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El blog de Angel Arias

Al pairo: Que nos pongan un monumento

No sé cuántos somos, pero sí estoy seguro de ser uno de ellos.

Estas son nuestras credenciales (Escribo para españoles, pero seguro que cada país puede hacer su propia catalogación de méritos):

Hemos nacido entre 1940 y 1962, por lo que ahora tenemos (admito ciertas holguras) entre 68 y 56 años. No hemos vivido la guerra, pero hemos nacido en la postguerra, cuyas escaseces, temores y esperanzas hemos mamado en razón inversamente proporcional a la distancia al 36-39.

Fuimos muy aplicados; los que veníamos de una herencia de teóricos vencedores, porque había que ser bueno, trabajar duro y estudiar mucho para llegar a ese algo que era como la tierra prometida sin que nunca supiéramos qué era lo que se había ganado; los que veníamos de una estirpe de reales perdedores, porque había que romper con los estigmas, convivir con las represalias y vejaciones, olvidar el pasado y soportar ocultaciones, vergüenzas y mentiras.

Tuvimos muchos hermanos; nuestos padres se habían dejado convencer de que había que repoblar la tierra, y de que el pan no faltaría.

No faltó. Pero, como las carencias eran tantas, la duda fue siempre solo entre el huevo frito y la tortilla, el bocadillo de mantequilla con azúcar o la onza de chocolate, jugar con pelota de trapo y muñeca de cartón o quedarse en casa castigado el fin de semana por haber sacado malas, buenas o regulares notas.

 La diversión, sin embargo, era intensa. Aguardaban los milagros de Fátima, la guerra fría, el fin del mundo, el cometa Halley, el comunismo y mucha mala ostia escondida.

Para evitar pecados, no teníamos a disposición apenas cines, y, en los que había, nos prohibían ir a ver la espalda de Sofía Loren en Los cañones de Navarone hasta los dieciséis años, y si lo intentábamos, unos sabuesos nos pedían el carné como si les fuera la vida en ello y te apartaban de la fila. Había películas de ·3-R y hasta 4-R que no deberían verse por nada del mundo debido al gran daño moral que casusaban (y que hoy ponen en la tele en los programas infantiles). Ibamos a ver la televisión en blanco y negro al piso de arriba, con unos vecinos a los que iba bien.

En nuestras casas, siempre escaseaba el dinero y al fin de mes la escasez era carencia. Nosotros lo sabíamos y nos angustiábamos por ello; dábamos clases particulares, hacíamos recados para la tienda de la esquina, esperábamos como agua de mayo la visita de la tía soltera y  leiamos los libros de texto (heredados o prestados) a la luz de una bombilla de 20 w. Muchas veces, en todo el barrio o en la ciudad no había agua, porque habían roto las tuberías o tocaba sequía; teníamos la solución:  se guardaba el líquido en la bañera y se lavaba uno menos.

Pero lo más importante, y por lo que nos hacemos, en mi opinión, merecedores del monumento, es porque nos han engañado. No era clave estudiar mucho porque nadie lo iba a valorar, y era estúpido guardar ninguna creencia de las que se esforzaban en transmitirnos, porque eran falsas o infundadas. Las abstinencias de todo tipo -no ya las sexuales- a las que nos forzaron no eran sino el reflejo de la cortedad y carencias de los mayores.

Nunca pudimos reclamar nuestro sitio, porque ya estaba ocupado o se lo cedimos con largueza a otros más viejos -ahora, más jóvenes-, que decían tener más méritos, o que había llegado su momento, y, luego, que había pasado el nuestro.

No tuvimos niñez y nos acortaron la madurez hasta hacerla irreconocible, catalogándonos de amortizados cuando esperábamos nuestro turno, atónitos al  reconocer que las fórmulas por las que quienes se estaban alzando con santos y peanas, no eran los más listos, sino los listillos, no tenían que ver con las enseñanzas recibidas , sino con delitos o pecados. Y eso que nos habíamos forjado superando miles de pruebas, con una nebulosa consciencia de haber hecho varios mayos del 68, y del 70, y del 72, y del 78... No teníamos visiones, ni siquiera los que se pasaban de mano en mano, uno para decenas, los canutillos de grifa envueltos en tarjetas de visita. Fuimos visionarios.

 Nos cambiaron de planes de estudio cuantas veces les salió de las pelotas. Sabemos, por eso, de casi todo, y bastante bien. Sobre todo, cosas ahora inútiles: escribir con corrección, latín, historia, geografía...A los que hicimos carrera académica, nos costó otra carrera paralela de obstáculos: exámenes de ingreso, iniciación, adaptación, extinción, cursos puente...ni nos acordamos.

A los que habían hecho los planes anteriores al nuestro, siempre les daban algo por la gorra: les hacían doctores, titulados con acceso directo, profesores numerarios...Desde luego, los que conseguían el galardón, ya se ocupaban de hacernos más difícil el camino. Para que madurábamos, decían. Hicimos servicios sociales, milis y aguantamos putadas como nadie, para hacernos mujeres y hombres de provecho.

Trabajamos mucho, desde pronto. Los viernes por la tarde, los sábados por la mañana; a turnos, haciendo guardias, con solo una semana de vacaciones y con miedos al volver, sin complementos ni pluses. Cotizamos como jabatos, con esfuerzo cruel, a un invento que se llama todavía Seguridad Social y, aunque a algunos les tocaron con las varitas de magicas de las prejubilaciones  que nunca pidieron, a la mayoría nos dicen ahora que puede que no quede dinero, que los últimos quince años son los que valen, que tal vez haya que trabajar hasta los setenta para reducir el gasto social.

Qué coño con el género. Si varones, hemos respetado a todas las mujeres como ninguna generación lo había hecho nunca; fueron y son compañeras, amigas, colegas, sin que alardeáramos de nada más que de la satisfacción de tenerlas a nuestro lado y disfrutar del placer de contar con ellas, siempre más apegadas a la tierra, igual de laureadas en las universidades, pero sin empleos suficientes para todas. En lo sexual, desde luego, cada conquista era un triunfo; lo sigue siendo, aunque ya, solo para soñar despierto.

Si mujeres, han cuidado a todos los varones de la casa y hasta de otras casas, privándose siempre de los primeros bocados, comiendo muchas raspas y restos, abandonando muchos estudios para que los hermanos o los primos pudieran hacer su carrera, y han vivido y viven satisfechas con sus parejas, a las que idolatran, porque se saben vencedoras. Siempre fueron más listas, siguen haciendo lo que han querido. Las que quedaron solteras -o viudas-, lo del sexo han tenido difícil y se les ha convertido en imposible; dicen, para consolarse, que la soledad es lo mejor, pero sacan la boca pequeña.

Lo que hicimos de puta madre -perdón por la exprésión- fue educar a los hijos. Libres, sin privarlos de nada, sacándonos el bocado de la boca para darles confianza, diciéndoles a las claras de lo poco que valía la pena, previniéndolos de oscuros peligros y talantes, para que no tropezaran en las piedras en donde nos habíamos roto las cabezas. No sabemos el caso que nos habrán hecho, porque hablan poco de eso con nosotros. Pero los que se fueron, van volviendo. Creemos interpretar que nos admiran, entre las críticas que nos hacen por nuestra tendencia natural  al pesimismo.

No sigo... Para qué, si cualquiera puede concluir que lo tenemos archimerecido. Los que hicieron la guerra, ya tienen su Ley de memoria histórica. Nuestros padres están muertos o con Alzheimer. Quedamos nosotros de aquella historia. Que nos pongan el monumento, carajo.

Eso sí, hecho de nubes, para que nadie tenga la intención de pagar a un amiguete, con el dinero de todos, el grupo escultórico en el que se nos represente a nostros, en pelotas, riendo.

A sotavento: Utilidad, rentabilidad y pobreza de la blogosfera

Los blogueros son gente singular, aunque, puesto que su número aumenta -se dice- sin parar, es posible que su sicopatología, de existir, no tenga fácil ni uniforme diagnóstico.

¿Cómo es el bloguero tipo?. La imagen del genial engendro pictórico que Muchachada Nui llamó Enjuto Mojamuto, representa, seguramente, a muchos internautas, de los que los blogueros son una subespecie.

Para muchos familiares y amigos del friqui de las comunicaciones inalámbricas, el esterotipo del bloguero es un individuo enajenado, permanente sentado en escorzo antinatural, absorto ante una pantalla de cristal líquido, tecleando obsesivamente probables futilidades en su portátil para compartirlas con una secta de obsesos de oscuros placeres nada carnales.

Nada que ver con el bloguero. Un bloguero es un tipo muy normal, -a salvo quizá, en casos ya singulares, del tamaño desproporcionado de su ego-, que ha encontrado alguna utilidad en escribir con relativa frecuencia un Comentario en un lugar inexistente en realidad, llamado blogosfera, para que todo el mundo lo pueda leer, hoy, mañana, algún día. No importa que utilice un seudónimo o su nombre propio; el bloguero de pro, emparentado lejanamente con los que escribían frases ingeniosas y poemas rimantes en los retretes públicos, buscará siempre la notoriedad.

Por eso, el bloguero se ocupa de alimentar regularmente su pedestal, que es su blog. Puede que le dedique incluso media hora cada día, empleada en exprimirse duramente el magín, recoger noticias, comentarios y vídeos de otros, y enlazar a cuantos blogs de amigos y enemigos le parezca que puedan aumentar el tráfico que conducirá hacia su guarida intelectual. Ese flushback le dará idea -a él y a todos- del tamaño de su propósito.

Si emplea más de media hora en su blog, caben pocas opciones: o vive o quiere vivir de él, o está (pre) jubilado o, por rotura fibrilar le han prescrito reposo, o sería aconsejable que alguien le llevara al sicólogo.

Algunos blogueros utilizan esta forma de expresión para hacer publicidad de su negocio, actividad profesional o empresarial, en la esperanza de buscar clientes o conseguir tráfico remunerado hacia su dirección virtual. Para unos, la calidad de los visitantes será más importante a la hora de valorar el éxito de su esfuerzo; para otros, cuantas más entradas tenga su cuaderno, tanto mejor. 

Cómo conseguir una y otra, o conjuntamente la calidad y cantidad, es objeto de debates apasionados, de cábalas, de recetas mágicas, que los gurús de las "comunicaciones avanzadas" centralizan,  proponen, venden. Por cierto, l a calidad del bloguero no presupone la de sus visitantes (basta ver las tonterías que se escriben en los comentarios de blogs muy conocidos) y la cantidad de visitantes no supone la calidad del bloguero (basta comprobar el éxito de captación que tienen palabras como "tetas", "desnudo", "chicas", "pene" en el comentario más inane).

Hay un tipo de blog que, desde luego, merece escaso respeto, porque se le ve venir, y morir. Es el de aquél/aquella que, cuando está de campaña, solo/sola o en compañía de otros, abre su bitácora y, mientras dura el cuento, escribe promesas y críticas, para dejar caer el invento de inmediato cuando ya no le rinde gracia.

La blogosfera va teniendo muestra de esos cadáveres .virtuales, reflejo de la desfachatez real.  Porque, y esa sí que es una servidumbre de este espacio virtual, este mundo deja huellas difíciles de borrar, en cachés, páginas relacionadas, memorias persistentes en los arcanos de los circuitos integrados.

De los millones de blogs que forman este mundo, no hay tantos aprovechables, pensando en su interés o trascendencia más allá de un círculo muy próximo a sus creadores . Quizá unas decenas de miles.

Pero si bien se mira, son muchos. No hay ningún otro sistema que sea capaz de ofrecer, simultáneamente y a golpe de tecla, la oportunidad de conocer decenas de miles de opiniones sinceras, serias, posiblemente muy competentes, actuales, sobre miles de temas.

Ni el mejor periódico del mundo, impreso o digital. 

(Comparto esta entrada con el blog: http://alsocaire.blogia.com, en homenaje a los blogueros)

Usted tiene la sartén por el mando para decidir lo que desea leer, seguir, apreciar. Y sin pagar un precio especial por ello.

 

Jugando en corto: Testamento vital y distanasia

No debiera preocuparnos cuándo vamos a morir, sino cómo. No es lo mismo apagarse lentamente, que sufrir un infarto letal, quedar seccionado en dos mitades por un quitamiedos, morir en una misión humanitaria o en un atentado terrorista. Por supuesto.

La existencia actual de medios quirúrgicos y farmacológicos para prolongar artificialmente una vida vegetativa plantea con rigor la cuestión de la distanasia. Prolongar la vida de forma inútil. Generalmente, con sufrimiento del paciente. ¿Por qué razón, a qué pretexto?. Hay donde escoger: miedos con raíces religiosas, ignorancia, ávida dolar, investigación terapéutica no siempre documentada ni autorizada, falta de criterio, confianza en un milagro redentor, ...

Se habla mucho de la eutanasia, y poco o nada de la distanasia. Por supuesto, todos queremos tener una buena muerte, que es lo que significa eutanasia desde sus raíces griegas. Un final sin sufrimientos anormales, con los cuidados paliativos que nos permitan dejar sin estridencias dolorosas todo lo que nos ha venido preocupando tanto, cuando el cuerpo ya no nos sirva para representarnos.

Hagamos el testamento vital, ahora que estamos a tiempo. Mientras seguiremos atentos el desarrollo de la cuestión respecto a la eutanasia activa, que presenta varias aristas legales y éticas, nada nos impide declarar nuestro apoyo a la eutanasia pasiva. Una indicación precisa para que la ciencia médica -la de los médicos que saben como la de los que ignoran- no se esfuerce en darnos más de una vida cuando el proceso de nuestra enfermedad se haya hecho irreversible. No habrá gastos innecesarios, ensañamientos corporales, duelos atrasados.

Que se nos deje morir en paz, con nuestra paz natural. Si la enfermedad que nos ha atacado la cáscara de nuez es todavía incurable, al estado de la ciencia de ese instante, que no se nos mantenga ni un minuto más anclados a esa pretensión de eternidad que caracteriza la existencia humana aquí en la Tierra. Y que, por favor, se nos ayude a quitarnos dolor aunque ello vaya a acortarnos la vida, transformada ya en muerte. No queremos más méritos para la gloria celestial.

Démosle, en fin, la oportunidad de demostrar su existencia a las fuerzas del otro lado del espejo sin intentar sobornar a Caronte para que nos lleve dando un rodeo con la barca.  Y sin admitir que nadie se despache con lo que queda de nosotros, haciendo creer a familia y amigos que controlan el amasijo de tejidos que tienen entre manos, esperando uno de esos milagros que no llegaron cuando más los necesitábamos.

A sotavento: Servicios de comunicaciones deficientes, caros y engañosos

No hago encuestas sobre el tema, y, por ello, tengo limitado conocimiento de las experiencias que podrían aportar otros usuarios, pero la mía es nefasta.

Creí que Telefónica funcionaba mal -comunicación por internet lenta, ofertas confusas, atención desde el servicio de averías deficiente-; pero mi conocimiento  acerca de cómo actúa Orange me permite concluir que esta compañía es aún peor -servicio telefónico plagado de averías e interrupción de la conexión, imposibilidad de conectar fax con la misma línea telefónica, ofertas engañosas, servicio de averías sencillamente caótico.-

Otras compañías, por lo visto y oído, allá se andan, aunque me falta de alguna de ellas información directa. Sí la tengo de Uni2, y valga también como otro  ejemplo, que ha protagonizado hace uno par de años el hecho desvergonzado de reclamarme -con carta admonitoria de un servicio jurídico- el pago de un servicio que no me había prestado. Cuando respondí al requerimiento como se puede imaginar, nunca más supe del falso caso.

Los teléfonos de averías, incidencias o, simplemente, información al usuario, están  permanentemente saturados (en todas las compañías), lo que obliga a repetidas llamadas.

Una vez tenemos a un interlocutor al habla -después de teclear dígito tras dígito, siguiendo todo un árbol de opciones bastante confusas-, remite a Víctores Enriques y Claras Marcelas o Wistons, que, muy amablemente, eso sí, repiten lugares comunes (supongo que desde algún lugar de Hispanoamérica, o un consultorio de Getafe), con escasa capaz para adoptar otra decisión que no sea la de "vamos a chequear la línea" y darnos, finalmente otro número 902 para que le contemos a otro tipo gentil el mismo problema, después de hacernos repetir hasta la exasperación los datos personales.

Los usuarios deberíamos actuar, de forma masiva, para reclamar un servicio serio, competente y barato. La administración pública debería revisar con ojos severos el funcionamiento de las compañías telefónicas, los servicios que prestan y lo que cobran por ellos.

Basta de llamadas perdidas, avisos telefónicos inexactos, publicidad no deseada, números 902 que conducen a agentes permanentemente ocupados mientras corre el tiempo de conexión, etc., etc. Basta de guerras internas entre compañías, con negaciones y trucos de portabilidad, tiempos muertos, zancadillas a los servicios de otras.

Basta ya de dejarnos a los usuarios al albur de decisiones que toman teleoperadores, siguiendo rígidos protocolos de actuación que les dejan carentes de capacidad de respuesta a las cuestiones, incidencias o problemáticas que no estén en esos manuales ridículos que, además, son desconocidos por los usuarios, quienes parecen carecer de todo derecho a un buen servicio.

Por el buen funcionamiento de las comunicaciones, y por la seriedad en el cumplimiento de las prestaciones por las compañías obligadas a dar servicios de calidad, como prometen. Vamos mal, muy mal, en esto de las telecomunicaciones. Servicios deficientes, caros, y plagados de tomaduras de pelo hacia los usuarios.

A barlovento: Microempresas y beneficios sociales en un mundo insolidario

Muhammad Yunus, Premio Nóbel de la Paz -que no de Economía- en 2006 me ha parecido, desde que conozco de su existencia, tan simpático y buen comunicador como ingenuo. Un ingenuo listísimo.

Como suele acaecer con quienes nos hablan con cierta dificultad, pero con fluidez, en un idioma que no es el suyo, y que, siendo el inglés, entendemos los angloparlantes aficionados sin perdernos una coma, veneramos lo que nos cuentan, aunque si nos lo hubiera dicho un colega en nuestra lengua vernácula, con alta probabilidad lo hubiéramos puesto de vuelta y media, abriendo un debate lleno de aristas.

Lo que avala a Yunus es haber puesto en pié, surgido de la nada, movilizando la capacidad de trabajo de gente desahuciada, un entramado de estímulos sociales, políticos y económicos, sin precedentes en su país ni en níngún otro. Una actuación que despertó la atención mundial y que ha sido estudiada, copiada -bien y mal- y reanalizada por miles de especialistas, escépticos unos -casi todos los que utilizan la luz de los tratados de economía- y entregados los más -casi todos los que desearían que el sistema capitalista se fuera al carajo- .

Yunus disertó ayer en el foro de esa estupenda iniciativa que es la Fundación Rafael del Pino, y que preside la hija del recién fallecido, María, con seguridad, inteligencia y encanto. Las propuestas de la Fundación son siempre interesantes, de altura, y el éxito de las convocatorias, en lo que tengo visto por mí mismo, abrumador.

Es Yunus un economista atípico -antisistema, diría yo-, que explicó al auditorio, con empatía, los fundamentos de la fórmula del Grameen Bank, que concede microcréditos en Bangladesh, básicamente a mujeres sin recursos, y, en una segunda parte de su intervención, se  introdujo por los cerros de los proyectos empresariales que pretenden única y exclusivamente el beneficio social, no el económico.

No es cosa de explicar a estas alturas, y menos en este Cuaderno, en qué consisten los microcréditos. La fórmula del Grameen Bank, que  presta recursos mensuales próximos a los 75 millones de dólares, ha tenido un éxito inesperado en el país más pobre de la Tierra, poblado con 150 millones de habitantes y con una superficie equivalente a la de Castilla-La Mancha.

Defiende Yunus la idea, con la que estoy plenamente de acuerdo, en que la pobreza no es una característica de la persona, sino que viene impuesta al pobre desde fuera, por las fuerzas del sistema. Nadie quiere ser pobre, pero los que nacen en la pobreza, o los que caen en ella, tienen muy difícil salir de allí, si nadie les ayuda.

Creo que la fórmula del microcrédito es válida, prácticamente en exclusiva, para ayudar a las personas a que se muevan fuera del sistema, es decir de la economía del mercado. Los receptores traducen un bien sin valor de mercado -¡ay, el tiempo de que disponen!- en mercancías, servicios o bienes que, en general incapaces de competir con los producidos por las empresas mercantiles, son trocados o traducidos en dinero -a precios de dumping-.

Que Yunus alardee de que la fórmula es también válida en New York .el Grameen ha abierto allí una sucursal a principios de año- y, por tanto, en cualquier lugar del mundo, no debe hacernos ocultar que existen lúmpens, economías sumergidas, pobres paupérrimos y desarraigados en todos los lugares del mundo, con millones de necesitados a los que las entidades financieras tradicionales no prestarían cien dólares (o 70 euros).

Por eso, desde luego, su iniciativa es viable siempre que la producción de esos bienes extra-mercado se mantenga restringida (¿qué son, al fin y al cabo, unos cuantos cientos de miles de microempresas unipersonales en un país con una densidad de pobres de casi cien millones?.

Es la otra propuesta de Yunus la que me motiva nuevas reflexiones, que, para no dejar sin Comentario diario a mi otro blog, Alsocaire, quisiera desarrollar allí.

Jugando en corto: ¿Los guardias civiles, jueces y otras autoridades, tienen sexo, o solamente género?

La pregunta es, por supuesto una boutade. Una guardia civil con el traje verde bien apretado a las caderas, puede despertar admiración por su contorneado cuerpo. Una juez atractiva, aunque nos falle en contra, podrá suscitar mayor secreción de feromonas, haciendo el castigo más soportable. No es lo mismo que te ponga la multa un guardia de aspecto adusto que una policía con la blusa ajustada y, tal vez, parcialmente desabotonada.

Y, aunque estas visiones son realizadas desde la perspectiva masculina, es perfectamente imaginable, incluso para los más redomados machistas, que en las mujeres se despertarán impulsos de autoconsolación similares. No hace mucho oía a una periodista decir algo del "paquete" de un futbolista y a otra aquello de "no hay que perderse la visión de XX en calzoncillos".

Los políticos deberían ser elegidos entre los guapos, hacer gimnasia, y cuidarse el cutis. No es lo mismo que te hable de la crisis Zapatero o Carme(n) Chacón que Rubalcava o la vice, aunque la competencia profesional no guarde pareja con la física. Obama tiene las de ganar a McCain, y aún no me explico cómo Segolene Royal sucumbió ante Nico Sarkozy, salvo por la picardía del segundo de hacerse acompañar de bellas especímenes, casadas o solteras.

De la perspicacia del Cavalieri Berlusconi para hacernos olvidar sus implantes capilares y sus desplantes verbales con ministras sacadas de la pasarela, no cabe ni dudar.

La belleza tiene un efecto adormecedor, disminuye el dolor, y nos conduce a lamernos las heridas con menos lástima hacia nosotros mismos.

Se atribuye a Emilio Alarcos esta anécdota, que si no viene al pelo, le anda cerca. Dicen que en un besamanos que se formó al tomar posesión de la plaza el nuevo obispo de Oviedo, un devoto de los del pelotilleo, le comentaba (eran tiempos de Régimen): "¿No se acerca Vd. a besarle el anillo a Su Eminencia?". A lo que el futuro académico, con su seco carácter, le espetó: "No. Y no hace falta que emplee Vd. el diminutivo".

Cuando se autoricen obispas, las colas serán más largas, seguro.

A sotavento: ¿Miseria heterosexual?

Hace un año escribí en este Cuaderno algo que, supongo, sigue siendo válido. Este fin de semana, una vez más, miles de orgullosos homosexuales saldrán a las calles, disfrazados de sus peculiares maneras, como demostración exultante -al parecer- de su determinado comportamiento sexual, elevado a categoría definitoria de la persona en esta época en la que, en efecto, o te distingues por pertenecer a un grupo, o no existes.

Me sigue trayendo al pairo la orientación sexual de cada quisque: me da lo mismo que se dirija al sol que más calienta o al frío de la soledad más gélida. Pero no me da lo mismo que, ante mis narices, se haga ostentación o se alardee de lo que uno hace con su cuerpo entre las sábanas.

Será cosa de la educación o del pudor. Igual me pasa con esos tipos graciosetes que, a poco que nos descuidemos, nos ilustran con sus performances sexuales, o nos cuentan chistes para imberbes en donde se baten todos los récords de lascivia.

Por estas tierras, hemos olvidado esa expresión tan sabia por la que antes se cerraba la boca a todo impertinente: dime de lo que hablas, y te diré de lo que careces.

Me siento normal, un tipo medio, sin ninguna opción a la estridencia ni dotado de característica por la que sentirme especialmente orgulloso.

Es más, como quiero suponer que habría de sucederles a los demás congéneres que estén dispuestos a presentarse sin coturnos ante los demás, mi trayectoria como heterosexual pertinaz es más bien misérrima.

No es que me haya mantenido encerrado en el armario, pero es que me enseñaron ya desde la cuna a no hacer ostentación de lo evidente, y a no presumir de lo que no se haya conseguido, con el correspondiente esfuerzo, en Salamanca. De las cosas que da natura, tararura.

Jugando en corto: La Universidad española, Bolonia y el fútbol

El Comisario de la Unión Europea Jan Figel fue telonero de lujo de la presentación del Cuarto Estudio sobre la Situación de la Universidad española, que cofinancian las Fundaciones CYD  y Rafael del Pino. Por eso, el marco fue el Salón de Actos del Edificio Fortuny, que posee la Fundación que guarda memoria del creador de Ferrovial, y María del Pino hizo la introducción de los intervenientes, todos ellos perfectamente conocidos.

Como la nueva Ministra Cristina Garmendia se prodiga aún poco, el salón estuvo lleno de empresarios, catedráticos y funcionarios de pro, que iban, también a escuchar sus ideas. Por culpa de la apretada agenda de Garmendia tuvimos que esperar media hora a que empezara el acto, pero mereció la pena: no todos los días se tiene ocasión de compartir tiempo de trabajo -de 12 a 14h30- con tanta gente guapa.

La presentación del Libro la hizo Martí Parellada, que dibujó los claroscuros de la actual situación; por supuesto, con más claros que oscuros, porque no se trata de dar más palos que zanahorias desde una Fundación que se llama Conocimiento Y Desarrollo, y en la que Angel Gabilondo, sucesor en la CRUE de mi colega en Económicas de Oviedo, Juan Vázquez, es uno de los soportes intelectuales.

Todos cuantos hablaron lo hicieron bien. Me gusta siempre lo que dice Ana Patricia Botín- presidenta de CYD-, sensata e inteligente como pocas de nuestras mujeres en la élite. María del Pino, reciente la muerte de su padre -falleció el pasado 15 de junio-, estuvo, sobre todo, evocadora de su imagen; a veces a punto de saltársele las lágrimas desde el afecto.

Angel Gabilondo, habló de la "y" que da nombre a la Fundación auspiciadora del Libro, defendiendo una Europa universitaria diversa, homogénea, pero no uniforme. Gabilondo está a favor de los acuerdos de Bolonia, que propiciará la movilidad de los universitarios en el espacio europeo. (A los únicos que parece perjudicar este engendro bien intencionado es a los ingenieros superiores españoles, sucumbidos ahora en beneficio de los todavía llamados ingenieros técnicos y en perjuicio de la calidad global de nuestros futuros ingenieros "master"y de su capacidad para asimilar y conectar con una tecnología que se hará aún más sofisticada.)

Garmendia también se declaró partidaria de Bolonia, y de la necesidad de adaptar la educación universitaria a las necesidades sociales. Defendió la misnistra la urgencia de un Plan de modernización para la Universidad, que basó en los siguientes puntos:

-mejor financiación, eliminación de ineficiencias en los gastos y correlación entre financiación y consecución de objetivos; aumentar el nivel de competencia, facilitando la movilidad de profesores e investigadores (Nueva Ley de la Ciencia y la Tecnología);

-impulso a la proyección internacional, con nuevos incentivos (Fundación para la Proyección Internacional de las Universidades);

-incremento del valor del conocimiento generado en la Universidad, incentivando actitudes emprendedoras y la colaboración entre Universidad y la empresa;

-mayor compromiso de la Universidad con los retos sociales, económicos y ambientales.

Qué bien. Pues : A trabajar!. Como dijo Figel (además de la frase afortunada: "University puede ser el acróstico de Unity in diversity"): "España está en cualificación universitaria en el tercer grupo de las cuatro categorías europeas; en fútbol, está en la élite. ¿Por qué?", -se preguntó, para responderse-: "Porque a los españoles les gusta el fútbol, lo apoyan, y pagan muy bien a los jugadores".

Aunque el grueso de su discurso lo realizó en inglés, el Comisario europeo invitó, en un español leído con evidente esfuerzo, a "no dormirse en los laureles".

Cristina Garmendia no parece correr, desde luego, ese peligro. No perdió comba de ninguna de las intervenciones y tiene el rostro amable pero firme de quien está atent@ a lo que le sugieran, pero hará lo que le parezca mejor en cada caso.