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El blog de Angel Arias

Linkweak, el antihéroe: Tiras 125 a 128

Linkweak, el antihéroe: Tiras 125 a 128

Aquí encontrará el lector nuevas tiras (entrega de la lámina 32, con 4 tiras) de la historieta trágico-cómica de Linkweak.

Linkweak, como saben sus seguidores, es un técnico en sistemas evolutivos, que fue despedido de su empresa un viernes cualquiera, por motivos aún desconocidos, cuando ya había cumplido los 50 años. Había sido un trabajador entregado a su actividad, serio y eficiente, y se creía imprescindible.

Lanzado a la crudeza del mundo laboral, Linkweak trata de reencontrar su camino, replanteándose muchas cosas. Con nuevas gafas de entender su mundo, debe moverse entre jóvenes tiburones sin muchos escrúpulos que han copado algunos de los puestos clave de la sociedad y viejos tiburones sin muchos escrúpulos que controlan la parte sustancial del cotarro.

Es una historia para sonreir, y, si apetece, para pensar. Me gustaría publicarla algún día, puede que con fines didácticos. Hasta entonces, tengo un inmenso placer (de verdad) en compartirlo con los amigos que seguís este Cuaderno.

La historieta que tengo publicada hasta ahora se puede encontrar en el enlace: http://alnorte.es/linkweak.php

A sotavento: Tarifas eléctricas, Decretos autonómicos y mantenimiento de la red

La Comisión Nacional de la Energía (CNE) tiene el encargo, desde hace un par de años, de proponer la reforma del actual modelo de la tarifa eléctrica, que deberá tender a la eliminación del sistema actual, es decir, a la introducción de una metodología transparente que permita que los costes de las actividades reguladas se financien únicamente con los ingresos que se obtengan de la repercusión al cliente final, y que los costes de generación se repercutan con transparencia a los precios finales.

Una papeleta nada simple, pues, en su momento, se prolongaron los precios regulados para los grandes consumidores industriales hasta 2010, florecen las tarifas subvencionadas para las nuevas energías "alternativas", y se mantienen, por variopintas razones, los viejos esquemas tarifarios. 

La historia es fácil seguir, porque ha ido dejando huellas en el camino. Desde la "moratoria nuclear", y dada la decisión de recompensar las inversiones efectuadas por el sector eléctrico, se ha perdido el respeto a mantener la transparencia a las tarifas, incorporando en ellas complementos que se mantenían, aunque hubieran perdido su sentido original. Con la hipotética liberalización del sector, que anunció el gobierno del ex-Presidente José María Aznar, se establecieron unos “costes de transición a la competencia”, garantizados, y por ello, convertidos en elemento de financiación de las eléctricas.

Otro elemento exótico, -obligado porque a pesar de la liberalización las tarifas fueron constritas a mantenerse por debajo del IPC-, es el “déficit de tarifa”.  Este curioso elemento dió tranquilidad a las empresas para no actuar sobre sus costes de generación y manntener la línea ascendente de beneficios.

Como el que no llora no mama, las compañías eléctricas se han venido quejando en los últimos años de que el tope máximo del IPC para las tarifas las hace insuficientes para cubrir los costes rampantes. Alegan que las materias primas son más caras, el Tratado de Kyoto los cuesta dinero, debido al Plan Nacional de Asignación (PNA) para las emisiones contaminantes.

Pero la falta de transparencia tarifaria también les crea problemas a sus beneficiarios. La interesante perspectiva de armonización del Mercado Ibérico de la Electricidad (Mibel), con una potencia instalada de 80.000 MW, no es posible aún debido a la discrepancia de criterios para las tarifas eléctricas en Portugal y en España.

Así las cosas, el objetivo de claridad y uniformidad en el modelo de revisión de las tarifas ha sido sometido a nueva presión, con las medidas previstas por el Gobierno de Esperanza Aguirre en Madrid, (Proyecto de Ley para el Incremento de la Cuantía de las Sanciones en Caso de Incumplimiento del Suministro Eléctrico).

Este Proyecto ya fue aprobado por el Consejo de Gobierno y remitido al Consejo Económico y Social (CES), y refuerza la Ley comunitaria 2/2007 de Garantía del Suministro, cuyo objetivo teórico ya era presionar a las distribuidoras madrileñas (Iberdrola y Unión Fenosa) para que realizasen más inversiones.

Presión que, en mi opinión, era muy necesaria, pues estas compañías se habían concentrado en robarse los clientes, descuidando la calidad del servicio, -sometido a parones, variaciones de tensión, obras sin aparente justificación ni planificación adecuada- hasta que se restableció una norma no escrita -supongo- de no agresión y alguien ordenó calma en el cotarro.

Se aumenta ahora la cuantía de las multas hasta 30 Mill de euros si no se reinstaura el servicio en períodos de tiempo aún más cortos (de 4 a 6 horas) o no se cumplen ciertas condiciones de inversión y mantenimiento (p.ej., una reserva de capacidad del 30% en las subestaciones).  

Desde luego, el efecto Barcelona pesa en el ambiente, y no solo porque las barbas catalanas hayan sido peladas, sino porque también lo fueron las propias madrileñas durante 2006, y no tiene el mismo efecto en los media que se quede a oscuras un pueblo de León o Jaén que una de las ciudades-símbolo de la modernidad de España.

Ignoro si las consecuencias por efecto colisión han sido analizadas en el aspecto que comento a continuación, y si el CES centrará su atención en un punto delicado: la incidencia en la solidaridad interregional. 

La tarifa eléctrica repercutida en España es única para todo el territorio nacional, a pesar de que la electricidad no es un producto homogéneo, y a que los costes el transporte y la distribución jueguen un papel importante, desde el origen de generación. Pero los precios al consumidor son aquí independientes del nivel de calidad del servicio o el estado de las redes y de la procedencia de la energía consumida.

Esta situación se debe a medidas de solidaridad y política económica general, que comparto. Como también comparto que los precios del agua (otra de las "utilities") sean diferentes para cada abastecimiento concreto, dadas las muy variadas formas de acceder a este recurso, y su calidad, según las zonas.

Desde luego que las cosas podrían ser de otra manera, pero no son. A grandes rasgos, se podría fijar la remuneración de la distribución en función de la calidad del servicio. Este parámetro está relacionado con el número de instalaciones y usuarios, cuyo número, situación, consumos punta y valle, etc, conforman de forma determinante los costes de la red. Se utilizan por ello, en otros países, modelos de red de referencia, redes ideales teóricas imaginadas como si la construcción no tuviera ninguna  limitación, en relación con la cual se fijan las inversiones necesarias y las medidas de calidad.

Al exigir unos niveles de servicio más altos para la región de Madrid que para el resto de España, la acción del gobierno de Esperanza Aguirre para la Comunidad Autónoma será perjudicial para las restantes autonomías, salvo que, alertadas del riesgo de verse perjudicadas por desplazamiento de recursos al sitio en donde les duele, sigan la misma senda de Madrid y anulen los efectos del agravio comparativo potencial. 

Las empresas eléctricas aumentarán, por supuesto, sus costes de mantenimiento e inversiones en el área en donde se les penaliza más, detrayendo medios de otras Comunidades más permisivas, y que únicamente obliguen a cumplir con la Ley del Gobierno Central en los aspectos relativos al asunto (La vetusta Ley 54/97 del Sector Eléctrico, la que liberalizó el servicio en su Disposición Transitoria decimotercera), o a sus actuales prolijas leyes de Garantía y Calidad del Suministro eléctrico, con tufillo a apacibles cartas a los Reyes Magos, a pesar de la invocación que todas tienen a la autonomía para regular la distribución en los territorios propios.

Quizá tengamos más calidad en Madrid, pues, pero a costa de disminuir el nivel de servicio en otras zonas, y alejarnos más en nuestro desventrado Estado Federaloide del objetivo de una tarifa transparente.

Al socaire: Elogio y perversidad de la hipoteca inversa

La hipoteca inversa es un producto financiero que está empezando a ser conocido en España (importado del mundo anglosajón) que permite hipotecar, a cambio de una renta que se percibiría durante un período negociable, la propiedad inmobiliaria del rentista. A medida que se fueran recibiendo las rentas, el valor de rescate del inmueble, obviamente, iría subiendo. 

La operación es interesante para aquellas personas que carecen de medios económicos suficientes para subsistir en el día a día -básicamente, pensionistas sin otras rentas, pero que disponen de la propiedad de la vivienda por cuyo disfrute han venido sacrificándose durante años-. Hipotecar la propiedad les supondrá percibir durante 20 o más años -incluso hasta su fallecimiento, cualquiera que sea el momento en que se produzca, si así lo desean negociar, introduciendo ese factor aleatorio tan del gusto de nuestra sociedad ludópata- una renta mensual, disminuyendo, en contrapartida, su porcentaje de la propiedad. 

Los sucesores del pensionista puede que no vayan a encontrarse muy felices al tomar conocimiento, ocurrido el fallecimiento de su "querido" familiar, que éste no era, como habían creído, propietario al cien por cien de la casa que habitaba, y que si quieren disfrutar de ella, tienen que pagar un rescate equivalente a las rentas percibidas por el difunto, con los intereses correspondientes. Pero el causante habrá podido mejorar su nivel de vida con esos ingresos extra, sin molestar a sus futuros deudos.

La perversidad del esquema es que, analizada con frialdad, la operación implica haber dedicado quizá 20 o 30 años de "vida útil" (término muy interesante tratándose de seres humanos) para alcanzar a pocos y a pocos la propiedad de la vivienda, y, una vez que uno consigue ser pleno propietario de la misma, ver como en los últimos 20 años de vida inútil, se la tenemos que devolver al Banco a bocados ya irrecuperables.  

Tengo que confesar que lo de la hipoteca inversa se me había ocurrido a mí hace bastantes años. Una vez calculé cuanto dinero actual necesitaría un individuo, dependiendo de su edad, para vivir desde un determinado momento a partir de él, considerando una renta mensual y, dejando para la enfermedad final y la incineración las cantidades precisas, acabar con la cuenta a cero del patrimonio propio. 

El resultado fueron unos ábacos muy ilustrativos para valorar el esfuerzo de acumulación de pasta que cada uno debería hacer en relación con sus deseos de renta. De acuerdo con la edad, se podía calcular el valor actualizado neto de los gastos futuros y decidir cuando podría apearse del mundo del trabajo y dedicarse a la contemplación o a lo que le petiera.

Por ejemplo, y en moneda actual, dejando 18.000 euros para la enfermedad terminal y 4.000 euros para la incineración (la modalidad entierro es algo más cara), una persona de 50 años, necesitaría 216.000 euros, si cree contar con una esperanza de vida de 85 años, y si coloca el capital inicial a un tipo de interés fijo del 3%, para obtener una renta mensual de 800 euros. Si supera los 85 años, tendrá que vivir a partir de ahí de la beneficiencia pública, o echar mano del pequeño capital remanente para su enfermedad de despedida.

Hagan juego, señores.

A sotavento: ¿Necesitamos una Ley de Aguas?

Hace unos cuatro años, en una improvisada tertulia de sobremesa en mi restaurante, Josep Borrel me preguntó a sopetón: "Tú estás a favor de los trasvases o de las desaladoras?". Aún no se sabía que Cristina Narbona iba a ser Ministra de Medio Ambiente, y el presidente del Parlamento Europeo no sabía que yo estoy a favor de todo lo que me parece bueno.

"Estoy a favor de las dos opciones", le contesté. "Siempre que sean necesarias". El error del debate, tal como se estaba planteando en España, residía, para mí, en estar asociando los trasvases (se hablaba entonces del trasvase de agua del Ebro) con una política de derechas y vincularla al PP, y las desaladoras como una estrategia de las izquierdas, y asumirla desde el PSOE.

Más aún, plantear la polémica en términos de bueno o malo, necesario o superfluo, en términos maximalistas, me parecía peligroso. Porque significaba también desposeer de autoridad al núcleo duro de los ingenieros de caminos en el Ministerio, que se habían confesado favorables a la construcción del trasvase del Ebro y apoyaban, genéricamente, los embalses y las obras civiles de envergadura.

Por otra parte, la desalación, vista como una opción local, era sentida como una solución acomodaticia, soportada por otras ingenierías -en particular, los industriales, que veían ahí una fuente de trabajo-, y algunas de las profesiones técnicas más versátiles -químicos, biólogos-, completano un grupo en el que no faltaban, desde luego, geógrafos, economistas y sociólogos.

Aunque los costes de la desalación (incluídas las externalidades) no me parecían plenamente considerados, no veía razones para no aprovechar el descenso drástico de los precios de las membranas y del consumo unitario de energía eléctrica, con los nuevos avances tecnológicos. La panorámica que dibujé era una simplificación, una salida improvisada, pero así quedaron las cosas, porque Josep Borrel calló, "caló el sombrero, fuese y no hubo nada".

La mini-Ley de Aguas del Gobierno anterior fue derogada con decisión propia de manu militare. En posteriores ocasiones pude, ya siendo ministra Narbona (y, en general, buena ministra), perfeccionar mi opinión y trasmitir públicamente que no había porqué renunciar a los trasvases, cuantificando, desde luego, previamente las necesidades y los efectos. Era imprescindible fijar una política de precios homogénea, y hacer pagar los verdaderos costes del agua a los usuarios y, si se dedidía subvencionar algún uso, hacerlo de forma completamente transparente para la sociedad y el mercado.

Mi apreciación se fundamenta en que apoyo una ordenación territorial que no fuerce innecesariamente la naturaleza de las cosas. Es decir, no pretenda convertir la España seca en húmeda, y, por desequilibrio forzoso, deducir que sobra el agua allí donde la hay por encima de lo que los seres humanos de la zona usan para sus necesidades. Porque cualquier cambio en un sistema hídrico tiene efectos colaterales que hay que sopesar muy bien, pues siempre se traducirán en perjuicios biológicos que podrían resultar irreparables.

Otro aspecto que debe primar en la Ley de Aguas es la reutilización de las aguas usadas, revisando los índices de contaminación que marcan la tasa de vertidos, en especial, los industriales, y estimulando -por ejemplo, con bonos negociables- las calidades del agua revertida a cauce público.

Se anuncia ahora que, para no empañar el resto de la legislatura con una polémica acre, la nueva Ley de Aguas será aparcada. El Borrador de la misma, que exigiría un análisis más detallado, tiene aspectos interesantes y otros muy delicados, que interferirían sobre algunos Estatutos regionales, -el andaluz y el catalán, en concreto- que ya han proclamado su autonomía sobre el recurso, cuando las aguas superficiales discurren sobre el territorio geo-político.

Ya he dicho otras veces que considerar solamente las aguas superficiales y olvidar la gestión de los acuíferos es un error conceptual, y, también, que estoy a favor de la gestión unitaria, porque el agua es un elemento de la solidaridad del Estado.

La cuestión del precio justo al agua es otro tema sustancial. La desalación, allí donde no hay otras fuentes de aprovisionamiento que el agua salada, es, sin duda, una fórmula adecuada, pero debe matizarse dentro de un marco de ordenación territorial, para impedir el despojo y malversación de la naturaleza de la costa, sometida ya a impresentables especulación y deterioro.

Creo que sí, que necesitamos una Ley de Aguas. El consenso en esta materia es imposible, porque los intereses en conflicto son variados y, en muchos aspectos, inconciliables. Se exige, pues, un criterio político, una ordenación superior, que mire por encima de los objetivos particulares. Una patata caliente, por supuesto, que habrá que digerir, sin tardanza, en la próxima legislatura.

Al pairo: La tecnología siempre acude

La frase exacta con la que intitulo mi Comentario es de Hegel, y dice así: "Cuando el hombre convoca la técnica, la técnica siempre comparece". Representa el recurso multivalente al que confluyen, cuando la discusión sobre lo que habría que hacer para solventar las dificultades del presente se complica, gentes de variopinta formación académica. Allí se reúnen, dialécticamente,  tanto legos muy lerdos en cuestiones técnico-científicas como profesionales muy sabios en formación económica y técnica.

Juan Velarde Fuertes, catedrático de Economía y Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, recuerda la frase, una vez más, (le gusta citarla, sin duda) en el prólogo a la revista "Mitos y realidades del cambio climático", editada por el Instituto de Estudios Económicos y la Real Sociedad Geográfica de España.

Un resumen de ese prólogo ha visto acogida en el periódico La Nueva España del 26 de agosto de 2007, bajo el título: "Cambio climático, ¿un riesgo manejable?", y es un refrito actualizado y mejorado de otro anterior del mismo autor, publicado en el ABC hace algunos meses, "El clima como pánico", en el que, -menos cauto entonces-, apoyaba la energía nuclear.

El artículo-prólogo de Velarde hay que leérselo completo para juzgarlo con justicia. Está escrito con la erudición que caracteriza el trabajo de este economista ilustre, y no le falta un empeño velardiano por pasar revista a toda la Historia de la Humanidad para llevar el argumento a la conclusión que le apetece.

Conclusión que, en este caso, sería -asumo aquí mi responsabilidad- ésta: El pánico a la globalización, último logro del capitalismo, ha generado críticas que buscan refugios argumentales. El más extendido deriva del ecologismo y se concreta en el temor al calentamiento global. Pero la técnica ya está demostrando que tiene recursos para deshacer este pánico (el "sexto") moderno.

A mí la argumentación del respetable catedrático me recuerda el cuento del robusto caballo al que su amo cargaba cada vez con un saco más, viendo satisfecho cómo aguantaba el peso. Creía así que, a poquitos, el animal no se enteraría del fardo creciente que ponía sobre sus espaldas, pero el equino acabó desfondándose, reventado.

No quiero comparar la técnica con una acémila, y no seré yo quien tenga desconfianza en el poder de la técnica, y de la sabiduría humana concentrada en la investigación, en particular. Pero, para que las piezas encajen bien, quienes acuden a la técnica como quien llama a la necesidad, debieran tener presente que se necesitan tiempo y recursos para encontrar las soluciones.

El profesor Velarde lo sabe, por supuesto, y al hacer apología de las soluciones que hipotéticamente la técnica guarda en su chistera, sin subrayar las dificultades, está provocando dos efectos colaterales peligrosos: a) estimula la carrera por el beneficio a las empresas que se mueven en el sector energético, y b) anima a los insensatos a que sigan contaminando y haciendo más complejo el hallazgo de las soluciones.

A mí me hubiera gustado recordar a Martin Heidegger, al que cito libremente: "Es posible que un día, a través de lo técnico, descubramos la esencia de la verdad". Y ahora, sí, textualmente (con ligeras modificaciones a la traducción de E. Barjau): "Nosotros, con tanta técnica, aún no experimentamos lo esencial de la técnica; y, con tanta estética, ya no conservamos lo esencial del arte. Sin embargo, cuanto mayor sea la actitud interrogante con la que nos pongamos a pensar en la esencia de la técnica, tanto más misteriosa se nos convertirá la esencia del arte." (Versión en español de "La pregunta por la técnica", Heidegger, M., Conferencias y artículos, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1994).

Al socaire: Cómo no montar un restaurante: El personal (2)

(Este es uno de los apartados de mi libro "Cómo no montar un restaurante", del que vengo ofreciendo en este Cuaderno algunos retazos parciales, a la espera de su publicación completa. La primera parte de este Capítulo, dedicado al "Personal", ha sido ya incorporado al blog con anterioridad. Otros capítulos y apartados pueden verse en otros lugares del Cuaderno, en el que, hasta el momento, he reservado los momentos de mayor enjundia, por simple táctica publicitaria).

¿Cuántas personas necesitará emplear en su restaurante?. En el supuesto de que Vd. no quiera (por el momento) mancharse las manos con el duro trabajo de la restauración, hay algunas reglas del pulgar útiles para principiantes con las que resolver este dilema. Una de las reglas más utilizadas por los expertos es que debe contar con un camarero cada 15-20 comensales. Empleando esa proporción, si su local tiene capacidad para, digamos, ochenta comensales, necesitará 4 o 5 camareros, y un/una jefe de sala.

La misma regla aconseja tener el mismo número de emplelados en cocina. Serán necesarias, además, dos personas en el office (a turnos). Es decir, su local daría empleo a unas 10-12 personas. Los costes fijos de esta decisión, teniendo en cuenta los actuales salarios reales del sector, incluídos los seguros sociales a cargo de la empresa, subirán su nómina mensual a unos 20.000 euros.

Si aplica una nueva regla de tres, y admite que la facturación ha de triplicar los costes de personal (una tercera parte para las materias primas y una tercera parte para alquileres o rendimiento al capital y otros gastos generales), mal le irán las cosas si no consigue facturar, en promedio, 60.000 euros mensuales. Puede entretenerse también dividiendo esta cifra por el número de comidas que pretende dar en ese mismo período, para obtener el precio medio del servicio para su clientela. ¿Sorprendido?.

Mi consejo es que se olvide de la regla nemoténica, y, sobre todo, no cuente con una plena ocupación desde el principio. Pero es que, además, mucho dependerá del tipo de restaurante que Vd. desee lanzar a la palestra competitiva. Muchos de los restaurantes de éxito funcionan perfectamente con un camarero cada 30 comensales, y el cliente advertirá una atención perfecta. Otros restaurantes de supuesto postín tienen un camarero cada 10 personas y los clientes tienen que hacer aspavientos de lo más enojoso para llamar la atención del distraído "profesional" que parece preocupado por dirigir su mirada hacia cualquier sitio, diferente de aquel donde se le demanda atención.

Quiero con esto decir que, si Vd. tiene suerte y ha sabido seleccionar a verdaderos profesionales de la restauración (rara avis, como irá sabiendo), puede que le baste con 2 personas en sala y un jefe al que no le duelan prendas de echar una mano donde se le necesite, y atenderán perfectamente a los 40 o 60 clientes que, en un día de aparente ajetreo, darán la impresión de que su local está lleno. En cocina, un chief diligente, que haya sabido preparar con antelación los platos, dejándolos a falta del toque final, sabrá sacar el máximo provecho a su reducido equipo de 2 cocineros, a los que habrá adoctrinado previamente para que sepan, prácticamente, hacer lo mismo que él, y a los que repartirá el trabajo en la medida que el avance del servicio lo vaya requiriendo.

Cuando mis socios y yo empezamos nuestra aventura restauradora, nos preocupaban, a cada uno, diferentes cosas. Laura y su madre mantenían el firme criterio (que se probó inamovible) de mantener un sobredimensionamiento en el equipo. La imagen era lo más importante.

Teníamos por tanto, desde el principio, un jefe de sala, un subjefe de sala, y cuatro o cinco camareros, y estuvimos contratando incluso extras para el fin de semana. No era improbable que tropezaran en el servicio entre las mesas.

En cocina, contratamos a dos responsables. Uno, a jornada continuada, era especialista en potajes y cocina tradicional. El otro, una joven promesa de la restauración, a jornada partida, se encargaba de dar sofisticación a la carta. Un equipo complementario de dos cocineros y dos ayudantes de cocina -uno de ellos, encargado de ensaladas y postres- proporcionaba un indescriptible toque de maremágnum. En especial, cuando el restaurante estaba lleno, todo el mundo sudaba la gota gorda, las voces de tensión se oían a cada rato, y -al menos- uno de los propietarios se mesaba los cabellos.

Porque, lejos de ser el bueno de la película, por mi parte, mi obsesión era rentabilizar el invento. Con los costes disparados (en otro capítulo me refiero a las materias primas y al tiempo de elaboración de los platos de la carta), el único camino que me aparecía posible para no sucumbir económicamente, era tratar de mantener el restaurante al completo, todos y cada uno de los días de la semana.

La publicidad era, en consecuencia, el medio imprescindible de conseguir canalizar hacia nuestro restaurante el necesario flujo de clientes que elevaran la facturación al nivel necesario para sostener todo el edificio. Pero de publicidad hablo en otro capítulo.

Al socaire: Nuevo sistema de pesos y medidas, ya

Son evidentes las dificultades que existen para manejar el actual sistema de pesos y medidas. No me refiero ya únicamente a las diferencias entre las toneladas métricas americanas y las europeas, que tantos problemas han generado, y generan, en el mercado internacional. Las dificultades a que me refiero son vividas a diario por el hombre y la mujer de la calle (bueno, y de su casa), y, los pobres, tienen que salir del paso como pueden.

Por ejemplo, para indicar que algo pesa más de 20 kg se suele emplear la expresión "pesa un güebo". Las maletas con las que se viaja en avión, para acabar recorriendo en chándal o pantalones cortos los lugares más respetables de la Tierra, si pesan un güebo, tienen que pagar exceso de equipaje. Los pesos ideales para un hombre y una mujer occidentales son 4 y 3 güebos, respectivamente.

Las superficies de los terrenos deben medirse en relación con los campos de fútbol que quepan en ellos, para que todo el mundo entienda a qué nos referimos. "Compró una tierra de 1,5 Ha." tiene menor inteligibilidad que "se agenció un terreno como dos campos de fútbol". Esta medida resulta, por lo demás, sustituta de la vieja medida del día de bueyes que, creo haber leído en alguna enciclopedia que era lo que una pareja de bueyes podía arar en un día, o sea, 1.257 ca (en Asturias), que ya nadie sabe lo que significa, ni siquiera lo que es un buey.

La Tierra tiene 3.869 millones de hectáreas de bosque, que es "un dato algo difícil de manejar" (sic, de una fuente especializada, que omito por respeto,  y que prosigue, de forma didáctica). "Si un campo de fútbol mide 75 metros de ancho por 100 de largo, la superficie de bosque existente en el mundo sería la que ocuparían aproximadamente 5.160 millones de campos de fútbol."

La medida "güebo" puede usarse también como unidad de precios a las cosas, si bien, en este caso, se trata de un dato que guarda referencia con el nivel adquisitivo del dicente. No es lo mismo, pongo por caso hipotético, que A. Koplowitz o E. Botín digan "me costó un güebo" (más probable en el caso segundo, aunque creo que es más aficionada al arte la primera), refiriéndose a un original Matisse, que la expresión de medida sea empleada por un mileurista al referirse a la extracción de su muela del juicio, si no consiguió que la intervención se la realizaran por la Seguridad Social.

Hay que advertir que no siempre hay que pagar en moneda lo que cuesta un güebo, como cuando se haya realizado un gran esfuerzo para conseguir algo que parecía simple (volver a atornillar la carcasa de un aparato electrodoméstico, después de haber intentado arreglarlo sin éxito, por ejemplo).

En fin, es necesario acomodarse a los tiempos. Los ejemplos pueden ser muchos. Por cierto, como medida del tiempo, ya para terminar, propongo que se abandone el sistema sexagesimal y se normalicen los años-luz, cuya máxima expresión sería "eternidad", muy útil en expresiones como "esta película dura una eternidad" o "falta una eternidad para fichar la salida del trabajo" (que sería equivalente, en el primer caso, a dos horas de anodinos acontecimientos históricos, o a unos minutos de estar mano sobre mano, en el segundo, y no, como pudiera creerse, a un año-luz elevado a la potencia año-lucésima).

La unidad más pequeña para medir el tiempo sería el "santiamén", que aunque ya nadie sabe lo que significó originalmente, es tan pequeño que dura lo que dura un paquete de hachís a la puerta de un colegio. Diez santiamenes equivaldrían a un "plis-plas", y cien plis-plases a un año luz, por lo que cien años luz serían, aproximadamente, una eternidad. A partir de ahí, ya podría volver a emplearse el sistema sexagesimal.

A barlovento: Los cursos de la Granda (Avilés), y la energía de Teodoro López-Cuesta

La Residencia de La Granda, en Avilés, está en un idílico lugar, que antes era aún más idílico -relativamente-, porque estaba rodeado de humos por todas partes. Se construyó para que el generalísimo Franco tuviera un lugar representativo en el que estar y recibir a sus admiradores, cuando le apeteciera venir a visitar una de sus obras cumbres (y del marqués de Suanzes), la Ensidesa. Allí, en los entreactos, los directivos de la fabricona también organizaban recepciones y comidas para obsequiar a ilustres huéspedes.

Cuando el dictador pasó a mejor (?) vida, se propusieron varias opciones para rentabilizar el edificio. A Teodoro López-Cuesta, catedrático emérito de la Universidad de Oviedo, rector perpetuo de la misma, activista incansable con mensajes de paz, sonrisa permanente, amigo de todo el mundo, omnipresente, -Dientéfano como mote cariñoso, también para sus amigos-, se le ocurrió organizar allí cursos de verano, para reunir a profesores y gentes de la empresa, eruditos, entendidos y aficionados, con el objetivo de que se conocieran entre sí y discutieran sobre lo que nos importa.

Lleva la idea viva 30 años, y esto es prueba suficiente de que el invento cuajó y sobrevivió a la envidia de sus detractores. Por allí han (hemos) pasado centenares de personajes y personajetes, teorizando sobre lo que había que hacer y polemizando sobre lo que los otros habían hecho mal o regular.

Teo estuvo siempre detrás y por delante de los Cursos de La Granda. Supo apoyarse en los flancos más débiles por amigos del peso de Juan Velarde Fuertes, otro infatigable, que vale para un roto como para un descosido. A Velarde me lo encontré -por ejemplo- como asesor del alcalde de Navia y, abiertas las plicas, decía con convicción: "Ardo en deseos de leer todas estas ofertas" , en un proceso que, si no recuerdo mal, se adjudicó a Asturagua.

En La Granda conocí personalmente a Severo Ochoa. Me senté a su mesa, y, aprovechando un hueco entre los que le hacían la pelota, le conté una anécdota que de vez en cuando sacaba a relucir mi padre, por la que nos convencía a sus hijos de que estuvo a punto de ser colaborador del Premio Nóbel, pero no se atrevió a irse a los Estados Unidos. "Hizo bien", fue el diagnóstico indulgente del sabio. 

En La Granda hablé de la reindustrialización de Asturias, allá por los finales de los 80, cuando la cosa ya empezaba a estar difícil, y yo acababa de leer una tesis sobre el tema.

Estas últimas semanas, en La Granda se discutió sobre la energía. Faltaron los representantes del carbón, supongo que no porque carecieran de cosas que decir, sino porque no está el asunto para airear en público lo mucho que necesitamos de esta fuente de energía que pasa por un mal momento, en el que todo el viento sopla a favor de las llamadas energías limpias. (Y no solamente quiero con ello significar la energía eólica, sino de todas las consideradas alternativas). Estuvo el Presidente del Foro de la Energía Nuclear, Eduardo González, que defiende a la nuclear no solamente porque le pagan por ello, sino porque está persuadido de que seguiremos necesitando a esta desgraciada.

Pero, como fuente de energía limpia, la que más me gusta es la de Teodoro López-Cuesta. Mantiene su ritmo en toda situación, propone, hace, crea, construye siempre. Y no destruye jamás, si presiente que lo que el otro ha hecho, lo hizo convencido de su valor.