Blogia
El blog de Angel Arias

Temas de restauración

Al socaire: Cómo no montar un restaurante: Los postres (2)

Cada vez que se incorporaba un nuevo ayudante de cocina al restaurante, la prueba del nueve que para el/ella tenía preparada el chief (léase chéf) del momento, era confeccionar la tarta de chocolate de marras. La receta estaba escrita en un cuadernillo que mi paciente esposa había recopilado con las fórmulas magistrales de los platos que se habían ido consolidando como los más significativos del local.

Allí estaban las recetas de las habitas baby con lascas de jamón, el torto de maíz con revuelto de hongos al aceite de trufa, los chipirones rellenos de butifarra en salsa de calamar, el cochinillo confitado con puré de manzana,etc., y... la tarta de chocolate.

Esa tarta de chocolate tenía, junto a la receta escrita, una explicación de su origen que yo transmitía de forma oral, dándole los toques de misterio y poesía que la anécdota y el producto requerían.

Una vez, allá por los orígenes del restaurante, la infanta Da. Pilar se había interesado por la tarta de chocolate que, sin duda, tendríamos incluída en nuestra oferta de postres. Horror, no teníamos. Por tanto, la futura suegra de Laura, con su carismática sencillez, nos anunció: "Mañana le digo a Fé que venga a enseñar al cocinero la tarta que les encanta a mis hijos".

Yo no estaba allí, pero me contaron que, puntualmente, a la mañana siguiente, apareció una mujer menuda -ya no se si en mi imaginería la dibujé enlutada y con mantilla- anunciando, modesta: "Soy Fe". Le hicieron sitio en la mesa de operaciones, diéronle los ingredientes que requirió y con manos mágicas y paciencia probada, ante los ojos burlones de los habitantes asalariados de la cocina, realizó sobre la marcha varias tartas de chocolate, esponjosas, sabrosísimas, justamente crujientes, perfectas.

No tuvimos ninguna duda en incluir de inmediato la tarta de chocolate en la carta de postres y, como no podía ser de otro modo, en honor de la autora, la llamamos "Tarta de Fé". El que sería uno de los platos más vendidos de toda la historia de AlNorte.

Pues bien. No fallaba nunca el que, a poco que nos descuidáramos, el recién llegado a cocina modificara la sencilla y eficiente receta con aportaciones improvisadas de su supuesta genialidad o, más seguramente, de uno de los peligros más graves que acechan al restaurador: el deterioro implacable de todo aquello que no se vigila.

Había quien decidía suprimir el baño maría, a lo mejor, porque no sabía lo que significaba. Otros, no precalentaban el horno. Aquellos, ponían una capa de demasiados centímetros de masa en la bandeja. La cantidad de seudotartas de Fe que no superó el control de calidad, estético y sápido, fue innumerable, para desesperación de los propietarios y de los responsables de cocina.

Cómo no montar un restaurante: La tarta de Fé

(A continuación, copio parte del Capítulo de mi libro "Cómo no montar un restaurante". El título del Capítulo entero es: "Los postres"; algunos otros Capítulos se podrán leer en la sección de "Artículos de restauración" de este Cuaderno)

Es algo generalmente admitido que la mayoría de los chefs de cocina no son buenos reposteros. Incluso entre los cocinillas, la cuestión de la dulcería es tenida como un arte menor, por el que pasan de puntillas.

A pesar de que, como bien corre el dicho, a nadie amarga un dulce, los últimos platos de una buena comida se descuidan. Tanto en las manducas de negocio como en las de placer, los clientes desdeñarán mirar la carta de postres, y pedirán con tono de suficiencia: "A mí un descafeinado de máquina con hielo" o recurrirán al tópico de: "Pónganos una tabla de postres para compartir".

La razón próxima del desprecio hacia el postre elaborado está en que son muchos los iletrados en las cosas de la cocina que piensan que cualquier cosa dulce está chupada. La razón remota es que pocas veces será incomestible una combinación, incluso alelatoria, de harina, leche, mantequilla y huevos, con tal que lleve la suficiente cantidad de azúcar y a la masa bien batida se la haga cocer hasta que salga limpia de restos de la tartichuela la aguja de calcetar.

No es este un libro de cocina, sino de economía gastronómica y, por eso, me limitaré a contar cómo elegimos la primera carta de postres en nuestro restaurante y, en especial, nuestras vicisitudes con la más genial de nuestras ofertas, que se convertiría en referencia confitera del local: la tarta de Fé.

Cientos de veces conté la historia de ese postre a mis encantados clientes y otras tantas veces dí la receta de memoria. Como pertenezco al grupillo de los que no aman lo dulce más que murmurado al oído, no estoy seguro de haber sido siempre exacto al detallar las cantidades de cada ingrediente. Por eso, y como expiación, quiero empezar este capítulo escribiendo la verdadera receta de esta tarta de chocolate, que nada tiene que envidiar a la Herrentorte ni a la Sachentorte ni a todas cuantas tortas achocolatadas se hacen por el mundo:

(para 8 personas)

Fundir con leche entera en un cazo 300 g de chocolate negro (el líquido debe cubrirlo); añadir luego 175 g de mantequilla y 300 g de azúcar; batir intensamente, para homogeneizar, y añadir, uno a uno, ocho huevos (claras y yemas); seguir batiendo mucho, a mano o con la máquina. Echar en un molde previamente mantecado, del tamaño adecuado para que quepa en otro más grande, que se llenará de agua hasta casi los bordes. Cocer al baño maría, en horno precalentado a 180º, durante 45 minutos. Acompañar de sorbete de menta, fresa o café.

(Nota: existen diversas opiniones de cuál es el helado -si es que hace falta este añadido- que mejor completa, en equilibrio, la textura de esta tarta; a mí me gusta acompañarla de sorbete de café, pero otros expertos -más doctos- dicen que la mezcla es casi una aberración; otra más, alabada sea).

Al socaire: Cómo no montar un restaurante: El personal (2)

(Este es uno de los apartados de mi libro "Cómo no montar un restaurante", del que vengo ofreciendo en este Cuaderno algunos retazos parciales, a la espera de su publicación completa. La primera parte de este Capítulo, dedicado al "Personal", ha sido ya incorporado al blog con anterioridad. Otros capítulos y apartados pueden verse en otros lugares del Cuaderno, en el que, hasta el momento, he reservado los momentos de mayor enjundia, por simple táctica publicitaria).

¿Cuántas personas necesitará emplear en su restaurante?. En el supuesto de que Vd. no quiera (por el momento) mancharse las manos con el duro trabajo de la restauración, hay algunas reglas del pulgar útiles para principiantes con las que resolver este dilema. Una de las reglas más utilizadas por los expertos es que debe contar con un camarero cada 15-20 comensales. Empleando esa proporción, si su local tiene capacidad para, digamos, ochenta comensales, necesitará 4 o 5 camareros, y un/una jefe de sala.

La misma regla aconseja tener el mismo número de emplelados en cocina. Serán necesarias, además, dos personas en el office (a turnos). Es decir, su local daría empleo a unas 10-12 personas. Los costes fijos de esta decisión, teniendo en cuenta los actuales salarios reales del sector, incluídos los seguros sociales a cargo de la empresa, subirán su nómina mensual a unos 20.000 euros.

Si aplica una nueva regla de tres, y admite que la facturación ha de triplicar los costes de personal (una tercera parte para las materias primas y una tercera parte para alquileres o rendimiento al capital y otros gastos generales), mal le irán las cosas si no consigue facturar, en promedio, 60.000 euros mensuales. Puede entretenerse también dividiendo esta cifra por el número de comidas que pretende dar en ese mismo período, para obtener el precio medio del servicio para su clientela. ¿Sorprendido?.

Mi consejo es que se olvide de la regla nemoténica, y, sobre todo, no cuente con una plena ocupación desde el principio. Pero es que, además, mucho dependerá del tipo de restaurante que Vd. desee lanzar a la palestra competitiva. Muchos de los restaurantes de éxito funcionan perfectamente con un camarero cada 30 comensales, y el cliente advertirá una atención perfecta. Otros restaurantes de supuesto postín tienen un camarero cada 10 personas y los clientes tienen que hacer aspavientos de lo más enojoso para llamar la atención del distraído "profesional" que parece preocupado por dirigir su mirada hacia cualquier sitio, diferente de aquel donde se le demanda atención.

Quiero con esto decir que, si Vd. tiene suerte y ha sabido seleccionar a verdaderos profesionales de la restauración (rara avis, como irá sabiendo), puede que le baste con 2 personas en sala y un jefe al que no le duelan prendas de echar una mano donde se le necesite, y atenderán perfectamente a los 40 o 60 clientes que, en un día de aparente ajetreo, darán la impresión de que su local está lleno. En cocina, un chief diligente, que haya sabido preparar con antelación los platos, dejándolos a falta del toque final, sabrá sacar el máximo provecho a su reducido equipo de 2 cocineros, a los que habrá adoctrinado previamente para que sepan, prácticamente, hacer lo mismo que él, y a los que repartirá el trabajo en la medida que el avance del servicio lo vaya requiriendo.

Cuando mis socios y yo empezamos nuestra aventura restauradora, nos preocupaban, a cada uno, diferentes cosas. Laura y su madre mantenían el firme criterio (que se probó inamovible) de mantener un sobredimensionamiento en el equipo. La imagen era lo más importante.

Teníamos por tanto, desde el principio, un jefe de sala, un subjefe de sala, y cuatro o cinco camareros, y estuvimos contratando incluso extras para el fin de semana. No era improbable que tropezaran en el servicio entre las mesas.

En cocina, contratamos a dos responsables. Uno, a jornada continuada, era especialista en potajes y cocina tradicional. El otro, una joven promesa de la restauración, a jornada partida, se encargaba de dar sofisticación a la carta. Un equipo complementario de dos cocineros y dos ayudantes de cocina -uno de ellos, encargado de ensaladas y postres- proporcionaba un indescriptible toque de maremágnum. En especial, cuando el restaurante estaba lleno, todo el mundo sudaba la gota gorda, las voces de tensión se oían a cada rato, y -al menos- uno de los propietarios se mesaba los cabellos.

Porque, lejos de ser el bueno de la película, por mi parte, mi obsesión era rentabilizar el invento. Con los costes disparados (en otro capítulo me refiero a las materias primas y al tiempo de elaboración de los platos de la carta), el único camino que me aparecía posible para no sucumbir económicamente, era tratar de mantener el restaurante al completo, todos y cada uno de los días de la semana.

La publicidad era, en consecuencia, el medio imprescindible de conseguir canalizar hacia nuestro restaurante el necesario flujo de clientes que elevaran la facturación al nivel necesario para sostener todo el edificio. Pero de publicidad hablo en otro capítulo.

Cómo no montar un restaurante: El personal

(Incorporo a este Cuaderno un trocito del capítulo sobre "El personal" de mi libro "Cómo no montar un restaurante", dirigido a aquellos que tienen in mente dedicarse al negocio de la restauración, y que agrupa experiencias personales y ajenas, consejos, análisis económicos y subjetivos,... todo, en fin, lo que hará posteriormente felices a quienes recordarán los momentos en que desearon ser restauradores y, gracias a mis relatos, desistieron...

Y hará aún más felices, a quienes, siguiendo mis consejos o ignorándolos, pero teniéndolos presentes, consiguieron hacer de su ilusión un restaurante de éxito. Como es mi caso).

La correcta selección de los empleados que trabajarán en su restaurante es, sin duda, una de las cuestiones fundamentales. Acertar en ello desde el principio será la clave para que Vd. tenga éxito.

Un buen servicio de camareros, dirigido por un maitre eficiente, y respaldados por un equipo de cocina en el que todos se coordinen bajo la batuta del chef, le dará a Vd. la tranquilidad de que su restaurante responde al modelo imaginado, y así será percibido por la mayoría de sus clientes.
 Si, además, sus jefes de sala y de cocina se llevan bien, y se apoyan mutuamente, comprendiendo que trabajan en la misma empresa y no se comportan como encarnizados competidores, procurando hacerle la vida imposible al otro, su restaurante se convertirá rápidamente uno de los mejores de la ciudad.

Desgraciadamente, es imposible que Vd. acierte desde el principio con el equipo adecuado, salvo que –con perdón- haya nacido con una flor en el culo, lo que, amén de antiestético -incluso según los cánones de belleza actuales-, me llevaría a aconsejarle de inmediato que dedique su hipotética virtud, digna por supuesto de veneración circense, a un sector más productivo.  

Las razones por las que Vd. deberá tener siempre presente que uno de los mayores y permanentes quebraderos de cabeza de su restaurante será la selección del personal, son varias.  

En primer lugar, ha de saber que el trabajo de restauración, si excluímos en cuerta medida a los empleados en las grandes cadenas del sector, es uno de los más duros que haya de soportar un asalariado, y poco apreciados en nuestra hedonista sociedad de servicios. Horarios partidos, descansos semanales diferentes a los de la pareja, finales de turno variables, estrés en determinados momentos, (y asfixiante relax en otros), son algunos de los hándicaps de este oficio. 

Si se le pregunta a un camarero y ayudante de cocina por su profesión,  es casi seguro que responderá que "segundo jefe de sala" o "jefe de partida"; los jefes de sala se harán llamar maitres, que suena mucho más elegante por ser francés; y los jefes de cocina tendrán, frecuentemente, una sensibilidad asimilable a la que se atribuye a las bailarinas de ballet.

Se citan, por otro lado,  como elementos de satisfacción para un empleado de restauración, la proximidad del lugar de trabajo a su residencia, el reconocimiento por el propietario y el cliente por el trabajo bien hecho (y no en último lugar, la compensación en propinas), su relativa autonomía e independencia, la posibilidad de ser creativo, los buenos salarios del sector, la solidez de la firma empleadora y un ambiente de trabajo agradable.
 

Cada uno de sus empleados percibirá esos elementos de relativa satisfacción de manera diferente, por supuesto. Las dificultades de fidelizar (palabra mágica que responde a un desideratum permanente de todo restaurador) a su plantilla se corresponderán con la asimilación individual de los elementos de su oferta.

Si Vd. va a montar su primer restaurante y es un desconocido en la plaza, lo tendrá más difícil todavía.
 Pero no se desanime desde el principio. Tenga por principio que deberá tratar a todos sus empleados como si fueran huevos frescos.

Pero no adelantemos acontecimientos. Para empezar, lo habitual será que Vd. cuente a sus amigos y conocidos que piensa abrir su restaurante en unos días y que ya está interesado en contratar el personal. ¿Podrán ayudarle?. Por supuesto que sí. Igual que cuando uno se ve obligado a llevar muletas, no consigue ver más que a innumerables cojos y tullidos en la calle, todos tendrán un pariente en el sector, y todos se mostrarán dispuestos a ayudarle a que la selección concluya en éxito, es decir, contrate a su recomendado.

Surgirán así los hijos, sobrinos y vecinos que habrán hecho un curso o varios de hostelería -algunos, incluso, de más de cien horas-, y que tienen, referida por boca de sus familiares, una clara vocación por llegar a ser de inmediato maestros reconocidos del arte culinario. 

No pestañee si esos futuros genios se acercan a Vd. para la entrevista de trabajo cargados de pins en orejas, lengua y nariz (por lo visible), con pantalones bermudas a juego con una camiseta de tirantes y en chancletas, además de lucir sugerentes tatuajes de dragones flamígeros en sus brazos y piernas. Tampoco se deje impresionar por todos los brillantes restaurantes que se han rendido a su paso, en donde habrán sido discípulos de Arzak, de la Osa, Ruscalleda, Adriá o Larumbe. Piense más bien que se habrán encargado del office o cubierto una suplencia del segundo asistente para hacer las ensaladas.

Lo más importante será conocer cuántos años, meses o incluso días, han permanecido en cada una de sus referencias. Si un joven de 22 años acumula seis o siete pases por empresas en su haber, póngaselos en su (de él, por el momento) pasivo: en caso de que lo contrate, estará jugando al juego de que al cabo de quince días o un mes, su restaurante será una línea más en su currículum, y Vd. se encontrará donde al principio, con la consecuencia de que sus amigos de antes dejarán de hablarle, porque sabrán de Vd. cosas que Vd. mismo ignoraba.

(El capítulo sigue: es uno de los más largos del libro. Ya habrá ocasión de incluir algún otro retazo de un tema tan importante)

Cómo no montar un restaurante: Aplicaciones de las gramáticas, incluso de la parda

A continuación, transcribo algunos párrafos de mi libro "Cómo no montar un restaurante". Otros capítulos se pueden encontrar en este blog, y el resto, los seguiré publicando poco a poco, para no indigestar a nadie.

Gramática para restauradores

Me propongo en este capítulo, ayudarle a Vd. a seleccionar la forma de presentar los platos en la carta. Ha leído bien: presentar en la carta, no en la mesa. No le voy a comentar, pues, acerca de los toques mágicos con que tanto los sabios de la cuchara como los jetas de la tijera actualizan las recetas culinarias de la abuela, ni este es momento para contarle los secretos de alcoba y sartén que harían que sus guisos estén de rechupete o levanten la inmoral.

Para esos menesteres he previsto otros lugares de este Manual. Si tiene urgencia para emborronar cuartillas, empiece a llenar de posits y notas marginales, por orden de izquierda a derecha, alguno de los miles de libros que, a no dudar, estarán llenando los anaqueles desde la temprana edad en que Vd. ya se barruntó como cocinilla. 

Aunque en este momento, quizá lo más útil sería ilustrarse en la base culinaria de las que habrán de ser sus más feroces críticas. Porque,  si quiere saber dónde tienen su mano derecha en gastronomía los verdaderos expertos en cocina, compre revistas del corazón. En su sección de recortables, encontrará, si es verano, todas las combinaciones imaginables de productos hortofrutícolas, que le servirán tanto para hacer ensaladas higiénicas, como de las otras, las comestibles. Si es invierno, hallará la receta del pavo relleno a la americana y fórmulas para decorar la mesa, que no van a serle tan útiles pero le acompañarán el tedio.

Me voy a referir en este capítulo, sencillamente, a la óptima descripción escrita de los platos, tal como deberían figurar en la Carta o Menú. ¿Se sonríe?. En absoluto es un tema baladí.

La selección de los términos adecuados es fundamental, desde una doble perspectiva. La del cliente, que encontrará en una sugerente descripción la ayuda necesaria para iniciar la secreción de los jugos gástricos digestivos que le harán disfrutar plenamente de la comida. Desde su posición de propietario , acertar con la terminología, le ayudará a atraer a sus clientes, convirtiendo los peatones en comensales al curiosear el panel que Vd. mantendrá colgado a la puerta de su local, precisamente como reclamo.

No pretendo hacer de Vd. un experto en gramática, si es que no lo es ya, quiero decir. Sería conveniente, en cualquier caso, que aplicase la gramática parda, además del idioma o idiomas de uso cotidiano. De la sabiduría popular hay mucho que aprender, porque el oficio de comer y dar de comer, como se tiene dicho, es antiguo como el mundo.

Por ejemplo, es importante saber definir el género y la forma de confección de los productos con las palabras adecuadas y con el tono justo. Ese tono variará en relación con el restaurante y la clientela, aunque valen unos cuantos principios generales.

Si sus parroquianos son gente de obra civil y se sientan a la mesa con botas y mono de trabajo, la denominación de "bonito con patatas", bastará. Si son oficinistas, empleados de la administración y técnicos de informática, que le van a pedir agua con el menú y solicitar luego un chupito de la casa, mejor escriba "marmitako". Si capta a esas mismas gentes cuando vienen de sábado o en parejas, lo adecuado sería describirlo como "marmitako a la manera de Ondárroa". El guiso no habrá de variar, obviamente.

Otra cosa. No es lo mismo presentar un gallo a la plancha que un pollo al ajillo. Puede que traducidos al inglés obtengan idéntica vérsión, pero Vd. ha de saber distinguirloso de lejos.

En primer lugar, porque el gallo es ahora siempre un pescado. A nadie se le ocurre llevar un gallo de corral a la mesa, en estos tiempos que corren. Olvidadas las celebraciones populares de antaño, en la que las familias más pudientes invitaban a yantar al párroco y a algunos de sus amigos presbíteros, después de la misa cantada solemne, el día del santo o santa del lugar, a comerse al bicho que había sido el amo del gallinero hasta entonces, los gallos de corral no existen más que como proyecto inalcanzado de los tiernos pollitos que se crían en las jaulas de las granjas avícolas por millones.

Pero es que tampoco le aconsejo que llame gallo al pez plano de la familia de los soleidae, que goza de fama injusta en muchos cerebros españoles, aunque ha alcanzado precios equiparables al lenguado en los mercados de abastos. El acercamiento hacia la formación en lingüistica gastronómica de que disponen sus clientes, le debería obligar a llamarlo lenguado. Si Vd. no tiene muchos escrúpulos para la precisión gramatical, y ya entrando en ese camino, podrá llamar lenguado a la platija, al fletán y cuantos peces planos encuentre en su camino por la plaza. Llame a su preparación lenguado grillé o menier, delicias de lenguado al citron y le auguro que, aunque no le garantizo que llene el local, si atraerá a más clientes que si pone en el tablón de anuncios: fletán a la plancha.

¿Cómo decir pollo al ajillo?. No voy ahora con rodeos, si quiere ser moderno, llámelo pularda a los ajetes tiernos. Nadie le molestará con preguntas insidiosas acerca de su conocimiento impreciso de los animales comestibles, y a sus clientes les sabrá mejor el guiso, creyéndolo elegante. 

Ya irá sabiendo de mí, por el resto del libro, que no siempre he seguido mis propios consejos, entre otras cosas, porque yo he adquirido mi experiencia como restaurador precisamente por no cumplir de pleno con las normas. Estas que ahora, pretenciosa pero honestamente, le indico, han sido, en muchos casos, trasladadas de otros libros que tengo a la mano.

Mi posición privilegiada como consultor de restauración es fruto de muchos años de sufrimiento. ¿Qué es un asesor?. La mejor definición que encontré es algo extensa, y no figura en el diccionario, pero es atinada. Está escrita en tono de fábula, además.

Dicen que en un prado había un hermoso grupo de vacas pastando alegres, y que dos toros, uno de ellos entrado en años y el otro apenas un eral, las contemplaban, viciosos. Les separaba una alambrada de espinos, de terrible catadura. El mayor de los toretes animaba al más joven: "Venga ya, chaval, no lo dudes. Toma carrerilla, salta la alambrada y podrás solazarte a gusto con esas bellas hembras".

Convencido, el novillo crecido puso distancia respecto a la alambrada para superarla de un brinco, pero viendo desde esa perspectiva los espinos en toda su magnitud, le preguntó al otro, sintiendo un respingo: "Oye, ¿y qué sucede si al saltar la alambrada se me quedan mis partes enganchadas en ella?".

El vetusto miró al imberbe y, encogiéndose de espaldares, le espetó: "Pues nada, hombre. Si pierdes los güebos en el empeño siempre podrás defenderte en la vida como yo, de asesor"

Al socaire: Cómo no montar un restaurante/Elección de la primera Carta o Menú

Al socaire: Cómo no montar un restaurante/Elección de  la primera Carta o Menú
(Como hoy tengo muchas cosas atrasadas de las tareas que me dan de comer, discúlpeme el lector de este Cuaderno por endilgarle una página de mi Libro "Cómo no montar un restaurante") 

Aquel grupo de aventureros culinarios carecíamos de una noción preconcebida respecto a lo que queríamos hacer, ignorábamos dónde ubicarlo y hasta se podría  cuestionar el valor de los medios con que contábamos -entre los que sobresalían grandes dosis de capacidad de improvisación y voluntarismo-.

Por eso, no dudará el lector de mi sinceridad si le confieso que no teníamos tampoco la menor idea acerca de los platos que integrarían la carta que ofreceríamos a los hipotéticos clientes.

¿Qué sería preferible?. ¿Cocina española o exótica? ¿Especialidades regionales o el amplio cuenco de la llamada cocina internacional? ¿Tal vez una tasca elegante o una freiduría con extractor de humos, en donde la clientela se tomara de pie unos pinchos mientras sorbía un falseado vermú de solera?

La elección de la Carta dependería, obviamente, de la competencia que encontráramos en la zona de influencia del local. Por eso, hasta que no tuvimos claro el sitio en donde se ubicaría no estimamos prioritaria la definición de los Menús.

Para abrir boca, y dada mi condición de meritorio en términos del capitalismo no intelectual, cuando se nos ofrecía por alguna inmobiliaria, o detectábamos en nuestros paseos por Madrid, algún espacio, yo hice de chico aplicado. Me agencié algunos mapas a escala del distintos barrios, y trazaba con un compás, -extraído de una caja que conservo de mis tiempos de estudiante, y en la que faltan varias piezas-, círculos concéntricos que correspondían a radios de 150 m, 250m y 500m.

Eran las distintas categorías del área de influencia del restaurante, que modificaba también teniendo en cuenta la situación de las bocas de Metro que quedaban incluídas dentro de las circunferencias.
Así nos hacíamos una idea de la densidad de población circundante al foco de atracción.

Después, ya personado en el sitio, me pateaba el área, e iba ubicando con paciencia los restaurantes y empresas de entidad que me encontraba al paso. Si llovía, las anotaciones se llenaban de chorretones molestos; pero, aunque no lloviera, como nunca fui demasiado ordenado, no resultaba fácil poner después en claro unas inscripciones tomadas a la carrera que incluían otros datos de interés: tipo de cocina y capacidad del restaurante, por ejemplo.

En cuanto a la especialidad que íbamos a dar al nonato, una primera reflexión conducía al criterio de que, independientemente de la ubicación, si nos decidíamos por la cocina exótica, podríamos avanzar en borradores de Carta.

Carencias en Madrid no parecía haber muchas, y bastaba echar un vistazo a la relación de restaurantes para darse cuenta que lo íbamos a tener crudo de todas las maneras y que, puestos a eliminar riesgos, era mejor centrarse en terrenos gustativos que fueran, al menos, conocidos por los aventureros.

Reconozco, sin embargo, que mantuve algunas conversaciones con un amigo sirio que pretendía convencerme de las posibilidades de hacer negocio con un restaurante que implantara a Madrid las exquisiteces de Damasco, sin darse cuenta que, mientras él hablaba, una voz interna me persuadía de que Alá no me llamaba por este camino lleno de trampas adicionales para un neófito, ya que estaba jalonado por el waraq el enab, y la okra seca. Yo me había quedado en los cuscús y el cordero con almendras marroquíes.

Como se trataba de discutir, hicimos brainstorming acerca de si sería más conveniente trasladar a la capital la idea del chigre de San Martín del rey Aurelio o la de los mesones de Oviedo o Gijón, con mesas altas y sillas algo incómodas para que la gente estuviera poco tiempo y así tuviéramos mucha rotación.

La carta vendría obligada a una clientela apresurada, y se trataba de que pudiera elegir platos en donde se combianaran  croquetas, tortillas españolas, albóndigas, empanadas y embutidos ibéricos. La decoración no tendría que ser crucial. Habría papeles y pepitas de aceituna tirados por el suelo, y podríamos traer algunos rastrillos y ruedas de carro desde la tierrina para colgarlos de la pared como amuletos. 

Me encantaba la propuesta de ser co-dueño de una tasca. Por entonces me atraían esos elementos del campo norteño que tanto proliferaban en los Rastros y que me recordaban los tiempos de vacaciones infantiles. Ventanas sin marco, madreñas, tridentes y picas de arado podrían decorar las paredes de un restaurante asturiano, y darle el tono regional al ambiente que complementara o reforzara los impulsos de una comida sin pretensiones en la que, si faltaba un cocinero, Marcela y yo vendríamos a ocupar el sitio de los fogones sin problemas.

Pero, a medida que nos decantábamos desde lo desconocido a lo trillado, ibamos descartando opciones. Nada de ambiente popular. Abierto a todo el público, sí, pero que resultara disuasorio para quien pretendiera comer con las manos lo que no fueran cigalas y percebes. Una vez que Javier abandonó el barco, perdimos al mayor defensor de la idea de que lo mejor era montar un mesón y, ya metidos entre la opción de competir con Arzak y Horcher o movernos en niveles medio-altos, elegimos, en fin, la posición más cuerda. 

Para seguir avanzando, era necesario utilizar, claro está, el parecer de los expertos. Pusimos en movilización a las familias, y un servidor, como más viajero, se encargó de recoger cartas de todos cuantos restaurantes tenía ocasión de visitar, en comidas de negocio o de placer. No perdíamos comba, y con los sentidos abiertos a la crítica de los que serían competidores, procedíamos a anotar las sensaciones con un rigor que para sí quisieran los críticos de la Guía Michelín.

Preparé ad hoc un esquema que recogía el análisis de cada plato, y amontoné fichas con las opiniones que rellenábamos los comensales, y que abarcaban desde la Textura, a la Temperatura, pasando por la Composición Estética, la Calidad de los ingredientes y la Complejidad del plato. Era una lata. Salir a comer fuera dejó de gustarnos, y a todo le encontrábamos defectos.

Recordé que hacía tiempo había solicitado a los delegados que trabajaban conmigo en aquella gran empresa de servicios en la que estuve de director de actividad un trabajo extra cuando me pasaban a la firma los gastos de representación. Además de indicar en hoja aparte los nombres concretas de las personas de las administraciones públicas con las que habían comido, me debían hacer constar una valoración específica de los platos de la Carta del restaurante de postín en el que habían estrechado los lazos entre proveedor y cliente. Desempolvé la libreta en donde guardaba la fotocopia de las facturas y las inocentes notas de mis otrora subordinados, y a las que había concedido hasta entonces poco interés, pues había conseguido el efecto pretendido, que era reducir gastos.

Tengo que reconocer que repasar aquellas antiguallas me resultó decepcionante. Salvo excepciones inexplicadas -algunos casos de menú infantil, puntuales ejemplos en que era mayor el número de postres, copas de guiski que el de comensales y ciertas cenas en domingo-, prácticamente, mis colaboradores siempre pedían lo mismo: jamón de bellota, pimientos del piquillo, solomillos y cogotes de merluza, regado con vino Rioja Reserva o Gran reserva.   

Al socaire: Cómo no montar un restaurante: la Carta de vinos

Al socaire: Cómo no montar un restaurante: la Carta de vinos

(Ofrezco a continuación, para festejar a mi manera la dominica de Ramos, un trocito de mi Libro "Cómo no montar un restaurante")

La cultura vitivinícola de los socios del restaurante que pretendíamos montar era la normal. Al fin y al cabo, habíamos crecido en la postguerra, educados con los vasos de sidra colmados de Rosales , que acompañábamos con cacahuetes y eran sorbidos con deleite en La Perla, el Avión, casa Narigües o Noriega, en aquellas mesas de madera pelada, y en locales de ambiente oscuro en donde preparábamos el futuro que no habríamos de vivir.

Cuando tuvimos más dinero, aquellos jóvenes aprendimos a distinguir ya bastante a destiempo, entre un Rioja y un Ribera del Duero, y nos sorprendimos con la aparición de los primeros Somontano y, ya más cultos, teorizamos sobre el Ribera del Guadiana, los vinos de Méntrida y Madrid o las excelencias del Merlot o del Syrah, mientras defendíamos las cualidades del último vino de cosechero que habíamos descubierto en nuestro paso por La Rioja alavesa. Por no decir de los placeres del Ribeiro en cuenco de porcelana, de constante calidad ácida y rasposa frente a las evocadoras esencias afrutadas de los Albariños y Chardonnay, más arriesgados.

Yo he sido siempre un inculto partidario de la bondad del vino para  crear ambiente, y, además, he aprendido muy pronto la importancia de hacer bien el maridaje. Una de mis primeras sensaciones al respecto, me acudió de la mano de una joven de la que, sin llegar a estar enamorado, apreciaba su liberalidad. Fui invitado a su casa, y, para mi agradable sorpresa, tenía sobre la ménsula del saloncito una botella del mítico Pesquera que, como no es tan inhabitual en esa prestigiosa bodega, tenía un corcho deplorable, que, unido a quién sabe que oscuros trasiegos hasta llegar a la casa de mi amiga, había picado el vino.

Me costó abrirlo y dejé, en mi azoramiento por terminar el trámite de liberar el prisionero y comenzar la fiesta, múltiples huellas del destrozo de la corteza que tan mal había guardado el néctar, en la mesa y en el líquido. Nada impidió el goce. Ignorando el poso denso de la copa, haciendo vista ciega al cuerpo desvaído de aquel infeliz ya muerto, me bebí en tan prometedora compañía, sin rechistar, y hasta la última gota, el contenido de aquella ánfora nefanda.

Compartía placeres gustativos con mi anfitriona, que me repitió, encantada, y más de un par de veces, las excelencias de aquel bebedizo avinagrado, que ella había combinado en pura improvisación gastronómica de unos tiempos de pobres, con una ensalada de palmitos de lata, ajos, cebollas y tomates, encapirotada con algunas aceitunas y aliñada con vinagre de garrafón. Qué tarde inolvidable. Me convencí, si no lo estaba ya, de que uno de los elementos sustanciales de un buen maridaje para cualquier vino es la grata compañía y el deseo de pasarlo bien, mejor a dos que en multitudes.
 

Fue la prudencia la que guió a mi socia y a mí mismo, años más tarde, y en los pasos previos para abrir el restaurante, a acudir a Eduardo Méndez Riestra, amigo de ambos, gastrónomo asturiano que había publicado algo sobre vinos, para que nos hiciera la carta base con la que comenzaríamos la andadura de la bodega del restaurante. 

La respuesta llegó rápida, escrita con cuidada caligrafía. Eduardo, hombre prudente, nos contestaba prácticamente a vuelta de correo con una propuesta de Carta de Vinos ecléctica, en la que predominaban los caldos blancos - este gastrónomo defiende esta categoría menospreciada tanto por los cursis- y no faltaban los rosados, pero de lo que lo más importante, era, sin duda, el consejo preliminar:

“El momento, gran momento, lleva a vinos novedosos, ya que la gente anda ávida de novedad. En especial, en la franja de clientela en la que habrá bastante “snob”. Un público que querrá sorprender, sorprenderse, y no gastar demasiado en el intento.
 Son vinos de precios moderados en origen, que no deberán incrementarse más que un tanto por ciento prudente. Llenarán la bodca del comensal, no con la nobleza de los caldos solemnes, sino con la gracia de una serie de notas fáciles pero llamativas.” 

Mi propuesta inmediata fue, respetuoso con la autoridad oficial, que le hiciéramos a nuestro experto amigo todo el caso que merecía la sincera propuesta. Pero mi socia prefirió contrastarla con otros pareceres. Y, con aquella relación escueta en la mano, anduvimos preguntando opiniones a más restauradores, a proveedores potenciales, y a cuantos amigos del beber y, sobre todo, del decir se nos cruzaron en el camino. Todos metieron mano en la lista, para criticarla aquí y allá, y ampliarla, sobre todo.

Así añadimos más y más opciones, y, dejando la relación de Eduardo ya inservible, convertimos la propuesta en una sinfonía inacabable de la variada y creciente oferta vitícola del país, dedicando por traca final, al pasarla del papel a realidad, unos cuantos millones de pelas (cosa de 24 a 30.000 euros de los de ahora) para dotarnos de una vinoteca que sería digna de figurar entre los despropósitos del sector. En ella estaban representadas casi las más de cincuenta denominaciones de origen patrias, y, de cada una, no faltaban unos cuantos fabricantes con sus más sonoras marcas.

Además, con criterio que nos parecía razonable, decidimos mantener al menos seis botellas por cada caldo en stock, el espacio que ocupaba nuestra bodega reclamaba protagonismo y vida propia en el local de restauración, e inagotable, se acabó prolongando en nuestras casas, arrinconando mi modesta colección de los ya imbebibles líquidoso vinosos, comprados en los sesenta y setenta y que yo había acumulado sin mayores ingestas, soñando con venderlos algún día en una subasta de nostálgicos.

El tiempo nos demostró, sin embargo, que la mayor parte de la gente miraba más la parte de la derecha de las cartas, que es donde teníamos los precios, que la izquierda, en donde había situado nombres comerciales, tipos de crianza, varietales, mezclas y añadas. Los vinos más caros incrementaron implacablemente nuestro inmobilizado, caracterizándose, sobre todo, por la virtud de su escasa rotación, su necesidad de cuidados, el riesgo de que fueran rechazados por los motivos más sutiles -incluída la exhibición del degustante- y gravando con insistencia nuestras necesidades de tesorería. 

Esta constatación inoxeroble no era en todo negativa. Nos permitió, de vez en cuando, regalarnos con las botellas que empezaban a perder actualidad, en festejos muy familiares que nos dotaban de sabiduría restauradora. Finalmente,nos arrastró a comprender el mensaje:la mayor parte de la clientela atendía sobre todo al bolsillo antes que a las añadas, y el maridaje del vino, a pesar del conocimiento que se debería presumir a los diletantes, se seguía haciendo a la manera clásica, atendiendo a si paga la empresa o uno mismo, o a si se quiere impresionar al acompañante o simplemente se pretende encontrar un líquido aceptable con el que ayudar a insalibar la ingesta del solomillo.

Habría, en fin, claro está, partidarios del Rioja o del Ribera. Pero demandar del ciudadano sentado a la mesa que pudiera distinguir entre Marqués de Cáceres o Muga o entre un Viña del Vero o un Viña Pomal era ya cosa de mucho pedir y, además, seguramente, innecesario cuando se está entre amigos, hay ganas de pasarlo bien, y, aún mejor, si lo que se quiere es seducir y el trámite de la ingesta es trance previo.

Al socaire: Cómo no montar un restaurante / Los clientes (2)

Al socaire: Cómo no montar un restaurante / Los clientes (2)

La mayor parte de cuantos por una vez en su vida y en la suya se hayan convertido en clientes de su restaurante, permanecerán como desconocidos para Vd. Salvo que le pida el cuerpo, al estilo de los restauradores de trapío, darse un paseo por las mesas al final del servicio, saludando a cada cliente como si fuera un primo suyo, Vd. trabajará para queridos anónimos.

Así querrán permanecer sus clientes. Aunque hayan disfrutado de un buen rato agradable y encontrado excelente la merluza a la plancha y hasta insuperables los rollitos de repollo rellenos de crema bechamel y mollejas de cordero, se irán de su local sin decirle ni palabra, salvo el adiós y medevuelveelabrigo. Se volverán a casa con el secreto bien guardado de su satisfacción, ignorando que a Vd. le hubiera hecho tan feliz.

No se les habrá pasado por la cabeza que sea necesario comunicarle a Vd. nada de sus impresiones, porque Vd. está obligado, con su hipotética máquina de repetir y su indubitada vocación de mesonero, a darles un servicio de comidas impersonal. Un trabajo remunerado por el que invariablemente pensarán que le están pagando más de lo que deberían, porque Vd. les ha cargado por el vino tres veces lo que cuesta en el supermercado. Normal. Si sus propios empleados tienen dificultades en hacer bien un escandallo, ¿qué les va a pedir a quienes ni siquiera saben lo que es?. 

Pero no se preocupe si le duele pasar desapercibido. Más le puede doler que le crucifiquen y le den vueltas en la estaca. Porque, para que su piel se endurezca, y su ego tome consciencia del riesgo que implica su labor, de vez en cuando aparecerá un cliente que querrá dejarle huella indeleble. Una marca a sangre y fuego en su pundonor y estima.

A esos emperadores del malhumor habría que darles de comer aparte (y nunca mejor dicho, tratándose de reflexiones en torno a un restaurante). Esa subespecie prácticamente invisible hasta que lanza su veneno, y que al parecer convive con todo negocio de restauración, disfrutará sobre todo después de la comida en su local, y no precisamente por lo bien que han comido.

Aunque no le hayan formulado la más mínima queja ni a Vd. ni al jefe de sala ni al camarero que directamente les atendió, a las pocas horas de dejar su local, en la plena digestión de las delicadezas que han engullido, y presos se diría de un ataque de indignación irreductible, se tomarán la molestia de difundir que su restaurante es un completo desastre; y procurarán hacerlo desde el lugar que les parece más adecuado para hacerle más daño.

¿Estarán enviando la Hoja de reclamaciones a la Consejería de Consumo? ¿Le escribirán una carta al Distinguido Sr. Propietario, poniéndolo a caldo y lamentándose de las cosas que les han parecido mal? ¿Se arriesgarán a hacer una pintada con spray a la puerta de su restaurante, advirtiendo del peligro de intoxicación que corren quienes entre en él?

No. Utilizarán internet, y lo harán a través de alguno o, mejor, todos, los foros en donde bajo el epígrafe "opiniones de clientes" se pretende recoger experiencias útiles para guiar la selección del transeúnte en la selva de las ofertas gastronómicas.

No firmarán con su nombre para dar credibilidad a la crítica. Lo harán desde el anonimato, ocultos en seudónimos ingeniosos, como "el abejón ponzoñoso" o  tetocolospies@hotmail.com.  Vd. nunca llegará a dilucidar si se trata de un cliente real con manía persecutoria o si esconden una personalidad perversa, deseosa de hundir su restaurante en venganza por alguna encarnación anterior. Jamás obtendrá su rostro ni le pedirán explicaciones o darán disculpas, pero pueden hacerle mucho daño a su negocio.

Las críticas que recojo a continuación son reales, aunque juro o prometo que no son verdaderas. Han sido publicadas en internet. No se de quién vienen, a qué se deben, qué les guía. No corresponden a quejas previas de clientes cuando eran atendidos en la sala, ni he conseguido identificar la situación originaria, porque no recogen hechos reales, pero aparecen vinculadas al servicio y calidad del restaurante del que soy propietario.

Aquí una de ellas: “ Ayer estuve con mi pareja (...) ; de verdad, es penoso, y eso que cenamos a la carta, el revuelto con gambas congeladas, la ensalada de perdiz súper picante. La merluza al horno de verguenza. No tenían un montón de helados de la carta, ni siquiera un licor de hierbas. “

Otro anónimo transmutado en consejero áulico, obsequia a sus lectores con esta crítica constructiva: “El sábado estuve cenando allí con mi pareja y el sitio me pareció de los peores en los que he estado. Ambiente frío, servicio horrible y comida escasa y de baja calidad. No vayais. “

¿Y qué decir de este otro análisis profundo, con el que concluyo esta selección de pedradas en el ojo, provenientes de manos desconocidas? “Fatal. El sitio donde peor he cenado últimamente. La calidad y frescura de los productos muy dudosa. El menú (...) horrible, escaso, sin sabor y sin correspondencia entre lo que ponían en la carta y lo que servían. La ensalada de canónigos no era de tal sino de lechuga, la brocheta de rodaballo y vieiras sin vieiras, y así una larga lista de cosas. Para rematarlo el servicio horrible. No vayais si no quereis sentiros estafados” (Respeto la puntuación, tal como se publicó en un foro de amplia divulgación).

Si uno tomara en serio estas manifestaciones, hacerse el harakiri o programar el suicidio colectivo del grupo de profesionales del restaurante, sería la decisión más acertada.

Por supuesto, estos comentarios son excepciones, y en los mismos foros, son mayoría las opiniones encomiásticas hacia mi oferta culinaria. Algunas provienen de clientes con deseo de hacer justicia o de reflejar la verdad que ellos han vivido; otras, lo confieso sin rubor, son emitidas por personas amigas a las que solicité antídotos a las inoculadas dosis de veneno. Por eso, no voy a poner aquí la retahila de elogios que he recibido en los mismos medios, porque podría parece que todos 
los he inventado yo mismo o son producto de la imaginación de mis empleados.

Pero, puesto que el restaurante subsiste desde hace años, el paso del tiempo es la mejor muestra de que lo estoy (estamos) haciendo bien. Ni siquiera necesito aportar aquí las centenares de opiniones que están registradas en el Libro de Honor de mi restaurante, algunas de las cuales pueden verse en la página web de mi local (www.alnorte.es). Es el boca-oreja el que me ha consolidado, como lo hará con su restaurante si, a pesar de mis consejos, se decide a abrirlo.

Y Vd. se preguntará: Ya, pero ¿Por qué ha recibido críticas tan negativas?. Algo tendrá.

Prefiero contestarle incorporando algunos de los muchos comentarios injuriosos, destructivos, fatales, que, en los mismos medios, se han publicado de otros restaurantes de fama acrisolada, regentados por laureados profesionales, a los que todo? el mundo admira.

Esto es lo que ha dicho un desconocido, publicado en internet, sobre  El Bulli: “Pues no te dejes llevar por la corriente! Hay cientos de restaurantes muchisimo mejores. Yo al papanatas ese no voy ni pa tras!. Estos ¿restaurantes? son de plato grande y ración pequeña, excepto a la hora de la factura, que suele ser plato pequeño y ración grande. El seudónimo del crítico es muy sugerente: Viuda menopáusica.

También sobre El Bulli, un tal Naranja escribió para la posteridad: "Donde esté un bocata de gallinejas o entresijos, que se quite toda la pijo-diseño-comida.". Y el experto Bocata, se animó a pontificar: "Eso no es comida, es un simulacro."

Sobre Arzak, un tal Luis, concluye un día de septiembre de 2006, como resumen de su experiencia gustativa: “ Fatal. Para el que le guste aplaudir el egocentrismo del Chef. Los postres un desvarío. Imposible aparcar. Ni hay parking, ni sitio posible."

Por poner otro ejemplo, juzgando a Horcher, se puede leer el criterio de  Elodie, que le llevó a escribir el 28/11/2005, en el mismo medio de difusión mundial: " Ni la comida ni el servicio han sido a la altura. La langosta estaba fatal sin hablar de la presentación. El tartare de bonito tenía tanta sal que no he podido terminar. El ravioli con trufa había cocido tanto que había agua en mi plato... Y por fin, mi amigo ha pedido un vaso de vino tinto. Ni siquiera han ensenado la botella, el vino estaba malo. Ha sido la peor experiencia de mi vida en lo que se supone un gran restaurante."

Crítica destructiva con cañones de gran calibre, la que participa a quien quiera seguirle, el crítico gastronómico, igualmente desconocido, Pikotto, el 12/01/2005, sobre el que muchos creen que es el mejor restaurante de Madrid "No es de extrañar que Michelín no les de más de la estrella que ya tiene. Pedimos degustación, con cata de vinos incluída, y los platos entrantes parecían de la semana pasada, los demás aceptables pero nada del otro mundo, la relación calidad-precio es horrible. Eso sí, el sumillier sabe lo que se hace y los vinos elegidos fueron soberbios. Pero lo dicho: la comida en sí no es nada excepcional, no lo aconsejamos."(...)

No le quiero cansar, querido lector, le dejo hacer el resto del trabajo por sus medios.