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El blog de Angel Arias

Editorial de Entiba: Un año entretenido (1993)

Editorial de Entiba: Un año entretenido (1993)

Hace 13 años, a principios de 1994, escribí para Entiba el Editorial que incorporo a este Cuaderno, en esa labor -algo ególatra, reconozco, pero espero que sea juzgada con indulgencia sociológica- de rescatar del cajón del olvido lo que, en su momento, escribí con pasión, para que fuera leído con placer.
Buena parte de lo que vemos, de la información que recibimos y de lo que nos emociona, lo extraemos de una caja rectangular que generalmente ocupa el punto más importante del salón. En ese formato reducido, nos hemos enterado de casi todo lo que no hemos protagonizado en 1993.

Por un mismo conducto hemos visto decenas de películas (o trozos de ellas), debates políticos, el vídeo con la efemérides de algún allegado, las explicaciones sobre un crimen siniestro, la propaganda audiovisual de la competencia,  testimoniado el ridículo de concursantes innumerables y jugado con el más pequeño de nuestra familia a descabezar extraterrestes y corpulentos matones.
 

Desde esa perspectiva cuadrangular, no siempre es sencillo diferenciar lo que forma parte del mundo real de lo que pertenece al terreno inventado. La ficción supera a la realidad, como decía uno de esos personajes de seudoficción después de haber sido víctima de una inocentada, preparada con esmero por un equipo de periodistas y comparsas, de esos que son especialistas en trasvasar la frontera de lo real y lo imaginario.

El gigante exterminador que con sofistificadas armas se liquida soldados en la selva tiene el mismo tamaño, en la pequeña pantalla, que los dirigentes serbios y su argumento parece a veces hasta más creíble. ¿Por qué se están matando gentes que eran tan simpáticas y tan entrañables cuando fuimos allí de veraneo? ¿Hemos sido nosotros los que tomábamos las uvas mientras sonaban las doce campanadas en la Puerta del Sol, o eran artistas, locutores y cómicos los que nos rodeaban, alzando las copas y deseándonos felicidad?. ¿Hemos estado personalmente en la revuelta de Chiapas, saludado con la mano a la cámara desde la Plaza del Campoamor en la entrega de Premios Príncipe de Asturias, ganado el Jacobeo caminando con venera desde el monte do Gozo hasta el Obradoiro?.

Sepultado el recuerdo propio bajo toneladas de imágenes ajenas de idéntico tamaño, no es extraño que tengamos dudas acerca del protagonismo que realmente nos corresponde. A veces, todo parece una inocentada. Se justifica que confundamos lo que hemos vivido directamente, con la película que hemos proyectado del videoclub y la historia de los personajes reales que, interpretándose a sí mismos, parecen increíbles. ¿Cuántas veces nos ha sucedido el 28 de diciembre, día de los Inocentes, el que nos creyeramos que era inocentada lo que era realidad cruda y dura?.
 

No es tan sencillo, por ello, valorar el año que se ha terminado y mucho menos llegar a un acuerdo acerca de si los diosecillos de la fortuna a los que hemos conjurado a finales de 1992, combinados con los buenos deseos de felicidad de familiares, amigos, proveedores, subordinados, despistados, interesados, metódicos, tópicos, etc, han tenido el efecto pretendido. Juzque cada uno respecto a cómo le haya ido. Para la mayoría, seguramente, cabrá decir que si 1993 no ha sido un año bueno, al menos, si ha sido un año entretenido. 

No debemos, sin embargo, caer en la frivolidad de ignorar que, para muchos, ha sido un año difícil. Han crecido las dificultades para encontrar el primer empleo, se han hecho monumento megalítico los problemas para encontrar el último o el penúltimo a partir de los cuarenta años, han suspendido pagos más empresas, ha habido más problemas para el campo y los sectores de servicios y tecnologías parecen haberse tomado un respiro.

A nivel internacional, hemos tenido que sobrevivir de guerras, catástrofes, quiebras, inundaciones y terremotos. Se han quemado algunos palacios, pero son más preocupantes los bosques que han ardido. En la parte del annus horribilis, se encuentran los vestigios de la creciente degradación de la vida pública, algún superviviente lesionado de los petromochos, oyentes atónitos de las confidencias de alcoba de los magníficos, testigos de la crisis fulgurante  de los engominados, ayudados de la proliferación de Gilas, Faeminos, Cansados, Martes, Cruces, Lagos y Carrás, 1993 ha sido un año divertido.
 

Desde esa perspectiva relajada, y supervivientes de las crisis, la enseñanza del 93 ha sido la confirmación de un mensaje ya histórico: todo lo que sucede a quienes dirigen el cotarro corre el riesgo permanente de formar parte de un gran reality show que, tarde o temprano, acabaremos viendo en todo o en parte en la televisión.

Para esa máquina de la verdad que presenta sucesivamente Tangentes, Filesas, Delates y dislates, Condes y Mateos, pueden corresponder todavía apenas unos actores secundarios de la gran tragicomedia del mundo; pero no habrá más que sentarse a esperar para ver a las primeras figuras proclamar su inocencia, ponerse verdes por un quítame allá esas pajas o discutir con el mayordomo como verduleras de patio de vecindad. Se empeñan en no contradecir a Schopenhauer, cuando filosofaba -tal vez, en otro contexto-que una parte del mundo es estéticamente una taberna de borrachos, intelectualmente un asilo de locos y moralmente una cueva de ladrones.
 

La macroeconomía se acerca mucho al ciudadano medio, que ya comprende de la relación entre el ipc y la creación de empleo, que ha sabido bastante de lo que significa que los sindicatos se metan a empresarios y los empresarios a políticos y, en general, que unos jueguen al papel de los otros.

Juan Salvador Gaviota ve, desde su cortedad, la subida fulgurante a las alturas de la biutíful pípol y la caída estrepitosa, como en el mito de Icaro. No se inmuta ante los anuncios de bombones protagonizados por antaño poderosos empresarios, apenas tuerce un ojo para atisbar en una revista especializada las intimidades menos confesables de señoras y caballeros a quienes conoce por la tele y, en ámbito local, apenas sale de su asombro cada vez que se anuncia que una multinacional va a implantar un centro de transferencia o una destiladora de petróleo, ni le importa una gaita que falte algún gaitero en el advenimiento de césar a su tierra.
 

El año 1993  ha sido, si se mira bien, un año divertido. No faltó el guiño final de que uno de los principales banqueros del país tuviese su Waterloo el día de los Inocentes.  La gran teoría de la casualidad se consolida como la más sólida para predecir nuestro comportamiento colectivo. ¿Es el más inteligente el que alcanza la máxima capacidad de decisión?. Raramente. ¿El político más honesto tiene la máxima credibilidad?. Pocas veces. ¿Es más feliz quien más lo persigue? Ni pensarlo. Por el contrario, al que Dios se lo de, san Pedro se la bendiga.  

Galbraith escribió que lo único que es seguro en política como en economía es que los que no saben harán firmes predicciones. Alguien con carisma ha acuñado la frase inspirada de que a la operación de Banesto dicen que le ha faltado arquitectura y sobrado ingeniería (financiera). Es decir, le ha sobrado imaginación y le ha fallado el armazón. También podría haber dicho que muchos actúan con mala economía y no les falta un buen derecho. O que no se pueden poner puertas al campo ni les sobra medicina de curar, para mal definir los grandes misterios de la vida. Un Banco forma parte de la macroeconomía de un país, y por lo tanto no se puede juzgar con el manual del buen empresario en la mano. 

Hace falta mucha iusión para creer que todo esto puede enderezarse, y sin embargo, creemos que esto se va a conseguir. Primero, por la propia fuerza de lo vital, y después porque alguna vez nos tocará tener más suerte. A ver si alguien descubre la combinación para sacar algo en limpio del casino de la historia.

A barlovento: Davos prevé un final económicamente saludable

A barlovento: Davos prevé un final económicamente saludable

El 24 de febrero, el Foro Económico Mundial comenzará una de sus sesiones plenarias en Davos, para seguir dándole vueltas a eso de la globalización y sus efectos, sobre todo, sociales y económicos. La localidad suiza se convierte así, por unos días, en centro intelectual de los estudiosos del comportamiento de la especie humana, desde una perspectiva, digamos, utilitaria para ella misma.

Buscando un titular para el evento, los organizadores han difundido que la situación general del planeta Tierra ha sido definida por los participantes como esquizofrénica, según los datos de una encuesta que pretende reflejar el espíritu actualizado de la convención. Un esfuerzo de acercamiento a todos, porque aunque el Foro de Davos ya ha dejado de ser visto como una reunión exclusiva de representantes de la riqueza, -y contrapunto a su hermano putativo, el Foro de Montelaegre, ahora también en Nairobi-, y aparece como más integrador de los países más y menos solventes, aún quedan muchas grietas. 

Por otra parte, v
arias prestigiosas instituciones han preparado un Informe para presentar y desbrozar los escenarios más pesimistas para 2007, o sea, el presente. No parece que lo hayan dudado al escoger los colores con que pintar el cuadro. De entre las múltiples opciones posibles para una catástrofe global inmediata, se han elegido tres, y, por lo que me suscita lo que he leído, los autores no se han ahorrado imaginación literaria propia de las crónicas negras.

El cambio climático, con inundaciones, desastres ambientales, hambruna y mayores desequilibrios económicos, está allí. El terrorismo, combinado con el ataque a varios petroleros, lo que hace subir el precio del crudo, también. La informática, ligada con una especie de gripe aviar perfeccionada, por la que se propaga, en puro efecto mariposa el mensaje de un brote que no es tan importante pero que acaba siendo terrible, asímismo.
 

Lo que me parece más relevante es que el optimismo económico con el que se acude a Davos resulta, por el contrario, prácticamente generalizado. Aquí es donde hay que encontrrar la esquizofrenia: los Gobiernos son más optimistas que los ciudadanos de los países que rigen. Los gobernantes de los países desarrollados, las multinacionales que financian el Foro, los profesores de mayor relieve universitario, la gente con indubitable matiz conservador que domina en Davos, están muy satisfechos del avance económico en el mundo global. Hay más comunicación e intercambio de información relevante, los mercados funcionan de forma más abierta, las posibilidades de poner en pie nuevos negocios con buenas ideas en tecnologías emergentes son más altas, etc. 

La mayor parte de los ciudadanos de esos mismos países piensan lo contrario. Dicho de otra manera, el mismo medio da para dos opiniones contrarias: los que dirigen ven motivos para felicitarse; los que son dirigidos, creen más bien que la evolución es a peor.

Es decir, que el mundo global ha servido para concentrar más la riqueza y el poder, y el pueblo llano tiene que contentarse con las migajas de creerse informado, pero con limitadas capacidades de actuación. La interpretación es mía, pero me da la impresión de que, si combinamos la reflexión económica con los escenarios pesimistas,  esta sociedad se puede extinguir en plena generación de mayor riqueza, pero sin haber aprendido a distribuirla mejor ni, ay, a ponerse de acuerdo sobre sus prioridades.

Dibujo comentado: Gentes soportando un caballo (2007)

Dibujo comentado: Gentes soportando un caballo (2007)

Tres figuras humanas esperan, quién sabe qué, soportando en sus regazos un potro, como quien lo lleva a la consulta del médico.

Dos de ellas, parecen -esquemáticamente- estar suministrando al animal, que no está muerto, sino solo enfermo o indolente, su afecto; la tercera se diría que está sosteniendo a un tiempo, con una mano-muñón imposible, tanto su cabeza como los cuartos traseros del animal. Pudiera ser que, siguiendo las instrucciones del veterinario, le esté aplicando una inyección, tal vez, un calmante,

La composición cromática es equilibrada en azules, verdes y carmines. El esquematismo de las figruas permite concentrarse en el caballo, que, si nos fijamos bien, parece a punto de saltar, escapánodse de los que le cuidan/sostienen. El dibujo es un apunte en pequeño formato (15x10), sin fecha específica, dibujado con lápices de colores a principios de 2007.

El potro es una pesada carga para un ser humano, es, en definitiva, el símbolo de las angustias que nos es dado tener que soportar. ¿Por qué debemos hacerlo? ¿No sería mejor, a la postre, dejarlo marchar, renunciar a aguantar su peso? ¿Qué ganamos con ello?.

Como en casi todos mis cuadros, el simbolismo trasciende de lo representado, y pretende forzar a la imaginación a suponerse las preguntas, tratar de encontrar las respuestas.

Yo no las tengo. A veces, ni las unas, ni las otras.

A sotavento: Hay quien opina que el cambio climático afectará solamente a los que crean en él

A sotavento: Hay quien opina que el cambio climático afectará solamente a los que crean en él

La verdad es que dudé en el título de este Comentario, porque pretendía llamar la atención, y se de lo difícil que es conseguir que mis coetáneos se fijen en algo que no esté directamente relacionado con los placeres inmediatos y su disfrute personal. No es una crítica, es una constatación, en la que -dispuesto a autoinmolarme en la reflexión- me incluyo.

Estamos a finales de enero, y en Madrid ha comenzado el otoño. Normalmente, habría nieve en la Sierra. Eso es lo que, año tras año, hemos venido apreciando y disfrutando. Ha llovido algo en la mañana, y ahora luce un sol espléndido. En estos días pasados, gentes satisfechas nos ilustraron desde diversos lugares, algunas de ellas en bañador, acerca de la excelente climatología que luce en la mayor parte de los rincones playeros de España. En mi querida Asturias este invierno se pueden hacer en camisa de verano las rutas de montaña recomendadas. Brotan los narcisos, no se han podido podar los manzanos aún, no se han visto arceas. Me dicen que los gansos aún no han aparecido por Doñana, calentitos como deben estar por el norte.

Nuestro mundo global se fragmenta a voluntad cuando se trata de no querer juzgar en conjunto lo qué ocurre. Las opiniones negativas o positivas sobre cualquier tema se contra-restan eficazmente con otras de signo contrario, creando la necesaria confusión para que nadie sepa a qué atenerse.

Hemos leído de vientos huracanados en las lejanas Alemania e Inglaterra, que han causado algunas muertes y múltiples destrozos. Suponemos que no han sabido guarecerse a tiempo de las inlcemencias. Puede que algún que otro tsunami vuelva a asolar las costas de la recóndita Indonesia. Fenómenos atmosféricos nunca vistos en esta época maravillan a los residentes de ciertas regiones de Canadá, Estados Unidos o Argentina. La sequía parece impulsar a exóticos seres de países centroafricanos que seríamos incapaces de situar correctamente en el mapa, a subirse a frágiles embarcaciones con la esperanza de vendernos DVDS falsificados, en nuestras calles más céntricas, con canciones o películas que nunca han llegado a escuchar ni a ver.

En las conversaciones particulares, todos tenemos opinión al respecto. Están los que creen que el calentamiento global es una realidad, y que el causante fundamental ha sido nuestra piromanía de la época industrial. Están los que aseguran haber leído que la Tierra sufre calentamientos cíclicos, y que estamos en los prolegómenos de una subida de temperaturas, y que nada podemos hacer por evitarlo. Están, en fin, quienes defienden que hemos vivido períodos peores, que lloverá y que hará frío, y que la naturaleza sigue un curso implacable; adornan este pensamiento fatalista con la conclusión de que hay que aprovechar lo que tenemos, no alarmarse innecesariamente, y seguir haciendo como si nada.

El lector interesado en encontrar el desarrollo de estas ideas esquemáticas puede dirigirse a los centros de investigación y creación de opinión, y, si le apetece, robustecer su idea apriorística como mejor le plazca. En un restaurante de Madrid, varios partidarios de las diversas tendencias se reunieron a cenar mientras debatían sobre el tema. El Acta de esa cena-tertulia ya figura en este cuaderno.

Si vuelvo a incidir sobre este asunto, es porque me parece que, a medida que pasa nuestro tiempo, y los gobiernos se dan cuenta de los costes y dificultades de implementar una política energética sólida, me temo que crece la opinión de que el cambio climático solo afectará a los que crean en él. Expresada de esta forma, parece un aforismo estúpido, y para convencerse de que, en efecto, se trata del avance de una estupidez, no hay más que constatar que crecen las discrepancias sobre lo que hay que hacer y no es posible un consenso internacional para establecer un mínimo frente colectivo de actuaciones (no con propósitos, sino actos).

La contaminación de nuestros mares y ríos, crece sin parar. El deterioro atmosférico, continúa. El consumo energético no se detiene. Los países desarrollados no pueden controlar más que testimonialmente el consumo de fuentes energéticas que incrementan el CO2 equivalente de la troposfera. Prosigue imparable el aumento de la demanda de equipos y artefactos sofisticados que hacen inservibles o antiestéticos las anteriores generaciones de esa instrumentalia, y que anima a arrojar a la basura de inmediato los viejos elementos, que ya nadie se preocuparía de reparar o reutilizar.

Para qué utilizar el transporte público o aprovechar las cinco plazas de nuestro utilitario para ir de compras o al trabajo, si la gasolina es tan barata. Por qué no aprovechar para hacer un viaje de fin de semana a Cancún o a Marrakech si las compañías aéreas son tan competitivas...

He pasado ante un equipo de empleados municipales que recogían las hojas recién caídas de los árboles, algunos de ellos, con los brotes primaverales apuntando, confundidos por las señales de la naturaleza. A lado, alguien había tirado un bote de pintura sobre un alcorque, adornado, además, con algunos excrementos de perro. 

Tuve que pensar -otra vez- en el crecimiento incontrolado de las ciudades, en el desprecio de aldea y alabanza de corte, en los campos de golf de nueva construcción, en los terrenos de cultivo abandonados, en los montes cubiertos de maleza que nadie elimina, en la cantidad de parados, prejubilados y pensionistas de este y otros países que desearían colaborar, pero no saben cómo, dónde, ni, ya rizando el rizo, por qué. No tengo voluntad de profeta, no quiero ser agorero de nada. También me alineo con aquellos que están convencidos de que el cambio climático no les afectará, porque no quiero creer en él hasta que no tenga remedio.

Poema (Del libro Con algo suave)

            En memoria                                                                          

Tuvo muy pronto la ocasión de huir, y la usó
como quien bebe jarabe de la tos, medicándose la prisa;
al llegar a mayores, su futura gloria se eclipsó por descubrir
la primera colección de preguntas sin respuesta,
y aunque silenció el hallazgo, pronto vinieron más,
empezó a amontonarlas descuidado
y le llenaron la casa.  

Tantas cosas por hacer lo acorralaron;
se pasó varias noches devanándose los sesos, especulando
sobre qué más podía hacer para saciar el ansia,
así que,
entre destrozos, se consolaba masturbándose la pena:
no poder resolver, le desquiciaba. 

Luego le llegaron
turbias ganas de alcohol, asuntos de mujeres,
dudas de juego, el ansia de otros temas,
y, por fin,
para gozo tardío de sus padres,
un trabajo triste
en una empresa cutre.
Cuando no se dió cuenta se casó,
perdió unos hijos.  

Sin llegar a acostumbrarse a vivir, creyendo que la suerte
iba a cambiarle alguna vez, siguió huyendo
hasta que no pudo más,
amando cuanto no debía ser, reponiendo desganas,
tropezando por doquier con la ley, el desorden,
los reparos.

Al socaire: Libertad para la Guardia civil, por favor.

Al socaire: Libertad para la Guardia civil, por favor.

La mañana, por culpa del cambio climático o de Rodríguez Zapatero, estaba magnífica. Hacía un sol propio del otoño, y yo tenía un par de horas libres, así que me fui a pasear por la Plaza Mayor. Ya de camino, me encontré con un desfile en formación de marcha tumultuaria, constituída por Guardias Civiles. Subían por la calle Mayor, por lo que supuse que estaría programado algún acto oficial en la sede del Gobierno regional.

 No. De lo que se trataba era de una manifestación de beneméritos, reivindicando, al más puro espíritu sindicalero, sus derechos. Gritaban consignas variadas, pero las más recurrentes eran: "Zapatero, mentiroso", "Contra la intolerancia" y "Libertad para la Guardia Civil". Varios uniformados, al estilo de junta constituyente, encaramados sobre una tarima, daban respaldo a una pancarta en la que se reclamaba: "Derechos, ya".

Me quedé un rato a escuchar los discursos que pronunciaron varios de los organizadores del acto (AUGC) y otros simpatizantes. Buscando algún lugar resguardado de las posibles inclemencias verbales, me puse detrás de varios números de la Policía Nacional que, a pie de sus vehículos oficiales, vigilaban pistolas y porras al cinto, la evolución de los miembros del otro cuerpo de las fuerzas de seguridad del Estado.

Hasta hace unos años solía decir, porque la frase me parecía plena de contenido, aquello de Terencio: "Hombre soy, y nada de lo humano me es ajeno". Ahora, con eso de haberme convertido en envejeciente, la expresión me parece que hace agua por todas partes. Mientras atendía -con disposición de salir corriendo con las manos en la cabeza a la primera insinuación de conflicto de pareceres- a los oradores, reflexionaba para mis adentros, madurando cuatro ideas que quiero compartir con mis lectores:

1. En caso de que se hubiera detectado alguna irregularidad respecto a lo, supongo, previsto en la manifestación y acto autorizados, ¿los policías nacionales se hubieran empleado con sus armas reglamentarias para disolver a los guardias civiles alborotadores?. De haber sido así, ¿hubieran respondido los guardias civiles, siendo los espectadores testigos de una histórica ocasión para valorar de primera mano para lo que servirían varios cuerpos de seguridad con diferentes mandos e intereses?-

2. Los turistas que en la soleada mañana visitaban la Plaza Mayor y alrededores, y tomaban, atónitos, fotografías del evento, ¿qué se imaginaron? ¿Que nuestro folclore había sido llevado al centro de la capital de España, para que todo el mundo pudiera valorarlo sin necesidad de desplazarse? ¿Volveremos a ver corridas de toros en la histórica Plaza?

3. Había una persona que, cubierta de barro, aguantaba, impertérrita, los discursos, solicitando una caridad. El cuadro era extraordinario, porque la figura me recordaba a Francisco Franco. Mientras tomaba una foto para concurso, maduré otra pregunta: ¿No tienen los guardias civiles otras vías de manifestar sus reivindicaciones, -por supuesto que acepto que pertinentes y justas-, más que apostarse en un mitín en la Plaza Mayor de Madrid?

4. Los guardias civiles presentes, uniformados de gala en su mayoría, acompañados en algún caso de familiares y amigos, podrían ser unos mil. Pedían claramente la dimisión del presidente de Gobierno, por "mentiroso". Había una pancarta muy explícita, que, ya puesto a convertirme en testimoniador de un acontecimiento histórico, también fotografié. Una caricatura de Zapatero-niño explicaba que no había que fiarse del Jefe del Ejecutivo.

No pude entender bien el conjunto de mentiras que se le atribuían a Rodriguez Zapatero (la megafonía era pésima), pero parecía ser un pupurri de muchos conceptos y revelaba graves disgustos: el cuerpo de la Guardia Civil ha sido engañado con promesas incumplidas, no tiene derechos plenos, goza de menos libertad que otras fuerzas del Estado, no se sienten respaldados en su estrategia antiterrorista, ganan poco para el riesgo y trabajo que asumen, sus cuarteles son indignos... Mi pregunta: Si tienen una posición tan claramente contraria al Gobierno legítimo, ¿prepararían otra marcha sobre el Congreso -o sobre la Moncloa- para hacerse con el poder y obligar a los representantes democráticos a cambiar la orientación que les disgusta?.

Ufff...

 

Al socaire: Algunos vagones de Metro habilitados como casinos

Al socaire: Algunos vagones de Metro habilitados como casinos

La necesidad que sienten los jóvenes de realizar actividades lúdicas, y la escasez de lugares en donde satisfacer sus aficiones y relacionarse con los de su edad, está provocando que algunos vagones de la red de Metro sean habilitados para jugar a las cartas. De momento, aún no se dispone de mobiliario, y los chicos y chicas deben sentarse en el suelo, ocupando transitoriamente las plataformas, que deben compartir con los viajeros habituales.

En esta escena, obtenida en una hora punta, se refleja claramente la precareidad con la que, por el momento, se está desarrollando la idea. En la fotografía, queda también expreso el interés con el que las personas de más edad siguen las apasionantes competiciones que, por iniciativa de los propios chavales, se han organizado en algunas líneas, de entre las más concurridas.

Tiempos aquellos en los que la Acción Católica, el SEU o, por qué no recordarlo, también la OJE, se disputaban con sus futbolines y mesas de pin-pón el tiempo de ocio de los chicos en los largos fines de semana de sábado por la tarde a domingo. Hoy, estos pobres chicos, sobrecargados de asignaturas, exigidos hasta la extenuación por programas muy complejos, deben aprovechar cualquier momento para divertirse un poco. La iniciativa de Metro de permitirles usar como casino sus vagones, les ayudará, supongo, a relajarse un poco, y permitirá que el resto de la sociedad pueda valorar en su justa medida sus capacidades, incluída la de respetar a los demás.

Al socaire: Por cada trabajo en economía sumergida hay hasta nueve ocupados indirectos

Al socaire: Por cada trabajo en economía sumergida  hay hasta nueve ocupados indirectos

La foto la he tomado ayer, en la Puerta del Sol. La escena recupera una vieja imagen que muchos ya considerábamos abolida. La del limpiabotas que lustraba por unos céntimos nuestros zapatos y los de otros, y los hacía brillar como no era posible conseguirlo en casa. Nuestro padre nos hacía sentar en aquel trono de circunstancias, donde reinábamos por un par de minutos, y lo hacíamos encantados, porque podíamos leer un TBO o El Capitán Trueno de la colección que estaba a disposición de los clientes. 

Los limpiabotas de mi infancia ovetense tenían su lugar como realquilados  en el Café Peñalba, situado en calle Uría, y el inolvidable cafetón estaba entonces junto a un carbayón que era un hijo bastardo del árbol-símbolo.

Mientras yo me absorbía en la lectura de las aventuras de la familia Ulises y de Crispín y Goliat, uno de aquellos señores del maletín con betunes, laminillas de cuero y grasas de caballo para el toque final, se esmeraba, escupitajos incluídos, en dejar mis cueros, -que estaban hechos una lástima de jugar al balón y dar puntapiés a las piedras-, tan relucientes como el sol. Se que siempre era domingo por la mañana, y recuerdo que mi padre se tomaba un vermú con una aceituna servida dentro de la copa, planificando negocios imposibles con los amigos que tenían los padres, y de los que los niños siempre supimos muy poco. "Hay que ayudar a este pobre hombre, que no tiene otra forma de ganarse la vida", era la justificación.

En la instantánea que saqué a la carrera, cuento hasta nueve personas (y hay otras que han quedado fuera de objetivo), todas ocupadas.

No sé cuantas de ellas tendrán un trabajo remunerado (evidentemente, en otra parte). Enumero: Está el joven que se hace limpiar sus zapatos, en evidente edad de poder hacerlo por sí mismo; no lee, sino que observa la operación con juicio crítico . Está el limpia, en edad de estar jubilado y con apariencia de querer ganarse unas pesetillas extra aprovechando el buen tiempo. Están los asesores, amigos seguramente del joven que se deja querer los pies, y que parecen estar dando consejos a uno de ambos protagonistas principales. Están los que miran a los asesores, y que tienen cara de dudar acerca de la calidad del producto final. Está el transeúnte, que también valora el trabajo ambulante, quizá para ser cliente en otra ocasión, pues sus zapatos de hoy relucen...

Lo dicho: la creación de puestos de ocupación del tiempo de ocio en nuestra sociedad avanza a ritmo acelerado. ¿Quedará alguien que trabaje, de verdad, en algo útil? ¿Qué se puede hacer?.  La palabra del toldo que corona la escena, escrita en inglés, sugiere la solución-respuesta: "Change". Será por dinero...