El otro día, en el metro, una mujer musulmana, cubierta recatadamente su cabeza con una pañoleta blanca de seda, parecía leer con suma atención un diminuto Corán, abstraída de cuanto le rodeaba, sin levantar en absoluto la mirada de su libro sagrado, sin siquiera pasar la página en todo el trayecto.
Era una mujer joven, sin ninguna huella de maquillaje en su rostro ni en sus ojos. Su cuerpo estaba cubierto por una bata de color marrón, que ocultaba sus formas, y completaba su atuendo con unas babuchas. Nadie -salvo yo- parecía mirarla, aunque resultaba claro que era una extraña. No una extranjera, no. Una extraña.
Fue una casualidad que, a su lado, se sentara una monja católica, pequeña, casi una adolescente. Podría ser peruana, ecuatoriana o venida del altiplano boliviano. Aquí, en nuestro entorno materialista, faltan vocaciones, he oído decir. Después de acomodarse en el hueco que dejaba libre la seguidora de Mahoma, (más corpulenta), pasó a distraerse igualmente de lo que la circundaba, enfrascándose en pasar las cuentas de su rosario azabache.
El vagón iba prácticamente lleno. Por eso, en un principio, teniendo ya cubierta mi dosis de externalidad religiosa, no me percaté de que, junto a la puerta, de pie, un joven que apenas había entrado en la treintena, con aspecto sudamericano, también leía un libro, cuyas cubiertas había resguardado a la curiosidad ajena en una especie de bolsa de cuero con cremallera.
Ese libro, gracias a que aún puedo ver bastante bien a distancia, pude distinguir que era la Biblia. Con parecida intensidad a la mujer del velo y a la confesa religiosa, el laico hispanoamericano desgranaba igualmente las frases de su libro sagrado, musitándolas. También me fijé que no pasó de página en todo el viaje, al menos, hasta que yo tuve que apearme.
Antes de salir, volví a observar a la mujer musulmana, y pensé en la intensidad del debate sobre el velo de las mujeres musulmanas, que ya ha producido algunas decisiones contradictorias. Pensé también en que quienes manifestaban de forma tan aparente su fe en aquel vagón de metro, tenían, al menos, otro elemento común: habían nacido en países en desarrollo.
No se me interprete mal, no asocio religiosidad a incultura. Tengo un completo respeto hacia las creencias de las demás, y no seré yo el último en reconocer que la limitación del ser humano es muy grande y que, si somos seres racionales por decisión de un ser superior, lo mejor que hacemos es rendirle pleitesía.
Pero es un hecho constatado que la religiosidad de nuestra sociedad tradicional, convertida ahora al agnostismo y al carpe diem, encuentra hoy por hoy mejor caldo de cultivo en los naturales de los países más pobres. Y, entre nosotros, en consecuencia, se observa una creciente religiosidad entre los inmigrantes.
Puede ser por su marginación, sus pocos recursos, su desarraigo, por sus menores conocimientos y la difícil adaptación cultural. Lo divino y los juegos de azar tienen puntos de concomitancia. En el caso particular de los musulmanes -que, por cierto, estuvieron casi desaparecidos de Madrid desde el 11-M hasta hace bien poco-, me parece ver que ha aumentado la manifestación de la devoción a su credo como una manera de decir "aquí estamos".
Un apéndice del revisionismo con el que se está contemplando la relación entre las dos religiones más difundidas en el mundo, ambas con una trayectoria de incomprensión mutua y propensión al salvajismo. Una manifestación con ciertos elementos de proclamación de identidad, de suave agresión, que utiliza el elemento más débil, más manipulable para la sociedad musulmana: las mujeres.
Pero yo quería sobre todo hablar de velos, de los velos islámicos. Como es sabido, existen tres tipos de velos: el manto que solo deja al descubierto los ojos, el nikab; el que cubre incluso los ojos, la burka; y las variantes de pañuelo o mantilla, el hiyab, que dejan libre el rostro.
Desde mi posición de aficionado observador sociológico, no tengo nada que objetar a la utilización del pañuelo (o mantilla), que lo que pretende es cubrir púdicamente el pelo de la mujer, supuesto objeto de concupiscencia , y servir de manifestación de humildad y respeto. Tampoco encuentro nada que comentar al propósito de mantener oculto a los extraños el resto del cuerpo de la mujer, -por favor, siempre por decisión de la propia mujer, no impuesta por otros-, costumbre que en nuestra avanzada sociedad llegó al menos hasta nuestros abuelos o bisabuelos, y que se exarcebó hasta el punto de que el marido no podía ver las intimidades de su esposa.
Encuentro incluso más criticable el afán por mostrarlo todo a destiempo que tienen nuestras jóvenes occidentales, deseosas a lo que parece de evidenciarnos a todos el color de su ropa interior o sus tatuajes allí donde la espalda perdía antes su nombre.
Sin embargo, me alineo con los que creen que las otras dos formas de cubrirse de algunas mujeres musulmanas, entran dentro de la calificación de agresiones a las costumbres de la sociedad occidental, cuando se llevan a cabo entre nosotros, y son difícilmente justificables con base a principios religiosos.
Doy por supuesto que la mayoría de las mujeres que llevan el niqab lo hacen por decisión personal, pero han de entender, ellas y sus esposos, hermanos y padres, que la integración del inmigrante supone también la aceptación de las costumbres del país elegido como destino. Para familias que pretenden vivir en otra sociedad, adoptar un aspecto exterior que no les cause su marginación o rechazo es muy importante. Y con el nikab o la burka, las mujeres musulmanas se estarían automarginando, resultando así perjudicadas ellas mismas.
Cubrirse completamente en la sociedad occidental, implica dar un mensaje que supera lo religioso para sugerir que lo que se desea es ocultarse, mantenerse al margen, incluso actuar contra el sistema. Se tapan la cara los terroristas o los asaltantes de bancos, por ejemplo.
En una relación de confianza, se va con la cara descubierta. Así permitimos conocer al otro características de nuestra personalidad, nuestro estado de humor, podemos reforzar con gestos lo que queremos comunicar. Nuestra sociedad occidental ha consolidado ir descubiertos. Lo que no quiere decir que, cuando van de turismo a países islámicos más rígidos, las mujeres occidentales se nieguen a tapar sus brazos o piernas, o a llevar mantilla o velo cuando entran en un templo, pues de otra forma atentarían contra las creencias y la sensibilidad de los lugareños devotos.
Para mí, obligadas o por propia decisión, las mujeres que se cubren de pies a cabeza con burqa o niqab son esclavas de su devoción. No de la devoción religiosa, sino de los varones, de los autores de la sharia, de los imanes. Son esclavas de su sumisión al hombre, de la misoginia imperante en su sociedad, marginadas por ser mujeres. Es decir, son un reducto de una conquista histórica que las mujeres occidentales han conseguido hace tiempo, para su gloria y satisfacción de todos los hombres que las queremos como iguales, para ser todos mejores.
Cuando comparo su recatado y desfasado comportamiento con el de los hombres musulmanes, libres para hacer lo que les venga en gana, creo que a ellas les tiene que llegar todavía la liberación. Sus rostros, hermosos o feos, pintados o sin maquillar, debían ser manifestación de la alegría de sus vidas, de ser mujeres y vivir en sociedad, no de antiguos condicionandos estéticos o viejos tabúes que la libertad y autonomía de la mujer ha hecho caer en ya tantos países.