Pasará algún día. Por suerte, dado el bajo nivel educativo de nuestra juventud -y la falta de consideración general hacia el prójimo de la que es necesario hacer alarde para sobrevivir en la jungla social-, el momento tiene pocas probabilidades de suceder. Pero sucederá, así que prepárate.
La escena es la siguiente: transporte público con todos los asientos, incluídos los previstos para personas con algún hándicap (minusválidos, embarazadas, ancianos), ocupados. La mayor parte de los que están sentados, jóvenes.
Observando quizá mejor la personalidad de quienes realizan el viaje con sus posaderas venturosamente apoyadas en los bancos, se encontrará desde algún atlético joven que apoya negligentemente una de sus piernas sobre la plaza de al lado, inutilizándola, hasta adolescentes aparentemente absortos con sus móviles, o niños y niñas de seis a diez años a los que sus mamás ( o algún amante de la infancia) han cedido generosamente su plaza. Etc.
La mayor parte de los envejecientes estarán de pie. Habrá un par de gentes especialmente invisibles que, incluso, puede que lleven muletas, o porten pesadas cestas de la compra, o, simplemente, su penosa/digna vejez a cuestas. Si, como supongo, estás en el metro, no faltarán en tu vagón, pasando raudos como exhalaciones, en oleadas sucesivas, la menor rumana llevando en bandolera un bebé, -quizá propio, quizá de alquiler, siempre verdadero-, el par de músicantes estridentes maltratando tus oídos y lo que tocan, el borracho que pretenderá ilustrar a su vecino sobre el pecado de leer mientras se viaja, apestando él a calimocho. Acaso, un grupo de portalibros habrá organizado una timba en el suelo.
Tú, como haces siempre, esperas apoyado en la pared de la cabina a que te conduzcan a la estación de destino. Procuras no mirar a nadie, porque en los transportes públicos no se debe mirar, bajo pena de sonrojo capital. El tiempo pasa, inane, hasta que, de pronto, una voz de mujer interrumpe tus meditaciones: "Señor, ¿quiere sentarse?".
¿Es a tí?, dudas. Levantas la vista del suelo, y observas que una joven sonriente te ha hecho la pregunta. Puede que el primer pensamiento sea, qué linda. Pero, pronto,recapacitas en que, con ese interés educado, te acaba de echar encima todo el peso de la edad. La realidad de los años que, hasta entonces, tratabas de ocultar.
Mientras replicas, azorado, algunos balbuceos sin sentido, declinando la oferta, el pudor de que te hayan descubierto las ojeras, el tiempo adosado, las desganas y rotos de la vida, te hará enrojecer, irremediable, hasta las cejas.
La educación te ha jugado esta vez una mala pasada. Que te sea leve, compañero. Has entrado por la puerta de la vejez, y de allí no se sale más que por otra nada angosta.