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El blog de Angel Arias

Jugando en corto: España, país pobre, de gente rica

De los gloriosos tiempos de Ensidesa, la fabricona que, con Hunosa, tanto ayudaron a que Asturias configurara su perfil de autonomía industrialmente sobredimensionada y económicamente subvencionada, recuerdo una anécdota que le gustaba comentar a mi tío Juan Manuel F. Carrio, entonces jefe de Laboratorio de Baterías de Coque (o Cock, e incluso, cok).

Ensidesa había transmutado la asesoría de los norteamericanos de Armco, propiciada en su momento por Ricardo Díez Serrano, acogiéndose a la tutela tecnológica de la Nippon Steel Co., que habían desembarcado con algunas curiosas propuestas. Una de ellas era la de situar gallinas en las plantas de producción, para que los trabajadores pudieran distraerse ofreciendo comida a estas aves de corral. A la manera -se decía- de esos cuartos provistos de punching ball en los que, dándoles mamporros a sacos de boxeo con la efigie de los jefes, se liberaban las tensiones del curro.

Los japoneses eran gente observadora, y voluntariosa, y se acomodaron rápidamente a la vida de disipación extralaboral que ofrecía la, entonces, floreciente Avilés -previa al Centro Niemeyer-. Cuentan las crónicas que algunos de los industriosos colegas nipones dedicaban las noches, en demasía, a libaciones y francachelas, que disminuyeron rápidamente su alto espíritu laboral, pero les ayudaron a pasar los meses lejos de su patria.

Mi tío cuenta que en una de las reuniones que periódicamente se mantenían para intercambiar experiencias y tomar las pertinentes decisiones de mejora, uno de los japoneses ilustraba la diferencia que había constatado entre ambos países, con una frase de antología: "Japan, rich country, poor people; Spain, rich people, poor country" (Japón, país rico, con gente pobre; España, país pobre de gente rica").

Seguimos siendo así. No de otra forma se explica que, a pesar de la crisis, el español siga empeñado en el disfrute de vacaciones largas, que paralizan completamente la actividad del país y que, si puede como si no puede permitírselo, prefiera viajar a países exóticos y muy lejanos. 

Fuera de esos períodos vacacionales, que siguen siendo tomados en tropel, nadie creerá que la productividad haya mejorado: dénse una vuelta por oficinas funcionariales, bancarias, empresariales de todo tipo y, si desean sufrir más, váyanse por las cafeterías y bares de las proximidades, porque sigue sin perdonarse la larga pausa matinal, aunque habría que suponer que, debido a los masivos despidos, habría mucho más trabajo para cada uno. Qué decir de la serpiente de la corrupción, instalada sin rubor entre la clase política (y, por pura obviedad, en su cómplice necesario, la empresarial), que nos hará sospechar con fundamento sobre la dimensión de la economía sumergida (aunque lo sea ahora un poco menos).

Todo indica que, frente a la situación de desánimo colectivo, individualmente los españoles parecen disfrutar de una situación económica sólida, conseguida de forma tan misteriosa como envidiable. País pobre, gente rica.

Quizá la burbuja aún no ha estallado del todo. Ojalá no sea así, pero sospecho que nuestra Arcadia alegre y confiada sigue dándole la espalda a la realidad, posiblmente confiada en que Alemania, Francia y Estados Unidos la saquen de la crisis. Prefiere dormirse en los intangibles, manejando con soltura términos abstractos, como alianza de civilizaciones, lucha contra el cambio climático, desarrollo global, defensa de la biosfera, etc.

Jugando en corto: Porqué en España las crisis son más profundas

La respuesta inmediata a la pregunta es que en España las crisis son más profundas porque estamos en crisis permanente. Carecemos de la capacidad colectiva para remontarlas, sencillamente por nuestra falta de disciplina, combinada con el propósito recurrente de hundir a todo aquel que destaque lo más mínimo.

Seguro que el lector tiene sus propios ejemplos. Sin necesidad de remontarse a períodos históricos anteriores, dejaré puesta de maniifiesto la pérdida de tiempo que se produce, continua y obstinadamente, en discusiones inútiles, en precisiones sin futuro.

Si Vd. tiene la (mala suerte) de pertenecer a algún Comité, reconocerá conmigo que una parte importante de cada reunión se pierde en corregir la propuesta del Secretario, añadiendo o quitando frases e incorporando matizaciones a lo dicho que deberían ser precursoras de una difusión mundial de lo allí tratado. Nada de eso, una vez que se ha discutido hasta la más apabullante saciedad sobre lo que se dijo en la reunión anterior y cómo quedó recogido, es raro que alguien se preocupe del cumplimiento de los acuerdos, si es que los ha habido.

Cuando estuve trabajando en Alemania, el equipo de empleados germanos que tenía a mis órdenes me pidió, a los pocos días de mi llegada, una Norma de empresa. Como mi empresa matriz no la tenía, me apresuré a redactar una, aprovechando el siguiente fin de semana. No hubo ninguna objeción y, buena o mala, sirvió como guía de actuación, hasta tanto en cuanto, y generalmente como consecuencia de sugerencias muy atinadas que venían del propio grupo, me parecía necesario modificarla en una nueva versión.

Esto sería imposible entre nosotros. Muchas veces he tenido ocasión de escuchar al recién nombrado que su antecesor le dejó tierra quemada y un vacío en los anaqueles. Pocos temas pendientes se transmiten del cesado o ddimitida al sucesor, incluso, por lo que tengo entendido, cuando hay cambio de ministros o secretarios de Estado. Lo normal es que no haya normas y que, cuando las hay, nadie las conozca ni, por lo tanto, las siga.

Pienso que tanta información despilfarrada y tanto tiempo empleado en nimiedades -todo con la misma razón original, el desprecio al trabajo del otro- tienen su castigo en que nuestra sociedad es raras veces capaz de contar con los mejores en los puestos clave. Los agota, o los mata, antes de que adquieran su madurez, y, de forma natural, acaba seleccionando, por sublimación, a los que menos se han significado en la batalla por estar arriba.

Porque, eso sí, nadie tiene más méritos que uno mismo, los hijos de los demás no llegan a los zapatos de los nuestros y nuestros nietos son genios comparables al mismo Einstein.

Ahora que está de moda defender el mercado, justo es decir que en España nuestro mercado no funciona bien. Está lleno de imperfecciones de muy difícil corrección, atenazado por el gran peso de la contratación pública, el miedo a la iniciativa privada y la existencia de cárteles, grupos de presión y amiguismos, no siempre transparentes.  

Como el debate es escaso, y, cuando se produce, está contaminado por los que más chillan -algo ocultan, claro- , la opinión pública se nutre demasiado de falsedades, intuiciones, y amores, odios y rencores construídos en circunstancias del todo emocionales. Se puede pasar del "te quiero un güebo" a "este tío un cabrón con pintas" en cuestión de segundos; se podrá ensalzar a alguien como si hubiera sido ungido de la divinidad y, al rato, a sus espaldas, ponerlo a caldo, o sea, al caer de un burro y destruir cuanto haya hecho.

Habrá más razones, sin duda, por las que las crisis en España son siempre más profundas, y la recuperación más tardía. Los que están gobernando las ocultan, los que están en la oposición las descubren tardíamente y no dan soluciones, y, en fin, se pierde demasiado tiempo en el diagnóstico -en el que somos expertos-, pero no se analizan las soluciones, ya que no se escucha a los expertos, la opinión de cualquiera tiene el mismo valor, y, aunque el barco se esté hundiendo y el agujero aparente, los marineros discutirán si hay que atender primero a achicar por la popa o por laproa.

Por eso, y hasta que nos curemos de este afán colectivo por disparar a todo el que se mueva (haya o no foto), solo cabe esperar que otros países hagan de locomotora. Ni los alemanes, los norteamericanos o franceses son más inteligentes. Su historia está repleta de hechos despreciables, de aprovechamiento del débil, de invasiones, rapiñas y odios como los que jalonan la nuestra. Ah, pero cuando han reconocido a alguien como líder, se dejan guiar por él con los ojos cerrados. Hace algunos años, a la conquista a bombazos del resto de Europa y del mundo, pisando lo que hubiera menester. Hoy, aceptando las reglas de juego, en lugar de preocuparse por descubrir en qué nos perjudican más, desde fuera de la mesa de apuestas.

Cómo no montar un restaurante: Las terrazas

Terraza es una palabra mágica. En los países mediterráneos, las terrazas aluden a espacios deliciosos a priori, en donde se puede disfrutar del paisaje y gozar, al aire libre, de un frescor que no tiene que ver ni con el aire acondicionado de un local cerrado ni con el calor tórrido de las plazas al sol. Desde ellas,  uno se imagina que podrá disponer de la visión del mar, de un paisaje montañoso, un jardín, o una plaza recoleta.

Puede ser, y le deseamos que su restaurante disponga de un espacio así. Pero puede no ser, y que una terraza signifique para Vd. una fuente de problemas. Es mi tarea como orientador de cómo no montar un restaurante indicarle algunos escollos vinculados al tema y aconsejarle para solucionarlos o escabullirse de ellos.

Para empezar, si su local dispone de la cercanía de un espacio público y puede apropiarse de él (entiéndase, legalmente), está Vd. de enhorabuena. Por altas que le puedan parecer las tasas que le imponga el Ayuntamiento o la Administración competente para el caso, los importes estarán alejados de lo que tendría que financiar si el terreno fuera de su propiedad. Si el área perteneciera a la Comunidad de vecinos, la problemática a resolver la trataré más adelante. Si no tiene paciencia para leerme en un orden, vaya directamente a la sección correspondiente.

Los Ayuntamientos, imbuidos de la obsesión por uniformizarlo todo que caracteriza los tiempos legisladores y reglamentadores que nos ha tocado vivir, le impondrán también, seguramente, el mobiliario de las terrazas y normas de ocupación máxima.

Sucederá también que, si el espacio ha de entrar en disputa con otros locales vecinos, se encuentre con la obsesión de sus colegas-competidores por ganar unos metros o unos centímetros a costa del suyo. El desplazamiento de jardineras, la aparentemente descuidada disposición de algunas mesas, puede causarle algunos quebraderos de cabeza y posibles discusiones acerca de los límites que corresponde a cada cual. Es aconsejable que señale de forma clara cuál es el área que le corresponde.

El cliente ha de estar cómodo. Si las mesas o sillas que la intención del reglamentador municipal ha dispuesto no son adecuadas para lo que Vd. desea, pásese a la categoría superior, y explique las razones a la hora de obtener el permiso de Terrazas. No puede aceptar que su clientela sea clasificada en dos categorías de confort, si deciden entrar al interior del local, o quedarse en la terraza.

La tecnología ha ideado diversos aparatos que ayudan a mejorar, al menos teóricamente, el bienestar de los que quieran ser servidos en la terraza. En el verano, se puede disponer de mecanismos aspersores que humedecen el ambiente y rebajan la temperatura en un par de grados. En el invierno, pueden ser interesantes esos aparatos, llamados calefactores o setas calefactoras que calientan el aire quemando butano, propano o, directamente, utilizando la energía eléctrica.

Cuide, por las noches, cuando su restaurante esté cerrado, que no le roben esos caros mecanismos. Existen mafias especializadas en hacerlos desaparecer. Es muy desagradable que una mañana se encuentre con que le han violentado las cadenas con las que pretendía protegerlos y, aún más, darse cuenta de que la policía acogerá su denuncia con diligente simpatía, pero la dura realidad le confrontará al hecho de que nunca más volverá a disponer de ellos.

Lo mejor que puede hacer, pues, es retirarlos por la noche a sitio seguro, o encadenarlos con tal complejidad de artilugios que, para los previsibles cacos, romper la protección sea un trabajo arduo y su acometimiento, disuasorio.

No estarán libres de la obsesión, enfermiza incluso, por apropiarse de lo ajeno, ni los tiestos, ni las plantas, ni siquiera la tierra vegetal, que Vd, habrá adquirido para dar mayor calidez al entorno. Manos misteriosas le limpiarán, quién sabrá como y cuándo, posiblemente, de una buena parte de cuanto deje a la vista. No se desespere. Admita que esa es su contribución al ornato de la vecindad, y téngalo en cuenta en sus previsiones económicas. Y si quiere no sufrir demasiado, no gaste en plantas costosas, sino en arbolitos resistentes que sitúe, preferiblemente, en pesadas jardineras.

En caso de que su terraza esté en terreno de la Comunidad de Propietarios, debe obtener, ante todo, el permiso de la misma para poder utilizarlo, salvo que el local ya tenga previsto por los Estatutos su uso autorizado como tal. Puede no ser fácil arrancar esa autorización y, mucho más, conseguir que le permitan cerrar el espacio.

Suele aparecer un vecino (o, si no aparece, alguien que delegará su voto en el presidente para que transmita en la Junta que, proponga Vd. lo que proponga, no se le otorgue el permiso), que alegará que la terraza le es imprescindible para pasear el perro, salir más rápido a hacer las compras o, más verosímilmente, que le molestará el bullicio que generarán sus vociferantes clientes, perturbando así su derecho al sueño.

Será una lástima no poder conseguirlo, aunque deberá contentarse, pues, con montar y desmontar su terraza a diario.

Todos conocemos las magníficas cerradas acristaladas de que disfrutan, en zonas antiguas de las ciudades, restaurantes de ciudades como París, Londres o Buenos Aires. En algunas ciudades, de las que Madrid puede figurar con toda razón como paradigma, la cuestión es insoluble. El cierre de soportales en edificios presuntamente inventariados por pertenecer al casco histórico es imposible. No le autorizarán, aunque puede que un concejal comprensivo le estimule a cerrar el espacio a la chita callando.

Ni se le ocurra hacerlo. Más tarde o más temprano, la parafernalia legal le caerá sobre la cabeza. Asuma la realidad. Vd. es propietario de una empresa y ha de cumplir con la legalidad. Aparentemente, se prefiere que los soportales sirvan de cobijo potencial a la creciente colección de desarraigados que tienen en ellos, por las noches -y en muchos casos, por el día- su lugar de pernocta y de acumulación de sus curiosos enseres, además, de, por supuesto, supongan un espacio ad hoc (es un decir) para satisfacer sus necesidades fisiológicas.

Así que tenemos un problema. Pocos serían los clientes potenciales capaces de abstraerse de la constatación de que el relajante lugar en que se les está sirviendo la comida, ha servido la noche anterior como lecho para el necesario reposo de varios individuos, merecedores por supuesto de toda la atención social hacia su difícil condición, a los que quizá se haya visto pelear a navajazos, orinar sobre las jardineras o atar su reata de perros y otros animales de compañía a las columnas del área porticada.

No tengo otra solución para el caso, si es que se ve envuelto en tan desagradable situación, que la de proponerle negociar con los indeseados clientes de su terraza. Hay quien vierte en los extremos veneno para ratas, fumiga diariamente la zona, la friega y refriega cada mañana. Lo mejor es ofrecer a los cabecillas del grupo un dinero para que se vayan a otro sitio. Llamar a la policía es, lamentablemente, una mala solución, pues estos esforzados defensores del orden y de la salubridad ciudadana, carecen de medios coercitivos.

La Constitución ampara el uso libre de cualesquiera espacio no cerrado y, a la vista de la cantidad de gentes de variado calado que ocupan cabinas de entidades financieras, soportales de empresas, plazas y cualesquiera lugares ofreciendo mínimos resguardos a la inclemencia climatológica, nada puede hacerse. Dormir y hacer la vida en la calle no es en absoluto delito y, como hay que tener compasión con quienes, por necesidad, enfermedad o por gusto, no disponen de domicilio fijo, a Vd. le corresponde acomodarse al cuento, haciendo lo que esté en su mano para que el perjuicio que la situación le cause no le ponga aún más difícil rentabilizar su restaurante.

(sigue)

Cómo no montar un restaurante: Las señas de identidad del negocio (2)

Si le apetece hacerme caso, escoja de cuatro a seis platos -por ejemplo, dos entrantes, dos servicios principales y dos postres- y señale en ellos la línea de identidad de su cocina. Que sean platos que a Vd. le gusten, además. No le pida a su jefe de cocina que se los defina, señáselos Vd.

Puede parecer una aberración, pero tiene dos ventajas sustanciales. Una primera y esencial es que, si se le va su jefe de cocina, no tendrá que cambiar la línea central de su restaurante. Ha de ser "su" restaurante, de Vd.; no "su", de él.

Por supuesto, un buen jefe de cocina sabrá añadir su propio sello a un plato, por tradicional que sea, pero no dependerá en exclusiva de lo que él aporte y, además, tenga por seguro de que, si decide marcharse un día de su negocio (todos los buenos jefes de cocina reciben tentadoras ofertas de la competencia y ellos mismos raras veces pueden sustraerse de gusanillo de montar su propio restaurante), habrá dejado su impronta en otros empleados, que sabrán repetir fielmente los trucos o los detalles gustativos o de presentación que él haya podido aportar.

La segunda ventaja es que ha de dejar claro que quien manda en su restaurante es Vd., y esa imposición de autoridad se produce, tanto en la sala como, sobre todo, en la cocina. Muchos neófitos restauradores pasan la mayor parte de su tiempo en la sala, atendiendo o saludando a sus clientes, pensando que así contribuyen a vigilar la imagen mejor que desde los fogones.

Es un error capital. Por supuesto, su jefe de sala ha de ser un excelente profesional. Por eso mismo, es muy difícil que lo mejore. Un buen jefe de sala ha adquirido su marchamo a base de experiencia, de muchas horas de prueba y error, entremezcladas con una vocación de atención y servicio que no se deben confundir con la presencia continuada. Vd. no sabrá hacerlo.

Es más, es mucho mejor que, si no puede hacerse trasparente (los experimentados restauradores suelen mezclarse con la clientela, haciéndose atender de la misma forma que los demás, para así poder juzgar desde la mesa el producto combinado de cocina-servicio), debe procurar, al menos, no prodigarse.

Porque la mayor parte de los clientes de un restaurante desean pasar desapercibidos, salvo para sus propios invitados. No hay peor momento que descubrir a uno de sus conocidos apareciendo -supongo que por ignorancia de quién es el propietario- con su pareja ocasional. Si se apresura a saludarlos, es seguro que no volverá.

Jugando en corto: A lo mejor el arte no está del todo muerto

Jugando en corto: A lo mejor el arte no está del todo muerto

Madrid, que es ciudad con pretensiones artísticas -aunque nada que ver, ay, con Barcelona, París, Berlín o Düsseldor, por apuntar a unas cuantas referencias de otro nivel-, está terminando febrero de 2010 con una explosión de muestras de uno de los caminos que han eligido artistas, compromisarios y galeristas para rentabilizar parcelas del arte que pueden entrar por los ojos.

En otras crónicas y en mi otro blog he dedicado algunos comentarios al herrumboso itinerario en el que se está estrellando la versión oficial del arte supuestamente con mayúsculas, y que tiene su especial reflejo en la Feria Arco. Poco digno de atención he encontrado allí, en un modelo de expresión supuestamente artística que tiene poco o nada que ver -generalizando- con mis gustos y con mi propio quehacer como artista.

Por fortuna, la muestra Dearte, en el Palacio de Exposiciones y Congresos, me ha congraciado con artistas, muchos de ellos desconocidos, que sí están preocupados por expresar algo más que llamar la atención con el tamaño de sus obras o la provocación que pretenden con sus iconos e iconoplastias.

He elegido como representante de esta exposíción la foto de algunas de las obras (fotografías sobre plancha de vinilo) de Sandra Baldó, que es artista de la familia, y que trabaja junto o al lado de Sergio Calvo. Como otros autores del Centro Medinaceli, se esfuerzan en comunicar impresiones, en trasladar imágenes captadas y expuestas con ojos diferentes al del espectador normal.

Por supuesto, no es la única de la exposición en este empeño, que se descubre a cada paso, acumulando gratísimas impresiones en el recorrido. Y, maravilla de las maravillas, las obras tienen precios muy asequibles.

Magníficas las obras de Eusebio San Blanco, con esas mujeres entradas en carnes que destilan voluptuosidad en su descompuesta belleza, que solo se entiende desde dentro del cuadro, llevando al espectador hacia la comprensión de esas lánguidas y melancólicas figuras de hembras que ofrecen su cuerpo en el mercado de lo artístico.

Estupendas las esculturas de Jesús Curiá y Carolina Rodríguez, llenas de grácil belleza, no exentas de intriga. Muy expresivos, en su hechura formal y en su combinación atinada de colores, los bodegones de Mariana Rodríguez-Guilarte.

Y, en fin, qué decir, salvo reconocer el eterno oficio de comunicar y la maestría de saber hacerlo, en las series de Meninas o en sus últimas obras abstractas del magnífico pintor que es Manuel Molano y cuyos cuadros se pueden adquirir por 950 a 4.500 euros en la galería Juca Claret.

¡Esto sí que es una buena inversión!. La oportunidad de llevarse a casa pedazos de voluntad estética que nunca se pasarán de moda. Porque sus creadores no están obsesionados por auparse en ella, traicionando el arte, sino en poner su trabajo, el buen hacer artesanal y las luces de su imaginación para iluminar el permanente misterio de las tensiones de la existencia humana, al margen de críticos, compromisarios y seudestetas.

Por cierto, muy valiente el director del Museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, al criticar Arco y pedir "un nuevo modelo" ... pero ¿no es consciente de que no todo es lecho de rosas en el Museo que regenta?

Cómo no montar un restaurante: Las señas de identidad del negocio

Cómo no montar un restaurante: Las señas de identidad del negocio

Salvo que haya heredado un negocio de restauración en marcha, ya consolidado, y su trabajo futuro consista -no quiero decir que sea labor sencilla- en mantener el rumbo de la actividad en el océano de las oportunidades y al abrigo de los disparos bajo la línea de flotación de sus competidores, una de sus preocupaciones principales, al decidirse a montar un restaurante, habrá de ser dotarle de señas de identidad.

No lo demore. Antes de hacer la inversión, de comprar la primera silla o contratar al jefe de sala, las señas de identidad de un restaurante son las que configuran la tarjeta de visita del mismo, aquella cualidad por la que se le distinguirá de la competencia.

Si ha elegido bien el lugar, la carta, su precio y la calidad del servicio conformarán el resto de las variables básicas para que tenga éxito. No espere que, de buenas a primeras, sea conocido por ofrecer las mejores croquetas de jamón serrano o el más excelente bacalao al pilpil en diez kilómetros a la redonda. Aunque cocine su propia madre o se haya traído al más afamado pilpilero de Barakaldo.

Se necesita tiempo para afincarse en una posición y, aunque no tenga prisa por el éxito, imagino que le faltará antes el dinero que las ganas si tuviera que soportar un gran traspiés. Por eso, le aconsejo actuar por aproximaciones sucesivas, apurando el tiro a medida que vaya recopilando información acerca de lo que su clientela espera de Vd.

Lo que no debe hacer, sin embargo, es cambiar la orientación del restaurante una vez que tenga claro qué seña o señas serán las claves para identificarlo. ¿O es que le basta con ofrecer un comedero para trabajadores lejos de sus casas o gentes de paso, que quieren, simplemente, meter algo en el gaznate durante la pausa del medio día, pagando por la bazofia unos pocos euros?

Si su respuesta a la pregunta anterior fuera sí, además de tener que decirle que este libro no le servirá de mucho, no puedo menos que anunciarle que si le ha atraído la oportunidad de comprar o alquilar un sitio en un polígono industrial para dar de comer a gentes que deben renunciar al placer de comer para optar por un almuerzo de subsistencia, ponga legumbres en las perolas, reboce y embadurne de ajos las carnes y pescados más baratos que encuentre, ofrezca yogures de postre y ponga, para terminar, un brebaje innominado de alto voltaje alcohólico sobre la mesa antes de prsentarles una hoja de papel con anotaciones ininteligibles por las que se llegue a esa suma módica que no perjudicará a ningún bolsillo, aunque cause perforaciones de estómago a corto plazo.

Si la respuesta fuera no o claro que no (preferible esta última), estamos condenados a entendernos. A Vd. me dirijo. Sepa que uno de los misterios de la restauración es que, salvo casos que se podrían calificar de milagrosos, la decisión del rumbo que adoptará su restaurante, para conseguir consolidarse, no depende solamente de Vd., sino, y sobre todo, de los gustos que haya detectado en su futura clientela y la manera en cómo les conducirá hacia la devoción a su cocina.

Porque, vamos a ver, ¿no querrá Vd. ser un kamikaze de la restauración, o inventar la rueda?. Nadie pretenderá conseguir hacerse un hueco con especialidades del cerdo ibérico en la mezquita de Amán, Casablanca o Madrid, ni podrá jactarse de ofrecer con éxito los mejores mariscos gallegos en Soria, Bruselas o Kansas City. Puede intentarlo, pero no se lo aconsejo.

Matizar el tiro, apuntando cada vez más fino, es una condición central de éxito. Empezar como restaurante que se presente como especializado en un tipo concreto de productos, sin olvidar acompañarse de otros más para todos los gustos, es algo que le aconsejo.

No le bastará, sin embargo. Para llamar la atención en un mundo superpoblado, tendrá que incorporar algún elemento exótico, original, una peculiaridad que le sirva, al margen de los productos que ofrezca, para que se hable de su local.

Cuando me decidí a montar un restaurante junto a una modelo famosa, el factor diferencial me pareció que bien podía ser ese, quiero decir, contar con una socia conocida socialmente. Pensamos en crear un restaurante que sirviera de punto de reunión del famoseo y de los curiosos que se sienten atraídos por ese mundo.

Sin embargo, puedo entender que Vd. no tenga a mano una modelo de pasarela, un actor o actriz consagrado o un locutor de élite, a los que confiar la publicidad de su negocio.

Incluso, voy a aconsejarle que actúe con extremado cuidado, aunque lo tenga a mano. Porque si su socio no acude más que de pascuas a ramos por el local, se empeña en decir que la mejor cocinera del mundo es su madre (de él o de ella) e invita regularmente en plan gratis total a su amigos, críticos y familiares, se puede acabar convirtiendo en el sostén de un proyecto paralelo, mientras contempla cómo se hunde el suyo y se le va el dinero a espuertas.

(seguirá)

Réquiem por una mujer de agallas

Réquiem por una mujer de agallas

Acaba de morir. Hace tres años le dediqué, en estas mismas páginas lanzadas a la estratosfera de lo metafísico, un mensaje de devoción, de amor y de esperanza. Su agradecimiento de entonces, publicado en este blog, respondiendo como "una mujer de agallas" -el título que le había dado en mi Comentario-, y que he vuelto a leer, emocionado por la noticia de su fallecimiento, desgraciadamente ya temido desde hace unos días, adquiere una dimensión especial en este momento. Es la voz congelada, escrita, de una persona excepcional.

Se llamó, hasta la mañana de hoy, 8 de febrero de 2010, Biba Bevc. No voy a hacer aquí su panegírico. Hija de emigrantes de un país que ya no existe (Yugoslavia), polifacética, multilingüe, trabajadora incansable, estuvo siempre luchando contra la mala suerte. Una mala suerte que, en su vida como en la de otras existencias ejemplares, de personas muy valiosas, ha sido cuidadosamente tejida por personajes lamentables, incapaces de valorar el esfuerzo de otros por hacer este mundo algo mejor.

A pesar de su enfermedad, hasta pocos meses antes de que las frecuentes sesiones de quimio y las intervenciones operatorias le descompusieran brutalmente la agenda, trabajaba fuera de casa, conducía su coche, viajaba; no tenía mucho dinero y vivía sin lujos, en una Alemania que, a pesar de lo que algunos creen, también tiene su crisis: económica, de valores, de objetivos. Pero era muy espléndida: le entusiasmaba hacer regalos, materiales y espirituales.

Emprendió muchas cosas, siempre persiguiendo la plasmación de sus ideas brillantes, tal vez algo ingenuas -maravilloso encanto el de lo ingenuo-, y que le salieron sistemáticamente mal.

Organizó un macroevento para festejar el final de un milenio que se acabó sin pena ni gloria -tanta que hasta se sigue dudando si su término fue el año 2000 o el 1999, o, tal vez, el 2001-. Perdió todo cuanto tenía, una vez más. En lo económico, no consiguió vencer la fatalidad de los enemigos de la inteligencia: la envidia, la desidia, la trapacería. En realidad, y para lo que de verdad le importaba, tuvo éxito completo: ganó más amigos.

Trabajó en empresas de importación y exportación, que explotaron su capacidad para hacer contactos y que, en algún caso, le quedaron a deber dinero, y que siempre le resultaron deudoras de su increíble ilusión y capacidad de trabajo.

Yo fui su jefe en Alemania, en la empresa que el INI de entonces creó para vender acero en la Comunidad Europea y preparar un desarrollo tecnológico español que permitiera a nuestro país sacar mejor provecho de la inminente entrada de España en ese reducto de comerciantes que utilizaban a su antojo la bandera europeísta.

Cuando, en una maniobra de turbio alcance político que provocó que a mí me marginaran en la pretensión de hundir mi incipiente carrera, quisieron destinarme a Nueva Delhi cuando mi especialidad era el conocimiento de Europa, ella se despidió de la empresa con una carta dirigida al Presidente en la que afirmaba que "no se sentía cómoda trabajando con gente que no valoraba la capacidad de sus empleados".

Nos contaba desde que se le descubrió un cáncer que ya tenía el marchamo de una metástasis incurable, que el haber entrado en contacto con un grupo de practicantes del budismo (Soka Gakkai) le estaba ayudando a entender, ya que no su enfermedad, el sentido de la vida. Un sentido de la vida que le permitió seleccionar lo que le parecía más importante: entenderse como un elemento más, pequeño y pasajero, de un Universo inabarcable.

Se llamará siempre en mi corazón, Biba Bevc, una mujer de agallas. Nam Mioho Renge Kio, querida Biba.

 

Haukis para empleados

Aquí algunos de los Haukis que tengo escritos con temas laborales:

Incompetente:
mírate en los de abajo,
y avergüénzate.

Un buen jefe
querrá de los mejores
que estén más cerca.

Quienes más corren
no siempre llegan antes
que los que saltan.

A la fatiga,
el prudente descansará,
actuando el necio.

El mejor cambio
es el que se consigue
perfeccionando.

Las buenas ideas
siempre hallan enemigos
con que hacer pelea.

Perdido el tren,
perderás aún más tiempo
corriendo en pos.

Para invertir,
sigue al consejero
que tome tu riesgo.

No hay peor jefe
que el que interviene solo
para criticar.

Nunca negocies
sin dos alternativas
en la reserva.

Oculta el miedo
pero no los peligros
ni la protección.