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El blog de Angel Arias

Al pairo: La fusión de Arcelor y Mittal

Se trata de una noticia importante, sin duda, y que afectará de manera significativa al mercado siderúrgico español, y muy especialmente a las instalaciones que la antigua Ensidesa posee en Avilés y Veriña, muy centradas en productos de poca transformación, y que forman parte del mix de producción sustancial de estas fábricas.

Son muchas las reflexiones que surgen al hilo de los comentarios -de cuya incomprensible naturaleza errática alguien de la cúpula de Arcelor debería dar alguna explicación más allá de la simpleza de afirmar ahora que "es bueno para la empresa" lo que hasta unas horas antes del acuerdo había venido fundamentando una dura campaña mediática contra la "posición hostil" de Mittal.

Para quienes hemos tratado de vender, durante los años en que España aún no pertenecía a la Comunidad Europea,  en el rígido mercado comunitario,  los perfiles, la chapa gruesa y las vigas de ala ancha de Ensidesa, sometidas entonces a un desmesurado control de cuotas y precios, es inevitable sentir la nostalgia de aquella idea de empresa que hoy ha perdido su identidad, para regirse por otras coordenadas, determinadas muy lejos de los intereses nacionales y, por lo que se va conociendo, poco transparentes.

Estamos, sí, en un mundo global, en el que la facilidad de acceso a los mercados ha aumentado, y la competitividad tiene cada vez menos trabas. Pero las grandes fusiones empresariales, que, en el fondo, persiguen la reconstrucciónde monopolios que restrinjan la competencia, no hacen sino poner continuamente sobre el tapete la cuestión de lo que se pretende queriendo ser el más grande: reducir la aplicación de las reglas del mercado libre, controlar a su antojo las producciones y los precios, conseguir el máximo poder para obtener la capacidad de decisión total en la obtención del mayor beneficio posible. Lejos los tiempos de la autarquía, pero también la defensa del mantenimiento de los puestos de trabajo locales. La economía será global, sí; las necesidades de empleo y actividad económica tienen una componente local insoslayable.

En este contexto, parece ingenua la posición apurada de la Comisión Europea para proclamar que no se prevé que el mercado interior del acero en la Unión se vea afectado decisivamente. Somos todavía muchos los que pensamos que la producción de acero al carbono y de sus transformados es estratégica para el producto interior bruto español (y, obviamente, del asturiano). No nos gustaría conocer en poco tiempo que se anunciarán nuevas reducciones de empleo y actividad en la ya muy castigada economía regional.

Carta desde Europa: Americanos, aceites, desnudos y cocineros

El 7 de noviembre de 2004 el periódico El Imparcial, de Oaxaca, publicaba esta Carta desde Europa, la décima de la serie. Con la licencia que me concede el paso del tiempo, las presento ahora desordenadas, atemporales, un poco trasnochadas, para que los seguidores de esta blog puedan disfrutar (si así es, si así os parece) con ellas.

Resulta que todas las mañanas, cuando tomo mi tostada de pan con aceite de oliva y mermelada de moras junto al café con leche, me estoy medicando. No es ya, mi querida amiga, porque esté ayudando al correcto funcionamiento de mi tubo digestivo, sino porque, además, estoy favoreciendo al corazón. Así lo ha determinado, después de profundos estudios, la Agencia del Medicamento y la Alimentación de USA, concluyendo que el aceite de oliva reduce el riesgo de padecer enfermedades coronarias.

Esta  recomendación, sin embargo, pasará casi desapercibida a los consumidores de la Unión Europea, porque no podrá reflejarse en las botellas de aceite que se vendan aquí. De acuerdo con la legislación, equivaldría a transformar el aceite en medicamento y, entonces, habría que comprarlo en las farmacias y no en el supermercado o en la tienda de la esquina.
 

La noticia puede que se deba a una simple casualidad, pero yo la interpreto como un paso interesante en el camino de la mejora de las relaciones entre España y USA, una vez que está fuera de dudas que el presidente Bush mantiene su poder sobre el mundo con el apoyo de la “Norteamérica profunda”.

Por cierto que a algunos, con esto de las elecciones, se les ha visto el plumero. Por ejemplo, un periódico de tanta difusión como El País estuvo dando como ganador a Kerry en las principales ediciones del martes. Tuvo que pedir perdón, por su arriesgado wishfull writting.
 Este impulso por adelantarse a la noticia, siendo los primeros en darla, ha llevado a la prensa europea a opinar sin empachos sobre la sucesión de Yasir Arafat, a quien se da por clínicamente muerto en un hospital de Paris.

Puede ser, como algunos especulan, que se le esté sosteniendo con vida artificialmente para dar tiempo a que en Palestina se pongan de acuerdo para una transición pacífica. Pero me parece muy misterioso que el sonriente rais que tomaba el avión para recibir tratamiento en uno de los mejores hospitales militares del mundo se haya convertido en un presunto cadáver al que incluso se le niega el enterramiento en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén.

Me puedo imaginar al enfermo siguiendo atentamente los comentarios y especulaciones sobre su muerte, haciendo sus anotaciones.
 Con tantos conflictos por resolver en el mundo, está muy bien que los gobiernos se gasten dineros en investigar todo aquello que no tenga nada que ver con el armamento, incluso aunque su inmediata aplicación práctica no sea evidente.

Un grupo de científicos de Albacete, capitaneados por
Laureano Gallego, ha descubierto un comportamiento claramente machista en las ciervas. Resulta que estos animales cuando tienen una cría macho le dan más  leche y con más proteínas que si paren una hembra. No debe Vd. creer que el equipo de la ciudad de las navajas pretende denunciar ese favoritismo, sino que, por el contrario, lo que van a hacer es estimularlo. Porque la intención que les guía, después de casi diez años sacándoles sangre y ordeñando a horas intempestivas a las pobres madres, es conseguir que se produzcan más ciervos machos para abatirlos en muy rentables cacerías organizadas. Carne apetitosa la de los cérvidos de granja, muy apreciada en los restaurantes europeos.

Tengo anotada una receta de paletillas de ciervo maceradas en vino y guisadas con santa paciencia, para acabar en el plato acompañadas de membrillo y escalonias confitadas. Creo que su autor es el cocinero catalán
Santi Santamaria, y le juro que con solo leerla ya activo mi secreción gástrica.

La plana mayor de los cocineros vascos, en cambio, seguro que activó en esta semana sus centros de producción de adrenalina, ya que fueron llamados a declarar en los Juzgados –en algún caso como imputados-. Allí estuvieron
Berasategui, Arguiñano, Arzak y Subijana, a los que la lengua de un etarra señaló como pagadores del impuesto revolucionario, lo que en España es delito. 

Como en estos correos a veces aprovecho para confesar mis culpas, y aprovechando la nota gastronómica, me acuso de que en otro tiempo me gustaba mucho la sopa de tortuga. Compartía esa afición, por lo que sé, con los indios huaves, pero ahora, desde que se protegen a estos animalillos, tengo que contentarme con simples sucedáneos. Perdóneme la falta de sensibilidad, pero es que cuando veo la filmación de miles de tortuga hembra emergiendo del Pacífico para desovar en la Playa de la Escobilla, no puedo evitar acordarme de lo bien que sabe el animalito.

Por eso, espero que
Cuauhtemoc Peñaflores Salazar, director del centro de la Tortuga en su país, confirme que su programa de defensa del quelonio ha sido un éxito y que, puesto que la especie no corre ya riesgo de extinción,  en un gesto supremo de amor, vuelvan a las ollas. Aquí en Madrid, el puente de la Almudena (ya sabe, la virgen patrona de Madrid)  ha reducido bastante el tráfico de la ciudad. Los motorizados deben andar recorriendo kilómetros por otros lugares, aprovechando que el coste del petróleo ha bajado algo, porque la ciudad parece más vacía.

Como yo soy un enamorado del transporte público, el vaivén del precio de la gasolina me trae casi al pairo. Comprendo, eso sí, que la mayoría celebre las fiestas de las grandes ciudades, escapándose de ellas. El placer de conducir un buen coche no será, con todo, similar a lo que el nuevo director de Pemex,
Luis Ramírez Corzo, llama –en carta a sus empleados-  “sentir de nuevo el orgullo de ser petroleros.” Más bien parece una indirecta hacia el cesado Rafael Muñoz,  su antecesor, en el supuesto de que, como le acusan, haya cargado a la empresa las operaciones de cirugía estética de su esposa. No tengo el placer de conocer a la señora, ni antes ni después de la operación, pero podría entender que, ya que estamos en el imperio de la imagen, los gastos de estética de los ejecutivos de las grandes empresas sean abonados por todos los accionistas. 

Yo pagaría algo para que los mexicanos mejorasen la imagen de España, muy necesario según una encuesta del Real Instituto Elcano, preocupado por detectar lo que se piensa de mi país en América Latina. Ustedes figuran entre los que menos nos quieren, pues solo un 30% de los mexicanos nos conceden una valoración aceptable. Como la misma encuesta pretende convencernos de que a los que más quieren son a sus vecinos del norte, tengo motivos para sospechar de la sinceridad de las respuestas.  

Me gustaría terminar con una petición doméstica, y es que le agradecería que, si por fin se decide a escribirme unas líneas, me diera argumentos para convencer a mi hija de que se case. No me corre prisa, pero me ha alarmado conocer que el 85% de los jóvenes entre 24 y 30 años viven con sus padres. Con sinceridad le digo que no se me ocurre qué es lo que puede mover a la juventud a emanciparse. Aunque sin aplicación al caso, tomo nota del argumento que esgrime Elton John para casarse con su pareja, el diseñador David Furnish: le preocupa que quede en la ruina cuando se muera.

Lo que me gustaría es tener el poder de convicción del cantante, que ha conseguido que
Sarah Ferguson (la ex del príncipe Andrés de Inglaterra) pose desnuda para un almanaque, a sus 45 años, apoyando su Fundación de lucha contra el sida. Hoy me voy a tomar un guiski antes de irme a acostar, querida amiga. Empieza a hacer algo de frío, y el consumo moderado de alcohol siempre me ayuda a enfriarme la cabeza.  

Al pairo. A vueltas con el principio de Dilbert

 Me gustaría creer que el mercado de méritos selecciona a los más capaces para ocupar los puestos de  relevancia en la sociedad occidental.  Pero la observación del panorama empresarial permite hacerse una idea distinta acerca de cómo funcionan los mecanismos de las organizaciones  para seleccionar a quienes llegarán al poder y se mantendrán en el.

Aunque resulta atractivo como idea rompedora, el principio de Dilbert presenta serias fisuras. No es un principio, desde luego, en sentido matemático; puesto que Scott Adams se esforzó en demostrar su vigencia con numerosos casos prácticos, (contradiciendo así la esencia de lo que debemos entender por principio). Pero, analizando sus ejemplos, casi todos cuentan con ese tufillo inevitable de lo que parece inventado para hacer sonreir. Y las empresas son cosa seria, porque no hay otro medio mejor de distribuir el salario y la riqueza en nuestro mundo civilizado.

En segundo lugar, aunque podría ser que algunos sistemas empresariales prefiriesen promocionar a sus directivos incapaces a lo más alto, -porque, siguiendo a Adams, es allí donde harán menos daño a la organización-, una decisión de este tipo solo cobraría verdadero sentido en el caso de una empresa familiar. En ella podría ser necesario incorporar a la nómina al hijo o a la sobrina del  dueño de la mayoría de las acciones, si el propietario se empeña en que su protegido debe conocer por dentro la firma causante de su alto estánding. Todo el mundo estará de acuerdo en que será mejor que el pariente poco dotado por la naturaleza se siente en el Consejo de Administración, que no dejarle que destroce la contabilidad analítica como jefe de sección en el departamento financiero.
 

Tampoco el viejo principio de Peter, por el que las organizaciones permitirían el ascenso de sus directivos hasta situarlos en su nivel de incompetencia, parece tener validez, al margen también de provocar unas risas. Para que su empresa esté salvaguardada de los riesgos del mercado, no será necesario creer que los consejeros concentren su costoso tiempo en la organización de la limpieza de sus despachos y no en definir la estrategia corportiva internacional. Este efecto lo consiguen, simplemente, dejando que la inercia rija la actuación del día día de las empresas y confiando en que los jefes intermedios hagan bien su trabajo, proque ellos sí suelen ser elegidos por su competencia.   

La selección de los directivos de alto nivel en las empresas, en mi opinión, se adopta con base en un principio muy diferente. Esteprincipio básico es la “fidelidad al sistema.” Si los candidatos al ascenso no demuestran esa fidelidad, de la que sufrirán pruebas en diferentes etapas sucesivas de su carrera, los capaces serán marginados dando ventaja a los más fieles, aunque sean más torpes. Llamo aquí, como es habitual, sistema, al poder ya consolidado.

No hay, desde luego, ningun interés por parte del sistema en incorporar a nuevos directivos. Pero, cuando es estrictamente necesario,  el sistema hará la prueba de la fidelidad a sus candidatos, en una verdadera prueba de sangre de la capacitación empresarial.
 La cualificación, la competencia, serán tenidas como un hándicap, o como un elemento sospechoso; la antigüedad será un valor, solo comparable al desconocimiento absoluto del personaje, eso sí, siempre que venga recomendado por alguien de confianza.

Lo que al sistema ya no le importará es que, una vez que el neófito toma asiento en el clan de consejeros, se comporte de la misma manera que las abejas reina una vez que eclosionan de sus crisálidas. Estos animales gregarios, como es sabido, matan sin piedad a las demás competidoras, que hayan sido alimentadas también con jalea real por las obreras. En el mundo empresarial, la forma habitual de dejar fuera de juego al candidato rechazado es utilizar una combinación de maledicencia y sarcasmo, ridiculizando o despreciando en los momentos oportunos al candidato más inteligente, pero cuyo superior sentido ético -su capacidad crítica con el sistema- le habrá hecho más débil. 

Esa fidelidad al sistema es una ley de rango muy superior a las del mercado.  Protegiendo sus sancta santorum, los grupos empresariales mantienen así bajo control sus bienes más preciados, esos que no cotizan en los mercados de valores. Que los secretos a salvaguardar de las empresas tengan que ver posiblemente con la ética, la legalidad y su posible vulneración es, sin duda, una de las lacras más duras de asimilar de nuestro mundo occidental. 

No es algo que pueda enseñarse en las escuelas de economía, pero los ambiciosos deberían conocerlo.
 

Editorial de Entiba: Prejubilados,pim,pam,pum

Publicado en el número 61 de la revista ENTIBA, escrito en junio de 1994, y dedicado a los protagonistas forzosos de uno de los grandes despilfarros intelectuales de la España contemporánea, este Editorial parece escrito ayer. ¿Verdad?

 Están ya por todas partes, salvo quizá donde tendrían que estar. Se nos cruzan en la calle, esforzando una sonrisa de simpatía que en realidad resulta algo triste y, a poco de atención que les prestemos, nos preguntan con avidez por los antiguos compañeros, se interesan por los cambios habidos en el departamento, el nivel de malhumor de fulanito, nos recuerdan orgullosos la cifra última de producción a cielo abierto, el rendimiento del tándem, las ventas de hojalata en Chile o la producción del pozo Pumarabule. Muchos llevan ahora pantalón vaquero y se han cambiado el corte de pelo, o dejado crecer la barba ya entrecana; algunos pasean al perro por las tardes.  

Entrada la mañana y después de la colación
, podemos vislumbrar a algunos ejemplares de esta "singular cofradía", a través de la cristalera opaca del bar de la esquina, jugando al dominó, mirando la tele, perdiendo el café al mus en pareja con un funcionario, y en los casos más desesperados, apoyados indolentemente sobre la máquina tragaperras con el jota bé on de rócs al alcance de la mano. Su destino no está solo: se encuentran rodeados de otros ilustres personajes, cerebros grises de antes de ayer mismo que hoy se empecinan con el pito doble sin importarles aparentemente que suba o baje la deuda externa o el chorizo. 

Al tiempo que los unos emplean así su ocio obligado, se incuban en crisálidas donde éstos son ya mariposas, otros seres que todavía tienen un puesto de trabajo activo, pululan entre las ruinas de los mastodontes enfermos, antaño joya de la nación, antiguo motor del desarrollo que hoy gira en el vacío. profesionales serios, pero en un ambiente de ópera bufa, van como autómatas de los palacios de moqueta en donde la ofimática hace estragos en las paredes, a la reunión con los sindicatos en donde se separan con mimo las horas coyunturales de las prisas estructurales del gentío por huir de la quema. En voz baja, con aires de visitar la uci, cotillean detalles etéreos de la penúltima reorganización, haciendo tiempo antes de que comience otra reunión sin mucho orden del día en la que no les apetece decir mucho, porque saben que les queda poca cuerda.

Educados para subsistir sin armar bulla, convertidos en presuntos prejubilables por arte del lápiz exterminador que vigila el cumplimiento estricto de las instrucciones controlando sin piedad las fechas de nacimiento, estos activos ya solo nominales confían, con la mezcla justa de temor y menosprecio, que su nombre no aparezca hoy en las listas de condenados a recoger los bártulos, mintiendo a quien quiera oírles que están deseando la "papela". Con espontánea uniformidad, desde que empezó la fiebre de amortización de puestos de trabajo, su aspiración mayor se concreta únicamente en que los dejen en paz al menos otro día.  

De esta forma, separados por la frontera intangible del trabajo activo y la sopa boba, andan por ahí, prejubilados y prejubilables, distinguibles únicamente por el empleo que hacen de su tiempo libre, identificables perfectamente por la manera en que disponen la cabeza para que se la cercenen o la forma en que la esgrimen, ya cortada, en su macuto.

Una vez consumado el momento, la historia se repite. La mayor parte de quienes han sido desplazados hacia el terreno del ocio involuntario, deshacen los primeros días una maleta de importantes proyectos imaginados que van desde el ya se enterarán a por fin voy a hacer lo que me peta. Pasados unos meses, toda esa colección de propósitos se quedan en agua de borrajas, y aflora la triste realidad del sinquehacer, el castigo injusto de las horas libres por narices.
 

Otros, resistiéndose, se meten en la harina de la economía sumergida, y acceden a realizar un informe-diagnóstico sobre lo último que conocieron cuando aún fichaban, de destinos inciertos y que a ellos les sirve apenas para darse cuenta de lo rápidamente que, arrancadas de cuajo las raíces, los consejos se hacen más vacíos, las enseñanzas se agrían, las conclusiones semejan objetos de museo. 

Prejubilados. Jóvenes todavía, si no fuera por esta condición de rentistas del currelo, nadie dudaría en afirmar que aún les queda bastante trecho para entrar en la tercera edad. Pero esta brecha les hace más carrozas y, aunque se les diga que envidiamos su situación, más bien parece que la sociedad les dió con la puerta en las narices. Están autorizados a recibir la nómina sin mover un dedo, como los incapaces totales, los enchufados de élite o aquellos mantenidos de fortuna.   

Pero lo cierto es que sólo ellos saben cuánto sufren. Forzados a ser inútiles, se han convertido, por paradoja, en el exponente más certero de la incapacidad de nuestro país para aprovechar sus propias inversiones. Han estudiado durante más de veinticinco años, sin contar las horas quemadas con los libros después de recoger el título. Han viajado a todos los rincones, conocen tropecientas instalaciones, son apreciados por mucha gente. Todavía mejor: se han equivocado a veces con fallos que jamás volverán a cometer, cuentan con éxitos que sabrían cómo repetir y acumulan, en fin, una experiencia de saber hacer y deshacer que para sí quisieran muchos.   

Desde hace ya bastantes años venimos poniendo de patitas en la calle, con jubilaciones de oro en muchos casos, a estos caros parásitos involuntarios, forzándolos a que se pudran en su salsa. Alguien con la cabeza bajo los hombros ha decidido que es mejor pagarles el sueldo en casa antes de que nos estorben con su experiencia, nos hagan daño con sus indicaciones, nos molesten con su autoridad. Para estos sabios del lápiz, aquellos otros están amortizados, y la sociedad se puede permitir el lujo de pagarles la pensión en la cama. 

Así las cosas, nada detiene todavía el prodigio de insensatez que supone tamaño despilfarro. A los que afecta, la mano oculta de la norma les aplica un golpe de conejo. Se les comunica, habitualmente por sorpresa, un día cualquiera, recién entrados al despacho, que pueden recoger sus cosas y largarse. Previamente ha habido rumores, listas de amortizables, especulaciones y quinielas, pero nada tan definitivo hasta el día en que una carta de personal les aclara que hoy es su último fichaje, invitándolos a firmar el finiquito, dándoles el pase cordial a la reserva, lanzándolos a la definitiva vuelta a casa, agradeciendo los servicios prestados como quien despide a la asistenta.  

Aturdidos, los neófitos prejubilados recogen un par de lápices, la taladradora y el tintero, cuatro informes, llenan la papelera de papeles, se llevan en el maletín un par de libros, y se van del despacho sin decir adiós a nadie, repletos de golpe del despecho. Los que se quedan suscitan comentarios que van desde la condolencia a la satisfacción, inconscientes de que la historia se hace con los restos del pasado, de que el futuro se prepara con las herramientas del presente.  

El día después, los prejubilados tienen la cabeza llena de planes de lo que nunca han podido hacer. Se matriculan al gimnasio, empiezan otra carrera, se entrometen en el mundo de los negocios. Pierden a sabiendas mucho tiempo, cuando se habían imaginado -allá en los años en los que estudiaban en la escuela, o más reciente, cuando se creían aupados en el pedestal de imprescindibles-, que iba a faltarles siempre. En su casa, se convierten en fantasmas para la esposa, la chica del servicio, los hijos que estudian, quienes se resisten a ver al padre atravesado por la casa, preguntando en qué puede ayudar, levantándose tarde, deambulando por los sitios, desplazado. 

Precioso despilfarro. En esta tribu, hace ya tiempo que de los más ancianos no recabábamos el consejo; ahora, ni de los adultos en sazón nos interesa cómo aprovecharlos. Dentro de poco, nos dejaremos guiar sencillamente por el azar, tirando una pirinola para decidir lo que más vale.

Nadie se opone a recuperar pronto a los más jóvenes, a las mujeres, al mundo del trabajo. Pero alguien debería poner sensatez a esta proliferación de pensionistas, y, en especial, a esta colección de prejubilados en una sociedad que no está para estos lujos.
 

A los cincuenta años no se puede estar prejubilado. Habría que estar rindiendo a tope, en el trabajo real, resolviendo, planificando, rentabilizando, ejerciendo la profesión para cuya formación esta sociedad empleó tanto dinero. De hacer algo, vale más prejubilar a los que han pensado que esa energía no era necesaria. A esos sí les pagaríamos, con gusto, por el resto de sus vidas, unas vacaciones en casa del enemigo.

Pintura: Son solo poros, compañera (acrílico, 2002)

Pintura: Son solo poros, compañera (acrílico, 2002)

Algunos de mis poemas tienen asociado un dibujo o una pintura. La idea de los primeros poemas de "Sin herencia precisa" fue recogida en este Cuadro, pintado con pintura acrílica y que, como casi todos las obras que han llegado a ese estadio, han pasado por las siguientes fases intermedias: apunte en el bloc de viaje; dibujo a lápiz en formato A6; cuadro al óleo o acrílico (a veces en técnica mixta).

Poemas de Libro: Sin herencia precisa

Mi libro de poemas "Sin herencia precisa" (1996), empieza con estos versos:   

                                                                          1  
Asomada al precipicio de mi otoño,
entre silencios incrédulos, asistes insolente
al comienzo de mi ruina desde el sólido teorema
de tu curiosidad juvenil,
y mientras ya presiento los fríos en la espalda,
se me van cayendo ilusiones a destajo,
te cuento que encuentro cada vez más a menudo
dudas, pelos y sangre en el lavabo,
tú mantienes la sonrisa al pasar,
tomas el aire
de quien no necesita comprender,
ningún fallo perdonas.
 

Hoy noto mejor cómo mis ojeras se perfilan
contra tus firmes mejillas sonrosadas,
sorprendo a mis manos ocupando con torpeza
su último lugar en tus senos seguros,
mañana será la tos la que delate el contraste
con tu bella canción de cuna adolescente;
me haces fiestas,
y cada vez que me pides un favor,
que intente abandonar esta tristeza,
entran a raudales tus nuevos maestros y amigos,
mis verdugos.
 

Sé que me abandonas,
cuanto más necesita mi cuerpo arrugado
el desnudo de espaldas de tus nalgas rotundas,
hace tiempo
que veo cómo aumenta el desfase
entre tu juventud,
-las cosas que tú haces-, y mi utopía:
la de cosas que ya no puedo hacer. 

Aterrado del alcance que puedes dar a mis palabras,
rendido a tu amor, perdido y tosco,
me hago el loco
a la verdad aplastante de tu vida,
mientras te enseño lo poco que aun no sabes
de dibujo y geometría.
       



                                                                      
2
      

                                                                       
I
  
Conservo mi oficio juvenil, hacer del riesgo
un placer de helados y limones,
te explico mientras vamos
cogidos de la mano,
levanto susurros de voces que dicen
pero no se qué dicen,
quiero enseñarte qué bien,
que lo domino,
oigo jaleo
de movimientos confusos muy torpes
muy polutos
pero que muy aparentes;
voy pisando pasado
no pienso no perdono,
evoco un exorcismo de pasados comunes,
ordeno el alma donde en trampas soy más rico,
te advierto no detengas el paso,
no hagas caso no persistas, 
hasta que, cayendo a los hechizos, aprovechas un descuido,
y, entre besos, colocas en mis sábanas
la inquieta pregunta,
qué es lo que deja el pasado entre las manos. 

La explosión me rompe el cerebro
en mil mitades,
trocea la ilusión, me mancha el traje blanco;
para cuando quieres rectificar, está todo perdido,
asomados al mar, entrelazados nuestros gritos y sus voces,
contemplamos cómo las respuestas
se hacen en tu cuerpo más preguntas,
naufragan las palabras en corchetes abiertos,
cáscaras de nueces con muñecos que agitan sus banderas,
galeones con flores que encallan en barrancos
muy profundos,
rocas donde se astillan las balsas que parecen 
papel entre las olas
y en cada trozo forman nuevas respuestas
imperfectas,
así que brotan ríos de ansias en tus manos,
se te hacen inciertas las piernas,
tu vientre amado es un pozo de amargura,
mis labios son el lápiz rojo sangre
de tu lengua callada.
     


                                                                             II   

Son solo poros, compañera,
pero qué múltiples los huecos,
y al movernos nacen sin cesar más huecos más hondos más 
sinuosos,
entre tus pezones identifico historias viejas
disfrazadas de nuevas pesadillas;
loco de ansias escribo sobre tu piel cuentos inacabados,
sinfonías completas de alumno de primero de solfeo
donde los personajes somos nosotros son los otros,
gigantes transformados en pigmeos que,
alardeando de saberlo todo,
ignoran nombres,
calzan guantes para proteger sus manos       
pegajosas,
y sonrientes nos prometen entre dientes muchos premios,
enseñan un programa de falsas variedades,
mientras nos aplastan sin piedad cada vez que nos movemos. 

No les prestes atención, no pienses no preguntes,
sálvate tú al menos de sus uñas y dientes,
mientras caigo me consuelo mientras te prevengo,
escápate de aquí, no los toques no preguntes no te muevas,
porque cuando caemos en sus redes, los duendes del pasado
nos destrozan el presente, nos alzan de aquí, ya ves,
se ríen impíos de nosotros,y nos hacen volver a vivir la mala suerte.     


                                                                                        III  

Qué es lo que deja el pasado entre las manos,
diapositivas de cuerpos dormidos entre muerte,
escenas de falsa ilusión con olor a tristeza,
rota calma, rabia almacenada. 

Hay una lágrima risas
hay sarcasmos
dispuestos al corro, vándalos,
sueltos por mi mente
cuando escarbo en el tiempo y tiendo la mirada
sobre el lienzo en blanco donde habita el olvido.   
               

Editorial de Entiba: El cuento del reloj y del martillo

En el número de noviembre de 1991, el autor de este blog publicó en la revista ENTIBA un Editorial del que, con la licencia de autor que me corresponde, he eliminado los párrafos que se referían específicamente a la situación del colectivo de ingenieros de minas que entonces se vivía, y que trataba del alejamiento de las promociones más jóvenes de cuanto significara actividad organizada por la institución colegial. En lo demás, el Editorial mantiene un carácter atemporal que quiero compartir con los, ya bastantes, seguidores de estas páginas.

En un magnífico cuento de Andersen, los habitantes de cierto pueblo se pusieron de acuerdo para premiar a quien mejor fuese capaz de despertar en todos la admiración por lo que nunca había sido visto. No había más condiciones. Los candidatos, sin limitación de edad ni formación, deberían preocuparse únicamente por asombrar al personal con las creaciones más originales que les sugiriera su imaginación. El pueblo sería el Jurado, y el fallo se resolvería, en lo posible, por aclamación: el artista capaz de suscitar de manera más clara e incontrovertida la sorpresa del personal, ése sería el ganador.  

Se presentaron, como es obvio, numerosos aspirantes, atraídos por la fama y el valor del premio. Como en todo concurso, unas obras parecían a los más entendidos muy dignas y las que les resultaban menos adecuadas satisfacían a otros. No faltó perspicacia para descubrir en alguna presunta creación original, la huella del plagio descarado, descalificándose inmediatamente a los falsos autores. En otras, quedó plasmado el fruto de la fértil imaginación pero recortado con la torpe hechura de unas manos inhábiles.

En la colección estaba también representado el quiero y no puedo, el tente mientras cobro, el a ver si cuela. La exposición previa al fallo del singular concurso, consolidó la opinión de que la pieza más sorprendente de todas las presentadas era un hermoso reloj de precisión, concebido por su artista para que, siguiendo el ritmo de cada hora, varias figuras sincronizadas y en grupos siempre diferentes interpretaran canciones y danzas que fueron admiración general por su buen hacer, su ingenio, su técnica. Esa iba a ser, sin duda, la obra premiada, una creación adecuada para el original concurso.
 

El día de la concesión del premio, sin embargo, un jovenzuelo, alzándose sobre la mesa donde los objetos estaban expuestos, deshizo con un martillo aquella preciosidad, con cuatro golpes certeros, ante la estupefacción de todos. La impresión fue total. El comentario unánime fue que algo así realmente no había sido nunca visto, tanta desvergoncería, impensable, tanto escándalo, inaudito.

Así que, de acuerdo con las reglas, tuvieron que darle el premio al loco del martillo.
 

En esta sociedad, en donde dar la nota parece ser el objetivo más perseguido, no faltan desgraciadamente quienes, ante su incapacidad para alcanzar la admiración por arriba, parecen decididos a destruir lo que pueden desde abajo.

Como si se aplicaran el cuento, tal vez piensan que de este modo se van a llevar ellos algún premio, recogerán aplausos y se podrán comer solos la satisfación muy personal de que, al menos, ya que no han podido ser primeros, han destruído al vencedor. Ignoran estos candidatos permanentes a buscarle los tres pies al gato, la imperfección a los Davides, el error al locutor televisivo, el traspiés al político, el fallo al técnico, el hándicap a la idea, que destruir en poco tiempo la obra de arte más perfecta, está al alcance de cualquiera. Basta disponer de la suficiente mala intención, encontrar el momento, y utilizar un martillo adecuado. Con un poco de suerte, puede que hasta les sea posible conmocionar a un público.
 

Alguna fiebre está propagándose, porque, sin necesidad de fijarse mucho, se descubre por doquier a optantes voluntarios para concursos improvisados en los que, con su martillo en ristre, proclaman su deseo de que les den un primer premio. Con sonrisa de autosatisfacción, se convierten en especialistas en destruir lo que han hecho los demás, maestros en contaminar por dondequiera que pasan. Ridiculizan con presteza. Van con dentelladas al grano.

Si se trata de ecología, desprecian el esfuerzo por mantener la naturaleza y se conceden a sí mismos el premio de haber quemado un bosque, contaminado un río, destruído un paisaje: siempre podrán pagarse unas vacaciones al Africa impoluta. Si se está hablando de técnica, adoptan la forma de planificadores de poltrona para un mundo en donde la historia y la cultura cuentan poco ante los nuevos dioses que se llaman chips y se compran a cambio de cenizas, y quieren premio por enviar de un plumazo a venticinco mil mineros al carajo. Si se está discutiendo de futuro, se dejan embutir de sopa boba (alimentando la sesera con eslóganes de medio pelo: aprovecha el hoy, vive como quieras, mira sobre todo por tí mismo) pensando que los rotos se los arreglarán aquellos precisamente a los que están soliviantando a golpes de martillo.
 

La vida diaria está poblada, por fortuna, de ejemplos diversos en que muchas personas están aportando lo que mejor saben y pueden, y aunque, por desgracia, no siempre los premios se los llevan los mejores, al menos quienes los acompañamos tendremos que estar alertas para no dejarmos impresionar por los que mejor manejen el martillo. Y, por supuesto, revisar las condiciones de un Concurso de méritos en las que se llevarían los premios quienes nos rompieran las piezas más valiosas. 

Dibujos: El libro de Poemas

Dibujos: El libro de Poemas

Dibujo a lápiz, junio de 1995. Pensado como ilustración para el Libro de Poemas "Absueltos de todo don"