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El blog de Angel Arias

Al pairo: Cultura de la convivencia y Justicia por la mano

Hay días en que podría parecer que los pacíficos, pese a ser clara mayoría, lo tenemos cada vez más crudo. Porque uno mira la prensa y cunden los ejemplos de gentes de variados pelajes que se animan, solos o en compaña, a tomarse la justicia por su mano. Otros casos de aprendices de legisladores-jueces y verdugos, todo en un paquete, ni siquiera trascienden a los media. Los padecemos, más o menos en silencio: son los que no respetan el ceda el paso o el turno de la cola, los que ponen petardos para festejar que un equipo ganó cualquier liguilla, o nos plantan un ascensor cortando vigas y forjados comunitarios porque se les antoja que así dan mejor servicio a su clientela. Son solo unos ejemplos, por supuesto.

El día de fin de año, este impulso desordenado, anárquico, que nada tiene que ver con la educación y si con los bajos instintos del ser humano, floreció en varios sitios. No hace falta ser un lince para atribuir a las libaciones de alcohol el descarrío incontinente de tan improcedente conducta justiciera, no por ser adoptada en colectivo menos reprobable que cuando se administra en solitario.

El ejemplo más sobresaliente en nuestras tierras fue el de Villaconejos, que fue capaz de desorganizarse en una turba de unos 400  individuos para pasar a cenizas las pertenencias de la familia de un fulano que los importunaba, según dicen, amedrentándolos con sus bravuconadas y, además, se iba a veces sin pagar su consumición en el bar del pueblo. Después de manifesarse unánimente contra ETA, pedir a ZP que dimita y desearse felicidad para el año que estaba a punto de comenzar, se fueron, aprovechando que estaban ya agrupados, a la casa del foráneo. Hubo disparos, intervención permisiva de la Guardia civil y abstención total de los bomberos, a quienes los vecinos jueces no dejaron pasar más que para mojar los rescoldos.

No faltaron en el pueblo de los buenos melones (vegetales) las declaraciones incongruentes del alcalde, enterado porque su hijo le fue con el chivatazo de que la juventud preparaba una gresca en represalia por las actitudes del bravucón. ¿Quién era este?. El personaje que provocó tanto encono era un malhumorado ex-presidiario, con almorranas por seguro, que a pesar de llevar  unos cuantos años en el municipio, no había conseguido evidentemente integrarse en el pueblo y que, por la enumeración de todo lo que les quemaron, debía ser él o su familia persona de cierto estándin, porque tenían varios coches, motos y otros aparejos. "Si nos preguntan, diremos que hemos sido todos juntos", aclaran ahora los vecinos. Fuenteovejuna, esta vez, sin objetivos.

Tenemos en España una indudable tradición de dejar las cosas en el sitio que más queremos, saltándose las reglas, que algunos no quieren que se acabe. Florecen por ello grupos de individuos que, al abrigo de los más variopintos argumentos, quieren torcer las leyes y procedimientos previstos, para ahorrarse todo esfuerzo, en especial el de razonar, y así llegar por la brava a la conclusión que les beneficia, administrando la verdad.

La mayor lacra que en este momento vive entre nosotros, comiéndonos esencia, tiempo y ganas, alimentada por la cerrazón de creerse en posesión de la verdad y, en puro desatino, con autoridad para matar como les venga en gana, es ETA. Ese grupúsculo de visionarios de lo que conviene -dicen- a su pueblo y no quieren darle a los que no pertenecen -dicen- a su árbol genealógico ficticio, pretenden que a base de colocar bombas que causen mucho daño y -por favor, que nadie dude, sin pretenderlo ellos- hasta provoquen unas cuantas muertes, van a alcanzar sus objetivos. A fuerza de matar y violentar, defienden estos delincuentes de la peor estopa que los pacíficos les acabaremos otorgando la razón.

Ya me imagino cómo sería el mundo ideal perseguido por los elementos integrantes de la banda terrorista. Cualquiera que crea tener razón en algo, quedaría autorizado sin problemas a poner una bomba bajo el coche del que le importune; da igual que sea el maestro que haya suspendido a su juvenil retoño, o el jefe que se resista a subirle el sueldo. Las diferencias se ventilarán a bofetadas o a machete, y, si algún vecino se insolenta, no hay que dudar en quemarle la hacienda, con la familia dentro, a ser posible, para que aprenda por siempre jamás.

En Villaconejos, en donde hasta ahora eran conocidos por cultivar los mejores melones del mundo, ya se han declarado partidarios de tomarse la justicia por su mano. Las cosas de los Tribunales van para ellos muy despacio, las fuerzas del orden son unas timoratas, y los bomberos solo tienen sentido para apagar los fuegos cuando ardan las casas de los que juzgan, no de presuntos ni sospechosos ni implicados.

Hay, salvando las distancias, un cierto parecido con las pretensiones de los villaconejinos y los etarras: el juego democrático, en este caso, se les antoja lento e inútil a la banda terrorista. Como tienen razón sin paliativos, no encuentran problemas en ir por el atajo de las bombas y pistolas. Ellos ponen las normas.

Como otro hatajo los veo, y bien pongo la hache: de cobardes. La cultura de la convivencia tiene otros valores

 

 

 

Al socaire: Balance de un año dual

Al socaire: Balance de un año dual

En este mi primer año como bloguero, no querría dejar de hacer un Balance que me permita cerrar la relación de Comentarios que he venido realizando desde junio pasado en este Cuaderno informático. Es evidente que he presentado una visión sesgada y personal de la realidad de cada día, por limitaciones obvias, intelectuales, espaciales y temporales.

He publicado del orden de ochenta artículos originales -agrupados bajo los epígrafes de Al socaire, Al pairo, A barlovento y A sotavento, según el grado de mi implicación con la noticia o el apunte que me pareció más oportuno-, además de varias decenas de pinturas y dibujos, relatos, poemas, reproducciones de otros artículos ya publicados y algunos capítulos de mis novelas. Procuré repartir mis opiniones entre artículos ambientales, jurídicos, técnicos y políticos, sincerándome en los planteamientos, puesto que, como ya expuse en algún momento, escribo para los amigos: los antiguos, y los nuevos.

El año termina, a escala nacional, con un atentado de ETA en Madrid, con descomunales daños materiales, el destrozo de multitud de vacaciones largamente esperadas, y dos personas desaparecidas (muy probablemente, fallecidas en la demostración de la barbarie). Mi interpretación de las consecuencias políticas del atentado es que ha quedado descalificada la estrategia negociadora del gobierno con la banda terrorista. Es evidente que ese monstruo de varias cabezas que es ETA, no solamente tiene unos objetivos aberrantes, sino que, además, carece de una dirección única.

En lugar de anunciar la paralización de las negociaciones, el presidente Rodríguez Zapatero debiera haber indicado que habían estado siendo sometidos a una trampa incalificable por quienes no representaban completamente a la desorganización terrorista. No de otra forma puedo entender el desajuste que significa que ayer, el máximo responsable del Ejecutivo expresara su voluntad de seguir negociando, y hoy se produjera la destructora explosión en el aparcamiento de la Terminal 4 de Barajas, con un coche bomba cargado con más de 200 kg de explosivos.

A escala mundial, ha crecido en 2006 la sensación de inestabilidad y descontrol. La falta de un liderazgo global -que no está cualificado para asumir Estados Unidos, por su persistencia en manifestar una concepción utilitarista y egocéntrica de la política internacional-, se nota. El ahorcamiento de Sadam Hussein, además de significar una acción que genera un reproche para el justiciero, desde la concepción contraria a la pena de muerte que han asumido todos los países de la Unión Europea y la mayoría de los seres humanos instruídos en el respeto a la vida, incluída la de los asesinos más innominables, no tranquiliza el panorama conflictivo del terrorismo internacional. No hace falta una bola de cristal para vaticinar que servirá para incrementar la tensión y el odio entre las diversas etnias y grupos tribales, más o menos teñidos de devociones religiosas, con las que Occidente ha estado jugando a redentor-explotador en Asia y Africa.

No estoy animado, pues, al analizar estos dos recientes hechos que cierran el año, respecto a las perspectivas para 2007. Pero sería injusto no reconocer que 2006 nos ha dejado una carga saludable de esperanzas. Cito también solo dos. Por una parte, el desenmascaramiento de algunos de los tejemanejes que, al abrigo de una muy mal entendida potestad administrativa y del apoyo de emprearios sin escrúpulos, se habían construído, mezclando especulación inmobiliaria, corrupción, destrucción de hábitats naturales y ambiciones particulares o de partido. Es decir, llevando al bolsillo de unos pocos la riqueza de todos.

También es una buena señal que haya crecido la sensibilidad ambiental, apoyada en las manifestaciones del cambio climático (coyunturales o estructurales, pero ya advertidas por casi todos). Ello propiciará el aumento del uso de las energías menos contaminantes, la contención del despilfarro energético, y, quiero creerlo, la solidaridad internacional.

Para mí, lo más importante de 2006 ha sido el robustecimiento en la amistad con la que me honran amigos de una esplendidez  a toda prueba. Ellos saben que les quiero, y todos me perdonarán que no les cite aquí, porque parecería una petulancia enumerar a todos los que me dispensan su amistad. Ha sido un año pleno de buenas sintonías, que me han hecho olvidar, prácticamente en todo momento, que tengo algunos enemigos, de cuyo nombre hoy no me quiero acordar y que, estoy seguro, sufren más desazón de la que me provocan.

En fin, si queréis verme bailar -nunca al sol que más calienta, sino al que me pete-, podeís visitar la dirección que figura más abajo. En la vida real no soy tan ágil, pero si la ocasión lo merece, aún puedo dar un par de saltos. 

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A sotavento: Los taxistas de Madrid montan su Belén

A sotavento: Los taxistas de Madrid montan su Belén

En el mismo centro de Madrid, en la plazuela de la Villa, delante (visto desde la estrecha calle Mayor) de la espléndida muestra de arquitectura historicista que es la casa de Cisneros, está montado desde la segunda semana de diciembre un Belén, que es una joya del arte popular. Las figurillas de arcilla son obra de un artesano autodidacta, José Luis Mayo, y reproducen con mucha imaginación diversas escenas, más o menos ahistóricas, que abarcan desde la Anunciación de la virginal preñez hasta el Nacimiento del divino retoño.

No les bastaba a los taxistas de Madrid esta representación del Misterio, en la que a diario se forman largas colas de devotos de la cámara fotográfica, y han preferido, en la mañana de hoy, montar en paralelo su propio Belén, abandonando durante cosa de una hora sus taxis en la calle.

Supongo que para elegir la hora habrán utilizado los señores taxitas -¿por qué dudarlo?- los gráficos de afluencia de público al centro en un viernes previo a la fiesta de Nochevieja, y que el momento fue elegido para causar el menor daño posible a sus conciudadanos. La manifestación de malestar  tuvo lugar, en fin a las once de la mañana, y fue acompañada por cánticos y gritos, y presenciada a la fuerza por varios miles de inocentes, cuyos comentarios no fueron para todos los gustos, porque, al menos los que yo oí, no hubieran sido del gusto de los convocantes del alboroto.

Desconozco si los taxistas cumplieron sus objetivos. Si uno de ellos era que el alcalde de Madrid se conmoviera por el bullicio generado, erraron en el sitio. Desde hace meses, el Sr. Gallardón tiene su sede oficial en el antiguo edificio de Telefónica, obra del mayor genio de la arquitectura de Madrid, Palacios, que da empaque a la plaza de La Cibeles y tiene mejores accesos.

Si el objetivo era hacer ver a los madrileños y a los que visitan Madrid en esta fechas, que el centro de la ciudad no es recomendable para quienes tengan prisa, el objetivo está conseguido. El colapso de tráfico que se montó fue de órdago a la grande. Todos los que sufrimos a diario el problema de circulación del centro de la capital pudimos leer con estupor el lema elegido para esta singular manifestación reivindicativa: "Te estoy mangando tu día libre".

No es el día de los Inocentes. Es, sencillamente, un día cualquiera para Madrid. Los Inocentes somos los que sufrimos las explosiones de rabia, furor, tensión, de quienes eligen nuestro espacio vital para poner en él sus banderas, legítimas, sin duda. Hoy son los taxistas, mañana los mineros, pasado mañana los reconvertidos del naval, otro día los sanitarios, los policías municipales o los parados. Qué más da quien ocupe el espacio, en esta rueda, tal vez incluso inconsciente, de atropello del derecho de los otros para cantar la atención que quiero centrar sobre los míos.

Me gustaría decir que estoy de acuerdo con los taxistas y, si analizo lo que quieren, seguramente lo estaría en gran medida. Pero no tengo tranquilidad para analizar el derecho de quien quiere negociar lo suyo sentado sobre mi libertad.

A barlovento: Una buena solución para la Central Lechera Asturiana

El informe de Pedro de Silva y Alvaro Cuervo sobre la Central Lechera asturiana está ocupando la atención del sector lácteo y de los asturianos preocupados por el futuro de este gigante regional, en especial, en lo que se refiere al punto en donde afirman que la actual estructura jurídica como Sociedad Agraria de Transformación no puede mantenerse, por ser jurídicamente insostenible que los socios inactivos  permanezcan en la misma.

Estoy seguro que el Informe que realizaron estos dos estupendos conocedores de la realidad regional, y con los que conservo buenos vínculos personales, contiene puntos de mayor actualidad e interés que los que merecieron hasta ahora la atención mediática. Con ser una cuestión importante, la situación de los socios que han abandonado su producción lechera, justamente por efecto de la brutal reconversión del sector, no me parece lo más relevante ni urgente que deba someterse a consideración.

Además, entiendo que prevalecen los intereses agrarios de los cooperativistas que se han visto obligados a renunciar a las explotaciones, pudiendo interpretarse, de esta forma, que no se está infringiendo -en un período de transformación que se deberá juzgar con amplia benevolencia- un Real Decreto que necesita una revisión.

A
unque en nuestra sociedad la capacidad de asombro por lo que debiera ser conocido es permanente, hay que tener presente que las SAT, -entidades que nacieron en 1941 para conjugar las ventajas de las sociedades de capital y las personales-, están reguladas en parte por el RD Ley 31/1977 de 2 de junio (en muy pocos y  restringidos aspectos) y, en todo lo fundamental, por  el RD 1776 de 3 de agosto de 1981.  Es decir, las implicaciones jurídicas de la situación societaria que se vive en la CLAS son conocidas desde hace por lo menos 25 años. 

El Estatuto de regulación de las SAT las define como “Sociedades Civiles de finalidad económico-social en orden a la producción, transformación y comercialización de productos agrícolas, ganaderos y forestales, la realización de mejoras en el medio rural, promoción y desarrollo agrarios y la prestación de servicios comunes que sirvan a aquella finalidad”.  

La digestión, transformación y potenciación, utilizando criterios lo más empresariales posibles de ese invento de la época franquista, que resultó tan eficaz para los ganaderos de la región asturiana, y que se llama la Central Lechera, ha venido ocupando la atención de los políticos regionales, hasta allí donde yo guardo memoria. La personalidad carismática pero dura de manejar a contrapelo de un habilidoso -y, para mí, entrañable- Jesús Saenz de Miera, presidente de esta joya asturiana, ha venido imponiendo trabas y rigideces a cuantas intenciones de meter mano en la sociedad se proyectaban desde fuera.

Así que la situación evolucionó, en el marco de la dura reconversión del campo asturiano a la que obligó la Unión Europea, -negociada con cierta ingenuidad en este punto-, como una sucesión de parches allí donde aparecían las heridas, mientras el malestar entre los ganaderos tradicionales de la región, que veían cómo su economía estaba cada vez más en manos de centros de decisión que no tenían en cuenta sus intereses, crecía sin parar, al tiempo que resultaron favorecidos, junto a los ganaderos más decididos, algunos nuevos participantes.

Pedro Astals es desde 1993 el consejero delegado de esta organización lechera, que se mantiene bajo la presidencia consistente de Jesús Sáenz de Miera, ya con 86 años. Las ideas renovadoras de Astals han servido para impulsar fuertemente la actividad del grupo, que ha multiplicado por 4 la facturación, modernizado las instalaciones y tratando de asomar el grupo al exterior, con un intento fallido en Cuba. En  1997 se constituyó la Corporación Alimentaria Peñasanta, cuyos accionistas son, además de CLAS (56,39%) , el grupo francés Bongrain, con el 27%; Caja Asturias, con el 10,889%, y Caja Rural, con el 5,01%. 

La cooperativa recoge hoy por hoy más de un millón de litros y factura casi 700 millones de euros, siendo el primer grupo en el sector lácteo nacional, con una cuota de mercado próxima al 15% en leche líquida. Está integrada por 7.868 ganaderos, de los que solo el 22% son activos, y goza de una salud económica frágil, pero aceptable. 

En el aspecto negativo, cabe indicar que la sociedad está ahora más endeudada que al principio de la gestión de Astals, por las fuertes inversiones, superiores a los 250 millones de euros, en parte cubiertas con créditos sindicados y que han llevado al aumento de la participación de las Cajas locales, que subió al indicado 16%.
 Cuando yo era Director de Proyectos de la Sociedad Regional de Promoción (a principios de los 80), jugando de Presidente del Principado de Asturias, justamente Pedro de Silva, y siendo yo también  –entre mis múltiples ocupaciones de pluriempleado crónico- profesor de Organización de la Producción en el departamento que entonces ya dirigía un recién llegado Alvaro Cuervo, la cuestión del futuro de CLAS ocupaba una buena parte de los debates sobre las líneas de desarrollo de la región.

Entonces era Consejero de Agricultura, otro colega en la Universidad de Económicas, Jesús Arango, que propiciaba reunión tras reunión con Saenz de Miera y sus directores, y nos devanábamos la sesera para inventar fórmulas de viabilidad para aquella vaca gigantesca, difícil de domar. Mis aportaciones, modestas, estaban muy influidas por las ayudas intelectuales de algunos amigos ganaderos y técnicos, entre los que destaco a Angel Fernández, ganadero enamorado de la calidad, y a Marcelo Suárez, brillante ingeniero agrónomo de los de las botas sucias de andar por el campo.
 

Guardo memoria –que no el impreso- de un grueso "Informe sobre las consecuencias de la entrada de España en el mercado común para Asturias", que varios animosos eruditos nos afanamos en desgranar por aquella época, en el que se dedicaba a la cuestión láctea un capítulo entero. Había sido realizado por Elena Carantoña  J.L. Pérez Ribero, supongo que con el apoyo de Ignacio Fombella, directivo de CLAS a la sazón, que era consejero en el Instituto de Fomento Regional.   

Con base en aquel Informe, me atreví a incorporar a varias ponencias que pronuncié en la época algunas pinceladas sobre la situación agraria. De esas comunciaciones, puedo aportar ahora que había en 1980 censadas en Asturias ni más ni menos 42.735 explotaciones con  vacas de leche, y nos lamentábamos entonces de que la cifra había descendido un 30% en solo ocho años. "De continuar esa tendencia, -escribía- a comienzos de los 90 habrá poco más de 25.000 explotaciones de leche, situación deseable desde el punto de vista de la dimensión óptima de las explotaciones." 

Era el comienzo de un cataclismo anunciado. En la clarividencia compartida de la tormenta que se avecinaba, y de la necesidad de defender a los pequeños ganaderos, yo escribía: " La explotación lechera aconsejable es de 15 vacas y 10 Ha." El censo agrario de 1982 delataba que más del 50% de los ganaderos asturianos poseían menos de 5 Ha y cuidaban menos de 5 cabezas de ganado vacuno, situación que solo encontraba similitud con Grecia e Italia.  Con solo 111,13 cabezas por km2 de superficie agraria utilizable en Asturias, el consejo era "tratar de llegar a las 224 cabezas de Holanda, o al menos, a las 189,4 de Santander".  


La preocupación por el futuro de las pequeñas explotaciones y lo que significaban para los agricultores y ganaderos que las tenían como una forma de vida de sustitución imposible, me llebaba a decir, en esta sintonía, en un trabajo de 1987, que presenté en La Granda: “Habrá que ofrecer alternativas al campesino que tiene solo cuatro vacas y que por edad o mentalidad no desea cambiar. (...) debería difundirse y apoyarse un esquema de producción unifamiliar que favoreciese la integración en una unidad de explotación ganadera mínima, invernadero o tierra de labor rentabilizable por una sola persona.” 

Me hacía igualmente partícipe de esta otra idea: “Subsiste un riesgo importante para los canales de comercialización de carne de vacuno, que se circunscribe únicamente al autoconsumo regional del ganado sacrificado, mientras se exportan a las regiones mediterráneas la mayor parte de los terneros nacidos en Asturias. Más del 50% de los terneros asturianos (150.000 cabezas) se envían cada año a instalaciones de engorde a Cataluña”. Es decir, como otros estudiosos del tema, apoyaba la integración de la comercialización del vacuno en la reordenación de la Central Lechera Asturiana.

Tuve ocasión de hablar una sola vez con Pedro Astals, consejero delegado del grupo, a finales de los 90, y justamente en relación con la internacionalización que estaba entonces iniciando para la Central. Quedamos en volver a vernos, pero no hubo una segunda vez. Ya lo siento, porque me pareció un buen tipo; un tanto estiradillo –me recordó el estilo de Leonardo Alvarez de Diego-, pero eficaz y serio.

En fin, hasta aquí hemos llegado. Dos posiciones están ahora encontradas entre los socios.

La posición oficialista de la Central Lechera Asturiana se reafirma en la necesidad de aumentar su volumen para mejorar su competitividad dentro de la UE, en donde los grandes grupos lácteos, avanzan sin parar -como casi todas las multinacionales de la Unión- en su marcha de concentraciones.
En este espíritu, se trató la fusión con otras cooperativas, en concreto, la vasca Iparlat y la gallega Leyma, que debieran haber servido para añadir músculo al grupo  (propuesta de Miguel Roca) , aunque le haría perder a CLAS el monocolor regional; pero las negociaciones fracasaron.Otra opción manejada por Astals y los oficialistas es la ventaja de la integración con Pascual o Puleva, e incluso se estudió la venta del grupo a Agrolimen, lo que hubiera significado perder, de haber prosperado esta última opción, el control de la producción láctea asturiana desde la región. 

Por la parte crítica, una de las alternativas que se manejan es la venta en subasta pública, y su liquidación, opción que apoyan especialmente, como se puede entender, los socios inactivos, que verían así una remuneración por sus activos, para ellos ociosos. No es una operación pequeña. Se ha evaluado el valor de la cooperativa en más de 300 millones de euros, lo que equivaldría, para esos 7.868 ganaderos que detentan el 56,39% la no despreciable percepción media de 20.000 euros. 

El precio de la leche y la estrategia de crecimiento de CAPSA siguen polarizando también a estos dos colectivos de asociados, oficialistas y críticos, que acusan al consejero delegado de querer diluir el peso de la compañía, olvidando a los ganaderos, que son la base del invento. A la cabeza de la oposición están Bertino Velasco Torre,  vicepresidente de CLAS, que tiene 79 vacas y Jesús Fernández García, presidente de la Agrupación Independiente de Ganaderos (AIG-Clas),  que mantienen la propuesta de seguir en solitario, y exigen concentrarse en los socios productores y mejorar la rentabilidad para ellos, olvidándose de crecer sin mesura.

Los críticos, están, en coherencia con su teoría, en contra de los acuerdos entre Clas y Bongrain, en particular de las implicaciones del contrato de marca, por el que la cooperativa recibe un 0,27 por ciento de las ventas que se hacen con el uso de la prestigiosa  marca Central Lechera, que es realmente bajo para el 4-6% que se estila en el mercado de royalties.

También se denuncia que a los socios se les esté pagando un precio medio de todos abonados por CAPSA, y se les descuente encima la recogida de la leche, y que supone un de 2 a 3 céntimos menos por litro. Proponen implantar una prima para los asociados, porque, además,  la calidad de la leche que se recoge en Asturias en superior. En definitiva, se critica la obsesión por el tamaño pero no la rentabilidad para los accionistas.
 

No se las soluciones que contendrá el Informe de Silva y Cuervo, pero si no han tenido en cuenta la posición de los ganaderos, tanto los productivos hoy como los que lo fueron ayer, lo veo de difícil viabilidad práctica, y me temo que será más un elemento de conflictividad en la hoguera de las disensiones dentro de la Central. Pero, por otra parte, y dado el perfil histórico de sus autores y mi amistad, deseo internamente que hayan tenido en cuenta las ideas que, hace veinte años, ellos también estaban defendiendo.

Seguro que la habilidad de la pareja intelectual para nadar y guardar la ropa, añadido a su conocimiento de la región y a su altura profesional, les habrán servido para aconsejar a los directivos de CAPSA-CLAS que miren hacia dentro de la región antes de empeñarse en poner la vista fuera de ella. CAPSA tiene dueños, y los gestores deben hacer lo que la mayoría de los accionistas deseen, ¿verdad?

 

Al socaire: El otro discurso de Navidad del Rey

Ignoro quien le escribe los discursos al SM El Rey Juan Carlos, y ni siquiera se si está resuelta la muy pertinente cuestión de quién se los lee. Desde luego, que oigan el discurso de Navidad tiene que haber muchos, dada la difusión mediática del mismo, y la hora elegida para su retransmisión, con las gentes ya en sus casas, esperando que en cocina anuncien que las viandas están listas para la mesa.

Particularmente, lo que dudo es que la mayoría escuchen -en el sentido de "pongan atención a"- lo que dice el Monarca.

Por una parte, está el escollo de las insalvables dificultades expresivas de Don Juan Carlos –rotundamente demostradas en lo que respecta a la dicción en absolutamente todas sus apariciones institucionales formales, aunque desmentidas en cuanto a Su talante por muchos que han tenido ocasión de compartir algunos momentos distendidos con El-.

Por otra, están los contenidos de sus mensajes, preparados cuidadosamente para que no digan nada relevante. Porque, a pesar de los esfuerzos de los exégetas del día después, las frases que hilvana una tras otra en Su monótona lectura, son una invitación permanente a descartar la opción de profundizar en  la interpretación de Sus palabras. Son lo más parecido a una insulsa declaración de buenas voluntades.

En justa reciprocidad, siempre que tuve ocasión de asistir al seguimiento del Mensaje navideño desde cualesquiera locales publicos, vengo constatando que los súbditos asisten a la retransmisión con una respetuosa indiferencia, habiendo sido completamente asumido por el personal que El no va a decir nada relevante.

Podría no ser así.

Ante todo, cabría preguntarse porqué quien escribe los discursos del Rey mantiene una obsesión por navegar en la obviedad, o acumular frases de inocuos consejos y vacuas llamadas a la convivencia pacífica, a la cooperación general o al mantenimiento de los objetivos comunes, en un diálogo sereno y esforzado. Nadie sensato pondrá en duda que es necesario actuar en este entendimiento, pero tampoco es necesario esforzarse en señalar la trivialidad. Todos queremos el progreso, el final del terrorismo nacional e internacional, el discurrir pacífico de la convivencia, y la integración sin traumas de la inmigración, pongo por caso.

No alcanzo a imaginar porqué ha de antojársele al ilustrado negro que le escribe los discursos al Monarca que El no puede referirse a la necesidad de eliminar toda corrupción en la vida política, de perseguir como prioridad los enriquecimientos ilícitos antes que los pequeños hurtos, de agilizar y homogeneizar el funcionamiento de las instituciones o de revisar, para contenerlos, los planteamientos desestabilizadores de la unidad de España, movidos según podría estimarse por oscuros sentimientos de insolidaridad regional.
 

Puede ser algo más problemático, pero sería visto como un elemento rejuvenecedor de la institución monárquica, el que el propio Monarca reafirmase su papel de garante de la democracia, entendida como manifestación de pluralidad y de justicia distributiva, y la preminencia de la figura que encarna como parte del equilibrio entre los intereses nacionales, incluídas las facciones republicanas. No se trata de mantener abierto permanentemente el debate sobre la forma de gobierno que preferírían los españoles, sino de consolidar la referencia a la monarquía como una manera perfectamente moderna de incorporar la jefatura del Estado, actuando por encima del debate político y  siendo permanente regulador de las tensiones prioritarias de la vida nacional. 

Me parecería también muy atractivo que el Monarca hubiera hecho una referencia a la cuestión de la ley sucesoria, expresando Su inquebrantable conformidad constitucional por la que la continuidad de la realiza española se concreta hoy en Don Felipe, pero lanzando el guante blanco de que, de acuerdo con los tiempos y la igualdad de sexos de la que El se ha convertido en primer defensor, la infanta Doña Leonor debería ser educada como futura Reina de España, y, por ende, la reforma constitucional, en ese aspecto al menos, no debería demorarse.

Sería interesante que el Rey expresara Su voluntad de involucrarse activamente en la solución al conflicto entre las civilizaciones cristiana y musulmana, desde el respeto a las creencias, desde luego, pero en coordinación con otros jefes de Estado, y particularmente los europeos, para incrementar la cooperación internacional y acelerar la eliminación de las desigualdades económicas, utilizando para ello Su indudable carisma personal y, en concreto, la relación afectuosa que mantiene con homólogos de los países árabes .
 

Y, en fin, me parecería especialmente imprescindible que el Monarca aprovechase ese momento de atención generalizada para hacer un repaso a las actuaciones más relevantes realizadas durante el año que termina, tanto por El mismo, como por su sucesor. Ello ayudaría a eliminar la creencia, pienso modestamente que muy extendida, aunque alimentada con muy variados intereses -incluídos los desestabilizadores-, de que se trata de una mera figura decorativa, y por tanto, prescindible y costosa.

 

Incluso, para reforzar los rasgos humanos de un personaje que merece seriedad en la atención mediática pero que necesita ser comprendido como un ser de carne y hueso que vive y siente como los demás humanos, se agradecería que ofreciera un par de pinceladas de su visión personal, incluso familiar o de sus relaciones. 

No pretendo -válgame Dios-  que el Monarca explique urbi et orbe cuáles son sus intereses económicos o las razones por las que miembros de su familia aparecen involucrados en Consejos de Administración de sociedades mercantiles. Pero, en fin, para empezar, una referencia al riesgo de que se suprimiera la fiesta nacional de los toros, a la que se le sabe aficionado, o al tiempo que los españoles dedican semanalmente a ver partidos de fútbol, paralizando el país, podría ayudar en horas de máxima audiencia, a acercar la figura humana de un personaje que se protege como si se tratara de un personaje de ficción.

Si quedan huecos en el tiempo de discurso navideño, tampoco estaría de más el lanzar algunas consejas generales, sobre la necesidad de respetar seriamente el ambiente y no solamente de boquilla, cuidando de no destruir especulativamente los parajes naturales y, más en particular, nuestras costas, ... 

Un par de frases bien elegidas podrían hacer recapacitar, incluso a los más reacios, de lo erróneo de la apreciación de que el Rey no vive la realidad nacional que se ventila más allá del refugio de la Zarzuela, de lo que le cuentan de vez en cuando los presidentes del Gobierno de turno o algún político relevante de su leal oposición, o de lo que le cotillean sus vecina/os de mesa en las cenas oficiales. Una realidad que tampoco le van a trasladar en las audiencias reales las series clónicas de envarados personajes que le proponen retahilas de presidencias de Honor y le regalan placas de plata mientras se fotografían con El para sus ménsulas de despacho.

Papeles comprometidos (Cuentos de Pareja)

Como regalo de Navidad, obsequio a mis lectores con este Relato de mi Libro: "Cuentos de Pareja". Ojalá os guste. 

  Escribió con bolígrafo en una hoja atrasada del calendario de la cocina: "Tienes tortilla en el horno", dejó el papel sobre la mesa del comedor y se acostó. No estaba cansada, pero quería demostrarse que no iba a permanecer indefinidamente esperando por él. Ella no era reposo del guerrero de nadie.  

Al poco tiempo, volvió a encender la luz. Nerviosa, exploró en el montón de revistas de moda y ecos de sociedad, que se habían ido amontonando durante meses, y encontró un libro cuya presencia había olvidado. Acostumbraba a dejar material de lectura junto a la cama, para entretener las horas hasta que le vencía el sueño. También era un pretexto con el que acallaba su necesidad de acumular defensas a su lado del dormitorio.

El libro estaba en inglés, y al retomarlo en sus manos recordó nítidamente el momento en que lo había comprado. Había sido en París, en una librería de viejo a la que habían entrado en su deambular por las callejuelas cercanas al Sena. Leyó varias veces su título, mientras arrancaba con la uña la etiqueta con el precio que todavía estaba adherida a la cubierta: Dried Flower Ideas.

El tema le había parecido entonces atractivo, pero el interés había quedado pospuesto sucesivamente y, dadas sus dificultades con el idioma, resultaba complicado seguir las instrucciones para secar flores y componer centros de jardinería muerta, que la autora detallaba tan prolijamente. Javier había empezado a traducírselo, pero pronto lo dejó, alegando que era lo más cursi y pedante que se había echado jamás a la cara. Así que, desde aquella noche, allí había permanecido aquél libro.

Habían transcurrido dos meses y seis días desde entonces; fué la última vez que hicieron el amor.
 Como no estaba libre de raíces románticas, y menos al principio de una noche en la que apetece tener a alguien al lado pero ese deseo no va a realizarse, aplicó su fórmula de cabecera para salir de la confusión: ningún hecho trivial carece de significado.

Desde niña, le gustaba interpretar los imprevistos como un mensaje. Por eso, se tradujo a sí misma la razón oculta del hallazgo de ese libro inocente: necesitaba ideas para recomponer el decorado de su propia vida, debía darse prisa en incorporar nuevos elementos, antes de que se marchitasen los antiguos.

La reflexión le resultó banal, pero, desde su pesimismo actual, razonó también que cualquier medida terapéutica llegaría ya demasiado tarde. Su vida había encallado, al parecer, en el atolón del aburrimiento sin remedio.
 

Intentando cambiar de aires, y con la mirada absorta en una composición floral de aquenios, siemprevivas y bártulos, rememoró la alocada carrera juvenil con la que ella y su amiga Gloria habían alcanzado el ferry que hacía el trayecto turístico sobre el Sena. Cogidas de la mano, como dos adolescentes, habían subido al barco cuando empezaban a izar la rampa de acceso.

Gloria trastrabilló y estuvo a punto de caerse al agua, pero, instintivamente, había apretado su mano en la suya y, gracias a esa ayuda, pudo recuperar el equilibrio. "Están Vds. locas" -dijo el patrón, moviendo la cabeza con reprobación. "Cada cinco minutos hay un barco idéntico. ¿Tanto les molestaba esperar?".
 

-Me has salvado del ridículo -había susurrado su amiga, todavía sofocada, mientras ambas se sentaban al fondo de la embarcación, con algunas miradas centrándose sobre ellas.-Vamos a necesitar más salvadores -recordaba haber replicado ella misma-. Acabo de leer que los billetes se compran en el muelle antes de embarcar y que la multa por subirse sin ellos es de ciento cincuenta francos.-Eso te pasa por saber francés. Yo alegaré ignorancia invencible.-El letrero está también en español.-Quelle paveur!. Pues si nos obligan a abandonar esta chalupa, cruzaremos el río a nado, como buenas espaldas mojadas -le sonrió Gloria, acariciando su tobillo derecho, algo dolorido-. Cuando lleguemos a la otra orilla, pondremos a secar nuestras ropas sobre el muro y, mientras tanto, interpretaremos un número bufo de zarzuela.-Sí. Sólo nos faltaría don Hilarión. -Ese papel se lo adjudico al patrón de este bateau. Mira la cara de rijoso que se le ha puesto; va a estrellarnos. 

Reavivar la presencia de la sonrisa espléndida de Gloria, una mujer llena de vitalidad, de talante tan inteligente como despreocupado, le reabrió las puertas de la injusticia de la vida. Tuvo una sensación, más que un pensamiento elaborado: somos prisioneros de recuerdos que nos hacen daño. Gloria se había muerto a la semana de aquél viaje, estrellando su coche de madrugada contra la medianera de la autopista a Barcelona; un extraño accidente. 

Llamaron al teléfono. Se levantó, rápida, sin ponerse encima la bata ni calzarse las zapatillas. Sintió el frío de las baldosas en las plantas desnudas de los pies. Era él. "Estamos celebrando que han hecho fijo a Miguel en la agencia". Su voz tartamudeaba un poco, como le sucedía cuando había bebido una copa de más. Le pareció entender un fondo musical, pero sólo se le ocurrió preguntar: "¿Quién es Miguel?". "Se te oye muy mal. ¿Cómo está el niño?. Se me acaban las monedas."-comentó la voz, que no parecía querer hablar de más-.

Ella sabía bien quién era Miguel: uno de los personajes ilocalizables que Javier movilizaba para dar mayor credibilidad a sus historias. "Llegaré tarde". "Ya es tarde. Hace rato que Javi está acostado" -replicó ella, aunque añadió en tono amable:- "Tienes tortilla en el microondas". Siguieron algunas palabras, que sonaron a trámite burocrático: "No me esperes levantada. Acuéstate".
 

Permaneció un rato oyendo el tono del aparato, distraída, antes de colgar. La casa estaba silenciosa, aunque atendiendo mejor se distinguían algunos ruidos de coches procedentes de la autovía. La única sensación que tenía era de soledad. Entonces se percibió de que estaba descalza, y un escalofrío la recorrió.

"Sólo falta que agarre una gripe", pensó. Le sorprendió el sonido ligeramente enfadado, de sus palabras: las había pronunciado en voz alta.
 

A la mañana siguiente, ambos se sobresaltaron a causa del despertador. El se quejó de dolor de cabeza. Pero ella se interesó por la tortilla de patata: "¿Comiste la tortilla?". "Qué cosas tienes, mujer. No me apetecía nada. Además, ya habíamos picado algo por ahí".

El hubiera hecho un comentario acerca de la luz encendida que encontró cuando llegó, a las cuatro de la madrugada, o de las razones que explicasen el cursi libro abierto en su regazo o, mejor aún, hubiera detallado la manera delicada con la que había subido el embozo de la cama, para cubrir sus hombros.

Ella de buena gana hubiera deseado conocer a qué hora había llegado, aclarar con él si había sido ella misma la que había vuelto a colocar el libro sobre la mesita y resolver, en fin, la duda bastante infantil sobre si había sido Javier quien, algo bebido, le había dado un beso y le había acariciado bajo el camisón, o eran solo figuraciones construídas desde el sueño.

Marta miró la espalda desnuda de Javier, sentado en la cama mientras se ponía los zapatos y los pantalones; sin explicación, tuvo el deseo de recorrer con sus manos aquella figura que conocía bien; le hubiera dado un pellizco en las nalgas; no necesitó contenerse, porque desde hacía algún tiempo, su cerebro no mandaba a las manos.
 

No se dijeron más hasta que entró en la cocina el pequeño Javier. Entonces se concentraron en él. Como todos los días, el niño se había incorporado al oir el trajín de la casa, y se acercó somnoliento, en pijama y chancletas, tanteando la protección de su madre, para que lo vistiera para ir a la guardería. -¿Pasas hoy a buscarlo tú? -preguntó Javier, engullendo a grandes mordiscos una tostada con jamón de york y mermelada. "Vamos a llegar tarde", le dijo al pequeño, con la boca llena, sin esperar una respuesta inmediata de Marta, que estaba acabando de componer la cama de matrimonio.

Desde hacía dos meses, la operación resultaba más cómoda, ya que, como sus cuerpos apenas si se rozaban, el lecho no se deshacía. Ella miró la hoyada de ambos, bien perfilada, y aspiró el aroma que despedía el hueco que él había dejado, un olor a almendras y a salina.

Generalmente, Javier llevaba al chico a la escuela, porque le quedaba de paso. Por el contrario, recoger al pequeño se convertía en una operación que debía ser negociada diariamente.
-Hoy me viene mal -la voz de mujer provenía ahora del cuarto de baño, en donde ella se estaba peinando los rizos con un cepillo-. Tenemos reunión de grupo.-Tenéis reunión cada dos días.-El nuevo jefe de departamento es mucho más estricto. Quiere revisar los expedientes de la sección de hemiplejía con un fisioterapeuta rumano.-Bueno, pues iré a buscarlo yo.  

Ella adivinó el tono de disgusto, porque atajó sin contemplaciones: "-Por una vez que hagas algo por el niño, no te vas a herniar." El no contestó, cogió al niño de la mano y se marchó sin despedirse.

Marta se fué al microondas y miró la tortilla de patata; la recogió y la arrojó a la basura, cerrando después la bolsa.
 La ilusión había ido languideciendo poco a poco, aunque en los últimos meses la caída se había acelerado. No encontraban una razón concreta. Pero lo cierto es que habían dejado trascurrir mucho tiempo sin hacer el amor, es decir, sin borrar las huellas de la falta de diálogo, sin renovar el interés. Faltaba una explicación coherente.

Ahora, simplemente un día se superponía sobre el otro, y la acumulación de jornadas de silencios, de incomprensión, de fastidio, adquiría una dimensión que empezaba a dar miedo, porque servía de argumento para admitir una jornada más sin intervenir, y la distancia aumentaba.

Marta se notaba a sí misma cansada para hablar, para disculpar, aunque la ausencia de sus caricias y pensamientos pesaba como una losa sobre el alma. No era ella una persona sensual, ni mucho menos, pero algunos días sufría la necesidad de que la acariciasen, la tocasen, la escuchasen.

En esas fechas, que no tenían que ver con el período ni con el tiempo atmosférico, quería sentirse mimada y deseada. A veces sospechaba de las infidelidades de Javier y, desde luego, no estaba dispuesta a perdonárselas, pero no tenía ningún fundamento serio; era la carencia física lo que no resultaba fácil de suplir. No le bastaban los besos, abrazos y achuchones que prodigaba al inquieto y revoltoso Javier.

Quería un roce más áspero, en el que ella no llevase la iniciativa, donde ella fuera el juguete.
 ¿Estaba él en la misma situación?. Para Marta, era posible que, aunque pretendiera refugiarse con sus escapadas de la realidad, en sus silencios, él también sufriera.

Confiada a sus pensamientos, Marta retiró las llaves del coche, puso una nota para la asistenta, y cerró la puerta de casa con doble llave. Nunca se había imaginado a Javier en brazos de otra, pero no podía descartar la sospecha de que él se hubiera echado una amiga, a la chita callando. Sabía que él era una persona mucho más sexual que ella. Si Javier se había enamorado de otra, porque algo debía haber, era porque ya no la amaba. Le dió rabia que hubieran perdido, sin defenderlo, la fe en el proyecto que habían intuído cuando decidieron vivir juntos.

Se convenció, mientras conducía maquinalmente de semáforo en semáforo hasta el Hospital, de que ella tampoco quería como antes a su marido. Ya no.
 

Sonó el teléfono móvil. "¿Qué te pasa, te has dormido?. Estamos esperando desde hace ya un buen rato". Despertó de pronto. Estaba llevando el coche, sin darse cuenta, al domicilio de sus padres, en Aravaca. "Estoy metida en un atasco -improvisó, volviendo a la realidad en un instante-. Llegaré en cinco minutos." Aguantando el aparato entre la cabeza y el cuello, farfulló más disculpas, y salió de la autopista por el desvío inmediato; oyó algunos pitidos de claxon, protestando por la forzada maniobra.

Retornó hacia Madrid a toda la velocidad que le permitió la fuerte congestión de tráfico de aquella hora de la mañana. "Me estoy comportando como un autómata mal regulado", razonó para sus adentros.
 

Tenían muchos amigos, que habían ido recogiendo a lo largo de los años, sobre todo por la gran facilidad de Javier para acercarse a todo el mundo. Parecía capaz de entablar amistad hasta con un chimpancé del Retiro. Salían todos los viernes a cenar con otras parejas; dejaban al pequeño alternativamente con los padres de él o de ella.

Los abuelos se disputaban el placer de quedarse con el niño. Marta era muy consciente de que los mayores se lo estaban malcriando, pero necesitaba ese día de expansión a la semana, para desconectar de las duras jornadas de rehabilitación, de los apósitos, de los masajes y la sangre.

La mayor parte de los conocidos los había aportado él; eran compañeros de su trabajo en la agencia, clientes o antiguos compañeros de estudios, con los que Javier parecía disfrutar organizando cenas en las que las esposas eran un adorno necesario.

Pasaban el tiempo juntos contándose banalidades, en donde Javier resplandecía. Era un vendedor, había nacido para convencer, persuadido él mismo de que nada se podía resistir a su fórmula, que le llevaba a seducir indiscriminadamente. Marta fué uno de sus trofeos.
 

"-Daría una uña del dedo gordo del pié por averiguar lo que pasa hoy por esa cabeza", le dijo, lanzándole una bolita de papel, el director del Departamento, mientras repasaban en grupo las actividades del día y las incidencias de la noche. "Estoy preocupada porque Javier está enfermo", mintió.

Le apetecía darse un paseo sola por algún Parque. "¿Con quién lo has dejado?", preguntó amablemente el Dr. Vartrina, que aprovechaba cualquier circunstancia por ganar algunos enteros en su objetivo de seducir a la bella Marta. "Está con la asistenta, pero hoy me gustaría marcharme en punto." "¡Ah, las madres!. Sois muy capaces de ignorar un sarcoma en vuestro marido, pero perdéis el culo ante la menor gripe de vuestros hijos", se creyó con la oportunidad de intervenir el seboso Ricardo, ATS de Generales, machista acomplejado. Marta le dirigió una mirada de desprecio, pero sus ojos verdes, grandes y melancólicos, reflejaban mal los sentimientos duros.
 

Recreó la circunstancia en que encontró a Javier. Hacía once años. Ella cumplía ese día diecinueve. Había invitado a un grupo de compañeros de la escuela de enfermería a tomar alguna cosa. Se habían sentado en torno a dos mesas en un bar de Atocha, mientras compartían cuatro raciones de jamón y queso y bebían Valdepeñas de un porrón.

Charlaban sobre los próximos exámenes, quizá teorizaban sobre las dificultades para encontrar empleo cuando terminasen, probablemente se zambullían, como los somormujos en su lago, a la busca del alimento del bienestar, pasando sobre lugares comunes. Javier se acercó con una carpeta azul en la mano y preguntó si alguno de los presentes era dueño de un coche que estaba aparcado fuera. "Un fiat rojo", aclaró.

Era un chico alto, moreno, de pelo negro intenso.
 Contestaron que no, que qué más querrían. No tenían coche alguno, eran modestos peatones. "Me impide salir." -explicó el extraño- "Se ha puesto justamente tapándome el camino. Hay gente que no tiene ninguna consideración con los que estamos trabajando".

Marta se fijó en sus ojos, con inconfundibles matices burlones, y se despachó en su abierta sonrisa. Le gustó a primera vista, antes incluso de que pidiera permiso para sentarse con ellos.

"Ya que no puedo sacar el coche, si no os molesta, me apetecería quedarme un rato con vosotros, hasta que el tío del fiat se digne mover su chatarra". "¿Y tu trabajo?"-preguntó uno de los muchachos, molesto por la intromisión de un competidor de aspecto aventajado. "Por hoy, ya he hecho bastante"-explicó el desconocido-. "En todo caso, como el jefe de mi negocio soy yo, puedo darme permiso hasta mañana". "Bueno, pues quédate con nosotros" -se había precipitado tal vez a ofrecer Marta, encontrando que aquél muchacho, algo mayor que ellos mismos, ofrecía el interés que sus amigos tenían agotado. "Estamos celebrando mi cumpleaños. Pero te advierto que hemos decidido pagar a escote".

Javier se introdujo rápidamente. Era ocurrente, ágil, distendido; pasó a ser, sin dificultad ni recelos, el protagonista de la reunión. No tenía reparos en explicar, ridiculizarse, recomponer. Pidió más cosas de comer, cacahuetes, almendras, uvas pasas; hizo cambiar el vino Valdepeñas por ron y coca cola para todos. Persuadió a las chicas para que llamasen a sus casas, ofreciendo a cada una, la excusa adecuada -a su carácter, decía- y, en su momento, propuso que siguieran la celebración en una discoteca. A esas alturas de la fiesta, nadie se extrañó de que no tuviera coche, porque se dividieron con toda naturalidad en dos grupos para tomar un taxi.
 

Esa misma noche contó a Marta que se había sentido atraído por Gloria, que era pelirroja, pecosa, distinta. Hablaba sin parar y no aburría. "Creí que era extranjera" -sus palabras, más que a justificación, sonaban a maniobra para generación de celos- "Aunque me dí cuenta de que la más interesante del grupo eras tú". Bailaba muy bien, apretándose suavemente en cada movimiento. "Ya, pero deja las manos quietas", había dicho ella, pugnando por no sucumbir al hechizo de su locuacidad, de la noche, de su masculino atractivo.  

Aquella velada fué preludio de otras más, en las que cultivaron la amistad y el interés recíproco, hasta desembocar en una vida en común, en el matrimonio, en un hijo que fue el premio que se concedieron cuando la relación empezaba a palidecer -se daba cuenta ahora.

La carpeta azul se quedó en la guardarropía de la discoteca y, como nunca más se acordó de ella, Marta dedujo que debía contener papeles en blanco, y hasta admitió que la utilizase también como fantasía para entablar relaciones.

Después de algún tiempo de convivencia, apreció que la simpatía de Javier se desarrollaba, sobre todo, de puertas para fuera. Era extrovertido, jovial, exultante hasta el propio desprendimiento, con cuantos acabara de encontrar. Pero no profundizaba, se mantenía flotando en la superficie de los afectos que se sabía granjear de forma tan sencilla.
 

Cuando le entró la duda de si Javier era real o imaginario, se casaron, porque decidieron que debería tener un hijo antes de treinta años. Trataba a todos como conocidos de antiguo, seduciendo con idéntica despreocupación a los que se cruzaban en su camino. Era espléndido, pero con una largueza que se multiplicaba cuanto menor relación le unía con el objeto de sus regalos, de su conversación ilusionada, de su atención desproporcionada.

Tenía todo el tiempo del mundo para el último en llegar. Pero para quienes formaban parte de su círculo más íntimo, para sus mejores amigos y, en especial, para Marta, le faltaba tiempo. Se escapaba.
 

-¿Por qué no te preocupas más por mí o por el chiquillo?-Ya lo hago. Os dedico todo mi tiempo libre. -a Javier la pregunta le había cogido de improviso, y la despachó como quien receta aspirinas. -No te fijas en nosotros. Somos parte de un decorado.-No seas ridícula. -la miró a los ojos, intrigado por la seriedad del tono de sus reparos- Sois la razón por la que lucho en la vida.-Eso no te lo crees ni tú. La razón fundamental de tu vida eres tú mismo. Por no fijarte, ya ni te fijas ni en mi cuerpo. -movió su pelo, coqueta- Hace unos días me paseé desnuda ante tus narices y me miraste como si fuera la televisión.-¡Ah, estás picada por eso!. Te ví pasar en bolas y pensé que estabas depilándote. -Sí, recordaba bien, por supuesto, la exhibición del cuerpo femenino, extemporánea, sorprendente; una travesura portadora de un mensaje que había captado perfectamente, pero que no consiguió reformar su malhumor, en otras ocasiones, vulnerable.-Hace unos años no habrías resistido el deseo de abrazarme.-Si después de once años de intimidad siguiera siendo excitable por las exhibiciones nudistas de mi esposa deberían llevarme al circo Price, entre los enanos y el domador de canguros.

Había sido cruel, pero el supuesto ingenio le bloqueó aún más la puerta de salida. Así que, para Marta, los días empezaron a ser inextricablemente iguales unos a otros. Cuando volvía del Hospital, tomar el relevo de la asistenta para disfrutar del pequeño Javier era la única diferencia que añadía encanto a la realidad anodina en la que se habían convertido las intenciones de ambos, cualesquiera que fuera su signo. Javier padre parecía vivir una existencia al margen; llegaba cada vez más tarde, hablaba muy poco.

Unicamente en las reuniones de los viernes, volvía a lucir con luz propia. Contaba historias fantásticas, desplegaba el mismo derroche de simpatía que le había caracterizado siempre. Marta se sorprendía al principio, extrañada de lo que creía era capacidad de disimular de su esposo. Acabó encontrando en esos encuentros una razón más de la falsedad que la envolvía, episodios inducidos por un ser con personalidad de artificio, que se ocultaba durante la semana para resplandecer con todas sus galas ante quienes le podían dar mucho menos que ella.
 

La noche del accidente de Gloria, habían estado cenando los cuatro en un restaurante argentino. Javier estuvo divertido, como siempre. Incitaba a las dos mujeres a contar el detalle de su semana en París, y cuando ellas hablaban de monumentos, museos y chocolate con cruasán, él inventaba que sus esposos habían contratado los servicios de un detective que les había pormenorizado sus andanzas, con un informe reservado de las salidas del hotel, sus paseos románticos en barco y fogosas noches de placer. Gloria reía, divertida, siguiéndole sus bromas (a veces picantes) y Marta tuvo por un momento fugaz la intuición de que Javier gustaba a su amiga.

Era natural, después de todo.
 -Vuestro detective se ha equivocado de personas -dijo Gloria, entre risas, mirando sobre todo a Javier, quien había encendido un cigarrillo-. -Hay incluso fotos comprometedoras.-¡Qué traidor! -Marta permanecía callada, observando a Mario-. ¿A qué vuestro hombre va a ser el fulano que se ofreció para enseñarnos Pigalle?.-No creo. Nuestro enlace era un patriota, pero de los Pirineos para abajo. Salvo que le hayáis hecho todo "un francés" por vuestra cuenta-a Javier le gustaba bordear la chabacanería; el humo de su cigarrillo se extendió sobre las cabezas de los cuatro.-Imposible. Era muy basto y estaba sin duchar -Gloria repuso, rápida, y al moverse hacia atrás en el asiento, su pelo rojo adquirió nuevos reflejos.

Marta estaba siempre sorprendida de que ellos dos improvisaran diálogos tan vivos, ingeniosos y variados; si no conociera tan bien a ambos, le parecería que los hubieran ensayado-. Lo más que pudimos hacer por él fué regalarle un champú para que se quitase el olor a aprisco de Guadalajara. Así que lo que haya hecho el alcarreño, lo habrá hecho con vosotros.
 

Mario no sintonizaba bien con Javier porque, a diferencia de la inmensa mayoría, la amistad con aquella pareja era una aportación de Marta. Era un ingeniero más bien soso, blanco de tez, de pelo ya clareando. Tenía ojos oscuros de mirada inquisidora, pero contenido inexpresivo. Era responsable de redes en una compañía eléctrica, aunque su trabajo parecía importarle menos. Le gustaban los coches, los viajes; era tímido con las mujeres.

Cuando le parecía que debía hablar, soltaba cuentos de enamoramientos misteriosos en la empresa, historias cruzadas de traiciones en matrimonios y gozos prohibidos entre sombras, que contaba con una frialdad excesiva, y con tan pocas palabras, que reducía cualquier anécdota a caricatura. Desprovisto de gracia, lo curioso era apreciar que le gustaba contarlas.

Desde que murió Gloria no se había prodigado más. El día del funeral fué un fantasma, y luego desapareció. Aunque cada viernes pensaban en llamarlo, invitarlo a cenar, ni Javier ni Marta tomaban la iniciativa de decírselo al otro, con lo que el tiempo pasaba y también esa relación se estaba enfriando. Se había destruído el eje de la amistad, que era la intimidad entre las dos mujeres.

Marta no esperaba por eso que Mario le telefonease aquella tarde al Hospital. La telefonista de la centralita le pasó la llamada al box de enfermeras en rehabilitación. "Es una voz de hombre, pero no es Javier" -le previno.
 -Hola, ¿Cómo te va? -reconoció inmediatamente la voz de Mario, ronca por el tabaco, que parecía siempre preparada para estallarle en el gaznate.-¡Mario!. Estamos todo el tiempo pensando en llamarte, pero ya sabes cómo es esta ciudad. ¿Qué tal han ido las cosas?.

Marta sintió vergüenza por el tiempo que había pasado desde que se besaron, llorando, en el funeral de Gloria: todo el mundo estaba de acuerdo en que ellos dos eran los más afectados. Pero la amistad verdadera era con Gloria, su amiga muerta, aquella con la que había compartido tantos secretos.

-Ayer iba a dar a Cáritas la ropa de Gloria y, al revisarla, encontré un diario. Habla de tí. Bueno, habla de todos, pero lo que cuenta te interesa a tí.-¿Un diario? -era la primera noticia que tenía de las aficiones literarias de su amiga- ¿Y habla de mí?. ¿Qué dice?La voz de Mario se tornó aún más enigmática, firme, cerrada: "-Prefiero no comentártelo por teléfono. Te invito a tomar un café hoy después del trabajo".

Lo cierto es que a Marta no le apetecía remover heridas; no tenía suficiente confianza con Mario y le molestaba tener que compartir secretos, por lo que parecía, con un hombre sin atractivo personal, y de una manera tan forzada. Siempre lo había considerado poco, un tipo obsesionado por el trabajo, sin juego de cintura, torpe en todo lo que no fueran las tarifas eléctricas.

Así que pretendió excusarse: "-Tengo reunión de grupo."
Pero él se encontraba persuasivo: "-No será tan importante. Anúlala. Pide permiso por algo urgente. Dí que tu niño se ha puesto malo". Inventar enfermedades para el pequeño Javier parecía el argumento fácil para todo el mundo aquél día y, sintiéndose supersticiosa, claudicó: "-Bueno, quedamos a las siete y media. Aquí cerca". "En la cafetería Arizona."-reaccionó Mario. El piloto de la habitación 315 se encendió, acompañado de un pitido de aviso. Marta se levantó, sin soltar el teléfono: "-Allí estaré", dijo con voz tenue. 

Mientras preparaba la jeringa para inyectar un calmante, se mantuvo en la intriga acerca de los motivos de aquella llamada, que le abría la existencia de un diario ignorado, de una amiga con la que había compartido todos los secretos. ¿Habría recogido en él, imprudentemente, alguna de las cosas que le había contado?. ¿Pero qué cosas?. ¿Y por qué?. Gloria y Marta se habían prometido lealtad, renovando ese pacto agradable en múltiples ocasiones.

Después del viaje a París, conseguido como un triunfo de la independencia respecto a sus esposos -era el regalo a los treinta años de existencia de ambas-, se había profundizado la relación. Eran como dos hermanas. Ella sabía cómo había sentido su muerte, hasta qué punto la había aturdido. Cómo se sentía culpable de haber provocado, la noche de su muerte, la estúpida discusión que motivó que Gloria cogiera el coche y saliese, enfadada, del restaurante en donde se estaban divirtiendo.
 

Cuando llegó a la cafetería, Mario ya estaba allí esperando. Se dieron un beso, y ella notó su boca caliente en el rostro frío. Estaba más delgado, y el pelo desarreglado le hacía aparecer mayor. Debía tener cuarenta años. "Estás tan guapa como siempre", dijo él."¿Qué tal os van las cosas?".

A Marta se le hizo otra vez cuesta arriba explicar dos meses de silencio, llenos de sinrazones que no era fácil compartir. "Bien; bien. Javier tiene más trabajo que nunca. Y el niño ocupa mucho tiempo. Hemos pensado en llamarte..."

El la interrumpió, justo cuando Marta se apercibió de que estaba a punto de repetirle la torpe razón de su silencio, el socorrido argumento de que la gran ciudad fagocita a las personas. "No es tan fácil olvidar a Gloria.-dijo Mario, y bebió un sorbo del refresco que tenía sobre la mesa-"La casa es silencio, ahora. No puedo pasar tiempo allí. Algunas personas se acercan a mí para animarme, pero... Como no tenemos niños, pensaba que me resultaría más sencillo recuperarme. Pero Gloria está siempre ahí. Viva, pujante, fuerte. Actuando. No quiere morir, Marta. Al menos, no quería hasta ayer, en que su diario me desveló a otra. Hemos estado queriendo a otra persona".
 

Mario sacó un librito de un bolsillo exterior de la chaqueta."-Esta historia parece un cuento de amor trasnochado. Uno de esos cuentos que suceden a los demás".

Suspiró, podía estar molesto consigo mismo, pero quería mantener la teatralidad: "Gloria se entendía con tu esposo". Marta reaccionó con una sonrisa de incredulidad, no le gustó la broma: "-No seas ridículo"."Eso me parecía a mí, que la historia era imposible. Nunca sospeché nada. Pero ahí está escrito, de su puño y letra." -buscó en la agenda abierta la referencia que había señalado con un trozo de periódico, la mano todavía firme- "No puedo entender por qué Gloria quiso reflejar en un diario su pasión inconfesable, sabiendo que un día u otro yo lo descubriría... Lee tú misma".
 

Le tendió el librito, escrito con la letra ordenada y pulcra de Gloria. Marta dudó. No quería leer, no le apetecía. No experimentaba ningún interés por alumbrar ninguna historia de su amiga ni de Javier.

Vió la foto del coche de Gloria, destrozado contra la valla de protección, y el cuerpo de la amiga cubierto con una manta de plástico; ella había bebido demasiado; Javier les llenaba a todos las copas una y otra vez, pero la bebida no parecía hacer mella más que en Mario y en la propia Marta. No recordaba bien por qué habían discutido. ¿Se había sentido celosa?. No quería hacer justicia al pasado, desenterrar sentimientos.

Tampoco quería recordar, pero por supuesto que lo había hecho, que Mario se le había insinuado más de una vez, cargado de copas, entre bromas, y ella había resistido siempre el asedio con mucha destreza, defendiéndose con que debía toda lealtad a su esposo.

Era una situación tragicocómica, además, confirmar por él, no ya la traición que sospechaba de Javier, sino la de su mejor amiga. No podía soportar tanta dureza.
 Leyó en voz baja: "He estado otra vez con Javier. Cada vez son más frecuentes nuestros encuentros. Mario está a uvas, porque nos lo montamos bien. Mario es el ingenuo perfecto. Lo he convencido de que tuve que visitar a una amiga de mi madre en Torrelodones. Quería acompañarme. Me preguntó por qué no había ido por la mañana, ya que tengo todo el día libre. Se creyó fácilmente lo que Javier me había preparado. Le dije que le iba a entregar un regalo que no me había llegado hasta media tarde. No sé lo que Javier le pudo haber contado a Marta. Ella está tan metida en sus cosas, que ni se preocupa de lo que hace su marido. Para Gloria lo único importante es su niño. Su hijito del alma."

Marta dejó de leer; Gloria había escrito las últimas palabras con mayúsculas.
 -No quiero seguir leyendo. No me interesa.-Lo dijo en un tono resueltamente firme, devolviéndole el diario a Mario, pero su movimiento era menos convincente. Este lo tomó, y, con rostro impasible, continuó, en un tono monótono, conteniendo la altura de la gruesa voz metálica; parecía leer un informe del Plan Energético para el sector eléctrico: "No imagino cómo terminará todo esto. Javier me excita muchísimo. Su forma de hacer el amor me vuelve loca. Todo imaginación. Es muy diferente a Mario. El improvisa, no para de hablar. Me descubre lo que soy, una puta. Mañana hemos quedado a cenar los dos matrimonios. Me excita pensar que nuestras parejas están ignorantes de todo. Por la mañana, como Marta tenía día libre, he salido de compras con ella. Estuvimos hablando tranquilamente. Tiene remordimientos por su viaje a París. Ella siempre ha estado con Javier de la misma manera. Qué distintas somos. No tengo el menor rubor por estarme acostando con su esposo. De todas las maneras imaginables". 

A Mario le temblaba algo la mano. Cerró el diario y miró por encima de Marta, por encima de las cabezas de los demás clientes; no veía nada. Era fácil entender que aquella lectura le había deshecho muchas imágenes agradables, le había servido para revisar su conocimiento de una persona a la que amaba. Complicaba su existencia sin destino. Marta comprendió lo que pretendía, supo que se sentía ridiculizado por una muerta y que abrigaba deseos de venganza. ¿Pero cómo?. Quería hacerle compartir la burla puesta de manifiesto, el dolor, el desánimo de descubrir la vejación de que había sido objeto, liberándose con ella. No quería participar. 

-Nos han estado traicionando.-dijo.-Gloria está muerta -replicó Marta-. No merece la pena escarbar en el pasado de los muertos. Mucho menos si nos hace daño.-Pero Javier está vivo. El me ha puesto los cuernos con mi mujer.

-Olvida ese diario. Deja la memoria de Gloria como estaba antes.-No puedo ni creerlo, ¿sabes? -Mario tenía los ojos húmedos, la boca seca-. Hubiera jurado que nuestro matrimonio era feliz. Ella era muy cariñosa conmigo. Jamás sospeché nada.

Marta tuvo presente la última vez que habían hecho el amor, Javier y ella: el día que volvieron de París. Tenía ganas de borrar su aventura francesa, recuperar su papel de esposa intachable. Fue una relación satisfactoria; creía que se había realizado con el gozo de ambos, como en otras ocasiones; la había aliviado, se había sentido liberada de culpa. Así que dijo resueltamente: "Vamos a quemar ese diario ahora mismo." 

Se levantó y Mario la siguió fuera de la cafetería. Había anochecido y agradecieron haberse abrigado bien. Mario se puso incluso una bufanda en torno al cuello, carraspeó y le tendió en silencio el diario. Mantuvieron, rozándose, las manos de ambos sobre la cubierta. "Quémalo tú".

Sin pensarlo más, Marta se dirigió al puesto de una castañera y le pidió permiso para arrojar el librito entre las brasas de carbón. "Da pena quemar un libro de tapas tan bonitas", dijo la anciana, pero ella misma lo arrojó, abierto, al fuego y revolvió con el atizador. Chisporroteó todo el tenderete, por un momento pareció que las llamas saldrían fuera del hornillo.

Estuvieron un rato mirando la puerta abierta, mientras la castañera revolvía con el atizador. Luego se fueron sin despedirse, no dándose cuenta, aturdidos.
 

Marta estuvo caminando sin rumbo. No encontraba el coche, no sabía cómo ordenar sus sensaciones. Creyó que la noche del accidente, Gloria y Javier se habían citado, una vez más, utilizando en el juego los sentimientos de sus esposos.

Cuando llegó a casa, encontró a sus dos Javier jugando con un mecano de piezas de plástico. "¿Qué tal con los parapléjicos?", preguntó el padre. "Uno de ellos empezó a andar esta tarde, como un milagro -contestó Marta, enigmáticamente, y le dió un beso en la frente, sorprendiéndole-. "A veces se consigue en un día lo que no se logró en tres años".

Eran casi las diez, hacía tiempo que el pequeño debiera estar acostado. "Creía haberte oído decir que los avances con los paralíticos eran cuestión de paciencia y método", comentó Javier. La mirada de Marta tenía señales nuevas.
 Javier-niño tenía restos de comida de la merienda. "Lo ha atiborrado a galletas", pensó su madre. Pero no recriminó a su marido, ni pensaba hacerlo.

El padre trató de guiar la mano del niño para que situase correctamente una pieza del mecano: "No me atreví a bañarlo. Creo que tiene catarro". Ella seguía de pie en el salón, contemplando la escena como si la historia no fuera ya con ella. "Fíjate qué extraño. Ayer he soñado con Gloria -comentó Javier, sin dar importancia a sus palabras-. Estaba en la cubierta de un barco y escribía un diario. Miraba hacia delante y sonreía. Ella nunca escribía nada, ¿verdad?".

Marta le miró, inexpresiva:" Gloria sería incapaz de escribir una frase al lado de su propio nombre". El se encogió de hombros, y puso la pieza más alta en la torre que estaba construyendo con su hijo: "Las mujeres sois un enigma permanente. Todas sois distintas, pero todas parecéis iguales". "Nuestros sentimientos son como las flores secas", teorizó Marta, cogiendo al pequeño para llevárselo al baño: "La mayoría los tiran a la basura. Los que saben, hacen centros para la mesa del comedor".

Javier la vió marcharse con el niño, con sus conclusiones, sin entender nada.
 

Madrid, dos de noviembre de 1996

Poema (Del Libro "Sin herencia precisa", 1992)

12   

Leo si escribes, aunque no a mí,
cuando preguntas sigue sus estudios
y adivino ¿es que sale con otra?
y desde luego seguro que esos besos son míos,
sabes que me acuesto febril,
que me rondan campanas,
que sueño que aparezco en tu sueño, te poseo,
se acumula amor sobre la herida. 

Tienes la culpa, mujer, tenemos dos la culpa
porque aunque te ibas cada vez más lejos, no sabía
que escribirías, mira las razones. 

Leo el tiempo es bueno, pero leo mejor
yo no lo amaba todavía,
húmedos tus labios, son risas son sonrisas
que nada son mañana,
no pude detenerte cuando eras cierta y cerca,ciego,
creí que provocabas para que desistiera, voz, de amarte.

Veneno dulce que actuabas a destiempo,
interno cielo abierto ahora a truenos y tormentas, sorprendente
ardilla amorosa que naces reconstruída con formas, tiernos tonos
de los que ya no me acuerdo, aquí los días son muy aburridos,
qué dices cómo eres cómo hablas. 

Con detalles falsos te rescato, cómo eran tus manos,
vienen muchos recuerdos a destiempo,
ayer llovió tanto que quedamos en casa,
tus ojos de miel eran negros o eran muy azules,
escríbe, leo si escribes,
te imagino
que estás aquí, que toco tus entrañas,
que terminas doliéndome,
entre líneas te tengo, mientras haces las aes te deshaces,
te pongo los anillos cuando beso tus tes,
recuerdos a tu hermano.  

Al socaire: Cómo no montar un restaurante. Razones propias y de los socios

Al socaire: Cómo no montar un restaurante. Razones propias y de los socios

Me animo a publicar en este Cuaderno un nuevo Capítulo de mi libro "Cómo no montar un restaurante".


No recuerdo haber comentado nunca con mis socios las razones por las que se animaron a montar un restaurante, con preferencia, qué se yo, a abrir una mercería, invertir en Telefónicas, trasladar los excedentes monetarios a un paraíso fiscal o comprar un trozo de rascacielos en Manhattan. Aunque tuvimos muchas ocasiones de charlar distendidamente sobre buena parte de los elementos que componen los habituales escenarios divinos y humanos, no me dijeron jamás la causa por la que se arrimaron a ese ascua brûlant que crepita en los fogones donde se cocina para otros.

Cabría deducir, sin embargo, sus motivos entresacando consecuencias de ciertos síntomas. Por ejemplo, he leído en alguna revista del corazón, declaraciones de Laura por las que afirmaba rotundamente que “mi madre es la mejor cocinera del mundo” o que “las mejores croquetas que probé jamás son las de mi madre”. Ahí deben estar, pues, las claves de sus razones: el desmedido amor filial, la admiración insometible por el saber hacer culinario de su madre, Marcela.

Un motivo tan respetable como cualquier otro, y demostrativo de la esmerada educación gastronómica que había recibido quien era, por aquel entonces, una modelo de primera magnitud en las pasarelas del mundo. Muy seguramente constreñida, ya en la edad adulta y para su desgracia gustativa, a engullir sandwiches de jamón y queso entre toma y toma, acompañados con coca cola templada.

Si la razón pareciera escasa, añado de mi coleto, como probables parientes relacionados con el mismo alibi, la búsqueda de una ocupación para cuando llegase el momento del cambio de trabajo, la añoranza de los felices tiempos pasados en la tierrina, el deseo de agradar en todos los campos, y hasta el  sano copieteo del esquema seguido por otros amigos de la farándula y el glamour..."Si ellos han fracasado, ¿no voy a triunfar yo?"

Lo que ya no me parece tan fácil es admitir sin matices la contundencia expresiva de otra frase salida de los labios de Laura, -o que se le atribuye y no me consta haya sido desmentida-, por la que habría afirmado taxativamente que  “en mi casa siempre se comió bien”. Y no es que me apetezca poner en duda la veracidad de una declaración tan inocua, y muy posiblemente, contagiada de laudables intenciones propagandísticas para nuestro restaurante común. Pero cualquier maximalismo debe acotarse. Ese "siempre" rasca contra la credibilidad de lo dicho, la cuestiona porque todos estamos a favor del "casi siempre", pero rechazamos la unanimidad y que venzan al parchís por goleada.

En cualquier caso doy fe culinaria de que las empanadas de Marcela eran (son, supongo) muy buenas, sus tortillas de patata comparables a las mías (obvio es decir, que las mías las considero sin parangón y además llevan cebolla) y la fórmula de los tortos de maíz y harina, recuperada de la cocina tradicional de las cuencas asturianas a través de Laura-abuela, de una sofisticación algo ingenua pero muy efectiva.

En el caso de Javier, hijo y hermano de restauradores, la referencia  familiar debiera bastar para consolidarlo como experto en restauración, a pesar de que él había cursado derecho -creo que, como muchos otros, sin llegar a ejercerlo- y hasta entonces se le había conocido únicamente una incursión por la política de la mano de mi colega Gabino (lo cual no debe ser asociado en absoluto a una maligna intención de referirme a sus facultades para el pasteleo, que no me constan). 

Por si no bastaran sus orígenes -y que me recordaban la afición de, pongo por caso, otros juristas con background político, como Juan Luis que recetaba píldoras a todo quisque cuando era Ministrín de Sanidad, o Antonio que tenía por aval estar casado con una médico-, Javier estaba avalado cum laude por su matrimonio con la hija de mi profesor de Ampliación de Cálculo, un estricto ingeniero de los de antes de la debacle, que yo daba por seguro no toleraría que le dieran gato por liebre ni siquiera cuando tocase comer gato.

La realidad es que Javier debía saber poco de cocina, o no pudo llegar a demostrarlo. Suya es, sin embargo, una frase que me quedó grabada en la memoria, y que repito desde entonces. "Hay ingredientes que absorben los sabores y otros que lo aportan". Los primeros, que son neutros, pueden ser combinados con todos. Para mezclar los segundos, hay que andarse con cuidado. Ejemplos típicos de los primeros son los arroces, las patatas, las pastas, las pizzas y, por ende, los tortos. Lo mismo se pueden preparar un arroz o unas patatas o unos tagliatelli con gambas, o con chorizo, o con carne picada. Si mezclas las albóndigas de carne con las almejas, el problema es ya tuyo.

Tampoco es que la regla sea de estricta aplicación general. Como después pude comprobar, a la gente le gustan mucho las albóndigas de carne con almejas, los chipirones rellenos de butifarra o el cordero con gambas, y, en general, se traga cualquier combinación de exquisitices, construídas y reconstruídas, juntas como revueltas, con tal de que tengan que pagar un precio alto por el mejunge y otros se lo hayan alabado desde el pedestal de su ciencia. Cosas de la vida. Pero, si me quieren tomar en serio, anoten la frase de Javier, por favor, en lugar de privilegio, queridos amigos que sientan la llamada de convertirse en restauradores del provecho.

En el primer Libro de honor del restaurante, podrían leerse las dedicatorias que Marcela y yo hicimos. Las escribimos en la última página, como para indicar que estábamos a la vuelta de las claves de aquella aventura. Las guardo en fotocopia, porque en el maremagnum de algunas batallas posteriores, esa joya bibliográfica se perdió, quizá para siempre.

 

Marcela escribió, el 23 de febrero del 2002: “Este fue el sueño, en principio, de dos locos: un poeta y un cometa fugaz. Hemos transpasado (sic)  el espejo y ya iniciamos un viaje que será una gran odisea, rica en experiencias y conocimientos”.

Fue, desde luego, bastante más perspicaz que yo,  que, aunque siempre me quedará la duda de quién de los dos sería el poeta y quién el cometa fugaz, escribí debajo, o sea, unos minutos después: “Dicen que ser propietario de un restaurante o llegar a Alcalde de tu pueblo son dos de los deseos que todo ser humano lleva dentro. Al abrir hoy este restaurante AlNorte en la compañía de los mejores amigos que uno pueda desear, me parece que mi otro ímpetu –si existiera- tendrá que esperar. Por AlNorte, por la amistad, por la alegría de compartir las ilusiones con los que merecen la pena”.

Ya se comprende lo ilusionados que debíamos estar todos con aquel recién nacido, algo sobrecargado de paternidades, pero con prometedora buena salud, que el tiempo se encargaría de poner a prueba.