a elegir entre su independencia y la idea de verdad, oportunidad o justicia que les querían imponer sus seres superiores, que son, también los nuestros. Me refiero a los que los nombraron para el cargo. Qué lío, qué regalo.

Al socaire: Zapatero responde directamente a Ciudadanos

Al socaire: Zapatero responde directamente a Ciudadanos

He visto la mayor parte de la emisión del programa de TVE1 "Tengo una pregunta para Vd...", que se estrenó con la intervención del Sr. Presidente del Gobierno de España, Rodríguez Zapatero, y que pretendió alcanzar, sin lograrlo ni de lejos, que se le plantearan cien preguntas.

No es mala la idea, pero la realización hubiera necesitado más rodaje antes de exponer al líder del Ejecutivo a un tiro al plato con preguntas de todo calado, por lo que apareció relativamente deslabazada. La imagen que dió Zapatero, visiblemente cansado en los últimos meses por la presión a que está siendo sometido por la oposición, no fue, desde luego, la de alguien que encaja las tensiones como quien lava y está en plena forma de empuje y dinamismo.

El Presidente del Gobierno estuvo más envarado y tenso al principio, y parecía estar pidiendo el descanso vacacional de la Semana Santa. Mejoró en la segunda parte. Su tono habitual reposado, frío, con visibles intenciones didácticas no ayudó a dar atractivo a una emisión en la que, si algunas de las preguntas parecieron incisivas, bastantes de las respuestas podían ser evaluadas como evasivas, genéricas o voluntaristas.

Pero con esto terminan mis reparos al programa. El mérito del Presidente, exponiéndose al final de su jornada habitual a una batería de preguntas sobre lo habido y por haber es muy alto. No tendrá en la cabeza tanto Estado como tenía Fraga (ni falta que hace, mejor saber quién lo sabe), pero sí que ha dado la impresión de que ningún tema le es ajeno, y, como más importante, que le preocupan sinceramente los problemas sociales del país.

No se puede pedir mucho más de una emisión en directo, en la que un conjunto dispar de ciudadanos, planteó pregunta tras pregunta, sin mucho orden ni concierto. Aunque las cuestiones y los temas habrían sido, supongo que formuladas previamente por escrito y con identificación hasta del árbol genealógico del emisor, implicaban un esfuerzo de memorización, conocimiento y claridad por parte de Zapatero.

Tampoco sé si los que intervinieron se sabían amenazados con las penas del infierno si se salían del guión, pero dieron la impresión de haber sido aconsejados para que no se comportaran de forma agreste, ni abuchearan ni gritaran. Por eso, no parecían estar en la oposición al Gobierno, y más bien podrían pasar por un grupo de amigos y simpatizantes del Presidente, prestos a admitir sus explicaciones educadamente, como alumnos aplicados o subordinados cogidos en falta leve.

Como contraprestación, Zapatero se presentó como un Presidente dialogante, comprensivo, algo servil -parecía un gerente que se explica ante su Consejo de Administración sin haber obtenido buenos resultados-. No parecía fácil sacarle de sus casillas y, para la ocasión, se notaba que se había prometido a sí mismo ser cordial, amable hasta la caricatura -trató de tú a casi todos los intervinientes- y suficientemente ambigüo si el tema suscitado era complejo.

Cumplió para el aprobado alto y seguro que captó nuevos admiradores, entre aquellos que valoran que alguien importante se siente con ellos, aunque sea para jugar al tute. No hemos aprendido nada nuevo (al menos, que no supiéramos). Faltaron los titulares para el periódico, pero mostró su talante conciliador, su capacidad para escuchar y puso en claro su voluntad de acercarse a los ciudadanos, desnudo de oropeles y de pajas.

Para mí esa comparecencia inusual suscita también algunos interrogantes al biés: Por ejemplo, ¿Se pretende que el Presidente encuentre con un programa como el de ayer una vía directa de acceso a los problemas ciudadanos, que no se consigue en los debates parlamentarios o con las fuentes de información establecidas?. Como supongo que no, que lo que se quiere indicar es que el Presidente está enterado de todo lo grave y que tiene soluciones o puede tenerlas, habrá que cuidar más la selección de preguntas -y el contenido de las respuestas-, para que se cumpla ese objetivo.

Otra pregunta sería algo así como: ¿Creen los asesores del Presidente que de esta forma, con respuestas sencillas a problemas complejos, se van a tranquilizar los ánimos de los inquietos?. Aquí ya no estoy seguro de la respuesta. El programa televisivo parece más bien dedicado a los partidarios y a los indecisos, que a captar a los disidentes, y ahí me temo que, de ser así, hay un error. Muchos de los hoy crispados desearían respuestas convincentes, porque no tienen nada que ganar con el enfrentamiento con las posiciones del Gobierno, y la crispación solo es el estado permanente de los hipócritas.

Cuando empieza a tomar cuerpo creciente un movimiento ciudadano que quiere reconstruir una opción política al margen de los partidos actuales, denunciando su endogamia y su alejamiento de los problemas reales, que el Presidente participe en el juego descendiendo a la arena de las preguntas directas, puede tener sus riesgos pero me atrae.

No estamos, al fin y al cabo, en Venezuela, ni Zapatero es un comunicador de masas, al estilo de Chavez (y ya no digamos, Castro en buenos tiempos). Su particular Aló Presidente de ayer es, en comparación al de Hugo, mucho más aburrido, como espectáculo mediático.  Pero como prueba de sinceridad y de acercamiento al ciudadano es un regalo para todos los que quieran entender el mensaje

Al socaire: Las manifestaciones de Gustavo Bueno y la filosofía de las de los otros

Al socaire: Las manifestaciones de Gustavo Bueno y la filosofía de las de los otros

Un amigo me envía un recorte de periódico en el que el filósofo Gustavo Bueno (padre) afirma -en relación con las manifestaciones organizadas en diversos lugares de España-,  que "son legítimas, y bienvenidas sean, porque el gobierno de Zapatero debe ser derribado como sea".

Gustavo Bueno fue mi profesor de lógica, cuando yo estudiaba Filosofía y Letras en Oviedo, y la sencilla explicación es que me había enamorado de una mujer de ojos verdes. Sus clases eran exasperantes, porque hablaba para su camisa, y llenaba el encerado de signos que, para mis compañeros y compañeras de aula, resultaban incomprensibles. Convertía la disertación académica en un festival de dobles implicaciones, conjuntos intersección y comosequeríademostrar. A mí, que ya era ingeniero por entonces, y a quien siempre me gustaron las matemáticas, aquella media hora de la tarde me servía de relax: disfrutaba tanto siguiendo sus elucubraciones como contemplando la cara de incomprensión de los aprendices de filósofo.

Según mi expediente académico, fui un notable seguidor de las enseñanzas de Gustavo Bueno -ay de mí-, aunque solo lo ví desde entonces muy ocasionalmente y mi vida se mantuvo alejada de los sublimes derroteros de la filosofía pura (acaso no de la impura). Pero compré y leí alguno de sus libros, y, desde luego, sigo sus intervenciones públicas, siempre interesantes, a veces desconcertantes, y con un punto de provocación que no oculta la voluntad de escandalizar.

El año anterior al curso al que me refiero, un alumno le había tirado sobre la cabeza, al salir de clase, un cubo de pintura roja. Ramón Valdés del Toro, que supongo era por entonces PNN o Profesor Adjunto de Etnología en la Facultad de Oviedo cuenta, en una entrevista reciente, que con ello el chaval quería significar que "Bueno era un gris, alguien de derechas". Debía ser durante el curso 1970-1971, si no calculo mal, y la Facultad de Filosofía era un hervidero de LCR, MC, PC, PTE, anarquistas, agnósticos y pasotas. No estoy de acuerdo con Valdés. En mi opinión, Bueno era solo "distinto". Y, desde luego, muy inteligente.

Para mí, Gustavo Bueno puede decir lo que quiera, porque lo argumentará bien con sus razones. Las suyas, claro, que no voy siempre a compartir. Me pasará con él como le debe suceder a Pedro de Silva, ex- Presidente del Principado de Asturias, y abogado, que pidió a Gustavo Bueno que le prologara su libro "Miseria de la Novedad" (Nobel 1993). El prólogo del maestro ocupa la cuarta parte del libro, y, en cierta medida, reestructura y corrige al filósofocantano. Y termina así: "Si no fuera por Carneades, no existiría Cleantes" (remedando a la que Carneades, el filósofo escéptico, decía de Cleantes, el estoico, que había afirmado que la razón de existir de su escepticismo era el estoicismo del otro).

Tengo la impresión de que Gustavo Bueno adopta ahora el papel de Rajoy frente a Zapatero, para que nos demos cuenta que uno no puede existir sin el otro. Lo que no resuelve el maestro es hasta qué medida ambos nos son, tal como se manifiestan, imprescindibles para avanzar hacia el futuro.

Tal vez mañana, Bueno asuma otra vez el rol de Zapatero frente a Rajoy, que es el que le gustaría que representara a algunos, y algún mozalbete le volverá a tirar -qué aberración- un cubo de pintura sobre la cabeza, creyendo que así hace una gracia a los rojeras, cuando lo único que estaría pretendiendo demostrar es la ignorancia del vulgo para entender a Cleantes. ¿Me explico?