Al socaire: Recetas de cocina para aficionados a seducir
En cada uno de los viajes que voy realizando con motivo de mis quehaceres profesionales, vuelvo a casa con un par de libros de cocina. Así me he hecho con una colección de algunas decenas de muestras de la cocina popular de los más dispares puntos del planeta. Pongo énfasis en el adjetivo, porque me interesa sobre todo lo que cocinan las amas de casa de los pueblos del mundo, que es la consolidación local del saber cocer, asar o quisar, los animales y las hortalizas próximas a uno.
No todos los muestrarios de recetas de que dispongo son colecciones realizadas por las Nieves, Virtudes o Doña Paquitas de la ancha tierra. También tengo sofisticados recetarios de maestros de la nueva cocina, elucubraciones de novísimos, y narraciones desorientadoras de charlatanes, así como cuentos de nostálgicos de lo que se perdió en el campo.
Entre los más curiosos libros que incorporan a las recetas otras sabidurías, guardo el escrito por Heinz Maier-Leibnitz (Kochbuch für Füchse, Piper, 1980). El autor es un afamado físico alemán, que fue director del Instituto Max von Laue en Grenoble, y presidente de la Academia de Investigación alemana. Una eminencia profesional en la física de neutrones.
Su incursión por las ciencias culinarias, cuyo título traduzco libremente como "Libro de cocina para avisados", recoge unas cuantas recetas, minuciosamente descritas -no podía ser menos, dado el autor-, en las que se mezclan los datos del proceso del laboratorio químico físico instalado en la cocina, con anécdotas y comentarios acerca de los comensales reunidos en torno a la mesa del salón, sus expectativas y, en fin, consejos sobre la manera de tratarlos para que se encuentren bien en nuestras manos.
Conozco a unos cuantos personajes de otras artes que disfrutan invitando a sus casas a los amigos, para que degusten sus especialidades. Sin citar sus nombres, pero sí apuntando a sus producciones, he tenido el placer de comer magníficas fabadas asturianas, cocidos maragatos, potes alsacianos, carpas al hinojo, enchiladas y moles poblanos, corderos con cuscús y otras delicadezas, cocinadas con primor por expertos y expertas que habían conseguido su fama sin tener nada que ver con los fogones.
No estoy a la altura de esos especialistas del mimo a la cacerola, porque, aunque me gusta cocinar, he caído en la esclavitud de lo que en mi casa llaman "cocina a lo John Wayne". Para mí, todo guiso comienza pochando en aceite de oliva de primera calidad cebollas y pimientos verdirojos, más o menos finamente picados, con unos dientes de ajo sin pelar, a los que acabo añadiendo tomates y algunos trozos de las verduras que encuentro en la nevera. Conformo con ello una base a la que, según el estado de ánimo, puedo añadir patatas cuadradillo semifritas, un par de puñados de guisantes tiernos; las justas verdinasya cocidas, unos trozos de carne guisada, o lo utilizo para acompañar como picadillo a unos fettuccini al punto.
Ni qué decir tiene que el caldo de ese pote nutricio lo habré conformado y ligado con vino blanco, agua de Vichy o cerveza, y salpicado con un chorrete de vino de Jerez o de un Porto al hilo, porque una de las gracias de este guiso de cowboy es que todo esté más bien caldoso.
Estoy seguro de que no mereceré figurar en ninguna enciclopedia de maestros de la cocina, ni siquiera entre los chapuceros. Pero, puedo asegurarles que, en el otoño, cuando vuelvo a casa con la carga de níscalos que tal vez tuve la suerte de encontrar, y preparo con ellos una cacerolada de setas a lo John Wayne con vino tinto y patatas -por favor, supríman en ese caso los pimientos- noto cómo mis papilas gustativas y jugos gástricos se han venido preparando para hacerme pasar uno de los mejores ratos de mi pequeña historia.