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El blog de Angel Arias

Articulos de actualidad

Al socaire: ¿Mejorará el mundo después de que Saddam Hussein haya sido ahorcado?

 La condena a muerte de Saddam Hussein por crímenes contra parte de algunos de sus antiguos súbditos, (148 chiíes en Dujail, en 1982, en plena guerra Irak-Irán) sentenciada por el Tribunal Especial creado ad hoc por Paul Brenner, para juzgar a los gobernantes de la época baazista, cumple, sin duda, una función catárquica para parte de  la sociedad norteamericana. La misma que necesita justificar que la invasión de Irak tiene un sentido, y que la muerte de soldados norteamericanos no ha sido estéril. 

Los observadores neutrales y, de entre ellos, quienes somos contrarios a la pena de muerte, haríamos varias observaciones a este proceso. En primer lugar, hay que hacer una referencia a la situación discriminatoria que afecta al dictador iraquí respecto a otros homólogos en la crueldad, que campan más o menos a sus anchas, o han acabado sus días sin ser juzgados o castigados. La Humanidad ha sido pródiga en crear sus propios monstruos, y muchos de ellos ocupan páginas de Historia de los pueblos y son o han sido venerados. Solo recientemente la sociedad occidental se ha sentido capaz de juzgar a algunos de ellos  en vida.  

En segundo lugar, no hace falta apelar a razones jurídicas, para entender que la sentencia estaba dictada de antemano, dado el currículum del dictador, con invasiones de Irán y Kuwait a sus espaldas, y la dirección de amplios intentos de exterminio de los pueblos kurdo y shií. Bajo la tutela norteamericana de Irak,  sería muy díficil que Saddam hubiera conseguido un juicio justo desde un tribunal kurdo-shií, los perdedores durante el régimen baazista.

No sería capaz de definir lo que se podría entender por juicio justo ante un tirano, cuyo poder ha sido alimentado por las potencias occidentales, que es líder de un clan en lucha histórica contra otro, en un país cuya delimitación, apoyos, construcción y reconstucción ha sido y es propia de las conveniencias de otros países, algunos de cuyos líderes están dispuestos a sacrificar a sus creaciones cuando descubren que se comportan contrariamente a sus  intereses, pero los apoyan, con medios, o simplemente mirando hacia otro lado cuando les conviene. 

Esa condena a Saddam tiene el tufo libertorio de las culpas por una actuación precipitada, con origen espúreo, políticamente descabellada, cual ha sido la invasión de Irak, cuya culminación ha llevado al mundo a una escalada de terrorismo internacional sin precedentes, y que, si bien tenía por trasfondo provocar la división religiosa del mundo árabe, ha volcado las iras islámicas hacia occidente.

No creo que la muerte de Saddam, si se produce, venga a mejorar las cosas en Irak. Provocará aún mayor encono entre sus partidarios y los opositores. Lo convertirá en mártir para unos, y los problemas de la sociedad civil irakí permanecerán sin respuesta. Nada va a cambiar en Irak: un pueblo dividido, con castas enfrentadas, con bolsas de extrema pobreza entre gente que acumula inmensas riquezas.

La invasión de Irak ha venido, por lo demás, a consolidar la falta de liderazgo de Estados Unidos en el mundo, y ha puesto el acento sobre la Unión Europea, con cierto riesgo de división interna surgida –entre otros problemas- por el mal tratamiento dado a la crisis en el seno de una Organización política ya muy debilitada.
 

Creo que Saddam debe ser condenado a cadena perpetua, y ha de ser juzgado por sus otros crímenes. La catarsis liberatoria debe continuar. El reo tiene 69 años, es un fanático alimentado por algunas potencias occidentales, y el pueblo de Irak no necesita reforzar con su muerte justiciera nuevos símbolos ni soportar otros elementos de discordia tribal.

A la reconstrucción de la paz mundial y al desarrollo de las relaciones con los países árabes, ayuda más un Saddam vivo, prisionero, custodiado por fuerzas internacionales, que una ejecución después de un juicio legalmente plagado de lagunas, y que no haría sino poner el acento sobre lo poco que sabemos en realidad, desde nuestra llamada civilización occidental, del mundo árabe y sus problemas.

Al socaire: Ideas (que nadie me ha pedido) para una coalición de Gobierno en Cataluña

Comienzo expresando que soy un convencido de los valores de la tierra, y de como lo nuestro no hay nada. Defiendo a machamartillo los placeres tranquilos, cuando se trata de disfrutar sin que más tarde nos pese o haga daño en el bolsillo. Me entusiasma, en horas de asueto, andar por lo trillado, y por eso suelo reunirme, cuando pretendo descansar, con los mejores amigos o con la familia.

El colmo de mi felicidad sería pedir que nos cocine una fabada a la madre de uno de los nuestros, con productos que tengan su origen, hayan medrado, hubieran sido curados, al son de los aires de mi tierra. Fabes, las de Láneo; chorizos, los de Noreña; morcón, el de Tineo; casadielles, las de Cornellana. Defendería que el mejor agua de cocer es la de los montes del Caurío -o Cauríu-, una montaña en donde hasta hace poco vivían por estaciones los vaqueiros.

Por eso, no quiero que al leer estas líneas, se me objete que ataco los valores de las nacionalidades, ni se me venga con que soy un centralista o, peor, se diagnostique que lo que me pasa es que no creo en mis orígenes. Nada de eso. Apoyo el derecho de cada uno a defender su -ismo, y, si lo desea, hasta su muerte.

Pero con la misma fuerza, la vida me ha hecho entender que si alguien defiende una particularidad con mucho empeño, es porque o está sacando tajada, o lo pretende.
Nací de cruce de familias astur-leonesas, con un genotipo que impulsa a recorrer el mundo, tanto en el ansia de conocer lo que cuecen los demás, como por buscar la sonrisa de fortuna (en general, en este último punto,con poco éxito).

Anduve por otros andurriales desde la primera ocasión. Cumpliendo con la ley de que canto rodado no cría musgo, cada vez que volví, no encontré sitios. Los lugares de la mesa estaban ya ocupados por los que habían quedado en casa. Como yo que ya estaba acostumbrado a andar por otras tierras, siempre me abrieron la puerta para que volviera a partir. Por suerte, sabía idiomas.

Estas disquisiciones de índole bastante particular, me sirven de fundamento para analizar las elecciones de Cataluña. Porque, cuando la cosa no va de disfrutar de un buen momento con los amigos, sino de mejorar la gestión del trabajo colectivo, prefiero estar con mayorías. Cuanto más amplias, mejor. Es la fórmula de que no se desperdicien los talentos ni las ganas.

Una vez que los votantes de Cataluña han puesto de manifiesto que ninguna de las candidaturas les convenció para darle la mayoría suficiente para gobernar en solitario, extraigo las siguientes consecuencias:

1)      Los electores no han votado, y por lo tanto, los candidatos no tienen el mandato para realizar coaliciones cuya viabilidad dependa de pactos que no estaban previstos en los programas. Aunque existieran tendencias asimilables con otros partidos en posiciones de izquierda, derecha, nacionalismo o centralismo. Acudieron separados a las elecciones, y el pacto posterior sería obra de los líderes de los partidos, no de los votantes; por ello, sin respaldo popular.

2)      Un mayor número de electores se han repartido entre las opciones de dos partidos, CiU y PSC, que representan el 58% de los votos expresos. En el conjunto de ambos, está la mayoría que quieren los catalanes.

3)      El 43% de los posibles votantes han preferido no acudir a las urnas, poniendo de manifiesto, a) bien que no les interesa lo que se debatía o que, b) en orden de prioridades, había cosas más importantes que hacer el miércoles, 1 de noviembre que moverse hacia sus colegios electorales.

4)      Es un principio generalmente admitido que aquellos electores que no pertenecen a ningún partido político (también los militantes, por supuesto, aunque éstos pueden aspirar a otras compensaciones) lo que desean es que las decisiones que les afectan se tomen con criterios de eficacia, honestidad y responsabilidad.

5)      Ergo, la solución al dilema electoral en Cataluña debería ser una coalición CiU-PSC, con Artur Mas como President de la Generalitat, y con un reparto de carteras entre los representantes de ambos partidos, que fuera proporcional a los resultados obtenidos en las urnas.

La propuesta descansa en la idea de que los partidos políticos son instrumento de la democracia y elemento para potenciar la convivencia y el binestar ciudadano. No han de ser utilizados como vehículo para satisfacer apetencias personales de candidatos y partidarios, fuera del legítimo deseo de dirigir a la colectividad. 

Si creemos que la Administración pública, tanto en los puestos políticos como en los funcionariales, debe regirse por estricta vocación de servicio, hay que ser consecuente defendiendo que, una vez analizados los resultados de las elecciones, si ningún candidato o partido ha ganado en mayoría, hay que buscar el apoyo de la mayoría más amplia posible, aglutinando, hasta donde se pueda, y en torno al candidato más votado, los partidos mayoritarios.

Al fin y al cabo, yo no encuentro que los programas sean tan diferentes, y lo que vengo observando es que el tono de campaña -o cuando hay publicidad en los media- es muy distinto del talante real que, tras bambalinas, acostumbran a usar entre ellos los candidatos.

 

Al pairo: Ricos y olvidados en el cementerio y fervor discotequero

Al pairo: Ricos y olvidados en el cementerio y fervor discotequero Se oye decir de vez en cuando, para justificar un despilfarro: “No quiero ser el más rico del cementerio”. La revista Fortune, viene preocupándose de hacer el ránking anual de estos falsos privilegiados, y en los primeros lugares ubica a dos cantantes: Kurt Cobain (que se suicidó en 1994, sin dejarse llegar a la treintena) y Elvis Presley (muerto en 1977, según se especula todavía, por sobredosis). Sus deudos, que son en realidad los ricos, han contabilizado en torno a los 50 millones de dólares por difunto. 

No puedo competir en esa clasificación, -por supuesto, cuando me muera-, porque mi patrimonio está compuesto de propósitos, hipotecas y empeños-, aunque (y está a lo mejor mal que lo diga) he hecho ganar bastante pasta a quienes me emplearon. No me diferencio en esto en nada de otros tantos ejecutivos que cosechan el éxito cuando trabajan para otros, pero se atascan cuando el beneficiario es uno mismo.  

Todo esto sirve de introducción a mi comentario en visperas del día de difuntos. Saben los eruditos lectores de este cuaderno (y se lo cuento para los menos pedantes) que este día se celebra desde que un tal San Odilón, abad de Cluny, dedicó el 2 de noviembre del año 998 a los difuntos de sus fieles, que, por hábil juego de palabras se consagró como la Fiesta de los "Fieles Difuntos”. 

La festividad del día de los muertos se divide, en el mundo católico, en dos. La de todos los santos, que se celebra en tal día como hoy, el 1 de Noviembre y la del día de los muertos, mañana. En los pueblos latinoamericanos, la fiesta grande es la de los muertos, en especial, de los que fallecieron siendo niños. Las familias ponen altares adornados, con juguetes, dulces, flores. En México, por ejemplo, el rito comienza en la madrugada y algunos altares, construidos sobre las lápidas, son obras de arte popular. 

En muchos pueblos de Colombia, Ecuador, Bolivia –por no nombrar a muchos otros países-, la fiesta se celebra con una gran comida colectiva, con castañas, huesos de santo, empanadas y prodigios de repostería. Es tradición que los mejores manjares se pongan en un plato en el lugar ue hubiera correrspondido al difunto más reciente, para convidar al primer pobre que llame a la puerta de la casa. Las puertas se dejan abiertas para que los muertos de la casa puedan pasearse por ella, y se eliminan de los lugares de paso aquellos muebles que podrían ser ostáculo para las almas invitadas.  

Los antropólogos hablan de que estos rituales tienen un mensaje múltiple. Relacionan los sobrenatural con las peticiones de bienestar material para los vivos, y responden a un arraigado proceso cultural, cuyas raíces se pierden en el tiempo y no son en sí mismos, comportamientos religiosos, sino hechos sociales.  

Para quienes hemos vivido en pueblos, y mantenemos el contacto con la vida aldeana, no será decir nada nuevo que los comportamientos con base religiosa tienen una función de cohesión social, de comunicación y de intercambio. Nadie osaría perderse un funeral, y ni siquiera un cabo de año, por un vecino, en Galicia o en la Asturias occidental. El pueblo se reúne con estos motivos, comunica, pregunta, intercambia noticias, y, en muchas ocasiones, el acontecimiento triste deviene un acto lúdico, comiendo y bebiendo juntos. Así se rompe la monotonía de la vida normal.   

Es una lástima que para el habitante citadino esa costumbre se pierda, convertida en ridículo esterotipo. Con el paso de los años, me he convertido en visitante asiduo de comercios y cementerios. Cuando llego a una ciudad que no conozco, voy a su Mercado y a su Camposanto, y observo a las gentes, miro las lápidas, los mauseos. Hay mucho de la historia de ese pueblo, de su cariño por el pasado y de su fervor por el presente, en ambas plazas.  

Para muchos coetáneos, prisioneros de la prisa, el día de todos los santos (que es cuando tenemos aquí en España el día de fiesta), se ha convertido en el de la apurada visita al cementerio de los más nostálgicos, llevando un ramo de flores (generalmente, claveles o crisantemos), que se abandonan a la carrera sobre la tumba de los allegados difuntos que fueron más cercanos. Es una fiesta para los floristas, pues.  

Pero no me equivoco. El sentido profano de lo irrespetuoso con la muerte, ha traído a nuestras tierras una fiesta que llena las discotecas y atrae a la juventud, inconsciente del sentido de la muerte. El mismo día en que los más ancianos (preferentemente, las mujeres) de la colectividad, se esfuerzan en adecentar algunas tumbas, dándoles agua y jabón y pasándoles el cepillo a los mármoles, los jóvenes se embarcan en una fiesta de madrugada, en la que se disfrazan de esqueletos y beben para olvidar. 

Tenemos, pues, dos caras de una misma moneda, que representa la muerte, ambas separadas por paredes y muros. La tapia de los cementerios, que el crecimiento urbano ha situado en terrenos de alto precio, y que los hace a menudo víctimas de un traslado forzoso por la especulación, se contrapone así a los recintos cerrados de los locales de diversión, en donde los jóvenes se mofan de una muerte que ven lejana, y manifiestan, de esa manera, su falta de fe en la continuidad de la vida más allá del cuerpo.  

Celebran los más jóvenes una fiesta que en estas tierras es ajena, el Halloween, que surgió en Irlanda para señalar el fin del verano, y en la que los druidas sacrifican algunos animales para aplacar las iras de los muertos.  Incluso en los experimentos de la Second Life, se pueden alquilar lugares en cementerios virtuales, y comprar flores y otros detalles para mantener viva, en el ciberespacio, la imagen de los difuntos queridos.  

Y para golosos, existe aún otra forma de celebración de esta festividad polisémica. En muchas pastelerías se pueden encontrar buñuelos de viento (por cada uno que se come, decíamos, cuando existía el Purgatorio, que sacábamos a un alma de su pena), huesos de santo, empanadas, panayets, etc.  

Al socaire: Optimismo a la medida

Al socaire: Optimismo a la medida Una amiga me lanza el mensaje, utilizando la correa transmisora de mi esposa, que es siempre proclive a trasladarme opiniones subliminales con el auxilio de terceros, de que mis comentarios en este cuaderno no son precisamente muy optimistas que digamos. 
 

El comentario me viene al pelo, porque el asunto del optimismo me trae de cabeza desde niño. Por esta y otras razones, hace unas cuantas semanas propuse como tema para la tertulia que mensualmente celebramos en el restaurante AlNorte, el del optimismo. Invito a los curiosos de lo que allí se habló a visitar la página web: www.alnorte.es , dirección informática donde se encuentran las actas de todas las tertulias que hemos celebrado hasta ahora. En ésta le dimos un repaso a Davos y a Portoalegre, al cambio climático y al hombre post-humano. Seguro que el lector encontrará información de interés, y en el caso de los ciclotímicos, puede que incluso se halle vocabulario para auto-diagnosticarse.


Los especialistas en psicología y psiquiatría que estaban presentes (en estas reuniones procuro reunir a expertos con diletantes) nos ilustraron con que nacemos predispuestos a ser optimistas o pesimistas. Andrés de Miguel, psiquiatra, expresó que hay caracteres predisposicionales de la persona que se unen a los disposicionales. Estos últimos serían las circunstancias sobrevenidas, la buena o la mala suerte.
  Pero el que nace con el gen del pesimismo lo tiene crudo aunque le toque el Gordo de Navidad, parece.

No me considero pesimista, pero una cosa es como uno quiere que lo vean, y otra, como lo ven. Una de mis referencias favoritas es la de que “el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”. No se si esa frase tan atinada la hubiera podido descubrir yo, de no haberlo hecho antes Antonio Machado, pero encaja como anillo al dedo a lo que quiero expresar.  

A nivel general, no son muchas las oportunidades que nos da el presente para sacar a brillar las alegrías. El deterioro ambiental, las muchas guerras (siempre sin sentido), el terrorismo -el lejano y el cercano-, las desigualdades sociales, las obras, la especulación urbanística, la corrupción, etc.  

Claro que también se pueden enumerar motivos de alegría: El mundo occidental va bien, España va mejor, el paro alcanza niveles estructurales, ha llovido suficiente para arrumbar el riesgo de sequía y restricciones (al menos este año), las mozas de buen ver enseñan con esplendidez sus dones físicos (que me perdonen las féminas de menos ver), el fútbol pierde adeptos, etc.  


En serio: Propongo que dediquemos unos minutos diariamente a sonreir a los desconocidos. En el metro, en el autobús, en el trabajo, en el ascensor, en la calle. Al principio, puede que el destinatario de nuestra expresión facial crea que nos hemos vuelto estúpidos. Pero, si nos devuelve nuestra sonrisa con la suya, habremos hecho algo por mejorar el nivel de optimismo en el mundo, porque los entendidos dicen que la parte disposicional (vamos, lo circunstancial) puede elevarse por contagio colectivo.

 

Si además de sonreir al prójimo, dejamos de darnos patadas por debajo de la mesa, o hacernos putaditas (el diminutivo es improcedente) cuando no nos ven, dejamos quieto el manjar que no vamos a comer, y si ayudamos al otro a superar sus dificultades, ya ni te cuento. Exito garantizado: el optimismo mundial mejorará varios enteros.

Solo nos queda por exponer el resto del plan: formar con los adictos a disfrutar de la vida una pequeña legión, y andar a exigirles a quienes nos complican la vida utilizando sus poderes más altos, que no se molesten tanto en convencernos que debemos ser felices. En lugar de mostrarnos indicadores de bienestar, que controlen mejor los recursos, persigan a los que roban del erario, detecten y abominen de endogamias, impulsen sin temor a quienes pueden hacerles sombra, sometan a escarnio a quienes tuerzan leyes y deformen realidades a su antojo, trabajen todas las horas que se cobran, tengan más contacto con el pueblo y menos con sus compañeros de partido, etc...

A falta de mayores disquisiciones, al fin y al cabo, ya el arziprestre (de Hita), con otras palabras, expresaba los dos deseos capitales que llevan al optimismo a todo varón : tener manduca y lograr  la atención de una hembra placentera.

Al pairo: Nostalgia de las milicias universitarias

Para un no-militarista, como me siento y así me he presentado en público en algunas ocasiones, escribir para elogiar a las milicias universitarias puede parecer a alguno un síntoma de que algo no me empieza ya a funcionar bien en la cabeza.

Ante todo, y para quienes me conozcan menos, pido que no se confunda esta posición con la ser contrario al Ejército, y mucho menos se interprete como que voy a contrapelo de los ministerios de Defensa. Apoyo la necesidad de estar a la protección de los intereses legítimos de nuestra sociedad, y si los que los contrarían utilizan la violencia, hay que responderles a tono. Por otra parte, soy pragmático en abordar la necesidad del Ejército, aunque discrepo en la concepción de un Ejército exclusivamente profesional. En coherencia, si lo que hay que proteger es acervo común, todos somos sus garantes.

En estas notas, más que defender la vuelta a la mili, que es un invento pre-moderno poco útil y bastante costoso, quiero reclamar el atractivo de una actividad colectiva, de cierta duración,  especialmente en la etapa juvenil del ser humano, y que se consagre a colaborar, sin remuneración (solo a cambio de alimento y morada) a los objetivos que le fije la sociedad.

El pretexto por el que se organice esta actividad oficial es lo de menos: podría ser cuidar ancianos, manejar armamento convencional, conducir camiones, hacer gimnasia sincopada, arreglar motores, plantar árboles en un bosque quemado o recoger galipote. Lo importante es desarrollar en los jóvenes, en su adolescencia, el espíritu de disciplina, la comprensión de la necesidad de colaborar con los demás, de ser solidario. Y, ya apurando, del interés de hacer algo aunque no le encuentres sentido, porque te lo mandan.

Se trataría de algo parecido a una ceremonia iniciática, con la que se produciría la despedida de la adolescencia y se daría comienzo de la edad adulta, etapa sin retorno. 

La culpa de la aparición de ese deseo atípico de querer comentar algo sobre las milicias me viene como consecuencia de hojear un periódico de Asturias, y toparme con la foto de un sonriente y algo más ajado José María Pérez Rodríguez, abogado y jefe de área de los servicios catastrales de Asturias, al que hacen una entrevista como presidente de la Unión Nacional de las Milicias Universitarias de la región. Presentaba la conferencia que dió sobre el tema Joaquín Arce, catedrático de derecho civil, otro amigo de la época. 

Como ya no sabrán los jóvenes, las milicias universitarias fueron creadas en 1941, con el objetivo de permitir que los estudiantes universitarios pudieran compaginar los estudios con las instrucción militar. Duraron hasta el 2001, ya con el nombre cambiado de IPS a IMEC.

En mi caso, realicé las milicias en Montelareina, en la unidad de zapadores, por los años 69-70, así que ya llovió. El período de instrucción se completaba con unas prácticas de alférez o sargento de complemento, realizado en cualquiera de los cuarteles de España, en dura competición entre aspirantes, ya que las plazas se otorgaban según el número obtenido de cada promoción, y su antigüedad.

Termino mi propia historia refiriendo que mis prácticas de alférez las realicé en un batallón de Palma de Mallorca, ya casado e investigador metalúrgico en la ENSIDESA, sabiamente aconsejado en la decisión por mi predecesor el compañero y amigo Enrique Casero, salvador de la Suzuki en Asturias, hoy prematuramente desaparecido de este valle de insostenibilidad.
 

Las milicias eran un fastidio. Algunos mandos profesionales –en especial, los más jóvenes tenientes- se complacían en tocar las narices a los universitarios; a veces, los mandos que menos mandaban -en especial, el cabo primero o el sargento de semana-nos hacían realizar ejercicios que, en buena parte, variaban entre lo estúpido y lo inútil; la instrucción física –desfilar sobre la explanada una y otra vezbajo un sol abrasador-, como la intelectual -aprender simplezas sobre el planteamiento de la guerra en la edad de piedra- era, por momentos agotadora y con abrumadora consistencia, sin mayor sentido.

En conjunto, para un observador, podría parecer que estábamos ante
un ejercicio calibrado con el simple propósito de lograr nuestra enajenación. Los madrugones eran injustificados en relación con el programa posterior. Seguramente nos daban bromuro con el líquido del desayuno. Los exámenes de preguntitas nemotécnicas para poder salir pitando de permiso a Asturias el corto fin de semana (normalmente, los menos pudientes y quienes no teníamos novia, nos acercábamos solo a Toro, Zamora o Salamanca) eran ridículas para estudiantes universitarios. 

Pues bien. No solamente no nos enajenaron, sino que, ahora, desde la perspectiva histórica, encuentro que las milicias tenían bastante sentido positivo, y nos hicieron bien. Nos hicieron correr y sudar. Nos enseñaron a conocer el valor del tiempo, en especial, del que se pierde. Fueron, ante todo, un ejercicio de compañerismo, de contacto con los demás, intenso y abierto.

Sirvieron también de escuela-muestrario de caracteres. Allí se retrataban los perfiles mejor que en ningún otro escenario. Nos enseñaban cosas del otro, incluso para quienes llevábamos años haciendo juntos la carrera universitaria, y hasta proveníamos del mismo Instituto o Colegio- .

Las dificultades a vencer eran mínimas, desde luego. Nadie pensaba en la posibilidad de entrar en guerra con el enemigo –ni siquiera contra el moro, cuya amenaza sobre el Sahara  se dejaba caer por los cuarteles de vez en cuando como una macutada recurrente-. Pero hacer las cosas juntos, despertaba un espíritu de camaradería, un sentimiento moral de compañerismo, de solidaridad cómplice que aún perdura. Lejos de la familia, la mayor parte con un par de asignaturas colgadas para septiembre, ese tiempo que de todas maneras se iba a tener que pasar estudiando, encerrado en casa o en salas de estudio atiborradas y sin aire acondicionado, lo disfrutábamos mejor al aire libre, con los otros.

Una sensación de privilegio, quizá sin ser conscientes de ello, nos invadía. Eramos espléndidos con nuestro tiempo, que de todas maneras tenía que pasar, y lo procurábamos hacer de la mejor manera posible.
 

Después, cuando como alféreces o sargentos, ya con la carrera terminada, muchos trabajando en nuestras profesiones, dedicábamos cuatro meses a los cuarteles, y el contacto con los soldados rasos, venidos de sus pueblos, con la instrucción mínima para malsaber leer y escribir, nos devolvía una relación con la España misteriosa, profunda, desde la posición privilegiada de mandos del Ejército. Eso nos permitía un baño final de compadreo con el pueblo llano, nos hacía conocer mejor a los militares profesionales, y, en algunos, nos perfeccionó el instinto anticlasista, el escepticismo, el respeto hacia las razones de los otros.

No quiero ponerme romántico, pero las milicias nos colocaban en el medio. No éramos militares de carrera, no éramos soldados. Veníamos del pueblo, pero estábamos preparados para mejorarlo. Viviáimos nuestro último sueño de juventud, antes de que la vorágine de la vida real nos sumergiera para siempre en las ocupaciones prosaicas por la subsistencia.
  

Al socaire: Indígenas, globalización y política

Al socaire: Indígenas, globalización y política

 Asistí hoy a la sesión-coloquio organizada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales sobre el atractivo tema: “Pueblos indígenas en América latina: ciudadanía, constitucionalismo, derechos.”  

Estuve solamente durante parte de la sesión de la mañana, (la reunión empezó ayer y se concluía hoy por la tarde). Lo justo para escuchar las intervenciones de  Atencio López (Congreso general del pueblo Kuna, Panamá), de Zósimo Hernández (Programa México nación multicultural, consultor indígena UNICEF) y del profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, Ramón Máiz. 

No pretendo hacer el resumen de las ponencias, ni siquiera trasladar el interesante debate posterior, en el que con la habitual vehemencia expresiva en este tipo de reuniones, distintos portavoces indígenas (reales o sedicentes) y amigos (francos o sobrevenidos), mezclaron conceptos y posiciones desde muy variados puntos de vista. Lo que sí me apetece es  trasvasar a este cuaderno algunas de las reflexiones que me surgieron al hilo de las intervenciones de unos y otros. 

En primer lugar, entiendo que los movimientos indigenistas se mueven en dos direcciones, seguramente de difícil integración: el que llamaría de naturaleza endogámica, que defiende el reconocimiento de su propia idiosincrasia y diferencia cultural, reclamando derechos extra-constitucionales. Y la posición panindigenista, que buscaría la unión internacional, para propiciar una especie de Gran Rebelión –pacífica inicialmente, potencialmente revolucionaria-. 

La existencia de entidades indígenas, es una consecuencia de la subestima por parte de los colonizadores y de sus herederos, sobre el valor de las propiedades donde se asentaban estos pueblos. Eso les permitió subsistir sin mayores problemas hasta hoy, y por eso son reductos de un pasado que, en general, ya no se encuentra. Son una reliquia de los movimientos globalizadores, por su propia naturaleza, destructivos de cualesquier individualidad, que han conformado lo que hoy llamamos mundo desarrollado. El trasfondo de mi anotación se encuentra, por ejemplo, en los planteamientos del comandante Marcos, en México: En Oaxaca no ha habido revolución, es tiempo de que la haya. 

Por otra parte, lo indígena en las comunidades latinoamericanas, aparece ligado al concepto de raza (adulterado en parte por el mestizaje, aunque no siempre sea reconocido así por sus portavoces, que se apellidarán, significativamente, Hernández, López o Martínez, por ejemplo), unido al de ruralidad/campesinado y al de marginación.

Como todo movimiento insurgente de desplazados, sus líderes se forman de aquellas personas que han tenido ocasión de asomarse al otro lado de la singularidad, y han tenido la oportunidad de integrarse. A la cabeza de los movimientos indigenistas se encuentran profesores universitarios, perfectamente bilingües o incluso trilingües, de  hábitos claramente occidentalizados o criollos. ¿Qué les distingue respecto a sus colectividades? El aparecer esgrimiendo un discurso de naturaleza política.
 

Coincido por ello, con los argumentos del profesor Máiz. Detrás de los movimientos indigenistas, que se agudizan en los 80/90, hay una etnificación de lo político, y no se pretende con ella el retorno a los orígenes, sino la emergencia de una nueva identidad, lo que los convierte en un proceso constituyente. Sus identidades, como todas, son contingentes, y dependen del contexto socio-político. Son un recurso, una componente de la estrategia, una munición.  

Mi intervención en el debate se centró en la necesidad de clarificar, desde su planteamiento, que es lo que se pretende conseguir. Desde mi conocimiento -parcial- de las realidades rurales latinoamericanas, creo que es necesario concretar los elementos de cambio que las comunidades indígenas, en una sociedad de naturaleza básicamente mercantilista, desean poner sobre el tapete.

La otra opción, sería defender a ultranza el mantenimiento de su aislamiento, defendiendo el derecho a conservar, con todas las consecuencias, su cultura, sus usos y costumbres, sus órganos rectores, su marginalidad.
 Pero si lo que se pretende es salir de la marginación, hay que poner en valor los recursos, sobre todo naturales, de las tierras en donde se asientan todavía las comunidades indígenas: digamos, sus reservas de  agua, los minerales extraíbles de su subsuelo, su biodiversidad. 

Mi pregunta fue ¿a dónde queréis ir? No tiene sencilla respuesta, ni tampoco esperaba que se me diera en un auditorio de encendido pro indigenismo. Aunque lo que está en juego, para mí, es la capacidad para movilizar operaciones de transacción, para lo que es imprescindible conocer bien lo que se tiene, y de entre ello, lo que se desee conservar. Para los elementos con los que se desee negociar, es crucial clarificar su valor de cambio, y contra qué se desea, en principio, cederlo: ¿infraestructuras? ¿cánones para su uso por la colectividad? ¿mejoras asistenciales y, especialmente sanitarias?...

La historia de las comunidades indígenas que han llegado vivas hasta nosotros, aparece ligada a su subestima por parte del poder. El representante de los Kunas, de la Comarca Dule Naga, con sus 3.200 km2, nos contó cómo no fueron colonizados hasta 1900, cuando Panamá se independiza de la Gran Colombia. Su movilización tardía se ejercita contra el gobierno panameño en 1930, que pretendía eliminar la cultura indígena, lo que desata la revolución kuna, que, con la solidaridad de EEUU, consigue una autonomía de hecho. La paz se firma a bordo de la fragata Cleveland, y no hace falta expurgar la historia para imaginar los intereses subyacentes. 

Con su acercamiento al desarrollo, me temo que las comunidades indígenas están abocadas a desaparecer, engullidas por la amplia capacidad fagocitadora de las ventajas del mundo tecnificado. Me despiertan afecto y simpatía por ofrecerme la imagen de un mundo perdido, incluso del mundo que pudo haber sido, pero tienen relativamente poco que ofrecer económicamente. Y los valores culturales, étnicos, tienen una capacidad limitada en el tapete de la negociación.

Cuando a esas tierras hoy olvidadas se incorporen nuevas comunicaciones, se les dote de las infraestructuras que se necesitan para extraer de ellas lo que es valioso para el mundo desarrollado, sucumbirán unas formas de regir la comunidad, de practicar la convivencia, que consideramos primitivas, desde este lado de la valla simbólica. Mejorar sus bajos índices sanitarios, eliminar su incultura y atraso, colmar sus muchas necesidades –sentidas ahora por comparación hacia el mundo no-indígena, criollo, occidental-...lleva en sí el germen de su destrucción.
 

Habrán conseguido, eso sí, sus líderes, obtener un lugar en la comunidad política de sus naciones, pero no deben engañarse: lo indígena se muere ante la globalización, más tarde o más temprano.El magnifico libro de Richard Leakey, “La sexta extinción: el futuro de la vida y de la humanidad”, daría a indigenistas y contestatarios unas buenas respuestas. Aunque, como Leakey, a veces me siento escéptico para creer que dispondremos de suficiente tiempo para analizarlas.

Al socaire: Premios Principe de Asturias, magnífica fusión de oportunidad, publicidad y méritos

Los premios Principe de Asturias se han entregado hoy, en una fastuosa ceremonia, con ribetes de jolivúd, con los premiados llegando -en estudiado crescendo- en limusinas negras, cuyas puertas abrían gráciles azafatas trajeadas también de negro. El público ovetense se agolpaba tras los cordones de seguridad, y aplaudía con educación cada vez que descendía alguien de los vehículos, y lo hacía a raudales, cuando reconocía a los personajes. 

Los premios han servido para poner el punto de mira sobre mi ciudad natal, Oviedo, puntualmente, desde 1981, en estos días atristayáos de mediado otoño. Siempre me han parecido una idea estupenda, porque toda propaganda viene bien. No solamente por la gran fiesta final, sino porque, mientras se deciden los premiados –con primorosa gradación de emociones- se reúnen en Oviedo los miembros del Jurado, se habla de los candidatos, se difunde el nombre de la ciudad junto a los ganadores. Podría escribir que los premios Principe de Asturias han dado también cancha al hijo varón de SSMM los Reyes de España, D. Felipe, que ha consolidado así una imagen de simpatía y servicio a su proyección pública, pero ese sería un efecto colateral que no creo venga al caso subrayar.

Magnífica  idea la de galardonar a personajes de ya muy reconocida popularidad, especialmente en las secciones que dan menos juego a la imaginación, como pueden ser las de las Artes, las Letras o la Concordia internacional. Como sucede con casi todos los premios de pretendido alcance internacional –y el del Principe de Asturias lo tiene-, frecuentemente los galardones de acumulan sobre las mismas personas, cuyas vitrinas deben estar llenas de medallas y placas e incluso hay que suponer que sus arcas no deberían necesitar, por lo general, más dinero para ir tirando.
 Por eso, algunos regalan los 50.000 euros a los pobres.

Pero, qué duda cabe, que además de significar un Gran Festival para mi ciudad, el Premio Principe de Asturias es un Certamen serio, que se mueve en un sabio camino intermedio entre premiar a los muy famosos que  sirven para consolidar su prestigio y darle mayor difusión, y premiar a algún descubrimiento nuevo, que, sacándolo a la luz y mezclándolo con algún héroe local o nacional del momento, crea un mejunge de alto interés mediático. Por eso, opino que el el Premio tiene la madurez y la buena salud para que pueda ser considerado en la parte alta de aquellos que dan algo más de gloria a los que ya tienen bastante y no constituyen en absoluto un demérito a los que tienen ya muchísima. 

Nunca me han invitado a asistir a la ceremonia (tampoco habría por qué, supongo), que he visto, sin embargo, a veces y a ratos, cuando la emiten por televisión. Por supuesto, no he figurado jamás como miembro de ninguno de los Jurados y, por absoluta obviedad, jamás he sido nominado a ninguno de los premios. Pertenezco, pues, a la categoría de los asturianos que contribuímos desde la barrera, con nuestros aplausos y entusiasmo, a que las celebridades y los organizadores del evento se sientan un poco más felices, viendo cómo les queremos, les respetamos o, simplemente, nos enteramos que existen, y estamos satisfechos de que se premie a gentes que están haciendo algo por la Humanidad, por España o por Asturias. 

Claro que no todos los premiados tendrán iguales méritos, pero a quién importa eso, y cómo se calibra, además, el nivel de premiabilidad. Será, imagino, una combinación de oportunidad, méritos reales, conocimiento de la existencia del premiable por parte del jurado, defensa enardecida de algún miembro del mismo, sutiles indicaciones de por dónde deben ir los tiros... No sé. 

Si observo la lista de premiados a partir de 1981, primer año en que fueron convocados, hay algunos exotismos (en 1991, por ejemplo, el premio de Letras fue otorgado al pueblo de Puerto Rico, “que por decisión ejemplar ha declarado al español única lengua oficial del país”). Encuentro también algunas frases que, sin demérito al premiado, se hubieran matizado seguramente de haber sido escritas hoy (así, la justificación de premiar en su momento a Gunter Grass “por su defensa de los débiles y apoyo a los sistemas democráticos modernos”).

Hay residuos de esperanzas del pasado que, desgraciadamente, se han disuelto en el café de las desesperanzas (Premio de cooperación internacional en 1994 a Issac Rabin y Yaser Arafat ) y cantos a la bandera que aún no tienen plenos frutos (premio a la coordinadora Gesto por la paz de Esukalerria “por su abnegado afan a eliminar la violencia”).
 

Los premiados este año ya han tenido amplia difusión, y por eso, quería detenerme en uno de los más desconocidos: Juan Ignacio Cirac, físico, premio a la Investigación cientifica y técnica. Cirac tiene una trayectoria profesional que aúna, a su indudable valía personal, el despertar de un sentimiento de lástima al recordar lo poco que cuidamos a nuestros investigadores y lo difícil que se lo ponemos a los buenos.

Actualmente, Juan Ignacio Cirac es director del instituto Max Planc en el departamento de Fisica cuántica. Después de haber sido algunos años profesor adjunto en la Universidad de Castilla la Mancha, se fue a Insbruck, en donde trabajó con Peter Zoller.  Trayectoria diferente la de este científico austríaco, que estudió en Insbruck, trabajó unos años en Colorado como invitado en el Joint Institute for Laboratory Astrophysics (JILA) y pudo, en olor de santidad, volverse a su Universidad y seguir trabajando en ella.

Me parece, además, estupendo que le den el premio a Cirac y no a Zoller. Que premien a Fernando Alonso y no a Schumacher. Que premien a la selección española de baloncesto y no a la NBA. Hay que apoyar y difundir las glorias locales. También me parece bien que premien a Lula de Silva y no a los promotores de Davos, que lleven a la primera línea a algunos personajes e instituciones interesantes que se mueven en las segundas divisiones, teniendo méritos para militar en la primera. Ese es también un valor de la Fundación Príncipe de Asturias.


Por cierto, el único ingeniero al que han premiado hasta ahora en Asturias, si no me equivoqué al repasar los curricula, ha sido Amable Liñán, (en 1993)  Dr. Ingeniero de telecomunicaciones por Madrid y por California, y profesor adjunto de la Universidad de Yale en esa época. 

Apoyo, por tanto, que es momento de premiar a otros ingenieros españoles. Se podría proponer a los próximos miembros del Jurado, si nos preguntan, varios nombres. Sé que tras de ello se anda, hasta el momento sin éxito. La Real Academia de Ingeniería de España, el Instituto de Ingeniería, los claustros de las Politécnicas españolas, los Institutos de Investigación y muy excelentes y provechosas empresas para la economía de este país, albergan excepcionales candidatos.

 

Al socaire: De burkas, de mantillas, de puntillas

Al socaire: De burkas, de mantillas, de puntillas

El otro día, en el metro, una mujer musulmana, cubierta recatadamente su cabeza con  una pañoleta blanca de seda, parecía leer con suma atención un diminuto Corán, abstraída de cuanto le rodeaba, sin levantar en absoluto la mirada de su libro sagrado, sin siquiera pasar la página en todo el trayecto.

Era una mujer joven, sin ninguna huella de maquillaje en su rostro ni en sus ojos. Su cuerpo estaba cubierto por una bata de color marrón, que ocultaba sus formas, y completaba su atuendo con unas babuchas. Nadie -salvo yo- parecía mirarla, aunque resultaba claro que era una extraña. No una extranjera, no. Una extraña.

Fue una casualidad que, a su lado, se sentara una monja católica, pequeña, casi una adolescente. Podría ser peruana, ecuatoriana o venida del altiplano boliviano. Aquí, en nuestro entorno materialista, faltan vocaciones, he oído decir. Después de acomodarse en el hueco que dejaba libre la seguidora de Mahoma, (más corpulenta), pasó a distraerse igualmente de lo que la circundaba,  enfrascándose en pasar las cuentas de su rosario azabache. 

El vagón iba prácticamente lleno. Por eso, en un principio, teniendo ya cubierta mi dosis de externalidad religiosa, no me percaté de que, junto a la puerta, de pie,  un joven que apenas había entrado en la treintena, con aspecto sudamericano, también leía un libro, cuyas cubiertas había resguardado a la curiosidad ajena en una especie de bolsa de cuero con cremallera.

Ese libro, gracias a que aún puedo ver bastante bien a distancia, pude distinguir que era la Biblia. Con parecida intensidad a la mujer del velo y a la confesa religiosa,  el laico hispanoamericano desgranaba igualmente las frases de su libro sagrado, musitándolas. También me fijé que no pasó de página en todo el viaje, al menos, hasta que yo tuve que apearme.
 

Antes de salir, volví a observar a la mujer musulmana, y pensé en la intensidad del debate sobre el velo de las mujeres musulmanas, que ya ha producido algunas decisiones contradictorias. Pensé también en que quienes manifestaban de forma tan aparente su fe en aquel vagón de metro, tenían, al menos, otro elemento común: habían nacido en países en desarrollo. 

No se me interprete mal, no asocio religiosidad a incultura. Tengo un completo respeto hacia las creencias de las demás, y no seré yo el último en reconocer que la limitación del ser humano es muy grande y que, si somos seres racionales por decisión de un ser superior, lo mejor que hacemos es rendirle pleitesía. 

Pero es un hecho constatado que la religiosidad de nuestra sociedad tradicional, convertida ahora al agnostismo y al carpe diem, encuentra hoy por hoy mejor caldo de cultivo en los naturales de los países más pobres. Y, entre nosotros, en consecuencia, se observa una creciente religiosidad entre los inmigrantes.

Puede ser por su marginación, sus pocos recursos, su desarraigo, por sus menores conocimientos y la difícil adaptación cultural.  Lo divino y los juegos de azar tienen puntos de concomitancia. En el caso particular de los musulmanes -que, por cierto, estuvieron casi desaparecidos de Madrid desde el 11-M hasta hace bien poco-, me parece ver que ha aumentado la manifestación de la devoción a su credo como una manera de decir "aquí estamos".

Un apéndice del revisionismo con el que se está contemplando la relación entre las dos religiones más difundidas en el mundo, ambas con una trayectoria de incomprensión mutua y propensión al salvajismo. Una manifestación con ciertos elementos de proclamación de identidad, de suave agresión, que utiliza el elemento más débil, más manipulable para la sociedad musulmana: las mujeres.

Pero yo quería sobre todo hablar de velos, de los velos islámicos. Como es sabido, existen tres tipos de velos: el manto que solo deja al descubierto los ojos, el nikab; el que cubre incluso los ojos, la burka; y las variantes de pañuelo o mantilla, el hiyab, que dejan libre el rostro. 

Desde mi posición de aficionado observador sociológico, no tengo nada que objetar a la utilización del pañuelo (o mantilla), que lo que pretende es cubrir púdicamente el pelo de la mujer, supuesto objeto de concupiscencia , y servir de manifestación de humildad y respeto. Tampoco encuentro nada que comentar al propósito de mantener oculto a los extraños el resto del cuerpo de la mujer, -por favor, siempre por decisión de la propia mujer, no impuesta por otros-, costumbre que en nuestra avanzada sociedad llegó al menos hasta nuestros abuelos o bisabuelos, y que se exarcebó hasta el punto de que el marido no podía ver las intimidades de su esposa.

Encuentro incluso más criticable el afán por mostrarlo todo a destiempo que tienen nuestras jóvenes occidentales, deseosas a lo que parece de evidenciarnos a todos el color de su ropa interior o sus tatuajes allí donde la espalda perdía antes su nombre.
 

Sin embargo, me alineo con los que creen que las otras dos formas de cubrirse de algunas mujeres musulmanas, entran dentro de la calificación de agresiones a las costumbres de la sociedad occidental, cuando se llevan a cabo entre nosotros, y son difícilmente justificables con base a principios religiosos.

Doy por supuesto que la mayoría de las mujeres que llevan el niqab lo hacen por decisión personal, pero han de entender, ellas y sus esposos, hermanos y padres, que la integración del inmigrante supone también la aceptación de las costumbres del país elegido como destino. Para familias que pretenden vivir en otra sociedad, adoptar un aspecto exterior que no les cause su marginación o rechazo es muy importante.
 Y con el nikab o la burka, las mujeres musulmanas se estarían automarginando, resultando así perjudicadas ellas mismas.

Cubrirse completamente en la sociedad occidental, implica dar un mensaje que supera lo religioso para sugerir que lo que se desea es ocultarse, mantenerse al margen, incluso actuar contra el sistema. Se tapan la cara los terroristas o los asaltantes de bancos, por ejemplo.

En una relación de confianza, se va con la cara descubierta. Así permitimos conocer al otro características de nuestra personalidad, nuestro estado de humor, podemos reforzar con gestos lo que queremos comunicar.  Nuestra sociedad occidental ha consolidado ir descubiertos. Lo que no quiere decir que, cuando van de turismo a países islámicos más rígidos, las mujeres occidentales se nieguen a tapar sus brazos o piernas, o a llevar mantilla o velo cuando entran en un templo, pues de otra forma atentarían contra las creencias y la sensibilidad de los lugareños devotos.
 

Para mí, obligadas o por propia decisión, las mujeres que se cubren de pies a cabeza con burqa o niqab son esclavas de su devoción. No de la devoción religiosa, sino de los varones, de los autores de la sharia, de los imanes. Son esclavas de su sumisión al hombre, de la misoginia imperante en su sociedad, marginadas por ser mujeres. Es decir, son un reducto de una conquista histórica que las mujeres occidentales han conseguido hace tiempo, para su gloria y satisfacción de todos los hombres que las queremos como iguales, para ser todos mejores.

Cuando comparo su recatado y desfasado comportamiento con el de los hombres musulmanes, libres para hacer lo que les venga en gana, creo que a ellas les tiene que llegar todavía la liberación. Sus rostros, hermosos o feos, pintados o sin maquillar, debían ser manifestación de la alegría de sus vidas, de ser mujeres y vivir en sociedad, no de antiguos condicionandos estéticos o viejos tabúes que la libertad y autonomía de la mujer ha hecho caer en ya tantos países.