Blogia
El blog de Angel Arias

Articulos de actualidad

A sotavento: Libre albedrío para elegir entre helado de fresa o chocolate

A sotavento: Libre albedrío para elegir entre helado de fresa o chocolate

El tema de la libertad con la que abordamos nuestras decisiones ha preocupado desde antiguo a los seres humanos. Los filósofos han elucubrado mucho al respecto, en posiciones que varían desde la negación absoluta de nuestra capacidad para decidir (determinismo nihilista, que nos sitúa al mismo nivel que los animales, los vegetales y las cosas inanimadas, aunque con la falta sensación de creernos libres), hasta defender la completa libertad del ser humano para elegir sus opciones, y ser, por tanto, plenamente responsable por ellas, gracias a un enlace entre el mundo material e inmaterial que se podría llamar alma. 

La sociedad ha cambiado a lo largo de los siglos, y mucho más en este pasado inmediato, su percepción de la libertad con que cuenta el ser humano. Bastará referirse a la valoración que se hace de las distintas responsabilidades penales ante una misma conducta (negando aquellas a ciertos individuos, a los que se considera inimputables, u otorgando a todo el mundo, elementos de modulación, e incluso con exención de responsabilidades cuando se incorporan determinados factores ajenos que influyan sobre la percepción y capacidad de reacción del sujeto).

Sin ánimo de polemizar, se ha cambiado, por ejemplo, en muchos países la valoración respecto a la orientación  homosexual, que ha variado bruscamente en casi todas las sociedades avanzadas desde ser considerado una aberración o una enfermedad, hasta ser visto como algo natural, es decir, consustancial o predeterminado para ciertos sujetos, que no podrían actuar de otro modo, justamente en ejercicio de la libertad que les impone su condición sexual, igual que no cabría forzar a un zurdo a que escribiese con la mano derecha, sin violentar su capacidad de elección, orientada precisamente a favorecer su mayor habilidad genética usando la mano izquierda.

Si bien es cierto que cabe reconocer que lo que entendemos por ejercicio de la libertad, proviene en algunos casos de claros condicionandos genéticos, parece prudente colocarse en una postura intermedia en esto del libre albedrío, y estar atentos tanto a la observación de uno mismo y de los semejantes, como al cambio de posiciones colectivas al respecto.

Quizá nos encontramos en un inmenso esceneraio en el que, como sucede cuando vamos a un restaurante, nuestra capacidad de selección se limita a lo que figura en la carta. Puede ser que en algunos locales más condescendientes con el cliente podamos solicitar el cambio del acompañamiento al plato principal (vegetales o patatas fritas) o tengamos éxito en lograr que en lugar de una merluza a la plancha nos la sirvan rebozada. pero estaremos de acuerdo que la posibilidad de elegir, en su grado máximo, estaría condicionada por las vituallas que hubiera en el frigorífico y la capacidad de hacer del cocinero, además de por nuestro presupuesto.

En un plano general, todos admitiríamos que la capacidad de libertad del ser humano está condicionada por su situación social, su formación, su carácter, y la época en que le ha tocado vivir, por citar solo alguno de los factores relevantes.  Por cierto, esa percepción de la capacidad del ser humano para juzgar sus grados de libertad, ha sido utilizada para avanzar (o retroceder) en el hecho religioso imponiendo imaginativas, pero también previsibles, restricciones a los semejantes adeptos, con el acicate de que serían necesarias para alcanzar diferentes grados de bienaventuranza en una vida superior, después de la muerte.

Estos mandamientos o prescripciones van desde lo muy razonable, como, por ejemplo, no matarás a tus semejantes y honrarás a tus padres, hasta cuestiones más difíciles de cumplir o inconsistentes, como no desearás a la mujer de tu prójimo (en especial, perdóneseme, si es hermosa), o no beberás bebidas alcohólicas o no comerás carne de cerdo. Incluyen también prescripciones  de alto contenido exótico, como la de no trabajar en determinados días, abstenerse de comer carne en ciertas épocas salvo que se adquiera un permiso especial, o quedar liberado de toda sensación de pecado si se cumplen algunas condiciones y penitencias, incluído, por supuesto, el pago de diezmos, óbolos y primicias.


Me impresiona también leer que algunos de los mejores creativos en el mundo de las artes, e incluso desde la elaboración científica, reconocen haber realizado sus creaciones más alabadas bajo la influencia del alcohol o las drogas, y, tal vez, haber recibido la inspiración por casualidad, o, en ocasiones, haber imaginado que una mano invisible guiaba su pluma (ahora, mejor diríamos, su ordenador ) por caireles predeterminados. 

Recientes experimentos parecen demostrar que somos seres mucho más influenciables de lo que creemos y que lo que suponemos adoptar libremente, podría estar teledirigido. En cualquier caso, lo que hacemos, incluso en los momentos más brillantes, podría ser considerado como que no es sino descubrir lo que ya está allí, y, además, utilizando procedimientos científicos o reglas empíricas, pero precisas y preestablecidas, con sus axiomas, metodologías, criterios, etc. 

Admitámoslo, pues, aunque nos pese. Nuestro libre albedrío es en buena parte una componenda de nuestra imaginación, y somos víctimas de tactismos que provocan en nosotros reacciones que podrían deducirse exactamente a priori. No sé si cabría caer tan bajo como vernos simplemente como máquinas de carne, consumidoras de energía y productoras de acciones,  como expresan algunos investigadores en neurología, demasiado apasionados por lo mucho que puede teledirigirse de los seres humanos.
 

Para esta corriente científica, estaríamos limitados en el campo de nuestros deseos, y el libre albedrío solo podría ejercerse desde nuestra capacidad para llevar a cabo o rechazar lo que nos apetece. Lo que deseamos está, para ellos, ampliamente predeterminado, y nuestros grados de libertad solo se refieren a un espacio de muy pocas dimensiones. Me apetecería, por ejemplo, vivir en una casa estupenda con vista al mar, pero como no tengo dinero para comprármela, mi capacidad de optar está entre alquilar una vivienda o endeudarme por treinta años. Me apetecería ser consejero del presidente de Gobierno, pero como no tengo acceso a él, me contento con escribir en un cuaderno que leerán unas 30 personas cada día. Me apetecería...

Es fácil imaginarse el grado de frustración que produce en cada indiividuo la consciencia de tener predeterminado lo que desea y limitado lo que puede hacer. Quizá por eso, la mayor parte de los seres humanos ven programas estúpidos de historias reales o inventadas y llenan los campos de fútbol o se amontonan para escuchar música emitida a varios decibelios por encima de lo que sería aconsejable si fueran libres para elegir lo que les gusta.
 Para huir de la frustración que produce no poder elegir, en una especie de suicidio intelectual colectivo.

Los que se dedican fenéticamente a resolver crucigramas o sudokus -y advierto que el fenómeno se está extendiendo- están resolviendo en realidad un problema ya resuelto, y no se podrá decir más que están utilizando su supuesto libre albedrío para incorporarse al determinismo que otro ha creado, y que, a su vez, es prisionero de la obligada combinación de conseguir un resultado que coherente y repetitivo, combinando números o palabras, porque la solución que se encuentre a un sudoku a un crucigrama es única, viene forzada por un lenguaje determinado y es válida solo para un sistema numérico concreto. 

Puede ser que solo estemos resolviendo un gigantesco Sudoku. Aunque me resisto a creerlo, parece que la evolución científica y sociológica nos está imponiendo cada vez más líneas obligadas de ese crucigrama en el que suponíamos podríamos elegir libremente la combinación de números o palabras, y en lugar de ser creadores, seríamos redescubridores de una solución ya conocida.

Uff.

Al socaire: ¿Se ha perdido la noción de para qué sirve un título universitario?

Al socaire: ¿Se ha perdido la noción de para qué sirve un título universitario?

La problemática de la creciente desviación entre la Universidad y la empresa es evidente para cuantos venimos observando el deterioro de los objetivos universitarios. Prisionera la Universidad de su pasado reciente -hay que recordar cómo llegaron a profesores titulares una buena parte de los actuales catedráticos, desde su posición previa de PNNs cuyo mayor mérito era estar allí en el momento oportuno y haber decidido dedicarse en exclusiva a la docencia-, ha resultado para su mayor mal, juguete de la dinámica política de los crecientes poderes autonómicos y víctima propiciatoria de una mal entendida "titulitis" social, que condujo a la proliferación de centros y diplomas, subordinando los criterios académicos al oportunismo político.

Universidad y Empresa son dos elementos autónomos. La empresa viene regida fundamentalmente por el mercado, que tiene una componente de variación tecnológica y de actualización importante, pero que también opone claras resistencias al cambio brusco en buena parte de los sectores y, naturalmente, cada empresa tiene sus propias reglas que pueden conducir en casos aberrantes, pero no inexistentes, al nepotismo, la corrupción o la ignorancia. La Universidad está condicionada por la necesidad humana de saber, y de difundir ese saber efectivo para que los mejores continúen el desarrollo de las generaciones anteriores.

El mercado debe ser para la Universidad un objetivo secundario, pero la mayor parte de los estudiantes universitarios enfocan hoy su paso por las aulas con el objetivo de obtener un título que les permita obtener un trabajo lo mejor remunerado posible. Esta posición crea un conflicto de intereses entre profesores, alumnos, sociedad y empresas, que no solamente no parece resuelto sino que se complica cada día, porque se quiere dar ocasión a que opine todo el mundo, como si la situación pudiera cambiarse por completo, modificando la dinámica propia de la enseñanza universitaria, permitiendo que todos hablen sin que nadie oriente el debate.

Hace unos días se presentó, en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales el estudio "Las competencias profesionales en los titulados. Contraste y diálogo Universidad-Empresa", un trabajo conjunto entre Accenture y Universia. Uno de los objetivos del informe era analizar la desviación entre la oferta universitaria y la demanda de las empresas, en relación con las cualificaciones de los titulados. 

El informe detecta una grave falta de competitividad y dinamismo en el sector universitario, que se traduce en déficit de formación. Existe una importante diferencia entre la sensación de satisfacción autocomplaciente de los docentes y la de los discentes, en cuanto a la formación que se imparte o recibe, respectivamente (89% y 50% respectivamente), pero aún me parece más importante que el 77% de los profesores universitarios están satisfechos respecto a la competencia de los egresados, lo que solo es confirmado por el 44% de las empresas. 

Es muy grave la situación por la que está pasando la Universidad española. Los planes de estudios son obsoletos, están sobrecargados, y en buena medida son inútiles o estériles, tanto para ofrecer una información satisfactoria desde la perspectiva de saber más y mejor, como, desde luego, para garantizar un puesto de trabajo a los universitarios.

La diferencia de formación con la que llegan a la Universidad los jóvenes es patente y dramática, y los desniveles entre las Facultades y Escuelas que imparten teóricamente similares programas de estudio y que deberían conducir a títulos equivalentes, intolerables.

La Universidad se ha cargado de sin-sentidos. No tiene sentido que tengamos a nuestros jóvenes estudiando hasta los 30 años para jubilarlos a los 45 o 50. No tiene sentido costear una Universidad que regale títulos que, obviamente no servirían para nada. No tiene sentido mantener e incluso hacer proliferar Facultades en poblaciones que no disponen ni del profesorado, ni del alumnado, ni de los equipamientos necesarios. No tiene sentido que las empresas –entendiendo aquí por tales las agrupaciones empresariales y los grupos de entidad- no participen en la mejora de los programas. No tiene sentido que enseñanzas con gran contenido técnico y práctico sean impartidas por profesores que han pisado las industrias solo de visita guiada. Como no tiene sentido que se explique pintura, pongo por ejemplo, solo a través de diapositivas.

Hay, ciertamente muchos factores controvertidos que concurren ante la apertura del mercado en la Unión Europea en 2010, en que termina el plazo para la convergencia europea según los acuerdos de Bolonia, con la modificación de los títulos de grado y postgrado y la propuesta de potenciar los programas en prácticas que realiza el informe me parece muy razonable.

En efecto, la Universidad no puede garantizar el empleo de sus egresados, pero debe ser plenamente responsable de darles una enseñanza seria y completa, en relación con los programas importados, por personal cualificado y motivado, y con materias permanentemente actualizadas, útiles para la formación del discente y su satisfacción personal. No puede consentirse que se convierta en una máquina de generar insatisfacciones y críticas, cuando el objetivo central de la Universidad, irrenunciable, es potenciar la capacidad del ser humano para ser feliz y hacer más felices a sus semejantes, impartiéndo a los universitarios saber, incluído el espíritu autocrítico para intentar hacerlo mejor.  

Al socaire: Si quieres mejorar tu inglés gradualmente, vete a Tokio, y luego a Ciudad del Cabo

Al socaire: Si quieres mejorar tu inglés gradualmente, vete a Tokio, y luego a Ciudad del Cabo

Cuando participo en una reunión de angloparlantes, provenientes de varios países, incluídos aquellos en los que el inglés coincide con su lengua materna, me acuerdo del pulido británico que subió a la tribuna de conferenciantes en una convención a la que asistí en Budapest. Intervenía después de una ponencia fonética y gramaticalmente penosa de uno de los colegas japoneses, y empezó diciendo. “Espero que los diligentes traductores, después de haberse enfrentado con el inglés de los franceses, el de alemanes e incluso el de los japoneses, no vayan a desfallecer ahora con el inglés de los ingleses”.

Parece un chiste, pero no lo es. Las mayores dificultades de traducción por parte de los intérpretes, la producen los nativos de la que es para ellos su segunda lengua, porque tienden a hablar rápido, improvisan sus comentarios respecto al guión original, tienen un discurso más desordenado y se comen los finales de las palabras. Si, como sucede habitualmente con las reuniones internacionales, el idioma oficial es el inglés, todo va bien hasta que les toca hablar inglés a los ingleses. Entonces se producen los penosos silencios en la transmisión por los auriculares, corren las azafatas con ánimos desatados para avisar al conferenciante de que tiene que disminuir la velocidad de su discurso, y los traductores deben disculparse porque dejan frases a las que les falta el complemento circunstancial, o la mitad de las oraciones subordinadas.

Los que tenemos con frecuencia que expresarnos en una lengua que no es la nuestra, sea o no el inglés, preferiríamos que no nos apabullasen con un lenguaje florido, en el que se mascullan la mitad de los finales de palabra y no se nos trasladara la equívoca impresión, atendiendo al rostro de nuestro interlocutor, de que los tiempos exactos de los verbos jueguen un papel sustancial para comprender el sentido de una frase.

¡Cuántas divertidas conversaciones y que estupenda sensación de amistad he podido crear con italianos o brasileños, chapurreando una mezcla de lenguas vernáculas con añadidos para mayor precisión de nuestro acervo común de palabras en inglés!. Y qué molesto -on the contrary- resulta advertir que nuestro interlocutor parece tener dificultades en comprender nuestras –in our own opinion, of course- atinadas filigranas, desde su pedestal de dominio del idioma que le dieron sus padres (his/her mother´s language). Como si el mérito no fuera el del otro, el del que se esfuerza en expresarse en una lengua ajena...

He notado que existen tres actitudes generales, que me atrevo a calificar de estereotipos, cuando se trata de calificar la paciencia del genuino angloparlante frente al extranjero que habla en inglés con su mejor voluntad, pero con lagunas: el americano actuará como si su interlocutor lo entiende todo, largándole amplias y complejas parrafadas, intercalando abreviaturas y nombres de lugares exóticos y personas que no conoce ni su padre, sin que le importe demasiado la respuesta o el comentario del otro. Resultan, en general, estupendos maestros para el segundo nivel linguístico y para elevar la autoestima, y para darles cuerda solo se necesita hacer medianamente bien un par de preguntas. El problema está en saber qué es lo que nos han dicho, en especial si tenemos que contárselo a terceros.

Los ingleses, en particular los educados en Oxford, se negarán a entendernos, con lo que la conversación languidecerá por ambas partes, acabando en un inane intercambio de frases cada vez más cortas, sobre la familia, el tiempo, el trabajo y la comida inglesa. Resulta interesante la situación para acomodar la autoestima y estimularnos para conseguir un mejor conocimiento del idioma de Shakespeare de inmediato (Por cierto, ¿era ese Sheikspir, el que escribía obras de teatro infumables?).

Aunque podría presumir de hablar inglés perfectamente, puesto que estoy escribiendo en mi idioma preferido, debo reconocer que mis interlocutores deseados son los sudafricanos y, en segundo lugar, bastante más distantes, los australianos. Hacen esfuerzos por entenderte y, con un poco de hábito, acabas entendiéndoles casi todo, porque se aplican en emplear un vocabulario restringido para ponerse a tu altura. Y hablan de todos los temas imaginables, sin cortarse un pelo. No puedo decir nada especial acerca de las mujeres sudafricanas o australianas, pero si demuestran tanto interés en otras actividades como en las realacionadas con la comunicación, ríanse mis lectores masculinos de las italianas. Bueno, y ríanse mis lectores de los italianos, de paso.

Por cierto, digo esta última tontería -nonsense- porque he leído en un periódico italiano que más de la mitad de las naturales del país de la bota simbólica hacen el amor una vez a la semana, lo que las coloca en el primer lugar del ránking europeo -¿a ellas, o a sus parejas?-, seguidas a corta distancia de un pelotón diverso en el que figuran las españolas. Espero que la frivolidad de este comentario no desaliente a los sesudos seguidores de este Cuaderno, si es que los tengo, pero de vez en cuando me parece que toca cachondearse un poco, aunque el objeto de la risión seamos nosotros mismos -ourselves-.

O.K.?

A barlovento: Preocupación por la extraña muerte de una cuñada de Don Felipe de Borbón

A barlovento: Preocupación por la extraña muerte de una cuñada de Don Felipe de Borbón

La muerte de Doña Erika Ortiz Rocasolano, la hermana menor de la Princesa de Asturias, está despertando un lógico interés público -especialmente en España, por supuesto-, que se concentra en la compasión y condolencia hacia el terrible impacto del suceso en una familia discreta en sus comportamientos, aunque permanentemente observada, y respetada como símbolo de un país que se ha modernizado con éxito desde un atraso de decenios.

El casamiento de Don Felipe con una plebeya, y divorciada, supuso en su momento una sorpresa general porque se creía que el sucesor de la Corona estaría seleccionando a su futura cónyuge dentro del reducido elenco de jóvenes de sangre real o, al menos, la elegiría con un pedigree de acrisolada nobleza.

El acercamiento del pueblo a los detalles de la boda principesca, con toques de cuento de hadas y novela romántica para adolescentes, se tradujo inmediatamente en un aumento de popularidad para Don Felipe, al combinarse el efecto mediático tanto con la comprensión por el pueblo llano del aspecto tan normalmente humano de su relación sentimental, como con la voluntad del aristócrata de sellarla a los ojos de Dios y de los hombres con su paso por el altar, por encima de opiniones de consejeros y de juicios de conveniencia.

El entorno de Doña Letizia pasó a ser analizado entonces con máxima atención, incluso con desfachatez, por los buscadores de noticias, que hurgaron en todas las esquinas de la historia, removiendo el pasado y sus circunstancias, de una mujer normal, sin duda intelectualmente brillante, elevada a la posibilidad de ser un día Reina de España. El respeto y discreción hacia las cosas de la familia real se trasladó hacia la propia Princesa de Asturias, pero los demás miembros de las familias Ortiz y Rocasolano quedaron más expuestos, dependiendo únicamente de su discreción y opacidad el quedar a salvo de la penetrante curiosidad del llamado periodismo del corazón.

La Princesa-periodista soportó perfectamente, incluso con elegancia especial y gallardía, la presión mediática, pero parece en cambio haber causado efectos muy perjudiciales sobre su hermana pequeña, que no habría podido sobrellevar sin enojos la persecución de los colegas de Doña Letizia, ávidos por conocer detalles de su vida privada, lo que habría forzado su desconcierto y profundizado su depresión.

Las circunstancias de su muerte han despertado intrigas de descarado contenido morboso hacia las causas de la misma, que fue, al parecer, el suicidio por la ingesta masiva de barbitúricos.  La curiosidad se extiende también a los motivos que pudieron haber llevado a una hermosa e inteligente mujer de 31 años, con trabajo atractivo y relaciones personales que cabe suponer envidiables, a tomar esa decisión irreversible, por graves que fueran los problemas, sentimentales o de otra índole, que estuviera sufriendo.


La familia real ha agradecido la discreción de los media en el tratamiento de la noticia, y especialmente, lo ha hecho Doña Letizia, que se sentía muy unida a su hermana y que estará, naturalmente, terriblemente afectada. Por otra parte, se reclama incluso en algunos sectores la máxima discreción sobre el tema. Pero, ¿qué es lo que se puede entender aquí por máxima discreción?. Cabe muy poca discreción cuando se trata de un acontecimiento que afecta a la familia consorte de un miembro de la realeza. Y, aún menos se podrá ser discreto si la muerte de esa persona para-pública se ha producido, como parece, por la ingesta masiva de antidepresivos.  

A mí, particularmente, me ha hecho pensar esa muerte, en la madre de la joven. Quiso la casualidad que yo coincidiese con ella, y la identificase, porque, para mi sorpresa y la de quienes me acompañaban, viajaba tranquilamente en metro sin aparentes medidas de seguridad, apenas dos o tres días antes del infausto suceso. Nada la distinguía, en su comportamiento y vestuario, de los demás viajeros. Entendí de inmediato que era la suya una familia sencilla, despreocupada, normal, elevada de pronto a la necesidad de asumir estar en el centro de todas las miradas.

 

Y como pienso en la madre, mi mente va hacia el dolor que debe estar sintiendo si se confirmara lo que ahora para los demás es especulación, pero que para ella debe tener más elementos de certeza. Si fuera así, si la razón de la muerte fuera el suicidio, la cuestión me lleva hacia la consideración de los peligros del uso de antidepresivos, negocio que mueve más de 60.000 millones de euros al año, y que se pueden obtener sin problemas, recetados alegremente como si fueran una panacea.

Numerosas investigaciones han probada que estos estimulantes actúan como inhibidores de la metabilizacioón de la serotonina, lo que produciría, justamente, en tratamientos de cierta duración, efectos contrarios a los deseados: migrañas, dificulltades respiratrorias, ansiedad, depresión, propensión al suicido, negación u ofuscamiento de la realidad, e incluso tendencia al crimen violento. Una situación con analogías a la que el LSD generó en su momento, que se creía una droga mágica, y que hoy tiene como elemento principal al que apuntan muchas miradas críticas, el Prozac y otros antidepresivos de uso común. ¿Servirá la muerte de Doña Erika para extraer consecuencias en esa dirección?...

En todo caso, si esta especulación se probara completamente errada, pido disculpas por el atrevimiento, y me retiraré a mis habituales comentarios de efectos anodinos.

A sotavento: Salmón noruego contaminado y vacas locas inglesas, pruebas superadas. Caballo en pista: Gripe aviar.

A sotavento: Salmón noruego contaminado y vacas locas inglesas, pruebas superadas. Caballo en pista: Gripe aviar. La aparición de un brote de gripe aviar en uno de los mayores productores británicos (Bernard Matthews) del apreciado (hasta ahora) pavo y derivados, ha desatado una serie de reacciones de prohibición a las exportaciones de carne de volátiles provenientes de esas islas. Rusia, Japón, Corea del Sur, Hong Kong  y Africa del Sur son los primeros en la lista de países que desconfían de los controles de calidad ingleses. 

Así que todo el mundo parece haber caído otra vez en situación de pánico, en este momento debido a la cadena H5N1 de la gripe aviar que aunque no ha mutado para alcanzar a los humanos, está al parecer a solo dos pasos de hacerlo. 

Las heridas abiertas en el asunto de las vacas locas están aún supurando para los restaurantes, carniceros, ganaderos y granjeros británicos que sufrieron la drástica condena de sus productos, antes apreciados. Toda Europa padeció, en mayor o menor medida, de grandes pérdidas, no totalmente cubiertas por subsidios y, en todo caso, con dinero salido de los contribuyentes. Si entonces los sesudos cerebros que asesoraban a los Gobiernos europeos había predicho miles de muertes por la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, salvo algunos resultados aún discutidos, no sucedió nada de particular, y lo cierto es que se perdieron millones de euros en la decisión de liquidar todas las cabañas bovinas sospechosas. Por eso ahora se está recclamando que, antes de tomar medidas drásticas, debería esperarse y se alienta a los británicos y a todos los europeos de buena voluntad a comer carne de pavo de la multinacional Bernard Matthews, en prueba de solidaridad y como defensa ante lo que se cree una maniobra con turbios intereses. 

No me importaría participar en la campaña a favor de la calma, pero ya que estamos en una guerra comercial continuada, utilizando lo que los políticos mejor suelen hacer, que es atemorizar a la gente con fantasmas de todo tipo, propongo intercambiar nuestros cromos: los ingleses deben permitirme entrar en su país sin imponerme condiciones en sus aduanas, incluído el pasar con mis preferidos jamones de pata negra en la maleta. 

Por cierto, mi organismo debe estar lleno de sustancias peligrosas. Cuando la central nuclear de Chernobil explotó dejando un rastro de conmoción en la Europa del núcleo duro, yo andaba por Italia, visitando algunos productores de fibra de vidrio reforzada. Era la temporada de fresas, y los productos agrícolas, de aspecto muy apetitoso, se ofrecían en los mercados a precios de risa. Después de un rápido conciliábulo de autoridades, mi amigo y colega Héctor y yo, nos autoconvencimos de que no había riesgo alguno, y después de limpiar con la mano los posibles restos de tierra del producto, nos engullimos en aquellos días, kilos y kilos de apetitosas fresas de Liguria. Sin reacción conocida, al menos hasta hoy, tanto para Héctor (a quien ví hace unos días en Oviedo, y gozaba de buena salud), como para mí, a salvo -en mi caso- de los achaques de la edad: pérdida de neuronas y apetitos, y creciente malhumor incontrolado.

A lo largo de mi vida me he convencido de que el mayor enemigo de la salud humana es el efecto pánico sobre las neuronas más débiles de nuestro organismo.

A sotavento: El sistema educativo necesita una revisión urgente y profunda

A sotavento: El sistema educativo necesita una revisión urgente y profunda

Por si alguien discrepa por principio, quiero comenzar indicando que, según mi información, la preocupación por la pérdida de calidad del sistema educativo no es cuestión exclusiva de España. En toda Europa se están oyendo voces de juiciosa proveniencia (con independencia de sus orientaciones ideológicas) que reclaman una revisión de los esquemas que se han probado en los últimos 20 o 30 años.

Cuando se analizan en conjunto los resultados de las múltiples reformas educativas que se han implementado en esas dos o tres décadas, se está de acuerdo en que, de la mano de la tolerancia, la permisividad en los controles y la falta de adecuación de los programas a las necesidades de la formación posterior, amparándolos en una mal entendida libertad de cátedra, se ha propiciado también una disminución de la calidad y cantidad en los conocimientos de los egresados de las escuelas públicas, y, paralelamente, creándose un desbarajuste formativo de variado pelaje, que supuso una pérdida en la transmisión de conocimientos relevantes, la falta de homogeneidad en las titulaciones universitarias y la aparición de mayores cuotas de desánimo en docentes y discentes.
 

En las Universidades y Escuelas Técnicas Superiores y Medias, la falta de acomodación de los planes de estudios a la evolución tecnológica y a la demanda empresarial, ha aumentado el desfase entre los conocimientos impartidos y las necesidades reales del mercado, dando como resultado que las empresas confían más en tests psicotécnicos que en currícula universitario, o limitan su oferta a ciertas Facultades y Escuelas, ignorando a las demás.

Parece, pues, llegada la hora de que se analice en profundidad qué es lo que está pasando, y adoptar medidas contundentes, en lugar de continuar ignorando el problema o minimizando los lamentos de lo poco que saben ahora nuestros jóvenes, del crecimiento generalizado de la despreocupación juvenil por la lectura, las artes o lamentando sul desinterés por la cooperación social, por ejemplo.

Es cierto que una parte importante de los jóvenes parece obsesionada por orientarse preferente hacia la consecución de dinero rápido y cómodo, menospreciando esfuerzos futuros en beneficio del disfrute inmediato.
 Pero no será solamente la culpa de los jóvenes, sino de la orientación que les estamos provocando, incluso con nuestra indulgencia.

En las Facultades universitarias, la prolongación de la falta de disciplina en las aulas, que es moneda común en las escuelas de formación primaria y secundaria, y la dramática desigualdad en los comportamientos y resultados académicos de los grupos del alumnado -traducido en aumento de distancia entre los decentiles más y menos eficiente- , alcanza proporciones que no pueden ser menospreciadas. 
 
La permisividad de algunos sectores respecto al comportamiento y aptitudes de los jóvenes y la prudencia en la crítica que ejercen ciertos mayores cuando se trata de juzgar a sus hijos y pupiles, ha permitido contraponer, considerándolas tan fundadas como ellas, opiniones como las que acabo de expresar con otras, contemporizadoras, que alegan de que se olvida que el sistema educativo sido dando jóvenes con magníficos resultados, que nunca hubo tanta información al alcance de la mano de cualquiera como ahora, y que, en fin, siempre ha sido visto con recelo por el poder establecido, el espíritu de contestación y la frescura juveniles. 

La nostalgia de cualquier tiempo pasado estaría en el origen de aquellos juicios críticos, por tanto, para este segundo grupo de opiniones.
 No tiene nada que ver con el síndrome de la juventud perdida, en mi opinión, el correcto análisis de lo que está pasando.

Igual que no se trataba de negar el cambio climático, cuando hay ejemplos del deterioro que sufre la naturaleza delante de nuestras narices, no habrá que esperar a que nos lo digan estadísticas oficiales para concluir que la media de los jóvenes que ahora tienen menos de 20 o 25 años, en la sociedad europea, y en España en particular (pero no de forma más grave, supongo) están peor educados, saben menos, tienen menos motivación, gozan de más títulitis y poseen menos conocimientos prácticos efectivos.


Digámoslo ya: el sistema educativo actual hace agua por múltiples costados y, por desgracia, no parece que se haya organizado el debate de forma suficientemente amplia, sincera y práctica para corregirlo de inmediato. 

Es buena hora. La sociedad, los padres y los políticos debemos decidir qué papel queremos para nuestro sistema educativo. Está muy bien que queramos que la cultura alcance a toda la sociedad, y, por supuesto, no se discute que todos deben tener igualdad de oportunidades, pero se hace imprescindible seleccionar.

Si el proceso educativo ha de servir para seleccionar a los mejores y más capaces, dándoles sucesivamente las herramientas y los conocimientos que necesitarán utilizar en las empresas y en las Universidades, el camino es uno. Si queremos, por el contrario, la promoción a ultranza de la igualdad, permitiendo que los sistemas educativos lleven a todo el mundo hacia el final de una supuesta formación, cerrando los ojos ante las deficiencias y los déficits de conocimientos alcanzados, el camino es otro.

Las dos posiciones son incompatibles, porque si se quiere seleccionar a los mejores, habrá estudiantes que deberán ser rechazados, lo que debe ser asumido por la sociedad, por los padres y por los propios estudiantes.  

Las Universidades japonesas y norteamericanas están siguiendo otro esquema, que permite la selección de los graduados y dotarles de la formación adecuada, en lugar de convertirse en el coladero y paraíso torpemente educacional en el que han caído la mayor parte de las Universidades europeas, cuya calidad es ahora muy deficiente.
 No es cuestión de número, sino de calidad.

He leído estos días un comentario de un ciudadano británico, en relación con este mismo tema, en el que se defiende la idea de que, “igual que la mejor manera de evitar una guerra nuclear sería prohibir la fabricación de bunkers para que los gobernantes y sus familias pudieran esconderse en ellos después de apretar el botón, la mejor manera de mejorar los estándares educativos  sería obligar por ley y sin excepción a que todos los políticos, educadores y líderes locales envíen a su descendencia a la escuela pública (o a la Universidad, añado yo) más cercana a su domicilio." Porque la mejor manera de concentrar la mente en la búsqueda de soluciones es ser expuesto directamente a las consecuencias de las propias acciones.

Son mayoría los padres que han debido confiar la educación de sus hijos al Estado, desde la Escuela pública, incapaces de pagar escuelas privadas, o superar los enigmáticos procedimientos que a menudo rigen la admisión en los centros concertados. Al principio, sufrimos un espejismo o una ilusión pasajera. La combinación de una escuela pública con profesores motivados, practicando una enseñanza abierta, mixta, y reforzado el mensaje con padres ilusionados que tenían tiempo para sus hijos al final de su jornada y, por supuesto, durante los fines de semana, pareció muy prometedora. En realidad, triunfó durante unos años, y dió algunos ejemplares de excepción en la generación de los que ahora tienen entre treinta y cinco y veinticinco años. 

Esos tiempos pasaron, sin embargo. No se puede culpar a un solo factor, sino a varios, que solamente a título de ejemplo, me permito citar aquí: llegada masiva de inmigrantes, con otros valores sociales y otros objetivos educativos, abandono del cuidado y tutela formacionales por progenitores ahora estresados, que buscan más intensamente su propio placer y están menos dispuestos a sacrificios, pérdida de motivación por una buena parte del profesorado, modificaciones erráticas en los sistemas educativos, etc. 

El Estado, por su parte, ha contribuido a devaluar el factor educador de la familia, concediendo igual valor al matrimonio heterosexual que al homosexual o a la oferta monoparental. Supongo que se me entenderá que no estoy hablando de replicar contra la igualdad de las parejas de hecho o la posibilidad de matrimonios homosexuales, ni tiene que ver mi aserto con la incorporación de las parejas de hecho, mixtas o no, a las ventajas fiscales y hereditarias  Pero es necesario valorar la educación mixta, en la que ambos progenitores -hombre y mujer, obviamente- contribuyen al refuerzo de la educación del infante, y le enseñan una visión heterosexual de la convivencia.

Por lo demás, la falta de competencia y motivación en ciertos docentes y de disciplina en las escuelas es dramática.  El número de certificados de estudios emitidos, o el creciente número de universitarios y postgraduados no se ha traducido proporcionalmente en un incremento de los conocimientos de la colectividad, ni se puede decir que existan más patentes propias, más investigación en las Universidades o mayores éxitos científicos, salvo las excepciones bien conocidas.

Los padres creen ahora  que la educación se debe recibir únicamente en las escuelas, y tienen poca intervención sobre los planes de estudios y vigilan aoenas la educación que reciben sus hijos. Se consideran una víctima más. Es un error, en mi opinión, porque no se puede abandonar, y ahora menos que nunca, la educación de la descencendencia en manos de quienes no saben claramente cómo hacerlo bien. El debate debería abrirse, porque, independientementemente de que parezca que yo tenga o no razón, la realidad es que las voces de alarma están sonando en muchos sitios y en algunos de ellos hace tiempo que se apresuran a tomar soluciones correctoras.

Al pairo: Peligro: malhumor a bordo

Al pairo: Peligro: malhumor a bordo El individuo que estaba sentado en el 12-B cuando llegué con mi mejor disposición viajera para ocupar el 12-C, asiento que la compañía aérea me había asignado, parecía haber sido presa de un ataque de nervios. Daba fuertes golpes al asiento delantero y lanzaba duros improperios contra Iberia, contra la dirección de esa compañía y su sistema de checking on line.  Por lo que colegí de su furia incontinental, le habían tomado el pelo, a él, que no se lo tomaba nadie. Comprendí inmediatamente que, como consecuencia de la sádica combinación de las fuerzas vivas de la compañía insignia española para amargarle el viaje a mi vecino circunstancial, yo parecía destinado a ser co-sufridor.

El día tenía que haber pintado muy mal para mi desesperado colindante, pensé, mientras, le indicaba con una voz de padre coadjutor recién llegado a una parroquia del Chinguistán, que, por favor, retirara sus libros de mi asiento. La acumulación de adrenalina en la forma humana sobre el 12-B subía por momentos, imparable. Una azafata con cara de estar a punto de enviarle a la guardia nacional pero actuando de forma profesionalmente educada, le ofrecía, por enésima vez -decía- el libro de reclamaciones, pero el tal energúmeno transitorio no cejaba en su disgusto, e incluyéndome dedidamente dentro del campo de sus iras, no solamente amenazaba mi integridad física con los movimientos de su brazo derecho, utilizando como punto de apoyo el separador entre los asientos que ocupábamos ambos, acercando a mis narices sus puños de lanzador de bolos, sino que me incluyó en su réplica, con un "¿A quién quiere que reclame, a este señor, al que no conozco de nada?". 

El interés general que suscitaba aquella incontenible explosión de ira, atrajo incluso a un sobrecargo que, en una solución seguramente extrema,  le ofreció uno de los asientos libres en la salida de emergencia, lo que también rechazó el infortunado, con el argumento de que ahora no le apetecía moverse en absoluto. Aproveché aquella confesión para utilizarla en mi provecho, y viendo que tenía poco que hacer allí, tomé mis bártulos y obsequiando con una sonrisa triste que pretendía ser condescendiente a la azafata-mártir, me senté varias filas más atrás, aunque respetando la salida de emergencia, por si mi ex-vecino cambiaba de parecer y aceptaba la propuesta que le habían hecho. 

Supongo que el viajero impertinente habría pagado su billete uno de los precios más altos que se pueden elegir para un mismo vuelo si lo compras por Internet. En verdad, siempre me intrigaron las ofertas de las compañías aéreas, pues aunque siempre admití que en un mismo avión viajaran personas que habían pagado por el mismo billete cantidades que podían variar del cero al infinito, no supe hasta recientemente que uno puede tomar la decisión de pagar mucho o poco en unos minutos, o sea, que uno mismo puede ser el paganini de todo el pasaje, en el supuesto de que eso le haga ilusión.

Incluso, contrariamente a mi construcción lógica (iba a escribir a toda lógica, pero me contuve), aparentemente, cuantas más escalas y más largo sea el viaje, más barato resulta éste, hasta el punto de que prácticamente puede salirle a uno gratis dar la vuelta al mundo, con la sola condición de que lo que verdaderamente te importe sea conocer aeropuertos, que también  tiene su morbo, porque no hay nada más cutre que contar los países en los que uno dice haber estado por la realación de tierras de despegue y aterrizaje en donde ha debido hacer escala.

Ya sentado en el que iba a ser mi asiento para el vuelo, colocadas mis cosas en el portaequipajes y revisada la lista de venta a bordo para ahuyentar cualquier tentación futura, mientras miraba por la ventanilla las urracas que viven en las pistas del aeropuerto, me asaltó una intriga intrascendente. ¿Por qué razón se habría colocado a tres pasajeros en una misma fila, estando más de la mitad del avión completamente vacío?. Algún/alguna sádico con intenciones de dañar la imagen de la compañía figuraba esa mañana al tanto de los ordenadores. 

Por cierto, conocer aeropuertos del mundo da mucha cultura. Se puede comprobar, por ejemplo, la influencia de la idiosincrasia en los controles aduaneros y de seguridad. A mí me gusta mucho viajar, pongo por caso, vía el aeropuerto de Roma, que tiene un aire de aeropuerto provinciano encantador, con los guardias y las azafatas de tierra, mar y aire siempre riéndose y dándose cariñosos empellones, con mostradores de información casi permanente vacíos y gentiles señoritas que, cuando por fin los ocupan, resulta que no son las encargadas de darte esa información, porque pertenecen a otra compañía, estaban de paso o son viajeras ellas también.

Otra cuestión que me excita (aunque no las papilas gsutativas) es analizar los altos precios de las variadas bazofias, algunas de ellas incluso comestibles, que se ofrecen en las cantinas –a veces llamadas también restaurantes- de los aeropuertos. Se da por supuesto que los viajeros de avión, que han empleado la fuerza de sus meninges hasta la extenuación por conseguir un billete por doce euros que les conectará entre Roma y Milán, por ejemplo, sucumbirán ante la tentación de un combinado de sándwich con algo parecido a una hamburguesa aplanada a mazazos y una cola médium size por solo doce euros. Así que se podrá decir que se pagó un precio de ganga por el billete pero la cantidad jamás imaginada por engañar el apetito.

Ah, en el autobús que nos llevó a la zona de aduanas del aeropuerto de destino, volvió a encontrarme con mi quasi-vecino. Estaba dándole palmadas a otro congénere y me saludó, ya reconvertido a la civilización: "Perdone, joven, pero es que quería sentarme con mi amigo y no sabía cómo librarme de Vd.". Le miré atónito y no sabía si agradecerle que me hubiera llamado joven o que no me hubiera arrojado por la ventanilla paa conseguir su objetivo.

A sotavento: ¿Por qué no una Albania unificada con Kósovo?

A sotavento: ¿Por qué no una Albania unificada con Kósovo?

He tenido la opción, por mi actividad profesional, de conocer Albania, que he recorrido de cabo a rabo en varias ocasiones a lo largo de estos últimos años. Pude hablar con varios albaneses, de forma en general distendida, pertenecientes a diferentes opciones políticas y estamentos sociales. Aunque se me explicó en muchas ocasiones que el carácter de las gentes de los Balcanes es muy diferente según los países, el de los albaneses se parece bastante al arquetipo español pues son extrovertidos y deseosos de hacer amistad con el extranjero. Así que, salvando las diferencias de lenguaje, porque aunque no encontré a nadie que supiera hablar de forma fluída el español, pude entenderme aceptablemente en inglés, alemán o italiano con mis interlocutores, he podido hacer mi personal encuesta sobre ciertos temas.

La mayor parte de la población de Albania es de confesión musulmana, pero me parece que poco ortodoxa, y predomina un pragmatismo religioso que bordea el agnosticismo, y la religión no cuenta entre sus preocupaciones principales. Sí, en cambio, preocupa y hasta obsesiona la situación económica y política, y encontrar la opción adecuada que permita recuperarse de la crisis, así como la forma de atraer inversiones y turismo a la zona. 

Algo de ese mosaico de preocupaciones tiene relación con la respuesta al interrogante que formulo en el título de este comentario, y me aventuro a exponer mis ideas, desde la simpatía e incluso el afecto hacia la población albanesa. El Porqué de una Gran Albania tiene, en definitiva, directa relación con el Para qué de esa opción y la oportunidad actual de trabajar en esa dirección, o fomentarla.

Como es sabido, Kosovo fue utilizado por el régimen nazi como “núcleo duro” para su política respecto a Albania, una vez que Hitler invadió Yugoslavia. En 1941, Italia y Alemania se dividieron como un trofeo la Kosovo yugoslava ocupada, en tres zonas: a Bulgaria se le asignó la parte colindante con Macedonia, Alemania se apropió de Mitrovica (que era el área rica en materias primas) e Italia se quedó con la mayor parte de Kosovo, que fusionó con la Albania de la que se había apropiado con anterioridad.

El comportamiento de los ocupantes con la población autóctona fue muy distinto. Los alemanes permitieron y estimularon la depuración de los serbios en su zona, estimulando con su pasividad el resurgimiento de los rencores subyacentes entre serbios (mayoritariamente católicos) y los albaneses (musulmanes en su mayoría, y en el caso de Kosovo, más rígidos en sus creencias). Por el contrario, los italianos contuvieron cualquier acto violento entre los grupos étnicos de su área unificada.  

En septiembre de 1943, al ser derrocado Mussolini, la Gran Albania fue ocupada por los alemanes, y cuando las fuerzas aliadas se aprestaron a recuperar la zona, utilizando la plataforma de la costa albanesa para avanzar, se encontraron con que los nazis habían construído un baluarte defensivo en Kosovo, por obra del lugarteniente de Hitler, un tal Hermann Neubacher, que utilizó y alimentó en su provecho el odio racial subyacente. En febrero de 1944, Adolf Hitler había autorizado incluso la formación de una sección autónoma de las SS para proteger la “pureza étnica de los albaneses”, alimentando el sueño mítico de la unidad étnica albanesa.

De la época nazi proviene pues la razón de la actual limpieza étnica de que “disfruta” Kosovo. Los aliados, encontrándose con un problema que no tenían ganas de resolver, prefirieron reconocer el gobierno albano en el exilio y, por ello,  la reconstrucción de la Gran Albania quedó para otra ocasión. Solo hasta 1974 con Tito, los albanokosovares recuperarían sus plenos derechos.

En febrero de 1996, la UCK comenzó su propia guerra para "liberar" a los albaneses de Kosovo de serbios, macedonios y montenegrinos. Algo que a la OTAN ya no le pareció de buen tono tolerar, bombardeando Yugoslavia en marzo de 1999 y entrometiéndose con sus tijeras de cirujano y aplicando un concepto más propio de despiece de carnicería para resolver la cuestión de las etnias, filias, fobias e intereses que forman parte de la esencia de lo que fue el núcleo del imperio otomano. Aquí se concentran pueblos casi tan viejos como el mundo que ofrecen una historia densa de guerras familiares, odios tribales, disputas por la tierra, la voluntad de los hombres y el control de las mujeres, asuntos que forman parte de la miseria humana. Temas que no se resuelven, en mi opinión, aislando y dividiendo a los que se enfrentan, sino convenciéndolos de que solo crecerán si van juntos, aprovechando especialmente que los jóvenes nacen sin los odios, reparos y recelos que se generaron en sus mayores.

Esta reflexión elemental me ofrece las claves para mi propuesta. Hay que facilitar la relación comercial y las vías de comunicación entre Kosovo y Albania, que tienen una lengua común, pero tampoco hay que obsesionarse por la reconstrucción de una Gran Albania, basándose en este aspecto del idioma; las diferencias de comportamiento, la rigidez de las estructuras, incluso las expectativas económicas y políticas son bastante difirentes,

La cuestión ahora resuelta es que los albaneses que viven en Kosovo, -como los que viven en Macedonia y Montenegro, y como todos los habitantes de la Tierra-, tienen derecho a un territorio en paz y, si ello es base para su mejor prosperidad, a su plena autodeterminación, incluso en este caso si ello comprende el derecho a la secesión de Serbia, pero sin precipitarlo, ni forzarlo, porque la situación ha cambiado mucho y el objetivo ahora común a todos los pueblos de los Balcanes es entrar en la Unión Europea, como garantía de prosperidad y de paz. 

Creo por eso, que las partes en negociación, serbios, albaneses, kosovares, europeos de la UE, etc, no deberían manejar demasiadas dudas al respecto de la postura a adoptar. Los reparos de Serbia tienen, a la postre, un carácter negociador frente a la Unión Europea, en la que se desea entrar cuanto antes. Por mucha nostalgia que sienta Belgrado hacia Prístina, la persistencia de un conflicto en la región kosovar no es plato de gusto en ninguna política interior.

Una Gran Albania no necesita ahora plasmarse sobre como Estado único. La coexistencia de dos Estados de población albanesa, incluso de un Estado y una región con fuerte autonomía, sería la forma de resolver, no ya un conflicto étnico, sino la necesidad que tienen los pueblos de los Balcanes de mirar hacia el futuro, y construirlo juntos, en lugar de empeñarse en reabrir heridas del pasado. Y muchos dejar que se engangrenen esas heridas discutiendo sus razones históricas para odiarse.

En una Europa de las regiones, las fortalezas basadas en las purezas étnicas o en los gloriosos pasados recogidos en los libros de texto para escolares tienen muy poca fuerza, si son vistos desde el presente y ese análisis se hace de forma conjunta, leal y panorámica. En resumen, la respuesta a mi pregunta sería: No es necesario, y sí en cambio, avanzar en la comprensión de la Europa de las regiones, dentro de un proyecto de Constitución Europea que, si va ser revisada, debería dedicar más énfasis a la política regional, pensando también en los Balcanes.