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El blog de Angel Arias

Al pairo: El dilema de las Pasarelas, vestir o desvestir a las mujeres

Al pairo: El dilema de las Pasarelas, vestir o desvestir a las mujeres

El dibujo que ilustra este Comentario, "Mujer despojándose de su piel", desarrolla una idea que me sugieren, con frecuencia, los desfiles de moda (o de modelos, como también suele decirse). Esta semana se celebra en Madrid el acontecimiento propagandístico más importante de la moda española La Pasarela Cibeles, y, simultáneamente, tiene lugar en Londres la London Fashion Week.

En los últimos 15 años de la moda, vestir a la mujer parece que "dejó de estar de moda", para concentrarse la creatividad de los modistos en cómo desvestirla. Fruto de esa preocupación por desvelar algunas partes del cuerpo femenino -dentro de un esquema general que parecía haberse desplazado a dejar al descubierto ciertas zonas corporales que en la mayor parte de las ocasiones las mujeres se habían esforzado durante siglos en mantener ocultas a la vista de quienes no fueran sus amantes-, ha sido el progresivo redescubrimiento de las piernas y muslos, de los senos, del vientre, de las nalgas.

La contemplación de un desfile de modelos se convirtió así, para deleite de una mayoría masculina, en la visión complaciente de bellas mujeres enseñándolo casi todo, pasando a muy segundo plano valorar lo que llevaban, porque lo que vestían parecía tener como principal objetivo resaltar sus desnudeces.

Por eso, que la nueva generación de modistos vuelva a centrar su atención en vestir, en lugar de desvestir, a las mujeres, ha de ser una buena noticia para aquellos que seguimos creyendo que el vestido, en las relaciones interpersonales, además de servir para dar cobijo y calor al cuerpo humano, ha de ayudar a la ceremonia de la seducción, llamando la atención sobre lo que ellas (y ellos) guardan debajo.

Es decir, en su papel de reclamo sexual para captar el interés de aquellos con quienes nos gustaría compartir y a los que dedicar nuestros mejores afectos, el vestido no habría de descubrir impúdicamente lo que guardamos a la vista de la generalidad, reservándolo para la intimidad de dos en una alcoba.

Sé que a algunos puedo parecer un anticuado, pero no considero que la moda pueda tener bula para tratar a las mujeres como objetos, ni para que los llamados creativos en ese negocio del vestir lancen por intermedio de sus modelos, seudomensajes acerca de lo que piensan del mundo, de otros hombres, de las mujeres, de sí mismos.

La pasarela no es un periódico de masas, aunque el esfuerzo dedicada a la difusión mediática, las inmensas cantidades de dinero que mueve la moda y la indudable belleza de las modelos (sobre todo, de las que tienen talla superior a 40), nos hagan a veces creer que lo que se ofrece allí es increíblemente original, tribal, étnico, sexual, guerrero, andrógino, techno o nativo (utilizo, como se advertirá algunos de los adjetivos que dedican a un vestido los comentaristas especializados en calificar lo que muchos ni siquiera vemos, obnuvilados por la fuerza de la exposición corporal).

Por algo será que cuando una de esas chicas que ganan tanto dinero por ser hermosas, andar de forma peculiar y convertir a su cuerpo en plataforma de las elucubraciones de los sastres, y que dedican su primera juventud a pasar semidesnudas por la pasarela, cuando descubren el arcón con la ropa de sus abuelas, creen haber llegado al Paraíso y se ponen justillos, faldas de vuelo, chaquetas sastre, jerseys de pico, enaguas con pespuntes, acumulando capas de distancia entre su cuerpo y el otro, para que se detenga a verlas como mujeres y se las juzgue, sobre todo, por su personalidad e inteligencia.

Al socaire: Instrucciones para torpes sobre cómo arreglar una persiana

Al socaire: Instrucciones para torpes sobre cómo arreglar una persiana

Podría acompañar este Comentario con un esquema o dibujo, en el que se indicaran con letras o números los diferentes elementos y equipos que se han de utilizar en el proceso. Pero después de haber estudiado cientos de catálogos, folletos explicativos y manuales de operación y mantenimiento editados por prestigiosos fabricantes de toda gama de productos y maquinarias para intentar ilustrar desde cómo cambiar bombillas o bolsas de aspiradora, hasta desatascar hornos de convección o manejar grúas pórtico, pasando por ajustar motores de combustión y ensamblar muebles, he llegado a la conclusión de que no sirven para mucho. Incluso, la mayor parte de las veces, confunden al misionero.

Los modelos cambian rápidamente, las traducciones del japonés, coreano o chino a nuestro propio idioma o al inglés-tipo resultan casi ininteligibles, particularmente si están realizadas por un nativo de aquellos sitios lejanos que haya aprendido un español latinoamericano de otro chino, o al parecer, por correspondencia. Tampoco ayuda mucho guiarse por las traducciones a otros idiomas y comparar lo que se dice en ellas, porque frecuentemente parecen estar pensadas para aparatos o equipos diferentes.

Lo mejor sería tener ocasión de observar a algún profesional con práctica, que nos dejase meter la nariz en lo que hace sin enfadarse mucho. No será, por lo general, posible. Además, no todos los días va tener uno que cambiar la lámpara de cruce al coche, así que no hay mucho estímulo en aprender a hacer cosas que no se van a utilizar más que un par de veces en la vida, y por eso, la mayor parte de la gente cree que lo mejor es confiar que no se tenga la mala suerte de que se vaya a fundir la bombilla o romper la correa del ventilador antes de que se le de el pasaporte al utilitario, pongo por caso.

 

¿Cómo interpretar, por ejemplo, la expresión “emulación de legado de teclado/ratón USB”? (expresa en el manual Toshiba, epígrafe Setup y passwords, pag 7-11) ¿Cúal sería la utilidad prevista de la indicación “Introduzca la placa pastelera orientando su lado inclinado hacia la puerta del horno y deslícela hasta el fondo”?  (Horno Bosch , “instrucciones de manejo”, HBN 216 TEU; Etc

 

Lo que pretendo, por eso, en este Comentario, es simplemente trasladar a mis lectores la posible satisfacción de corregir un desarreglo doméstico de los que, con toda probabilidad, se han de producir unas cuantas veces en la vida, y siempre que aparecen, causarán  malhumor y sensación de desgracia en las mejores familias. ¿De qué hablo?. Me propongo explicar cómo arreglar una persiana.

Una persiana de las más tradicionales, de esas que se necesita tirar de la cinta para que se vayan enrollando en el cajetón. Si contamos el número de persianas tenemos en casa, y añadimos las de nuestros familiares y amigos, y quizá -si escribo para lectores de fortuna- añadimos las de las segundas y terceras residencias (qué curiosa denominación), llegaremos a la cifra de un par de centenares. Es, por ello, muy probable que una vez cada año (sobre todo, durante las vacaciones) tengamos ocasión de demostrar nuestra habilidad.

Pongámosnos en escena. Un día llegas a casa y tu desconsolada pareja te comunica que se ha roto la cinta de la persiana. Observas el caso, y diagnosticas que, además, las varillas de la persiana se han encasquillado. Cosa grave, pero con solución. Riñes a tu pareja por el desaguisado, para robustecer tu autoridad y también ganar algo de tiempo, y te vas al lugar donde guardas tu caja de herramientas.

Te proverás de varios destornilladores -con cabeza plana, al menos, la mayoría, porque quizás necesites uno de estrella-, un martillo, lápiz, regla, cartabón o escuadra, una sierra manejable (para madera), puede que unos guantes. Pueden ser convenientes algunos clavos y tornillos. No quiero ser gafe, pero podrías necesitar un poco de mercromina o alcohol, para curarte los rasponazos de los brazos por la condenada correa de la persiana que gira a toda velocidad cuando se suelta, y alguna vez se te acabará escapando.

Te pondrás la camisa más vieja que tengas, y te colocarás una gorra en la cabeza, que te cubrirá del polvo y de la suciedad general que se acumula en los sitios a donde no llega jamás la aspiradora, y que son donde proliferan y tienen su residencia principal las especies animales y vegetales que conviven con la especie humana
. Pides una cerveza, para irte animando y empiezas tu trabajo, sin desfallecer ni un momento.

Orientado hacia la ventana, verás encima de ella un cajetín de madera, que habrá sido pintado y repintado cientos de veces. Mal asunto. Podría bastar con meter uno de los destornilladores bajo la tapa del cajetín y hacer fuerza, -hacia tí-, para conseguir liberarlo de sus abrazaderas. Pero como alguien habrá puesto el aire acondicionado de pared impidiendo la apertura total del cajetón, será necesario cortarlo para permitir el acceso a la persiana rota.

Con el  lápiz y la regla trazas una línea recta - o casi-, paralela al lateral del cajetín y salvando el obstáculo que presenta el módulo de refrigeración, y, guiándote por ellas, sierras son cuidado la madera, hasta conseguir liberar todo el giro del cajetón. La parte final del aserrado tiene su complicación, y a lo mejor necesitas adoptar posturas inconvenientes. Nuevo trago de cerveza.

Puede ser que alguien haya puesto un tornillo o un clave, más o menos hacia la mitad de la tapa, en la creencia de que nunca más habría que abrirlo, o para hacer más estanca la misma, o, sencillamente, para putear. Deberás descubrir donde está, raspando la madera un poco, y, una vez descubierto, desatornillarlo o sacarlo. 

Por fin, habrás conseguido quitar la tapa, y ante tu vista aparecerán algunas varillas torcidas, y seguramente confirmarás que están rotas las cintas o cables que unen la persiana al cilindro sobre el que debe enrollarse y desenrollarse, y puede que incluso esté rota la correa que sirve para tirar de la persiana, y que se enrolla a su vez en un cajetín más pequeño, provisto de un muelle tensor, que está abajo, a la altura de tus rodillas. ¿Lo ves?.  

No hay problema. Tomas un trago de cerveza, y con la cabeza (en la que te habrás puesto la gorra) sostienes la tapa del cajetón. Seguidamente, vas alineando las varillas (también llamadas lamas por los expertos) con cuidado de no destrozarte los dedos, para que puedan pasar por el hueco por donde se ha de deslizar la persiana recompuesta. Es conveniente empezar por las que sean/estén más fáciles de mover, ayudándose de uno de los destornilladores.

Cuando lo hayas conseguido, deberás comprobar que el cilindro polea en donde se enrollará la persiana no está desencajado. Si es así, encájalo. A la derecha (o izquierda, según los casos) del cilindro está el disco en donde se habrá de enrollar la correa que sirve para subir o bajar la persiana. Clavados en la madera del cilindro, habrá dos o tres cintas - en el caso más grave, sueltas, porque se habrán roto las hendiduras de la última lámina de plástico de la persiana; esas cintas sirven para unir la persiana al cilindro, y por eso, debes hacer que pasen, cada una de ellas, por una hendidura de la lámina; si la más próxima a la perpendicular está rota, pues únela a la vecina.
 

Será la hora de recordar cómo funciona una polea. Para que la persiana pueda elevarse cuando tires de la correa será necesario que, estando colocado el cajetín en el hueco adecuado, y cuidando de que no esté retorcida, el resto libre de la correa esté enrollado en el disco.

Para que eso suceda, con la persiana completamente bajada, deberás atornillar los dos o tres clavos-tornillo que sostienen las cintas, pasándolas antes por la parte trasera del cilindro de madera, y clavándolas, en fin, por la parte delantera. Solo así conseguirás que cuando se tire de la correa de la persiana, para ir desenrollando la parte que está en el disco del cajetón, el rodillo de madera gire y las cintas que están clavadas a él vayan enrollando simultáneamte la persiana al rodillo.
 

(Atención: para que la polea funcione, la correa de la persiana debe estar totalmente enrollada (o casi) en el cilindro plano que quedará tapado por el cajetón de madera; y si, entre tantos tejes y manejes, has desmontado esa correa, debes engancharla a ese cilindro y enrollarla, girando el cilindro siempre hacia fuera (hacia la ventana), haciendo algo de fuerza (contra el muelle), y de manera que la parte visible desde tu posición de la correa enrollada sea el lado plano, no el hendido; esto es, el palo de la "q")

Bueno, otra opción es que llames a un arreglador de persianas. Suelen tardar unos dos o tres días y quizá el que venga tenga  a la mano estas indicaciones. Tú podrás dedicar tu tiempo libre a cosas seguramente más provechosas, no te mancharás las manos, la camisa ni la cabeza, y, sobre todo, no te pondrás de mal humor si no consigues nada de nada. 

Pero si sigues estas indicaciones, y tienes éxito, te aseguro una gran satisfacción, en nada comparable a cualquier otra que hayas tenido en tu vida. Arreglar un elemento casero produce una inmediata secreción de adrenalina, aumenta la estima de tus próximos, refuerza el yo.

Para terminar de animar a los indecisos, afirmo que si alguien no entiende lo que he escrito y el tono irónico de este comentario, el problema es suyo.

Mi autoestima también come, caramba.

Poema por San Valentín

Poema por San Valentín

Transcribo más abajo el poema romántico que, con ligeras adaptaciones,

figura en la web del restaurante AlNorte, y está dedicado a todas las parejas

-ya muchas- que han iniciado o consolidado su amor en él.

Sirva esta inclusión aquí como homenaje a todos los enamorados,

en el día de San Valentín de 2007.

Al atardecer de una calle tranquila
entre un muro de iglesia y un arco romántico,
me crucé con tu sonrisa. Los dos íbamos solos.
Yo estaba torpe hasta entonces en mi día.
Hacía solo miércoles, ganaba la desidia. 

Me preguntaste por un nombre de local: AlNorte,
y yo que lo sabía, hice sin dudar que fuera mi destino,
y te conduje hasta allí. Así que, entrando juntos,
nos llevaron a la única mesa libre que aún quedaba.
Tú movida por la curiosidad, yo por tus motivos. 

Mesa veinticuatro, supimos. Un hueco para dos,  
lugar idóneo.
Refugio para estar a cubierto de testigos. 

Llenaba de bruces el local
un murmullo de gente distendida,
que era  rumor de olas que rompían, -o a mí me sugería-
y a ti te pareció que soplaba brisa húmeda
de árboles con sombras de colores,
como en mi tierra, -dijiste-dispuesta  
a compartir mesa y mantel
conmigo, tu desconocido. 

Cambió mi tarde.
Me acordé de los guisos de mi madre,
de las veladas en el porche con las primas,
de los mirlos cantores que anidaban
en el naranjo del huerto cada año,
de las ocasiones de amor, de las caricias. 

La carta de tentaciones que trajeron
se afianzó en nuestro gusto, prometiendo
un recital de sabores que fuimos confirmando
al tiempo que tus encantos y ensueños transformaban
palmo a palmo, venciéndolos,
mis ruinas y temores en campo de alegrías. 

Entre plato y plato, yo me zambullía
en el mar de respuestas que me dabas
para saciar mi curiosidad de peregrino,
y buceando como un niño hasta ignotas raíces del ingenio,
me despertaba inocente entre tus calmas
al costado de gracia, con tu mano
apretada
por mis sueños, mecido
por tu serenidad, apetecida.
 

Hice lo posible por merecer nuevos regalos
del tiempo en cada brazo, persuadido
de tener un triunfo de diamantes en mi vida,
y ya casi me faltaba por saber si nada ataba
tu libertad para proponerte otras razones,
cuando a los postres dudé si no sería mejor
dejar que todo se quedara como estaba,
por temor a arriesgar perder que te tenía. 

Prolongando la ocasión pedí una sopa tibia de corduras,
con cuajadas y senderos de canela
y cuando con el café alguien sensato puso unas dos copas,
teorizaste sobre lo grato de dejarse querer por la sorpresa,
y añadiste otras cosas sobre el estricto placer
de andar en buenas compañías,
de vivir sin forzar cada momento,
de no calmar la sed en vano, sino impulsar el gusto,
poniendo tanta intención en las palabras,
con tan dulce mesura
que al despedirme de ti, con resabios de miel
y un teléfono con tu nombre en la cartera,
me pareció apreciar que en la ciudad caían,
alcanzadas al vuelo, despistadas, jugosas, coloradas,
las primeras cerezas del verano
cuando aún no apuntaba  primavera. 

 

A sotavento: Libre albedrío para elegir entre helado de fresa o chocolate

A sotavento: Libre albedrío para elegir entre helado de fresa o chocolate

El tema de la libertad con la que abordamos nuestras decisiones ha preocupado desde antiguo a los seres humanos. Los filósofos han elucubrado mucho al respecto, en posiciones que varían desde la negación absoluta de nuestra capacidad para decidir (determinismo nihilista, que nos sitúa al mismo nivel que los animales, los vegetales y las cosas inanimadas, aunque con la falta sensación de creernos libres), hasta defender la completa libertad del ser humano para elegir sus opciones, y ser, por tanto, plenamente responsable por ellas, gracias a un enlace entre el mundo material e inmaterial que se podría llamar alma. 

La sociedad ha cambiado a lo largo de los siglos, y mucho más en este pasado inmediato, su percepción de la libertad con que cuenta el ser humano. Bastará referirse a la valoración que se hace de las distintas responsabilidades penales ante una misma conducta (negando aquellas a ciertos individuos, a los que se considera inimputables, u otorgando a todo el mundo, elementos de modulación, e incluso con exención de responsabilidades cuando se incorporan determinados factores ajenos que influyan sobre la percepción y capacidad de reacción del sujeto).

Sin ánimo de polemizar, se ha cambiado, por ejemplo, en muchos países la valoración respecto a la orientación  homosexual, que ha variado bruscamente en casi todas las sociedades avanzadas desde ser considerado una aberración o una enfermedad, hasta ser visto como algo natural, es decir, consustancial o predeterminado para ciertos sujetos, que no podrían actuar de otro modo, justamente en ejercicio de la libertad que les impone su condición sexual, igual que no cabría forzar a un zurdo a que escribiese con la mano derecha, sin violentar su capacidad de elección, orientada precisamente a favorecer su mayor habilidad genética usando la mano izquierda.

Si bien es cierto que cabe reconocer que lo que entendemos por ejercicio de la libertad, proviene en algunos casos de claros condicionandos genéticos, parece prudente colocarse en una postura intermedia en esto del libre albedrío, y estar atentos tanto a la observación de uno mismo y de los semejantes, como al cambio de posiciones colectivas al respecto.

Quizá nos encontramos en un inmenso esceneraio en el que, como sucede cuando vamos a un restaurante, nuestra capacidad de selección se limita a lo que figura en la carta. Puede ser que en algunos locales más condescendientes con el cliente podamos solicitar el cambio del acompañamiento al plato principal (vegetales o patatas fritas) o tengamos éxito en lograr que en lugar de una merluza a la plancha nos la sirvan rebozada. pero estaremos de acuerdo que la posibilidad de elegir, en su grado máximo, estaría condicionada por las vituallas que hubiera en el frigorífico y la capacidad de hacer del cocinero, además de por nuestro presupuesto.

En un plano general, todos admitiríamos que la capacidad de libertad del ser humano está condicionada por su situación social, su formación, su carácter, y la época en que le ha tocado vivir, por citar solo alguno de los factores relevantes.  Por cierto, esa percepción de la capacidad del ser humano para juzgar sus grados de libertad, ha sido utilizada para avanzar (o retroceder) en el hecho religioso imponiendo imaginativas, pero también previsibles, restricciones a los semejantes adeptos, con el acicate de que serían necesarias para alcanzar diferentes grados de bienaventuranza en una vida superior, después de la muerte.

Estos mandamientos o prescripciones van desde lo muy razonable, como, por ejemplo, no matarás a tus semejantes y honrarás a tus padres, hasta cuestiones más difíciles de cumplir o inconsistentes, como no desearás a la mujer de tu prójimo (en especial, perdóneseme, si es hermosa), o no beberás bebidas alcohólicas o no comerás carne de cerdo. Incluyen también prescripciones  de alto contenido exótico, como la de no trabajar en determinados días, abstenerse de comer carne en ciertas épocas salvo que se adquiera un permiso especial, o quedar liberado de toda sensación de pecado si se cumplen algunas condiciones y penitencias, incluído, por supuesto, el pago de diezmos, óbolos y primicias.


Me impresiona también leer que algunos de los mejores creativos en el mundo de las artes, e incluso desde la elaboración científica, reconocen haber realizado sus creaciones más alabadas bajo la influencia del alcohol o las drogas, y, tal vez, haber recibido la inspiración por casualidad, o, en ocasiones, haber imaginado que una mano invisible guiaba su pluma (ahora, mejor diríamos, su ordenador ) por caireles predeterminados. 

Recientes experimentos parecen demostrar que somos seres mucho más influenciables de lo que creemos y que lo que suponemos adoptar libremente, podría estar teledirigido. En cualquier caso, lo que hacemos, incluso en los momentos más brillantes, podría ser considerado como que no es sino descubrir lo que ya está allí, y, además, utilizando procedimientos científicos o reglas empíricas, pero precisas y preestablecidas, con sus axiomas, metodologías, criterios, etc. 

Admitámoslo, pues, aunque nos pese. Nuestro libre albedrío es en buena parte una componenda de nuestra imaginación, y somos víctimas de tactismos que provocan en nosotros reacciones que podrían deducirse exactamente a priori. No sé si cabría caer tan bajo como vernos simplemente como máquinas de carne, consumidoras de energía y productoras de acciones,  como expresan algunos investigadores en neurología, demasiado apasionados por lo mucho que puede teledirigirse de los seres humanos.
 

Para esta corriente científica, estaríamos limitados en el campo de nuestros deseos, y el libre albedrío solo podría ejercerse desde nuestra capacidad para llevar a cabo o rechazar lo que nos apetece. Lo que deseamos está, para ellos, ampliamente predeterminado, y nuestros grados de libertad solo se refieren a un espacio de muy pocas dimensiones. Me apetecería, por ejemplo, vivir en una casa estupenda con vista al mar, pero como no tengo dinero para comprármela, mi capacidad de optar está entre alquilar una vivienda o endeudarme por treinta años. Me apetecería ser consejero del presidente de Gobierno, pero como no tengo acceso a él, me contento con escribir en un cuaderno que leerán unas 30 personas cada día. Me apetecería...

Es fácil imaginarse el grado de frustración que produce en cada indiividuo la consciencia de tener predeterminado lo que desea y limitado lo que puede hacer. Quizá por eso, la mayor parte de los seres humanos ven programas estúpidos de historias reales o inventadas y llenan los campos de fútbol o se amontonan para escuchar música emitida a varios decibelios por encima de lo que sería aconsejable si fueran libres para elegir lo que les gusta.
 Para huir de la frustración que produce no poder elegir, en una especie de suicidio intelectual colectivo.

Los que se dedican fenéticamente a resolver crucigramas o sudokus -y advierto que el fenómeno se está extendiendo- están resolviendo en realidad un problema ya resuelto, y no se podrá decir más que están utilizando su supuesto libre albedrío para incorporarse al determinismo que otro ha creado, y que, a su vez, es prisionero de la obligada combinación de conseguir un resultado que coherente y repetitivo, combinando números o palabras, porque la solución que se encuentre a un sudoku a un crucigrama es única, viene forzada por un lenguaje determinado y es válida solo para un sistema numérico concreto. 

Puede ser que solo estemos resolviendo un gigantesco Sudoku. Aunque me resisto a creerlo, parece que la evolución científica y sociológica nos está imponiendo cada vez más líneas obligadas de ese crucigrama en el que suponíamos podríamos elegir libremente la combinación de números o palabras, y en lugar de ser creadores, seríamos redescubridores de una solución ya conocida.

Uff.

Al socaire: ¿Se ha perdido la noción de para qué sirve un título universitario?

Al socaire: ¿Se ha perdido la noción de para qué sirve un título universitario?

La problemática de la creciente desviación entre la Universidad y la empresa es evidente para cuantos venimos observando el deterioro de los objetivos universitarios. Prisionera la Universidad de su pasado reciente -hay que recordar cómo llegaron a profesores titulares una buena parte de los actuales catedráticos, desde su posición previa de PNNs cuyo mayor mérito era estar allí en el momento oportuno y haber decidido dedicarse en exclusiva a la docencia-, ha resultado para su mayor mal, juguete de la dinámica política de los crecientes poderes autonómicos y víctima propiciatoria de una mal entendida "titulitis" social, que condujo a la proliferación de centros y diplomas, subordinando los criterios académicos al oportunismo político.

Universidad y Empresa son dos elementos autónomos. La empresa viene regida fundamentalmente por el mercado, que tiene una componente de variación tecnológica y de actualización importante, pero que también opone claras resistencias al cambio brusco en buena parte de los sectores y, naturalmente, cada empresa tiene sus propias reglas que pueden conducir en casos aberrantes, pero no inexistentes, al nepotismo, la corrupción o la ignorancia. La Universidad está condicionada por la necesidad humana de saber, y de difundir ese saber efectivo para que los mejores continúen el desarrollo de las generaciones anteriores.

El mercado debe ser para la Universidad un objetivo secundario, pero la mayor parte de los estudiantes universitarios enfocan hoy su paso por las aulas con el objetivo de obtener un título que les permita obtener un trabajo lo mejor remunerado posible. Esta posición crea un conflicto de intereses entre profesores, alumnos, sociedad y empresas, que no solamente no parece resuelto sino que se complica cada día, porque se quiere dar ocasión a que opine todo el mundo, como si la situación pudiera cambiarse por completo, modificando la dinámica propia de la enseñanza universitaria, permitiendo que todos hablen sin que nadie oriente el debate.

Hace unos días se presentó, en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales el estudio "Las competencias profesionales en los titulados. Contraste y diálogo Universidad-Empresa", un trabajo conjunto entre Accenture y Universia. Uno de los objetivos del informe era analizar la desviación entre la oferta universitaria y la demanda de las empresas, en relación con las cualificaciones de los titulados. 

El informe detecta una grave falta de competitividad y dinamismo en el sector universitario, que se traduce en déficit de formación. Existe una importante diferencia entre la sensación de satisfacción autocomplaciente de los docentes y la de los discentes, en cuanto a la formación que se imparte o recibe, respectivamente (89% y 50% respectivamente), pero aún me parece más importante que el 77% de los profesores universitarios están satisfechos respecto a la competencia de los egresados, lo que solo es confirmado por el 44% de las empresas. 

Es muy grave la situación por la que está pasando la Universidad española. Los planes de estudios son obsoletos, están sobrecargados, y en buena medida son inútiles o estériles, tanto para ofrecer una información satisfactoria desde la perspectiva de saber más y mejor, como, desde luego, para garantizar un puesto de trabajo a los universitarios.

La diferencia de formación con la que llegan a la Universidad los jóvenes es patente y dramática, y los desniveles entre las Facultades y Escuelas que imparten teóricamente similares programas de estudio y que deberían conducir a títulos equivalentes, intolerables.

La Universidad se ha cargado de sin-sentidos. No tiene sentido que tengamos a nuestros jóvenes estudiando hasta los 30 años para jubilarlos a los 45 o 50. No tiene sentido costear una Universidad que regale títulos que, obviamente no servirían para nada. No tiene sentido mantener e incluso hacer proliferar Facultades en poblaciones que no disponen ni del profesorado, ni del alumnado, ni de los equipamientos necesarios. No tiene sentido que las empresas –entendiendo aquí por tales las agrupaciones empresariales y los grupos de entidad- no participen en la mejora de los programas. No tiene sentido que enseñanzas con gran contenido técnico y práctico sean impartidas por profesores que han pisado las industrias solo de visita guiada. Como no tiene sentido que se explique pintura, pongo por ejemplo, solo a través de diapositivas.

Hay, ciertamente muchos factores controvertidos que concurren ante la apertura del mercado en la Unión Europea en 2010, en que termina el plazo para la convergencia europea según los acuerdos de Bolonia, con la modificación de los títulos de grado y postgrado y la propuesta de potenciar los programas en prácticas que realiza el informe me parece muy razonable.

En efecto, la Universidad no puede garantizar el empleo de sus egresados, pero debe ser plenamente responsable de darles una enseñanza seria y completa, en relación con los programas importados, por personal cualificado y motivado, y con materias permanentemente actualizadas, útiles para la formación del discente y su satisfacción personal. No puede consentirse que se convierta en una máquina de generar insatisfacciones y críticas, cuando el objetivo central de la Universidad, irrenunciable, es potenciar la capacidad del ser humano para ser feliz y hacer más felices a sus semejantes, impartiéndo a los universitarios saber, incluído el espíritu autocrítico para intentar hacerlo mejor.  

Al socaire: Si quieres mejorar tu inglés gradualmente, vete a Tokio, y luego a Ciudad del Cabo

Al socaire: Si quieres mejorar tu inglés gradualmente, vete a Tokio, y luego a Ciudad del Cabo

Cuando participo en una reunión de angloparlantes, provenientes de varios países, incluídos aquellos en los que el inglés coincide con su lengua materna, me acuerdo del pulido británico que subió a la tribuna de conferenciantes en una convención a la que asistí en Budapest. Intervenía después de una ponencia fonética y gramaticalmente penosa de uno de los colegas japoneses, y empezó diciendo. “Espero que los diligentes traductores, después de haberse enfrentado con el inglés de los franceses, el de alemanes e incluso el de los japoneses, no vayan a desfallecer ahora con el inglés de los ingleses”.

Parece un chiste, pero no lo es. Las mayores dificultades de traducción por parte de los intérpretes, la producen los nativos de la que es para ellos su segunda lengua, porque tienden a hablar rápido, improvisan sus comentarios respecto al guión original, tienen un discurso más desordenado y se comen los finales de las palabras. Si, como sucede habitualmente con las reuniones internacionales, el idioma oficial es el inglés, todo va bien hasta que les toca hablar inglés a los ingleses. Entonces se producen los penosos silencios en la transmisión por los auriculares, corren las azafatas con ánimos desatados para avisar al conferenciante de que tiene que disminuir la velocidad de su discurso, y los traductores deben disculparse porque dejan frases a las que les falta el complemento circunstancial, o la mitad de las oraciones subordinadas.

Los que tenemos con frecuencia que expresarnos en una lengua que no es la nuestra, sea o no el inglés, preferiríamos que no nos apabullasen con un lenguaje florido, en el que se mascullan la mitad de los finales de palabra y no se nos trasladara la equívoca impresión, atendiendo al rostro de nuestro interlocutor, de que los tiempos exactos de los verbos jueguen un papel sustancial para comprender el sentido de una frase.

¡Cuántas divertidas conversaciones y que estupenda sensación de amistad he podido crear con italianos o brasileños, chapurreando una mezcla de lenguas vernáculas con añadidos para mayor precisión de nuestro acervo común de palabras en inglés!. Y qué molesto -on the contrary- resulta advertir que nuestro interlocutor parece tener dificultades en comprender nuestras –in our own opinion, of course- atinadas filigranas, desde su pedestal de dominio del idioma que le dieron sus padres (his/her mother´s language). Como si el mérito no fuera el del otro, el del que se esfuerza en expresarse en una lengua ajena...

He notado que existen tres actitudes generales, que me atrevo a calificar de estereotipos, cuando se trata de calificar la paciencia del genuino angloparlante frente al extranjero que habla en inglés con su mejor voluntad, pero con lagunas: el americano actuará como si su interlocutor lo entiende todo, largándole amplias y complejas parrafadas, intercalando abreviaturas y nombres de lugares exóticos y personas que no conoce ni su padre, sin que le importe demasiado la respuesta o el comentario del otro. Resultan, en general, estupendos maestros para el segundo nivel linguístico y para elevar la autoestima, y para darles cuerda solo se necesita hacer medianamente bien un par de preguntas. El problema está en saber qué es lo que nos han dicho, en especial si tenemos que contárselo a terceros.

Los ingleses, en particular los educados en Oxford, se negarán a entendernos, con lo que la conversación languidecerá por ambas partes, acabando en un inane intercambio de frases cada vez más cortas, sobre la familia, el tiempo, el trabajo y la comida inglesa. Resulta interesante la situación para acomodar la autoestima y estimularnos para conseguir un mejor conocimiento del idioma de Shakespeare de inmediato (Por cierto, ¿era ese Sheikspir, el que escribía obras de teatro infumables?).

Aunque podría presumir de hablar inglés perfectamente, puesto que estoy escribiendo en mi idioma preferido, debo reconocer que mis interlocutores deseados son los sudafricanos y, en segundo lugar, bastante más distantes, los australianos. Hacen esfuerzos por entenderte y, con un poco de hábito, acabas entendiéndoles casi todo, porque se aplican en emplear un vocabulario restringido para ponerse a tu altura. Y hablan de todos los temas imaginables, sin cortarse un pelo. No puedo decir nada especial acerca de las mujeres sudafricanas o australianas, pero si demuestran tanto interés en otras actividades como en las realacionadas con la comunicación, ríanse mis lectores masculinos de las italianas. Bueno, y ríanse mis lectores de los italianos, de paso.

Por cierto, digo esta última tontería -nonsense- porque he leído en un periódico italiano que más de la mitad de las naturales del país de la bota simbólica hacen el amor una vez a la semana, lo que las coloca en el primer lugar del ránking europeo -¿a ellas, o a sus parejas?-, seguidas a corta distancia de un pelotón diverso en el que figuran las españolas. Espero que la frivolidad de este comentario no desaliente a los sesudos seguidores de este Cuaderno, si es que los tengo, pero de vez en cuando me parece que toca cachondearse un poco, aunque el objeto de la risión seamos nosotros mismos -ourselves-.

O.K.?

A barlovento: Preocupación por la extraña muerte de una cuñada de Don Felipe de Borbón

A barlovento: Preocupación por la extraña muerte de una cuñada de Don Felipe de Borbón

La muerte de Doña Erika Ortiz Rocasolano, la hermana menor de la Princesa de Asturias, está despertando un lógico interés público -especialmente en España, por supuesto-, que se concentra en la compasión y condolencia hacia el terrible impacto del suceso en una familia discreta en sus comportamientos, aunque permanentemente observada, y respetada como símbolo de un país que se ha modernizado con éxito desde un atraso de decenios.

El casamiento de Don Felipe con una plebeya, y divorciada, supuso en su momento una sorpresa general porque se creía que el sucesor de la Corona estaría seleccionando a su futura cónyuge dentro del reducido elenco de jóvenes de sangre real o, al menos, la elegiría con un pedigree de acrisolada nobleza.

El acercamiento del pueblo a los detalles de la boda principesca, con toques de cuento de hadas y novela romántica para adolescentes, se tradujo inmediatamente en un aumento de popularidad para Don Felipe, al combinarse el efecto mediático tanto con la comprensión por el pueblo llano del aspecto tan normalmente humano de su relación sentimental, como con la voluntad del aristócrata de sellarla a los ojos de Dios y de los hombres con su paso por el altar, por encima de opiniones de consejeros y de juicios de conveniencia.

El entorno de Doña Letizia pasó a ser analizado entonces con máxima atención, incluso con desfachatez, por los buscadores de noticias, que hurgaron en todas las esquinas de la historia, removiendo el pasado y sus circunstancias, de una mujer normal, sin duda intelectualmente brillante, elevada a la posibilidad de ser un día Reina de España. El respeto y discreción hacia las cosas de la familia real se trasladó hacia la propia Princesa de Asturias, pero los demás miembros de las familias Ortiz y Rocasolano quedaron más expuestos, dependiendo únicamente de su discreción y opacidad el quedar a salvo de la penetrante curiosidad del llamado periodismo del corazón.

La Princesa-periodista soportó perfectamente, incluso con elegancia especial y gallardía, la presión mediática, pero parece en cambio haber causado efectos muy perjudiciales sobre su hermana pequeña, que no habría podido sobrellevar sin enojos la persecución de los colegas de Doña Letizia, ávidos por conocer detalles de su vida privada, lo que habría forzado su desconcierto y profundizado su depresión.

Las circunstancias de su muerte han despertado intrigas de descarado contenido morboso hacia las causas de la misma, que fue, al parecer, el suicidio por la ingesta masiva de barbitúricos.  La curiosidad se extiende también a los motivos que pudieron haber llevado a una hermosa e inteligente mujer de 31 años, con trabajo atractivo y relaciones personales que cabe suponer envidiables, a tomar esa decisión irreversible, por graves que fueran los problemas, sentimentales o de otra índole, que estuviera sufriendo.


La familia real ha agradecido la discreción de los media en el tratamiento de la noticia, y especialmente, lo ha hecho Doña Letizia, que se sentía muy unida a su hermana y que estará, naturalmente, terriblemente afectada. Por otra parte, se reclama incluso en algunos sectores la máxima discreción sobre el tema. Pero, ¿qué es lo que se puede entender aquí por máxima discreción?. Cabe muy poca discreción cuando se trata de un acontecimiento que afecta a la familia consorte de un miembro de la realeza. Y, aún menos se podrá ser discreto si la muerte de esa persona para-pública se ha producido, como parece, por la ingesta masiva de antidepresivos.  

A mí, particularmente, me ha hecho pensar esa muerte, en la madre de la joven. Quiso la casualidad que yo coincidiese con ella, y la identificase, porque, para mi sorpresa y la de quienes me acompañaban, viajaba tranquilamente en metro sin aparentes medidas de seguridad, apenas dos o tres días antes del infausto suceso. Nada la distinguía, en su comportamiento y vestuario, de los demás viajeros. Entendí de inmediato que era la suya una familia sencilla, despreocupada, normal, elevada de pronto a la necesidad de asumir estar en el centro de todas las miradas.

 

Y como pienso en la madre, mi mente va hacia el dolor que debe estar sintiendo si se confirmara lo que ahora para los demás es especulación, pero que para ella debe tener más elementos de certeza. Si fuera así, si la razón de la muerte fuera el suicidio, la cuestión me lleva hacia la consideración de los peligros del uso de antidepresivos, negocio que mueve más de 60.000 millones de euros al año, y que se pueden obtener sin problemas, recetados alegremente como si fueran una panacea.

Numerosas investigaciones han probada que estos estimulantes actúan como inhibidores de la metabilizacioón de la serotonina, lo que produciría, justamente, en tratamientos de cierta duración, efectos contrarios a los deseados: migrañas, dificulltades respiratrorias, ansiedad, depresión, propensión al suicido, negación u ofuscamiento de la realidad, e incluso tendencia al crimen violento. Una situación con analogías a la que el LSD generó en su momento, que se creía una droga mágica, y que hoy tiene como elemento principal al que apuntan muchas miradas críticas, el Prozac y otros antidepresivos de uso común. ¿Servirá la muerte de Doña Erika para extraer consecuencias en esa dirección?...

En todo caso, si esta especulación se probara completamente errada, pido disculpas por el atrevimiento, y me retiraré a mis habituales comentarios de efectos anodinos.

Dibujo comentado: Joven echada (oleo, 1978)

Dibujo comentado: Joven echada (oleo, 1978)

Este óleo, que representa a una joven lectora en un paisaje en parte imaginado, en parte real, de mi amada Asturias, es una de mis preferidas obras del comienzo de mi madurez creativa como pintor, en una etapa en la que lo simbólico-figurativo empezaba a señalarme el camino.

El árbol -un castaño- y parte del paisaje está pintado al natural, y representa uno de los viejos resistentes a la contaminación y el abandono del bosque astur. El paisaje umbrío ha sido complementado, en el estudio, por una pradera luminosa, en la que añadí, en una distorsión de la figura muy frecuente en mis representaciones, a a una joven echada, que medita, interrumpiendo la lectura que está haciendo. Su postura, sensual, resaltada por el color rojo de su vestido, en contraste con la verde naturaleza, permite entender que no está sola, y que a quien mira es a la persona a la que ama.

Es un óleo de 73x56 cm, y en la esquina inferior se puede leer, a tinta indeleble: "San Bartolomé, 1978". Para mí, este cuadro no tiene precio. Varias veces me propusieron comprarlo. Uno de mis amigos, por los años ochenta, pretendió cambiármelo por la reproducción facsímil del Akathistos, de Edilán, que, agotada, tampoco tiene precio. Apareció en mi casa, y luego de una velada muy entretenida, me lo regaló, pero a mí no consiguió convencerme.