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El blog de Angel Arias

A sotavento: El accidente del JK-5022. Un minuto de alboroto

El accidente de un avión de la compañía Spanair, -perteneciente al grupo escandinavo SAS, que es socio de Lufthansa, y que había presentado en julio de 2008 un expediente de regulación de empleo, con la extinción de más de 1.000 puestos de trabajo, -ha reabierto la cuestión de la seguridad aérea de las compañías que ofrecen vuelos de bajo coste.

En este momento, en prácticamente todos los escenarios, se trabaja desde la consternación y la presión del tiempo. También se están produciendo los gestos, las manifestaciones y la presentación de los rostros y actitudes estudiadas de quienes quieren aparecer al margen de toda crítica y responsabilidad. En sucesos dramáticos como éste preferiríamos que fuera la mala suerte, el azar, el único culpable.

Acabo de ver a los políticos de este país guardando un minuto de silencio en las calles -cada uno, con su grupo de adeptos, en general-. Muchos han interrumpido sus vacaciones y todos han hecho declaraciones -ya se puede comprender que triviales, cuidadas, neutras- sobre las razones del accidente expresando su solidaridad con el dolor con las víctimas. "Se aclarará todo hasta sus últimas consecuencias", es la frase más oída, mientras desde los centros de información, especialmente los privados, se van añadiendo preguntas, dudas, leñas al fuego de la incertidumbre.

Siguiendo ya la tónica que se va convirtiendo en costumbre -no del todo comprensible-, como en otras ocasiones en que se ha producido un accidente o una muerte que ha causado alguna conmoción pública, se han decretado varios días de luto oficial en diferentes lugares: Comunidades de Madrid y Canarias, ciudad de Zamora -en donde vivían algunos viajeros- ...

Otros lugares han suspendido fiestas. Los atletas españoles en China han sido entrevistados para conocer su impresión -ellos, que estaban de moda por otras causas-, y se ha solicitado del Comité de los Juegos que nuestros representantes lleven un brazalete negro en sus comparecencias deportivas, y que la bandera española ondee a media asta -peticiones que fueron denegada, con un argumento contundente: en otros casos, a otros países, en circunstancias incluso más graves, ya les fueron rechazadas-.

153 muertos de golpe -hasta hoy-, personas sanas que se empezaban sus vacaciones o volvían de ellas, son un estímulo dramático para mover a muchas reflexiones. Se especula en unos sectores, fundamentalmente periodísticos, alimentando la necesidad de saber más, forzando el morbo, sobre las causas del siniestro. ¿Fallo humano? ¿Negligencia de la compañía? ¿Riesgo innecesario?

Con más intención que oportunidad, el sindicato de pilotos, -el Sepla-, en su sección de Spanair (segunda compañía española)  emitió una nota contra los planes viabilidad de Spanair, que en su opinión, no garantizan el futuro de la compañía, sino que prolongan su agonía.

Permítaseme, pues, desde este Comentario, aportar mi minuto de alboroto. La mejor solidaridad con las familias de las víctimas consiste en aclarar, con todo detalle, qué sucede, si es que está sucediendo algo, con las compañías de bajo coste, y, desde luego, con Spanair. Necesitamos saber si están reduciendo la seguridad del pasaje para ajustar a la baja, en la dura competencia, los precios de los billetes. Queremos viajar barato, pero seguro. Por supuesto.

No tiene sentido que los viajeros soportemos largas colas ante los puestos de control, seamos identificados varias veces, tengamos prácticamente que desnudarnos para garantizar que no llevamos objetos metálicos, líquidos sospechosos, si los aviones que han de transportarnos no están sometidos a estrictas condiciones de seguridad. Se estaría haciendo una farsa a costa de nuestra buena voluntad y credulidad.

Particularmente, yo creo que la declaración de la compañía Spanair, y la posterior nota oficial respecto a las inspecciones que se están haciendo regularmente en los aviones, expresando el cumplimiento de los estándares y la seriedad de las inspecciones, forman un contexto oportuno, de apariencia seria y contundente, y que no admite alimentar especulaciones infundadas.

Quien tenga alguna información en contrario, debería aportarla, en lugar de criticar a ciegas, a tontas y a locas. Los que teorizan desde el desconocimiento, la falsa profesionalidad o la búsqueda del desconcierto, deberían abstenerse de jugar con el dolor de los afectados, su comprensible rabia, desazón, desconcierto..

Pero, desde la calma, sí expresamos un deseo firme. Queremos saber con absoluta contundencia si hay compañías de primera o de segunda en materia de seguridad, porque eso equivaldría a distinguir también entre categorías de viajeros, y no ya en cuestión de su poder adquisitivo.

Quizá hemos asistido con sentimiento de lejanía a esas noticias que, de vez en cuando, en un lugar perdido de Asia o Africa, hablan de graves accidentes de transporte, porque admitimos, en nuestro interior, que sus medidas de seguridad no están a la altura de nuestra tecnología occidental. La investigación de lo ocurrido debe ser libre, seria, técnica, transparente y contundente en sus resultados.

Bien está que guardemos minutos de silencio, cuando no tenemos otra cosa que aclarar o decir, porque, desde el afecto y la cautela, es, por supuesto, una forma óptima de manifestar nuestra sintonía con los que sufren.

Pero son muchos más los minutos, las horas, que llevamos de alboroto y que debemos dedicar al alboroto. Y yo, que he guardado en silencio varios minutos en la soledad de mi casa por los fallecidos, los heridos y sus familiares, contribuyo ahora con mi minuto de alboroto.  

 

Cómo no montar un restaurante: Las crisis (2)

Puede que Vd. pertenezca al grupo de aquellos que creen que un restaurante funcionará con base en unas directrices bien emitidas, y una visita ocasional al negocio, para comprobar que todo marcha como se espera. Si así fuera, no tenga ninguna duda: dedíquese a otra cosa, no se meta en este berenjenal, olvídese de montar un restaurante. Es el mejor consejo que puedo darle antes de que pierda su dinero, junto con la ilusión que le llevó hasta allí.

Tampoco se trata de que actúe como un obseso en la vigilancia del negocio. El ojo del amo engorda el caballo, pero el exceso de presencia, lo mata. Si Vd. no se autoemplea en el restaurante, -bien como gerente, o como jefe de cocina, nunca como jefe de sala- una aparición más o menos diaria por el local, preferiblemente no siempre a hora fija, y nunca al principio del turno, bastará.

No de la sensación de que está supervisando con ánimo crítico, sino que haga básicamente aportaciones constructivas, sin olvidar la alabanza ante lo que encuentre bien hecho. Charle con el personal, sin darle demasiada confianza. Dedique más tiempo a los que estén más arriba en la organizacíón, por aquello de que han de sentirse más próximos a Vd., y de su buen hacer depende la mayor parte de la buena marcha de su aventura.

Pase por alto los pequeños fallos, aunque anótelos en su mente o en una libreta. Pero actúe de forma inflexible cuando descubra algo que verdaderamente no le gusta y, desde luego, ante una falta de ética, limpieza o disciplina, sea inflexible. No olvide que un restaurante es un espacio en el que todo se conoce rápidamente entre los empleados, y que el único que puede ignorar lo que se cuece en él es Vd., si se anda por las nubes.

Puede que un día llegue con el mejor ánimo a su restaurante, -digamos un viernes por la noche-, y encuentre al jefe de sala que contrató hace diez días y que le estaba convenciendo de haber encontrado un mirlo blanco, recibiendo, manifiestamente borracho, con una botella de moet chandon a los clientes.

En ese momento, se le agolpará la sangre en la cabeza y tal vez será conveniente que, antes de actuar, le diga lo que haría yo.

Ante todo, le aconsejo que no arme ningún escándalo ante la clientela. Los que acuden a un restaurante, en su inmensa mayoría, no atienden a lo que sucede alrededor. ¿No se ha fijado qué rápido asimilan los comensales la caída de un camarero con una bandeja repleta de copas y botellas? Apenas un momento de curiosidad, y luego retornarán a sus conversaciones. La gente va al restaurante para divertirse con lo suyo, para comentar y ser visto. Lo que suceda con el marco que han elegido, a salvo tal vez de que alguien se corte las venas en su presencia, les importa un bledo,

Utilice esta situación en su provecho, ante un caso que le gustaría que no hubiera sucedido jamás. Haga de la situación, un ejemplo de su seriedad y firmeza ante cualquier actitud reprobable, venga de quien venga. Coja discreta pero firmemente a su jefe de sala por el brazo, y sáquelo de inmediato de la sala, diciendo al oído, marcando las palabras, que quiere hablarle. Después, fuera de los oídos de la clientela, pero ante el personal de cocina o sala que estén cerca -sin necesidad de haberlos convocado, obviamente- comuníquele que no está en condiciones de asumir el servicio, y que queda relevado de él,  por lo que le aconseja que se cambie, vaya a casa y descanse. "Mañana hablamos", le dirá.

Normalmente, su empleado protestará. A lo peor incluso levanta la voz. En circunstancias parecidas, tengo noticia de empleados que han reaccionado gritando "Esto lo hace porque soy homosexual" o "Estoy perfectamente. Vd. no tiene derecho a echarme de aquí, de mi puesto de trabajo, o "Le denunciaré".

Será bueno que le recuerde que la capacidad de dirección final de un negocio es del empresario. Así que, diga lo que diga su empleado y amenace con lo que amenace, envíelo a su casa, dejando a los demás por testigos. Si se le pone borde -lo que será más extraño- no dude en llamar a la policía.

Tenga la seguridad de que al día siguiente, correctamente lavado y planchado, su brillante candidato a jefe de sala, dirá que ha tenido un mal momento y que le gustaría quedarse en el restaurante, prometiendo no repetir. No quiero aparecer como un ingrato, pero mi consejo es que le de la liquidación  y se despida cordialmente, deseándole mucha suerte.

(sigue)

 

Cómo no montar un restaurante: Las crisis (1)

Son muy variadas las crisis que pueden presentarse en un restaurante en funcionamiento, porque, como ya escribí en otro capítulo, un negocio de restauración es un microcosmos en pequeño. No importa que Vd. haya sido alto ejecutivo de una multinacional, le aseguro que el día a día de un restaurante, si lo vive desde la cercanía le garantizará problemas y emociones como nunca tuvo ocasión de superar.

Las crisis de carácter más delicado, que pueden llevarle a perder todo el dinero que puso (y más), pueden venir motivadas desde diversos frentes. Las peleas entre los socios sobre la forma más adecuada de llevar el local o tratar a la clientela -se darán incluso aunque el restaurante vaya bien-, son la causa más frecuente por la que las esperanzas de éxito se van al garete. No las abordamos en este capítulo.

Me refiero aquí exclusivamente a las crisis de funcionamiento en el día a día. Mercancías que no llegan, jefe de cocina que se pone enfermo y avisa cuando el servicio está a punto de empezar, el jefe del sala y el segundo de cocina que se enzarzan en una discusión con amenaza de llegar a las manos sobre si debe atenderse o no una petición de sustituir el crujiente de verduritas que acompaña al solomillo de buey por unas patatas fritas, ...

Podemos dividir las dificultades diarias en cuatro grandes tipos: relativas a los productos, el personal, la intendencia del local y los clientes.

Normalmente, Vd. no participará en el servicio. Como ha puesto el dinero y su vocación de restaurador le viene como una derivada de su impulso empresarial, vamos a aceptar que Vd. no sabría cómo atender a cincuenta o sesenta personas que esperan que se les sirvan sus comandas, cómodamente sentados ya a la mesa, en animadas conversaciones, esperando que la comida y el servicio alcancen el nivel que se les ha prometido.

Pues más le vale que aprenda de inmediato a ser un aceptable jefe de cocina y un pasable jefe de sala. Porque le puedo garantizar que le tocará hacer de ambos, además, por supuesto, de chic@ de los recados, limpiador@ del office, responsable de la mesa de salida, electricista, policía, camarero, sumiller y cocinero o encargado de los postres.

Sin olvidar que, como se está jugando su dinero, no deberá dejar por un momento de ser, además, el gerente, el responsable máximo de lo que sucede allí. Para recoger las notificaciones del Juzgado de lo Social, para atender a los inspectores de calidad o laborales, para responder a un cliente con dolor de estómago que quiere ver a quien manda allí de inmediato, o para zanjar cualquier desequilibrio que amenace con ir a más (muchos).

Cómo no montar un restaurante: Los precios de la carta (2)

Hay un axioma no escrito, pero aceptado por todos los restauradores de éxito, que supone admitir que los propietarios de un negocio ganan dinero, sobre todo, allí donde los clientes no deben sospechar que lo hacen. A esto se une otro principio y es el de que un buen negociante debe ser espléndido con sus parroquianos. La tacañería no produce beneficios.

¿Cómo se conjugan ambos postulados?. Con la imprescindible dosis de picardía. Algunos restauradores poco escrupulosos, aunque ingenuos, cargan los precios de las bebidas pretendiendo así que los visitantes se sentirán atraídos por los relativamente bajos valores de los platos de comida, para, después, meterles el gancho en lo liquido.

Error. Puede que sus clientes no conozcan lo que cuesta un Chateau Lafitte (tampoco se lo habrán de demandar, salvo que celebren que les haya tocado la lotería), pero todos tienen más o menos la idea del precio de un Rioja de cosechero o una lata de cerveza. Y, además, todos sabemos el esfuerzo que supone descorchar una botella, aunque después se utilice decantador y el sumiller lleve cuchara de plata al cuello.

Por tanto, si Vd. multiplica por cuatro o cinco los precios de los caldos, ándese con cuidado, porque espantará a su potencial clientela, más que se colocara una riestra de ajos a la puerta o se dedicara a freir sardinas frente al recibidor (salvo que esas actividades constituyan su negocio principal).

Guarde, pues, una proporción adecuada en los precios de los alimentos que ofrezca, de forma que no se note demasiado su afán por amortizar rápidamente las inversiones que ha hecho. Como tampoco se trata de que regale los productos, multiplique por 3 lo que le haya costado el vino de la casa -se supone que el más barato- y por 2 o 2,5 el resto de las bebidas, amortiguando hasta 2 e incluso 1,5 los caldos más caros.

Piense que lo más importante es la rotación de las existencias. Si alguna bebida no se vende, suprímala de la carta de inmediato, y bébase las botellas con los amigos, o en la agradable soledad de una noche de descanso, si tiene la suerte de disponer de ella.

Cómo no montar un restaurante: Los precios de la carta

Poner precio a los platos y bebidas de la carta no es tarea sencilla. Allí se juega Vd. el beneficio, que es la diferencia entre lo que factura a los clientes y lo que le cuesta mantener el restaurante abierto. Los costes, como ya tengo escrito, son muy fáciles de calcular; los ingresos, sin embargo, dependen del número de personas que entren a comer o cenar a su local, y lo que cada una consuma de media.

No tiene porqué temer equivocarse algo al principio, en escribir los precios de la carta. No se trata de que a las tres semanas de abrir el restaurante ponga patas arriba todas las cifras, pero podrá utilizar cierta tolerancia. Por fortuna, ahora basta con publicar a la entrada del local, y, por supuesto, en las cartas que entregue a sus visitantes, los precios de los productos. No hace falta llevar a ninguna Comisión de Precios para que le sellen la relación.

Así que puede cambiar todos los días sus precios, si le apetece, pero no se lo aconsejo. Tampoco tiene sentido en un restaurante que anuncie “rebajas de temporada” o “todo a mitad de precio hasta liquidar existencias”, porque esa medida no le servirá para atraer clientela. Un restaurante tiene sus servidumbres y la gestión del mismo, presenta especialidades.

Tampoco es conveniente que ponga decimales a los precios de platos, ni que los anuncie, como se acostumbra en otros negocios, rebajando un céntimo el precio para cambiar de unidades o decenas, para confundir al personal creyendo que ha de pagar menos. No venderá más por ofrecer el solomillo de cebón con patatas confitadas a 21,99 euros o a 22. Lo único que aumentará serán las monedas de céntimo que se acumulen en la caja registradora, que sis empleados le irán dejando, al cambiar las propinas.

Funciona mejor tener cifras redondas. Hay que indicar el precio final, incluído iva, por lo que no vale poner “ensalada del chef” a 6 euros más iva, sino que hay que escribir, que la ensalada le costará al cliente 6,42 euros. Mejor, redondeando, 7 euros.

¿Cómo calcular el precio que el cliente está dispuesto a pagar? Existe un procedimiento complicado para calcular el que a Vd. le gustaría que pagara como mínimo, que es hallar el escandallo de cada plato, incluyendo la dificultad de ejecución, y multiplicar por 2 o por 3. Puede incluso multiplicar por 40 si Vd. pertenece a la élite de los cocineros mediáticos y le hubieran dado un programa de televisión para que explique cómo se hace una tortilla francesa con hierbas aromáticas, pero supongo que no es el caso.

Lo mejor es dividir los platos en dos o tres grupos, y poner a cada grupo precios más o menos similares. Las entradas, por ejemplo, que se dejan compartir, entre 9 y 15 euros. Los pescados y las carnes, entre 20 y 30 euros. Los postres, de 5 a 7 euros.

Puede poner precios más altos a un par de platos especiales, sobre todo si se trata de productos que la gente asocia a calidad. Nadie se extrañaría se el foie de canard con huevos de codorniz y mermelada de naranja amarga está en su restaurante a 25 euros, salvo los que conocen de verdad lo caro que está el hígado de pato. Para la inmensa mayoría, si se les preguntara, el precio estaría justificado po lo caro y difícil que es encontrar canarios, codornices macho y confitura realizada por la propia Reina de Inglaterra con los cítricos que le regalan en Sevilla. 

(sigue)

 

Jugando en corto: entre caspias y garapiellos

Antes de entrar en materia, tengo que aclarar para asturianos que no hayan crecido en la aldea, que la caspia -o jaspia- es la parte de la fruta carnosa, sea pera o manzana, que alberga las pepitas; y los garapiellos son las brácteas de las flores del avellano que, cuando se convierten en el preciado fruto, lo sostienen hasta que, maduras, se desprenden las avellanas o ablanas.

Los chavales de mi tiempo -y, desde luego, los de generaciones anteriores- cuando veíamos a un compañero comer una jugosa pera, le pedíamos: "Déjame la caspia, ánda". Y si estaba de humor, el colega nos cedía el resto de la fruta, para que, al menos, disfrutáramos de algo de lo que él había tenido en mayoría. La caspia se tira hoy tranquilamente y, como las cabezas de las sardinas, las raspas y los mondos, ya no tienen valor alguno salvo para la empresa que recoge los residuos y nos los hace pagar a 30 o 200 euros la tonelada, según los hayamos clasificado en los contenedores.

Los garapiellos se utilizaban como un indicador estupendo para saber el estado de la avellana. Normalmente, la fruta madura caía sin ese adorno inútil, pero si se encontraban juntos, era señal de que la avellana tenía gusano, estaba podre o no valía la pena de la agachada.

Me acuerdo hoy de estas palabras del bable de mi infancia, porque sospecho que hoy día, tiramos muchas caspias y recogemos bastantes garapiellos. Y allá vamos, cargados con lo inútil y sin haber disfrutado del último resto de lo provechoso que, como todo lo que anuncia períodos de escasez, es, si bien se mira, lo más sabroso. Vuelven tiempos adecuados para distinguir entre caspias y garapiellos.

A barlovento: Ideas para transformar Madrid en la ciudad ideal

Los habitantes de Madrid se dividen, groseramente, en dos grandes grupos: aquellos a quienes entusiasma la ciudad, y los que la padecen cordialmente. Es imposible odiarla, porque, cuando alguien está a punto de desesperación, surge algún elemento que nos hace perdonar sus faltas, al comprender que ella no es culpable de su estado, sino que han sido los hombres quienes se esforzaron y esfuerzan en hacerla casi inviable.

Madrid carece de centro, de monumentos relevantes, de vida ciudadana realmente compartida. Ha sido destruída múltiples veces, ignorada su historia, convertida en una ciudad de placas, de aquí-estuvo, de vestigios. Le falta homogeneidad arquitectónica, no se han respetado las áreas más antiguas, su catedral -tardía y pretenciosa- ha sido atiborrada de horribles pinturas en honor de un artista muy cuestionable, dios de su entorno.

Madrid es una ciudad bastante sucia, con multitud de obstáculos injustificables para el viandante, mal señalizada, con pocos espacios verdes reales -aunque mucho árbol plantado sin ton ni son-, con grafiteros que campan sin control ni arte, con demasiados vagabundos y barrios marginales muy poco cuidados.

Madrid tiene un tráfico caótico, irreverente con el peatón, incumplidor de las normas más elementales, dado a aparcar en doble fila junto a locales de diversión y restaurantes de lujo. Madrid es ruidosa, con una policía municipal con aires poco profesionales, y mucho reglamento incumplido, plagada de locales de negocio sin licencia consentidos.

Pero Madrid es mucho más. Tiene la mejor concentración de museos en apenas unos centenares de metros de los que ninguna otra ciudad podría vanagloriarse, con obras de un prestigio incuestionable. Para el amante de la pintura o de la escultura, Madrid es un regalo a los sentidos.

Madrid tiene barrios con un ambiente inenarrable. Allí se agrupan gentes variopintas, con buen rollito, con ganas de vivir y manifestarlo. Se puede tomar una copa (o varias) sin que el bolsillo se resienta apenas; se puede comer de fábula por poco dinero, y hay mucho donde elegir; se puede ir de compras y mirar decenas de comercios de moda, de comunicaciones, librerías, etc, viendo mucho en una tarde y teniendo la sensación de haber encontrado siempre algo de calidad y a buen precio.

Madrid tiene un cielo de película, con atardeceres propios de un cuadro de Tiziano, poblada por personajes de El Greco y Velázquez y con apariciones sorprendentes que no igualarían Zurbarán o Murillo.

Madrid está en el centro de casi todo lo español, que acoge con cariño y roturas expone con fervor. Tiene un aire provinciano que entra por los sentidos sin apabullar, pero no está exenta de aires de grandeza, bien fundamentados, en algunas zonas donde se hacen negocios de capital y mejoran las fortunas de los que ya tienen mucho, sin que, por su aire tan abierto, se pueda decir que el advenedizo no encontrará un lugar, si viene con ganas.

Yo propondría para Madrid una modificación sustancial de las calles peatonales, entrar a saco en las direcciones -sentidos, diríamos mejor- de sus calles (eliminando muchas de doble circulación), y creando verdaderos centros para la vida de barrio, con plazas frescas, arboladas y bien cuidadas.

Yo propondría para Madrid una revisión historicista, recuperando de la historiografía algunos monumentos perdidos. No pasa nada. Otras ciudades, que han perdido por la guerra o por la desidia monumentos del pasado, los han reconstruído o reimaginado, y hoy los enseñan con orgullo. Sería una buena ocasión de terminar con esos solares abandonados a la inmundicia y a la espera de la especulación rentable. El Ayuntamiento (y otros poderes del Estado) deberían plantearse esta rehabilitación monumental.

Yo propondría para Madrid sacar los coches del centro, con decisión, y convertir también, estratégicamente, en peatonales, muchas otras zonas. Sería necesario revisar la conexión entre las líneas de autobús y metro, demasiado densas en servicio en ciertas áreas, y descuidada en otras.

Yo propondría para Madrid una nueva indicación de las calles, de los monumentos y zonas de interés turístico (por ejemplo, a la salida del metro, expresando claramente las direcciones de los elementos singulares); eliminaría muchos estúpidos anuncios -mobiliario urbano, lo llaman- que obstaculizan al viandante, suprimiría los bolardos de baja altura, tan peligrosos para las canillas del paseante; crearía zonas wifi en casi toda la ciudad.

Yo propondría para Madrid la plena recuperación del paseo de Manzanares, entroncándolo con la ciudad. Crearía un Plan de estética urbana, señalando los edificios horribles, que estarían condenados a la desaparición, revisando las alineaciones de las fachadas y generando elementos decorativos -se puede hacer tanto con algunos adornos y plantas- en todas ellas.

Yo propondría...

Jugando en corto: El Ministerio de Vivienda entra en la cacharrería

Beatriz Corredor, la ministra de Vivienda del Gobierno de España, es una mujer delgada, con aspecto de ser concienzuda, tenaz y algo nerviosa. Vistió una chaqueta verde tapete de juego de póker y un pantalón crema algo ajustado para presentar, en el Foro de Economía de Cinco Días su programa de medidas contra la grave crisis del sector.

Empezó su disertación un poco acelerada, leyendo lo que traía escrito, y acabó contestando a todas las preguntas que le trasmitía el moderador con aire de dominar cada vez mejor el espacio, convenciendo. Ventajas de  quien desde el principio admitió que la situación es gravísima, que no tiene bola de cristal para saber cómo va a continuar, y que lo que le preocupa no son tanto los empresarios caídos del sector, sino los ciudadanos de a pié que necesitan de una vivienda.

No dejó de referirse a la subida de los precios de la que se disfrutó durante los últimos diez años, con un incremento del suelo del 500%, y que motivó que la evivienda fuera refugio seguro a la inversión y utilizado como medio para enriquecerse e incrementar el pasivo. Sin embargo, para ella, lo idóneo sería que el sector de la vivienda siguiera paralelo a las evoluciones del ipc, y lo ocurrido en los últimos doce meses, con un incremento en los precios de vivienda del 2,4% le parece cercano al óptimo.

Tuvo un guiño la ministra hacia las empresas del sector, en las que dijo confiar, "que han tenido que convivir con especuladores profanos", en un sector que ha significado el 7,5% del pib en 2007, y que alcanza hasta el 18% cuando se considera todo el conjunto de la actividad constructora.

Repartiendo afectos, también expresó su "confianza y fortaleza en el sector financiero español, que tiene la obligación de aprovechar esta situación transitoria" y superar la difícil coyuntura. El Gobierno "no pretende influir distorsionando la economía de mercado inyectando ayudas a las empresas en crisis", sino elevando a 1,5 millones el número de viviendas protegidas, aumentando así la oferta de alquiler.

Esta parte del razonamiento me resultó confusa. Si sobran viviendas en relación con el mercado, ¿por qué contribuir aún más, con dinero público, a su deterioro, ofreciendo más habitáculos y comprando suelo?

Se está trabajando, dijo, en el reglamento de desarrollo de la Ley de Suelo de julio de 2007, que obligará a someter a información pública todos los convenios urbanísticos, y la identificación de los promotores, así como la disponibilidad previa de agua, dedicando un mínimo del 30% a vivienda protegida.

El problema básico a resolver, según el Ministerio, es la escasez de "suelo urbanizado", por lo que mantendrá conversaciones para movilizar suelo con los Ministerios que "poseen grandes cantidades" y con la FEM. Se hará una oferta pública de adqusiicón de compra de suelo por Sepes, que añadirá 300 Millones de euros a sus disponibilidades normales, como una primera oferta.

Se detuvo la ministra en explicar el procedimiento, que supondrá una invitación a presentar ofertas, en octubre, con un plazo de 3 meses, que serán sometidas a estudios de viabilidad, reservándose Sepes la opción de compra por otros 6 meses, y valorando la disponibilidad para trasferencia inmediata, la ubicación en poblaciones con mayor demanda de suelo y la relación de precios de compra respecto a la oferta de vivienda, siguiendo modelos de vivienda protegida.

En cuanto a la rehabilitación, el Plan Renove, a través del ICO, movilizará 200 millones de euros/año para este capítulo. De las 25 millones de viviendas existentes en España, más de la mitad superan los 30 años. Por su parte, el IDAE estima que la aplicación estricta del Código Técnico de la Edificación supondría un ahorro energético del 30 al 40%.

No se olvidó de referirse al ámbito rural, en el que viven 18 millones de personas (más del 40% de la población). Se desarrollarán Planes de estímulo en coordinación con la Comisión de Desarrollo Rural, pretendiendo recopilar en un solo tecto las Políticas Urbanas y las de Desarrollo Sostenible, generando también un Marco Regulatorio Básico para la Rehabilitación Urbana, promoviendo el uso más eficiente del patrimonio existente.

Mucha tarea por delante, y un buen talante por parte de la Ministra. La cacharrería del sector de la vivienda, en la que se han estado cometiendo tantos errores, aguarda, convulsa y expectante, la plasmación de ese cúmulo de buenas voluntades, mientras el chaparrón arrecia, pero el aviso para navegantes no pudo ser más explícito: "El dinero público no está para resolver problemas de las empresas en crisis, sino para medidas estructurales".

No sé quién asesora a la Ministra, pero su discurso tiene cierto tufillo a que algunas de las ideas no han sido contrastadas con las necesidades reales del mercado que, no hay que olvidarlo, lo conforman promotores, constructores y, por supuesto, los clientes. Si el Estado se decide a intervenir en el sector, habría que cuidar todas las consecuencias de una actuación pública. Las viviendas de protección oficial han supuesto siempre un elemento más de especulación y una distorsión real sobre las leyes de la oferta y la demanda, de la que no siempre -ni mucho menos- han sido favorecidos los más humildes...