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El blog de Angel Arias

Al pairo: Ricos y olvidados en el cementerio y fervor discotequero

Al pairo: Ricos y olvidados en el cementerio y fervor discotequero

Se oye decir de vez en cuando, para justificar un despilfarro: “No quiero ser el más rico del cementerio”. La revista Fortune, viene preocupándose de hacer el ránking anual de estos falsos privilegiados, y en los primeros lugares ubica a dos cantantes: Kurt Cobain (que se suicidó en 1994, sin dejarse llegar a la treintena) y Elvis Presley (muerto en 1977, según se especula todavía, por sobredosis). Sus deudos, que son en realidad los ricos, han contabilizado en torno a los 50 millones de dólares por difunto. 

No puedo competir en esa clasificación, -por supuesto, cuando me muera-, porque mi patrimonio está compuesto de propósitos, hipotecas y empeños-, aunque (y está a lo mejor mal que lo diga) he hecho ganar bastante pasta a quienes me emplearon. No me diferencio en esto en nada de otros tantos ejecutivos que cosechan el éxito cuando trabajan para otros, pero se atascan cuando el beneficiario es uno mismo.  

Todo esto sirve de introducción a mi comentario en visperas del día de difuntos. Saben los eruditos lectores de este cuaderno (y se lo cuento para los menos pedantes) que este día se celebra desde que un tal San Odilón, abad de Cluny, dedicó el 2 de noviembre del año 998 a los difuntos de sus fieles, que, por hábil juego de palabras se consagró como la Fiesta de los "Fieles Difuntos”. 

La festividad del día de los muertos se divide, en el mundo católico, en dos. La de todos los santos, que se celebra en tal día como hoy, el 1 de Noviembre y la del día de los muertos, mañana. En los pueblos latinoamericanos, la fiesta grande es la de los muertos, en especial, de los que fallecieron siendo niños. Las familias ponen altares adornados, con juguetes, dulces, flores. En México, por ejemplo, el rito comienza en la madrugada y algunos altares, construidos sobre las lápidas, son obras de arte popular. 

En muchos pueblos de Colombia, Ecuador, Bolivia –por no nombrar a muchos otros países-, la fiesta se celebra con una gran comida colectiva, con castañas, huesos de santo, empanadas y prodigios de repostería. Es tradición que los mejores manjares se pongan en un plato en el lugar ue hubiera correrspondido al difunto más reciente, para convidar al primer pobre que llame a la puerta de la casa. Las puertas se dejan abiertas para que los muertos de la casa puedan pasearse por ella, y se eliminan de los lugares de paso aquellos muebles que podrían ser ostáculo para las almas invitadas.  

Los antropólogos hablan de que estos rituales tienen un mensaje múltiple. Relacionan los sobrenatural con las peticiones de bienestar material para los vivos, y responden a un arraigado proceso cultural, cuyas raíces se pierden en el tiempo y no son en sí mismos, comportamientos religiosos, sino hechos sociales.  

Para quienes hemos vivido en pueblos, y mantenemos el contacto con la vida aldeana, no será decir nada nuevo que los comportamientos con base religiosa tienen una función de cohesión social, de comunicación y de intercambio. Nadie osaría perderse un funeral, y ni siquiera un cabo de año, por un vecino, en Galicia o en la Asturias occidental. El pueblo se reúne con estos motivos, comunica, pregunta, intercambia noticias, y, en muchas ocasiones, el acontecimiento triste deviene un acto lúdico, comiendo y bebiendo juntos. Así se rompe la monotonía de la vida normal.   

Es una lástima que para el habitante citadino esa costumbre se pierda, convertida en ridículo esterotipo. Con el paso de los años, me he convertido en visitante asiduo de comercios y cementerios. Cuando llego a una ciudad que no conozco, voy a su Mercado y a su Camposanto, y observo a las gentes, miro las lápidas, los mauseos. Hay mucho de la historia de ese pueblo, de su cariño por el pasado y de su fervor por el presente, en ambas plazas.  

Para muchos coetáneos, prisioneros de la prisa, el día de todos los santos (que es cuando tenemos aquí en España el día de fiesta), se ha convertido en el de la apurada visita al cementerio de los más nostálgicos, llevando un ramo de flores (generalmente, claveles o crisantemos), que se abandonan a la carrera sobre la tumba de los allegados difuntos que fueron más cercanos. Es una fiesta para los floristas, pues.  

Pero no me equivoco. El sentido profano de lo irrespetuoso con la muerte, ha traído a nuestras tierras una fiesta que llena las discotecas y atrae a la juventud, inconsciente del sentido de la muerte. El mismo día en que los más ancianos (preferentemente, las mujeres) de la colectividad, se esfuerzan en adecentar algunas tumbas, dándoles agua y jabón y pasándoles el cepillo a los mármoles, los jóvenes se embarcan en una fiesta de madrugada, en la que se disfrazan de esqueletos y beben para olvidar. 

Tenemos, pues, dos caras de una misma moneda, que representa la muerte, ambas separadas por paredes y muros. La tapia de los cementerios, que el crecimiento urbano ha situado en terrenos de alto precio, y que los hace a menudo víctimas de un traslado forzoso por la especulación, se contrapone así a los recintos cerrados de los locales de diversión, en donde los jóvenes se mofan de una muerte que ven lejana, y manifiestan, de esa manera, su falta de fe en la continuidad de la vida más allá del cuerpo.  

Celebran los más jóvenes una fiesta que en estas tierras es ajena, el Halloween, que surgió en Irlanda para señalar el fin del verano, y en la que los druidas sacrifican algunos animales para aplacar las iras de los muertos.  Incluso en los experimentos de la Second Life, se pueden alquilar lugares en cementerios virtuales, y comprar flores y otros detalles para mantener viva, en el ciberespacio, la imagen de los difuntos queridos.  

Y para golosos, existe aún otra forma de celebración de esta festividad polisémica. En muchas pastelerías se pueden encontrar buñuelos de viento (por cada uno que se come, decíamos, cuando existía el Purgatorio, que sacábamos a un alma de su pena), huesos de santo, empanadas, panayets, etc.  

Al socaire: Optimismo a la medida

Al socaire: Optimismo a la medida

Una amiga me lanza el mensaje, utilizando la correa transmisora de mi esposa, que es siempre proclive a trasladarme opiniones subliminales con el auxilio de terceros, de que mis comentarios en este cuaderno no son precisamente muy optimistas que digamos. 
 

El comentario me viene al pelo, porque el asunto del optimismo me trae de cabeza desde niño. Por esta y otras razones, hace unas cuantas semanas propuse como tema para la tertulia que mensualmente celebramos en el restaurante AlNorte, el del optimismo. Invito a los curiosos de lo que allí se habló a visitar la página web: www.alnorte.es , dirección informática donde se encuentran las actas de todas las tertulias que hemos celebrado hasta ahora. En ésta le dimos un repaso a Davos y a Portoalegre, al cambio climático y al hombre post-humano. Seguro que el lector encontrará información de interés, y en el caso de los ciclotímicos, puede que incluso se halle vocabulario para auto-diagnosticarse.


Los especialistas en psicología y psiquiatría que estaban presentes (en estas reuniones procuro reunir a expertos con diletantes) nos ilustraron con que nacemos predispuestos a ser optimistas o pesimistas. Andrés de Miguel, psiquiatra, expresó que hay caracteres predisposicionales de la persona que se unen a los disposicionales. Estos últimos serían las circunstancias sobrevenidas, la buena o la mala suerte.
  Pero el que nace con el gen del pesimismo lo tiene crudo aunque le toque el Gordo de Navidad, parece.

No me considero pesimista, pero una cosa es como uno quiere que lo vean, y otra, como lo ven. Una de mis referencias favoritas es la de que “el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”. No se si esa frase tan atinada la hubiera podido descubrir yo, de no haberlo hecho antes Antonio Machado, pero encaja como anillo al dedo a lo que quiero expresar.  

A nivel general, no son muchas las oportunidades que nos da el presente para sacar a brillar las alegrías. El deterioro ambiental, las muchas guerras (siempre sin sentido), el terrorismo -el lejano y el cercano-, las desigualdades sociales, las obras, la especulación urbanística, la corrupción, etc.  

Claro que también se pueden enumerar motivos de alegría: El mundo occidental va bien, España va mejor, el paro alcanza niveles estructurales, ha llovido suficiente para arrumbar el riesgo de sequía y restricciones (al menos este año), las mozas de buen ver enseñan con esplendidez sus dones físicos (que me perdonen las féminas de menos ver), el fútbol pierde adeptos, etc.  


En serio: Propongo que dediquemos unos minutos diariamente a sonreir a los desconocidos. En el metro, en el autobús, en el trabajo, en el ascensor, en la calle. Al principio, puede que el destinatario de nuestra expresión facial crea que nos hemos vuelto estúpidos. Pero, si nos devuelve nuestra sonrisa con la suya, habremos hecho algo por mejorar el nivel de optimismo en el mundo, porque los entendidos dicen que la parte disposicional (vamos, lo circunstancial) puede elevarse por contagio colectivo.

 

Si además de sonreir al prójimo, dejamos de darnos patadas por debajo de la mesa, o hacernos putaditas (el diminutivo es improcedente) cuando no nos ven, dejamos quieto el manjar que no vamos a comer, y si ayudamos al otro a superar sus dificultades, ya ni te cuento. Exito garantizado: el optimismo mundial mejorará varios enteros.

Solo nos queda por exponer el resto del plan: formar con los adictos a disfrutar de la vida una pequeña legión, y andar a exigirles a quienes nos complican la vida utilizando sus poderes más altos, que no se molesten tanto en convencernos que debemos ser felices. En lugar de mostrarnos indicadores de bienestar, que controlen mejor los recursos, persigan a los que roban del erario, detecten y abominen de endogamias, impulsen sin temor a quienes pueden hacerles sombra, sometan a escarnio a quienes tuerzan leyes y deformen realidades a su antojo, trabajen todas las horas que se cobran, tengan más contacto con el pueblo y menos con sus compañeros de partido, etc...

A falta de mayores disquisiciones, al fin y al cabo, ya el arziprestre (de Hita), con otras palabras, expresaba los dos deseos capitales que llevan al optimismo a todo varón : tener manduca y lograr  la atención de una hembra placentera.

Al pairo: Nostalgia de las milicias universitarias

Para un no-militarista, como me siento y así me he presentado en público en algunas ocasiones, escribir para elogiar a las milicias universitarias puede parecer a alguno un síntoma de que algo no me empieza ya a funcionar bien en la cabeza.

Ante todo, y para quienes me conozcan menos, pido que no se confunda esta posición con la ser contrario al Ejército, y mucho menos se interprete como que voy a contrapelo de los ministerios de Defensa. Apoyo la necesidad de estar a la protección de los intereses legítimos de nuestra sociedad, y si los que los contrarían utilizan la violencia, hay que responderles a tono. Por otra parte, soy pragmático en abordar la necesidad del Ejército, aunque discrepo en la concepción de un Ejército exclusivamente profesional. En coherencia, si lo que hay que proteger es acervo común, todos somos sus garantes.

En estas notas, más que defender la vuelta a la mili, que es un invento pre-moderno poco útil y bastante costoso, quiero reclamar el atractivo de una actividad colectiva, de cierta duración,  especialmente en la etapa juvenil del ser humano, y que se consagre a colaborar, sin remuneración (solo a cambio de alimento y morada) a los objetivos que le fije la sociedad.

El pretexto por el que se organice esta actividad oficial es lo de menos: podría ser cuidar ancianos, manejar armamento convencional, conducir camiones, hacer gimnasia sincopada, arreglar motores, plantar árboles en un bosque quemado o recoger galipote. Lo importante es desarrollar en los jóvenes, en su adolescencia, el espíritu de disciplina, la comprensión de la necesidad de colaborar con los demás, de ser solidario. Y, ya apurando, del interés de hacer algo aunque no le encuentres sentido, porque te lo mandan.

Se trataría de algo parecido a una ceremonia iniciática, con la que se produciría la despedida de la adolescencia y se daría comienzo de la edad adulta, etapa sin retorno. 

La culpa de la aparición de ese deseo atípico de querer comentar algo sobre las milicias me viene como consecuencia de hojear un periódico de Asturias, y toparme con la foto de un sonriente y algo más ajado José María Pérez Rodríguez, abogado y jefe de área de los servicios catastrales de Asturias, al que hacen una entrevista como presidente de la Unión Nacional de las Milicias Universitarias de la región. Presentaba la conferencia que dió sobre el tema Joaquín Arce, catedrático de derecho civil, otro amigo de la época. 

Como ya no sabrán los jóvenes, las milicias universitarias fueron creadas en 1941, con el objetivo de permitir que los estudiantes universitarios pudieran compaginar los estudios con las instrucción militar. Duraron hasta el 2001, ya con el nombre cambiado de IPS a IMEC.

En mi caso, realicé las milicias en Montelareina, en la unidad de zapadores, por los años 69-70, así que ya llovió. El período de instrucción se completaba con unas prácticas de alférez o sargento de complemento, realizado en cualquiera de los cuarteles de España, en dura competición entre aspirantes, ya que las plazas se otorgaban según el número obtenido de cada promoción, y su antigüedad.

Termino mi propia historia refiriendo que mis prácticas de alférez las realicé en un batallón de Palma de Mallorca, ya casado e investigador metalúrgico en la ENSIDESA, sabiamente aconsejado en la decisión por mi predecesor el compañero y amigo Enrique Casero, salvador de la Suzuki en Asturias, hoy prematuramente desaparecido de este valle de insostenibilidad.
 

Las milicias eran un fastidio. Algunos mandos profesionales –en especial, los más jóvenes tenientes- se complacían en tocar las narices a los universitarios; a veces, los mandos que menos mandaban -en especial, el cabo primero o el sargento de semana-nos hacían realizar ejercicios que, en buena parte, variaban entre lo estúpido y lo inútil; la instrucción física –desfilar sobre la explanada una y otra vezbajo un sol abrasador-, como la intelectual -aprender simplezas sobre el planteamiento de la guerra en la edad de piedra- era, por momentos agotadora y con abrumadora consistencia, sin mayor sentido.

En conjunto, para un observador, podría parecer que estábamos ante
un ejercicio calibrado con el simple propósito de lograr nuestra enajenación. Los madrugones eran injustificados en relación con el programa posterior. Seguramente nos daban bromuro con el líquido del desayuno. Los exámenes de preguntitas nemotécnicas para poder salir pitando de permiso a Asturias el corto fin de semana (normalmente, los menos pudientes y quienes no teníamos novia, nos acercábamos solo a Toro, Zamora o Salamanca) eran ridículas para estudiantes universitarios. 

Pues bien. No solamente no nos enajenaron, sino que, ahora, desde la perspectiva histórica, encuentro que las milicias tenían bastante sentido positivo, y nos hicieron bien. Nos hicieron correr y sudar. Nos enseñaron a conocer el valor del tiempo, en especial, del que se pierde. Fueron, ante todo, un ejercicio de compañerismo, de contacto con los demás, intenso y abierto.

Sirvieron también de escuela-muestrario de caracteres. Allí se retrataban los perfiles mejor que en ningún otro escenario. Nos enseñaban cosas del otro, incluso para quienes llevábamos años haciendo juntos la carrera universitaria, y hasta proveníamos del mismo Instituto o Colegio- .

Las dificultades a vencer eran mínimas, desde luego. Nadie pensaba en la posibilidad de entrar en guerra con el enemigo –ni siquiera contra el moro, cuya amenaza sobre el Sahara  se dejaba caer por los cuarteles de vez en cuando como una macutada recurrente-. Pero hacer las cosas juntos, despertaba un espíritu de camaradería, un sentimiento moral de compañerismo, de solidaridad cómplice que aún perdura. Lejos de la familia, la mayor parte con un par de asignaturas colgadas para septiembre, ese tiempo que de todas maneras se iba a tener que pasar estudiando, encerrado en casa o en salas de estudio atiborradas y sin aire acondicionado, lo disfrutábamos mejor al aire libre, con los otros.

Una sensación de privilegio, quizá sin ser conscientes de ello, nos invadía. Eramos espléndidos con nuestro tiempo, que de todas maneras tenía que pasar, y lo procurábamos hacer de la mejor manera posible.
 

Después, cuando como alféreces o sargentos, ya con la carrera terminada, muchos trabajando en nuestras profesiones, dedicábamos cuatro meses a los cuarteles, y el contacto con los soldados rasos, venidos de sus pueblos, con la instrucción mínima para malsaber leer y escribir, nos devolvía una relación con la España misteriosa, profunda, desde la posición privilegiada de mandos del Ejército. Eso nos permitía un baño final de compadreo con el pueblo llano, nos hacía conocer mejor a los militares profesionales, y, en algunos, nos perfeccionó el instinto anticlasista, el escepticismo, el respeto hacia las razones de los otros.

No quiero ponerme romántico, pero las milicias nos colocaban en el medio. No éramos militares de carrera, no éramos soldados. Veníamos del pueblo, pero estábamos preparados para mejorarlo. Viviáimos nuestro último sueño de juventud, antes de que la vorágine de la vida real nos sumergiera para siempre en las ocupaciones prosaicas por la subsistencia.
  

Al socaire: Indígenas, globalización y política

Al socaire: Indígenas, globalización y política

 Asistí hoy a la sesión-coloquio organizada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales sobre el atractivo tema: “Pueblos indígenas en América latina: ciudadanía, constitucionalismo, derechos.”  

Estuve solamente durante parte de la sesión de la mañana, (la reunión empezó ayer y se concluía hoy por la tarde). Lo justo para escuchar las intervenciones de  Atencio López (Congreso general del pueblo Kuna, Panamá), de Zósimo Hernández (Programa México nación multicultural, consultor indígena UNICEF) y del profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, Ramón Máiz. 

No pretendo hacer el resumen de las ponencias, ni siquiera trasladar el interesante debate posterior, en el que con la habitual vehemencia expresiva en este tipo de reuniones, distintos portavoces indígenas (reales o sedicentes) y amigos (francos o sobrevenidos), mezclaron conceptos y posiciones desde muy variados puntos de vista. Lo que sí me apetece es  trasvasar a este cuaderno algunas de las reflexiones que me surgieron al hilo de las intervenciones de unos y otros. 

En primer lugar, entiendo que los movimientos indigenistas se mueven en dos direcciones, seguramente de difícil integración: el que llamaría de naturaleza endogámica, que defiende el reconocimiento de su propia idiosincrasia y diferencia cultural, reclamando derechos extra-constitucionales. Y la posición panindigenista, que buscaría la unión internacional, para propiciar una especie de Gran Rebelión –pacífica inicialmente, potencialmente revolucionaria-. 

La existencia de entidades indígenas, es una consecuencia de la subestima por parte de los colonizadores y de sus herederos, sobre el valor de las propiedades donde se asentaban estos pueblos. Eso les permitió subsistir sin mayores problemas hasta hoy, y por eso son reductos de un pasado que, en general, ya no se encuentra. Son una reliquia de los movimientos globalizadores, por su propia naturaleza, destructivos de cualesquier individualidad, que han conformado lo que hoy llamamos mundo desarrollado. El trasfondo de mi anotación se encuentra, por ejemplo, en los planteamientos del comandante Marcos, en México: En Oaxaca no ha habido revolución, es tiempo de que la haya. 

Por otra parte, lo indígena en las comunidades latinoamericanas, aparece ligado al concepto de raza (adulterado en parte por el mestizaje, aunque no siempre sea reconocido así por sus portavoces, que se apellidarán, significativamente, Hernández, López o Martínez, por ejemplo), unido al de ruralidad/campesinado y al de marginación.

Como todo movimiento insurgente de desplazados, sus líderes se forman de aquellas personas que han tenido ocasión de asomarse al otro lado de la singularidad, y han tenido la oportunidad de integrarse. A la cabeza de los movimientos indigenistas se encuentran profesores universitarios, perfectamente bilingües o incluso trilingües, de  hábitos claramente occidentalizados o criollos. ¿Qué les distingue respecto a sus colectividades? El aparecer esgrimiendo un discurso de naturaleza política.
 

Coincido por ello, con los argumentos del profesor Máiz. Detrás de los movimientos indigenistas, que se agudizan en los 80/90, hay una etnificación de lo político, y no se pretende con ella el retorno a los orígenes, sino la emergencia de una nueva identidad, lo que los convierte en un proceso constituyente. Sus identidades, como todas, son contingentes, y dependen del contexto socio-político. Son un recurso, una componente de la estrategia, una munición.  

Mi intervención en el debate se centró en la necesidad de clarificar, desde su planteamiento, que es lo que se pretende conseguir. Desde mi conocimiento -parcial- de las realidades rurales latinoamericanas, creo que es necesario concretar los elementos de cambio que las comunidades indígenas, en una sociedad de naturaleza básicamente mercantilista, desean poner sobre el tapete.

La otra opción, sería defender a ultranza el mantenimiento de su aislamiento, defendiendo el derecho a conservar, con todas las consecuencias, su cultura, sus usos y costumbres, sus órganos rectores, su marginalidad.
 Pero si lo que se pretende es salir de la marginación, hay que poner en valor los recursos, sobre todo naturales, de las tierras en donde se asientan todavía las comunidades indígenas: digamos, sus reservas de  agua, los minerales extraíbles de su subsuelo, su biodiversidad. 

Mi pregunta fue ¿a dónde queréis ir? No tiene sencilla respuesta, ni tampoco esperaba que se me diera en un auditorio de encendido pro indigenismo. Aunque lo que está en juego, para mí, es la capacidad para movilizar operaciones de transacción, para lo que es imprescindible conocer bien lo que se tiene, y de entre ello, lo que se desee conservar. Para los elementos con los que se desee negociar, es crucial clarificar su valor de cambio, y contra qué se desea, en principio, cederlo: ¿infraestructuras? ¿cánones para su uso por la colectividad? ¿mejoras asistenciales y, especialmente sanitarias?...

La historia de las comunidades indígenas que han llegado vivas hasta nosotros, aparece ligada a su subestima por parte del poder. El representante de los Kunas, de la Comarca Dule Naga, con sus 3.200 km2, nos contó cómo no fueron colonizados hasta 1900, cuando Panamá se independiza de la Gran Colombia. Su movilización tardía se ejercita contra el gobierno panameño en 1930, que pretendía eliminar la cultura indígena, lo que desata la revolución kuna, que, con la solidaridad de EEUU, consigue una autonomía de hecho. La paz se firma a bordo de la fragata Cleveland, y no hace falta expurgar la historia para imaginar los intereses subyacentes. 

Con su acercamiento al desarrollo, me temo que las comunidades indígenas están abocadas a desaparecer, engullidas por la amplia capacidad fagocitadora de las ventajas del mundo tecnificado. Me despiertan afecto y simpatía por ofrecerme la imagen de un mundo perdido, incluso del mundo que pudo haber sido, pero tienen relativamente poco que ofrecer económicamente. Y los valores culturales, étnicos, tienen una capacidad limitada en el tapete de la negociación.

Cuando a esas tierras hoy olvidadas se incorporen nuevas comunicaciones, se les dote de las infraestructuras que se necesitan para extraer de ellas lo que es valioso para el mundo desarrollado, sucumbirán unas formas de regir la comunidad, de practicar la convivencia, que consideramos primitivas, desde este lado de la valla simbólica. Mejorar sus bajos índices sanitarios, eliminar su incultura y atraso, colmar sus muchas necesidades –sentidas ahora por comparación hacia el mundo no-indígena, criollo, occidental-...lleva en sí el germen de su destrucción.
 

Habrán conseguido, eso sí, sus líderes, obtener un lugar en la comunidad política de sus naciones, pero no deben engañarse: lo indígena se muere ante la globalización, más tarde o más temprano.El magnifico libro de Richard Leakey, “La sexta extinción: el futuro de la vida y de la humanidad”, daría a indigenistas y contestatarios unas buenas respuestas. Aunque, como Leakey, a veces me siento escéptico para creer que dispondremos de suficiente tiempo para analizarlas.

Al socaire: Mis sugerencias para el futuro alcalde (o alcaldesa) de Madrid

Al socaire: Mis sugerencias para el futuro alcalde (o alcaldesa) de Madrid

Hay consenso, cabe decir, en el que incluso participa indirectamente la oposición, en que Alberto Ruiz Gallardón es el mejor alcalde que puede tener hoy por hoy Madrid. Como sucede en los patios de escuela cuando alguno de los chavales destaca porque ha crecido más rápido que los demás y les saca una cuarta, no tiene quien le tosa. Así parece.

Al menos, desde el otro partido grande nadie se atreve -hasta el momento- a enfrentársele en unas elecciones: unos porque dicen que son sus amigos, otros porque los han reclamado para negocios irgentes de ultramar, aquellos porque ya se ven algo mayores, estos quienes porque no quieren volver, y acullá esotros porque no pueden o no les llaman...

A mí Ruiz Gallardón me cae bien. Salvo en una minucia: me parece una tropelía lo que ha hecho acumulando todas las obras de circunvalación y agujereamiento a Madrid, incluido el adecentamiento de calles en esta legislatura. No nos lo merecíamos. Pero aparte de ese egocéntirco deseo de querer trascender a la Historia como el Carlos IV bis, tiene talla y modales de gran político. Sobre todo, me gusta cuando discursea con elegancia, templando, sin pasarse, dirigiéndose a gente de cultura. No lo veo tanto con boina y camiseta sudada, pero es que tampoco veo así, por ejemplo, a Rodríguez Zapatero.

Y es que tengo debilidad por los políticos que trabajan. También me cae bien Esperanza Aguirre, aunque me gustaba algo más cuando era concejala de Medio Ambiente. Me hacía tilín (intelectual, obviamente) Tierno Galván, sobre todo, antes de ser alcalde, y me ilusiona hoy por hoy Inés Sabanés cuando presenta su programa basado en la acción social-. O, ya para terminar y no hacer la lista larga, me despierta simpatía Juan Barranco cuando me promete con esa voz de fumador que parece prestada de Sabina que algún día participará en las tertulias de mi restaurante... 


Pero ser alcalde de una ciudad tan grande y compleja exige tener muchos y buenos asesores. Ningún candidato o precandidato me lo ha pedido, pero me he propuesto, con la ayuda de aquellos de los lectores de este cuaderno que quieran colaborar, indicarle tanto a Gallardón como a sus opositores/opositoras algunas ideas de lo que deberían hacer para Mejorar Madrid. Son cosas pequeñas, algunas. No reportarán gandes beneficios a nadie, no hablaré de recalificaciones de terrenos o permisos para construir grandes torres o nuevos estadium. No.

Porque Madrid es una ciudad que me gusta más bien poco, y eso a pesar de los esfuerzos que hacen y han hecho mis amigos engatusados por esta villa con artes de ramera para demostrarme que Madrid tiene múltiples encantos. Ya sa sabe: museos, exposiciones, conferencias, contactos de empresa, etc.


En algo les doy la razón: si quieres desayunar fuera de casa todos los días, de gorra, creo que no hace falta más que te pongas una corbata y, enterándote en qué hotel toca hoy cónclave empresarial o acto propagandístico administrativo, te personas, y pasas al salón a tomar café, naranjada y pastas, que nadie te va a preguntar quién eres ni qué haces allí.  "Es el anonimato, estúpidos."


Pero Madrid no tiene comparación con París –los magníficos despertares de la gran urbe, con los mercados de frutas y verduras callejeros, con el crecer acompasado del ruido que acabará siendo una sinfonía total durante el día-. Carece de los estupendos paseos a orillas de un río, de los que gozan, por ejemplo Düsseldorf, Budapest; no tiene el glamour elegante de Londres, ni se asoma a los incomparables programas musicales de casi cualquier ciudad alemana. No tiene la monumentalidad de Roma ni de Atenas, restos magníficos del pasado mezclados con ese caos cotidiano, pero espontáneo, que hace al conjunto irresistible como la miel...
 


Madrid quiere, pero no puede. Es una ciudad desintegrada, con pocos barrios y muchos vacíos citadinos, con escasa vida ciudadana, -hay suficientes acontecimientos culturales, pero la ciudad apenas si los vive-, en la que es un milagro encontrarte a un amigo por casualidad en la calle, y si lo haces, no podrás invitarle a tomar una copa, sino solo prometerle que ya lo llamarás un día de éstos. 


Mi desencuentro con la ciudad será, seguramente, en gran parte, culpa mía, de mis nostalgias provincianas, de ese amor por salir a dar un paseo y encontrarme, sin haberlo preparado, con un conocido y darte la alegría de empaparte de su verdad; incluso echo de menos el cotilleo sobre los otros, para mezclarlo con una osquedad con sonrisitas hecha de ignorancias sobre los vecinos.  


Claro, ahora debería escribir también que me gustan los madrileños, que son muy buena gente, que aquí nadie se siente extraño. Pero seamos serios: me parece bien que un desconocido me sonría cuando me contesta que no sabe la dirección de la calle por la que le pregunto, pero me idea de lo que es sentirme entre amigos exige más nivel. 


Empiezo, en fin, mi lista de lo que necesita (o le sobra a) Madrid: 

1. Limpieza profunda de toda la ciudad
2. Retirar todos los coches abandonados de las calles
3. Controlar la mendicidad y el vagabundeo callejero, especialmente en el centro
4. Hacer las aceras transitables, revisando obstáculos, pero cuidando el pavimento, que no tiene por qué ser de baldosas y baldosines con dibujos caprichosos que a la primera resultan levantados por las raíces de los árboles
5. Coordinar las obras de los servicios de la ciudad (teléfono, compañías eléctricas, gas, agua, saneamiento, ya se sabe) para evitar que una y otra vez se levanten las calles y las aceras
6. Eliminar todos los bolardos de la ciudad, que no se para que sirven y segun vox populi han servido para financiar alguna campaña electoral y para aumentar el trabajo de los chapistas.
7. Eliminar todos los inservibles recoge-pilas y marquesinas que sirvan más como soporte publicitario que como protección al que espera y placas anunciadoras (¿mobiliario urbano?) que impiden el tránsito de los peatones sobre las aceras, obligándolos a salir a la calle
8. Hacer la ciudad transitable para inválidos, tanto ciegos como quienes deben servirse de sillas de ruedas. Revisar todos los puntos conflictivos en ese sentido.
9. Instalar escaleras mecánicas en todas los accesos de metro, especialmente en aquellas líneas que conducen desde Nuevos Ministerios a Barajas y desde Atocha y Chamartín a las zonas más pobladas.
10. Revisar todos los solares abandonados, lugares de acumulación de desperdicios, trastos viejos, y, también, lugar de refugio insalubre para desarraigados
11. Rehabilitar los edificios en ruina, que causan y causarán graves desgracias, con un Reglamento específico, especialmente los edificios de más de cincuenta años.
12. Controlar la colocación de depósitos para recogida de escombros, señalando claramente los días en que van a estar en la calle, y evitando colocarlos en cualquier sitio. (Preferibles los sacos de plástico reforzado).
13. Decidirse a demoler totalmente los edificios antiguos sin valor arquitectónico, y sustituirlos por otros nuevos de aspecto similar, realizados por arquitectos y diseñadores expertos en remodelación urbana.
14. Crear varios edificios singulares, de arquitectura historicista. Ya que la ciudad ha visto destruídos la mayor parte de sus edificos singulares, en lugar de llenar la ciudad de restos sin valor, mejor construir referencias visuales, copiando o recreando viejos monumentos. 
15. Regular bien los semáforos para quel, por ejemplo, los peatones no quedemos atrapados en la medianera de las calles anchas. ¿No se podría pensar en los peatones, más que en los coches, y desacompasar los semáforros, de forma que la luz de una mitad de la calle estuviera desfasada medio minuto respeto a la otra?

(seguirá)

Al socaire: Premios Principe de Asturias, magnífica fusión de oportunidad, publicidad y méritos

Los premios Principe de Asturias se han entregado hoy, en una fastuosa ceremonia, con ribetes de jolivúd, con los premiados llegando -en estudiado crescendo- en limusinas negras, cuyas puertas abrían gráciles azafatas trajeadas también de negro. El público ovetense se agolpaba tras los cordones de seguridad, y aplaudía con educación cada vez que descendía alguien de los vehículos, y lo hacía a raudales, cuando reconocía a los personajes. 

Los premios han servido para poner el punto de mira sobre mi ciudad natal, Oviedo, puntualmente, desde 1981, en estos días atristayáos de mediado otoño. Siempre me han parecido una idea estupenda, porque toda propaganda viene bien. No solamente por la gran fiesta final, sino porque, mientras se deciden los premiados –con primorosa gradación de emociones- se reúnen en Oviedo los miembros del Jurado, se habla de los candidatos, se difunde el nombre de la ciudad junto a los ganadores. Podría escribir que los premios Principe de Asturias han dado también cancha al hijo varón de SSMM los Reyes de España, D. Felipe, que ha consolidado así una imagen de simpatía y servicio a su proyección pública, pero ese sería un efecto colateral que no creo venga al caso subrayar.

Magnífica  idea la de galardonar a personajes de ya muy reconocida popularidad, especialmente en las secciones que dan menos juego a la imaginación, como pueden ser las de las Artes, las Letras o la Concordia internacional. Como sucede con casi todos los premios de pretendido alcance internacional –y el del Principe de Asturias lo tiene-, frecuentemente los galardones de acumulan sobre las mismas personas, cuyas vitrinas deben estar llenas de medallas y placas e incluso hay que suponer que sus arcas no deberían necesitar, por lo general, más dinero para ir tirando.
 Por eso, algunos regalan los 50.000 euros a los pobres.

Pero, qué duda cabe, que además de significar un Gran Festival para mi ciudad, el Premio Principe de Asturias es un Certamen serio, que se mueve en un sabio camino intermedio entre premiar a los muy famosos que  sirven para consolidar su prestigio y darle mayor difusión, y premiar a algún descubrimiento nuevo, que, sacándolo a la luz y mezclándolo con algún héroe local o nacional del momento, crea un mejunge de alto interés mediático. Por eso, opino que el el Premio tiene la madurez y la buena salud para que pueda ser considerado en la parte alta de aquellos que dan algo más de gloria a los que ya tienen bastante y no constituyen en absoluto un demérito a los que tienen ya muchísima. 

Nunca me han invitado a asistir a la ceremonia (tampoco habría por qué, supongo), que he visto, sin embargo, a veces y a ratos, cuando la emiten por televisión. Por supuesto, no he figurado jamás como miembro de ninguno de los Jurados y, por absoluta obviedad, jamás he sido nominado a ninguno de los premios. Pertenezco, pues, a la categoría de los asturianos que contribuímos desde la barrera, con nuestros aplausos y entusiasmo, a que las celebridades y los organizadores del evento se sientan un poco más felices, viendo cómo les queremos, les respetamos o, simplemente, nos enteramos que existen, y estamos satisfechos de que se premie a gentes que están haciendo algo por la Humanidad, por España o por Asturias. 

Claro que no todos los premiados tendrán iguales méritos, pero a quién importa eso, y cómo se calibra, además, el nivel de premiabilidad. Será, imagino, una combinación de oportunidad, méritos reales, conocimiento de la existencia del premiable por parte del jurado, defensa enardecida de algún miembro del mismo, sutiles indicaciones de por dónde deben ir los tiros... No sé. 

Si observo la lista de premiados a partir de 1981, primer año en que fueron convocados, hay algunos exotismos (en 1991, por ejemplo, el premio de Letras fue otorgado al pueblo de Puerto Rico, “que por decisión ejemplar ha declarado al español única lengua oficial del país”). Encuentro también algunas frases que, sin demérito al premiado, se hubieran matizado seguramente de haber sido escritas hoy (así, la justificación de premiar en su momento a Gunter Grass “por su defensa de los débiles y apoyo a los sistemas democráticos modernos”).

Hay residuos de esperanzas del pasado que, desgraciadamente, se han disuelto en el café de las desesperanzas (Premio de cooperación internacional en 1994 a Issac Rabin y Yaser Arafat ) y cantos a la bandera que aún no tienen plenos frutos (premio a la coordinadora Gesto por la paz de Esukalerria “por su abnegado afan a eliminar la violencia”).
 

Los premiados este año ya han tenido amplia difusión, y por eso, quería detenerme en uno de los más desconocidos: Juan Ignacio Cirac, físico, premio a la Investigación cientifica y técnica. Cirac tiene una trayectoria profesional que aúna, a su indudable valía personal, el despertar de un sentimiento de lástima al recordar lo poco que cuidamos a nuestros investigadores y lo difícil que se lo ponemos a los buenos.

Actualmente, Juan Ignacio Cirac es director del instituto Max Planc en el departamento de Fisica cuántica. Después de haber sido algunos años profesor adjunto en la Universidad de Castilla la Mancha, se fue a Insbruck, en donde trabajó con Peter Zoller.  Trayectoria diferente la de este científico austríaco, que estudió en Insbruck, trabajó unos años en Colorado como invitado en el Joint Institute for Laboratory Astrophysics (JILA) y pudo, en olor de santidad, volverse a su Universidad y seguir trabajando en ella.

Me parece, además, estupendo que le den el premio a Cirac y no a Zoller. Que premien a Fernando Alonso y no a Schumacher. Que premien a la selección española de baloncesto y no a la NBA. Hay que apoyar y difundir las glorias locales. También me parece bien que premien a Lula de Silva y no a los promotores de Davos, que lleven a la primera línea a algunos personajes e instituciones interesantes que se mueven en las segundas divisiones, teniendo méritos para militar en la primera. Ese es también un valor de la Fundación Príncipe de Asturias.


Por cierto, el único ingeniero al que han premiado hasta ahora en Asturias, si no me equivoqué al repasar los curricula, ha sido Amable Liñán, (en 1993)  Dr. Ingeniero de telecomunicaciones por Madrid y por California, y profesor adjunto de la Universidad de Yale en esa época. 

Apoyo, por tanto, que es momento de premiar a otros ingenieros españoles. Se podría proponer a los próximos miembros del Jurado, si nos preguntan, varios nombres. Sé que tras de ello se anda, hasta el momento sin éxito. La Real Academia de Ingeniería de España, el Instituto de Ingeniería, los claustros de las Politécnicas españolas, los Institutos de Investigación y muy excelentes y provechosas empresas para la economía de este país, albergan excepcionales candidatos.

 

Editorial de Entiba: Tacones más cercanos

 

Este Editorial de Entiba, del que es autor el Administrador de este Cuaderno, fue publicado en marzo de 1995. No estoy desempolvando viejos escritos de mi Baúl de los recuerdos (aunque podría...e incluso debería). Pero me gusta ofrecer a nuevos lectores aquellas ya añejas reflexiones. Los 50 Editoriales que escribí en su momento, durante varios años, para la revista del Colegio del Noroeste de Ingenieros de Minas de España, fueron recopilados por mí en un Libro que, propuesto para su publicación como testimonio de una época, nunca alcanzó más difusión, porque mis colegas de la nueva Junta desestimaron la sugerencia.
 La sociedad viril no se acostumbra: después de años de mirarlas a las piernas, se resiste a reconocerles su mérito principal en la cabeza. Nuestra tribu humana se fue preparando durante siglos para el dominio de los hombres, quizá porque corrían más, eran algo más fuertes y, sobre todo, no parían hijos y, en consecuencia, no tenían porqué cuidarlos.

Con ese frágil núcleo, creció el mito de unos seres más sanos, inteligentes y robustos: con la pierna quebrada, las mujeres fueron consideradas más débiles, más frágiles, más tontas.
 

Así se tejió una tradición de sutiles menosprecios, repartos no acordados de labores supuestamente más recias y más blandas, subordinaciones obligadas por el que maneja el dinero, cuentos nada inocentes acerca del macho que trabaja duro, bebe, fuma y controla el mundo exterior por pertenecer al clan de los más fuertes, frente a la hembra frágil, religiosa, austera, que se rodea de hijos que la quieren como santa pero ignora cómo sobrevivir más allá de las cuatro paredes de la casa.

Presos ambos sexos de estos condicionandos históricos, todavía andan las unas defendiéndose a golpe de cuotas obligatorias, luchando por entrar en la mina y en la cabina del piloto, trabajar de noche, hacer la mili. Aún están los otros paseando estadísticas acerca del tamaño de su cerebro, despreciando la sensibilidad como miseria, ofendiendo con chistes procaces y alarde de fuerza bruta.

El juego es algo tonto: unas se empeñan en pequeños logros que tienen un carácter más simbólico que efectivo; y la sociedad viril obliga frecuentemente a las mujeres a pagar el peaje de aparecer más varoniles para reconocerles su valor: no es ya infrecuente ver una cohorte de sonrientes mujeres arrastradas a su triunfo en torno a un varón rampante al que deben crédito, estima, admiración, esencia.

Pobres víctimas de la seducción efímera del poder de algún ególatra.
 No se engañe nadie, sin embargo. La situación está perdida para los que creen como un axioma en el predominio del varón sobre la hembra. Se multiplican los ejemplos de mujeres que compiten con éxito en las aulas, asumen sin fallo puestos de responsabilidad, ocupan las primeras posiciones en la promoción, en la política, en la cátedra o en la judicatura.

Por mucho que la sociedad viril recele de ellas, por más que subsistan quienes sigan únicamente mirándolas como objetos o valorando su contoneo y vaciando de contenidos espirituales su belleza, ellas acabarán encontrando un valor de mercado a sus cerebros, se cotizarán por sus ideas y no sólo por sus formas. De la misma manera en que, liberadas de prejuicios, están confesando que, además de la inteligencia de sus interlocutores, son capaces de apreciar su encanto físico, su simpatía, su sensibilidad y sinceridad, mucho más que el monolito frágil de su pretendida resistencia.
 

De entre todas las mujeres, queremos destacar, como peculiares heroínas de la batalla por reinvindicar una posición de igualdad a la mujer, a nuestras compañeras de profesión, las ingenieras de minas. Fueron alumnas y compañeras de un mundo especialmente machista. Aguantaron estoicamente en las primeras filas de las aulas, consiguieron hacerse un hueco de igualdad entre los colegas de sus cursos, tuvieron tal vez que rendir un poco más para hacerse acreedoras a la distinción del aprobado o el sobresaliente.

No contaron con mucho apoyo de sus casas, en donde se las veía como a chicas raras que desaprovechaban su capacidad para estudiar carreras de letras, dedicarse a la abogacía o preparar unas buenas oposiciones a cátedra de instituto. Consumieron muchos fines de semana estudiando para ser las mejores, mientras no faltaba quien les insinuaba que se les iba a pasar la hora de encontrar novio, quemándose las cejas.

Con el título en la mano, tienen que seguir demostrando cosas que sólo les competen a ellas. Soportan que sicólogos aficionados les pregunten acerca de su capacidad para mandar obreros, resolver situaciones imaginariamente complicadas o reaccionar con faldas a nubes de vientos imaginarios.
 

Muchos de quienes deciden las contrataciones laborales, despreciando sus expedientes y los tests, sucumben proclives a la desconfianza de que las órdenes emitidas con voz más aflautada se cumplan, de que estos futuros mandos con tacones reaccionen con idéntica agresividad o fortaleza ante un problema de empresa, rindan igual en el trabajo cuando hay que quedarse después de la hora.
Eligen hombres.
 La experiencia les está haciendo recelar de compañeros que les sonríen con aparente comprensión mientras se enteran de detalles vanos de su curriculum y aficiones y luego, aunque dicen estar dispuestos a tenderles una mano, a la hora de la verdad, las marginan frente a candidatos varones.

Ellas saben mejor que nadie que todas esas reservas caerán, pero les toca ser pioneras. Que se sepa de una vez: No les importa viajar, desplazarse, tener relaciones sociales obligadas por el trabajo, asumir retos difíciles sin pestañear más que los otros.

Les importa a los que las miran desde el falso pedestal de su virilidad, a los que creen torpemente que las mujeres deben estar abajo, a los que sentirían menoscabada su posición si no eliminaran de un plumazo, a la mitad de la posible competencia, despreciando globalmente a las mujeres.
 

No son ni más ni menos cumplidoras, ni más ni menos hábiles con los cálculos, ni más ni menos ambiciosas. Son ingenieros mujeres: parte de la sociedad en progreso, un elemento imprescindible para definir la esencia humana, una base sustancial para acercar una profesión histórica pero oscura a una visión algo más intuitiva, un poco menos racional, con ellas, más completa, sin ellas, menos flexible, de los temas que ocupan a la ingeniería del presente, haciendo así las conclusiones más amplias, y por lo tanto, más efectivas. 

Compañeras ingenieras: son cada vez más, como cada vez son menos los que les niegan su derecho a demostrar lo que saben y pueden hacer. Aunque -¿dirán ellas lo contrario?- no les disguste en absoluto que, fuera del trabajo, las valoren también por sus piernas.   

Al socaire: De burkas, de mantillas, de puntillas

Al socaire: De burkas, de mantillas, de puntillas

El otro día, en el metro, una mujer musulmana, cubierta recatadamente su cabeza con  una pañoleta blanca de seda, parecía leer con suma atención un diminuto Corán, abstraída de cuanto le rodeaba, sin levantar en absoluto la mirada de su libro sagrado, sin siquiera pasar la página en todo el trayecto.

Era una mujer joven, sin ninguna huella de maquillaje en su rostro ni en sus ojos. Su cuerpo estaba cubierto por una bata de color marrón, que ocultaba sus formas, y completaba su atuendo con unas babuchas. Nadie -salvo yo- parecía mirarla, aunque resultaba claro que era una extraña. No una extranjera, no. Una extraña.

Fue una casualidad que, a su lado, se sentara una monja católica, pequeña, casi una adolescente. Podría ser peruana, ecuatoriana o venida del altiplano boliviano. Aquí, en nuestro entorno materialista, faltan vocaciones, he oído decir. Después de acomodarse en el hueco que dejaba libre la seguidora de Mahoma, (más corpulenta), pasó a distraerse igualmente de lo que la circundaba,  enfrascándose en pasar las cuentas de su rosario azabache. 

El vagón iba prácticamente lleno. Por eso, en un principio, teniendo ya cubierta mi dosis de externalidad religiosa, no me percaté de que, junto a la puerta, de pie,  un joven que apenas había entrado en la treintena, con aspecto sudamericano, también leía un libro, cuyas cubiertas había resguardado a la curiosidad ajena en una especie de bolsa de cuero con cremallera.

Ese libro, gracias a que aún puedo ver bastante bien a distancia, pude distinguir que era la Biblia. Con parecida intensidad a la mujer del velo y a la confesa religiosa,  el laico hispanoamericano desgranaba igualmente las frases de su libro sagrado, musitándolas. También me fijé que no pasó de página en todo el viaje, al menos, hasta que yo tuve que apearme.
 

Antes de salir, volví a observar a la mujer musulmana, y pensé en la intensidad del debate sobre el velo de las mujeres musulmanas, que ya ha producido algunas decisiones contradictorias. Pensé también en que quienes manifestaban de forma tan aparente su fe en aquel vagón de metro, tenían, al menos, otro elemento común: habían nacido en países en desarrollo. 

No se me interprete mal, no asocio religiosidad a incultura. Tengo un completo respeto hacia las creencias de las demás, y no seré yo el último en reconocer que la limitación del ser humano es muy grande y que, si somos seres racionales por decisión de un ser superior, lo mejor que hacemos es rendirle pleitesía. 

Pero es un hecho constatado que la religiosidad de nuestra sociedad tradicional, convertida ahora al agnostismo y al carpe diem, encuentra hoy por hoy mejor caldo de cultivo en los naturales de los países más pobres. Y, entre nosotros, en consecuencia, se observa una creciente religiosidad entre los inmigrantes.

Puede ser por su marginación, sus pocos recursos, su desarraigo, por sus menores conocimientos y la difícil adaptación cultural.  Lo divino y los juegos de azar tienen puntos de concomitancia. En el caso particular de los musulmanes -que, por cierto, estuvieron casi desaparecidos de Madrid desde el 11-M hasta hace bien poco-, me parece ver que ha aumentado la manifestación de la devoción a su credo como una manera de decir "aquí estamos".

Un apéndice del revisionismo con el que se está contemplando la relación entre las dos religiones más difundidas en el mundo, ambas con una trayectoria de incomprensión mutua y propensión al salvajismo. Una manifestación con ciertos elementos de proclamación de identidad, de suave agresión, que utiliza el elemento más débil, más manipulable para la sociedad musulmana: las mujeres.

Pero yo quería sobre todo hablar de velos, de los velos islámicos. Como es sabido, existen tres tipos de velos: el manto que solo deja al descubierto los ojos, el nikab; el que cubre incluso los ojos, la burka; y las variantes de pañuelo o mantilla, el hiyab, que dejan libre el rostro. 

Desde mi posición de aficionado observador sociológico, no tengo nada que objetar a la utilización del pañuelo (o mantilla), que lo que pretende es cubrir púdicamente el pelo de la mujer, supuesto objeto de concupiscencia , y servir de manifestación de humildad y respeto. Tampoco encuentro nada que comentar al propósito de mantener oculto a los extraños el resto del cuerpo de la mujer, -por favor, siempre por decisión de la propia mujer, no impuesta por otros-, costumbre que en nuestra avanzada sociedad llegó al menos hasta nuestros abuelos o bisabuelos, y que se exarcebó hasta el punto de que el marido no podía ver las intimidades de su esposa.

Encuentro incluso más criticable el afán por mostrarlo todo a destiempo que tienen nuestras jóvenes occidentales, deseosas a lo que parece de evidenciarnos a todos el color de su ropa interior o sus tatuajes allí donde la espalda perdía antes su nombre.
 

Sin embargo, me alineo con los que creen que las otras dos formas de cubrirse de algunas mujeres musulmanas, entran dentro de la calificación de agresiones a las costumbres de la sociedad occidental, cuando se llevan a cabo entre nosotros, y son difícilmente justificables con base a principios religiosos.

Doy por supuesto que la mayoría de las mujeres que llevan el niqab lo hacen por decisión personal, pero han de entender, ellas y sus esposos, hermanos y padres, que la integración del inmigrante supone también la aceptación de las costumbres del país elegido como destino. Para familias que pretenden vivir en otra sociedad, adoptar un aspecto exterior que no les cause su marginación o rechazo es muy importante.
 Y con el nikab o la burka, las mujeres musulmanas se estarían automarginando, resultando así perjudicadas ellas mismas.

Cubrirse completamente en la sociedad occidental, implica dar un mensaje que supera lo religioso para sugerir que lo que se desea es ocultarse, mantenerse al margen, incluso actuar contra el sistema. Se tapan la cara los terroristas o los asaltantes de bancos, por ejemplo.

En una relación de confianza, se va con la cara descubierta. Así permitimos conocer al otro características de nuestra personalidad, nuestro estado de humor, podemos reforzar con gestos lo que queremos comunicar.  Nuestra sociedad occidental ha consolidado ir descubiertos. Lo que no quiere decir que, cuando van de turismo a países islámicos más rígidos, las mujeres occidentales se nieguen a tapar sus brazos o piernas, o a llevar mantilla o velo cuando entran en un templo, pues de otra forma atentarían contra las creencias y la sensibilidad de los lugareños devotos.
 

Para mí, obligadas o por propia decisión, las mujeres que se cubren de pies a cabeza con burqa o niqab son esclavas de su devoción. No de la devoción religiosa, sino de los varones, de los autores de la sharia, de los imanes. Son esclavas de su sumisión al hombre, de la misoginia imperante en su sociedad, marginadas por ser mujeres. Es decir, son un reducto de una conquista histórica que las mujeres occidentales han conseguido hace tiempo, para su gloria y satisfacción de todos los hombres que las queremos como iguales, para ser todos mejores.

Cuando comparo su recatado y desfasado comportamiento con el de los hombres musulmanes, libres para hacer lo que les venga en gana, creo que a ellas les tiene que llegar todavía la liberación. Sus rostros, hermosos o feos, pintados o sin maquillar, debían ser manifestación de la alegría de sus vidas, de ser mujeres y vivir en sociedad, no de antiguos condicionandos estéticos o viejos tabúes que la libertad y autonomía de la mujer ha hecho caer en ya tantos países.