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El blog de Angel Arias

Cuentos para solitarios: Pasión por la lectura (Parte 1)

Cuentos para solitarios: Pasión por la lectura (Parte 1)

Me gusta la poesía desde niña. No toda, desde luego. Esa poesía que llaman social, violenta, no me atrae. No quiero decir que esté en desacuerdo con la necesidad de mejorar el mundo, pero creo que no es adecuada esa forma de expresión literaria para difundir los mensajes de reforma.

Estuve siempre enamorada de Gustavo Adolfo Bécquer. Me lo imaginé, desde que leí los primeros poemas suyos, como alguien desvalido, a quien sería muy reconfortante proteger con cariño.

¡Cuántas veces recordé aquellos versos que, si podía, recitaba en voz alta, casi a voz en grito: "Tú eres el mar y yo la alta roca que desafiaba su poder, quisiste doblegarme o morir, no pudo ser"!

-Tu hija salió romántica empedernida, -expresó una vez mi padre, que era maestro industrial en una fábrica de corte de chapa.

Así me sentía yo, en efecto, romántica empedernida. Lo era aún después de haber terminado con sobresaliente la carrera de Medicina; pensaba presentarme a la siguiente convocatoria de plazas Mir, para optar a la especialidad que más me atraía, la geriatría, y pretendía consultar en el tablón de anuncios de la Facultad el anuncio del comienzo de las clases preparatorias.

Ninguna información había aparecido al respecto.

Recuerdo que era un día caluroso, como Madrid nos tiene acostumbrados a finales de julio. Un hombre de unos cuarenta años, que sujetaba un perro de raza setter y llevaba unos horribles pantalones cortados a media pierna, se acercó también con la aparente intención de descubrir algo de su interés en la misma vitrina.

El bicho me olió.

-No tema al perro. No muerde si no se le enfada -anunció, sin que yo le pidiera explicación, aunque tal vez debió advertir que no me agradan mucho los animales de compañía.

Como no tenía nada que hacer allí, ya me iba, cuando el individuo me preguntó:

-Perdone, ¿está usted esperando las notas de alguna asignatura?. ¿Tal vez, patología quirúrgica? Porque saldrán mañana.

Creo que fue entonces cuando reconocí a uno de los profesores de prácticas de la fastidiosa asignatura, encargado de uno de los grupos a los que yo no había pertenecido. Tenía fama de ligón con las alumnas.

-Por fortuna, ya he terminado la carrera, aunque no de estudiar. Estoy esperando el anuncio de las clases para la convocatoria del Mir.

-Entonces, colega -aclaró, risueño, el propietario del perro- debemos tutearnos. Y, para corregir el resultado de mi petulante metedura de pata, propongo tomar algo fresco con lo que combatir este calor. Tengo la moto en el parkíng y, si no tienes miedo a acompañarnos a Renco y a mí en un vehículo con sidecar, sé de un sitio en donde aún hacen la horchata exprimiendo chufas, como cuando tú no habías nacido.

No podría explicar el motivo por el que no supe negarme a una invitación tan improvisada, tan forzada, con los antecedentes que obraban en mi memoria del comportamiento del dicharachero, pero a los pocos minutos estábamos enfilando hacia Madrid.

Así que me encontré agarrada a la espalda de un desconocido en varios frentes y, al lado, acomodado en el sidecar e irguiendo la cabeza como en una viñeta de cómic, un perro lanudo que se comportaba de forma tan apacible como si yo le hubiera estado sirviendo el pienso toda su vida.

(sigue)

Cuentos para solitarios: Consecuencias de la afición a la ornitología (y 2)

(Esta es la segunda parte del Relato "Consecuencias de la afición a la ornitología)

II

El viajero la miró, con curiosidad que no pudo disimular:

-¿Le gusta a usted la ornitología? -preguntó.

-No, no. No entiendo nada de pájaros, pero me encanta oirlos cantar. Me relaja.

En aquel momento, un zorzal asomó de entre el follaje y atrapó algo en el aire.

-Fíjese -señaló la mujer- ese pájaro viene todas las mañanas al árbol que tenemos enfrente, que es un tejo, recoge uno de los frutos, se lo come ávidamente, y vuelve al cabo de un rato, hasta que se sacia.

Después de tomar un sorbo del café, con una sonrisa, el hombre no pudo contener su asomo de erudición.

-¿Y no sabe qué clase de pájaro es?

-No. Parece un gorrión, pero más grande.

-Es un zorzal común, un tordo. En efecto, canta muy bien. Aunque lo que seguramente Vd. oye por las mañanas y al atardecer es a algún petirrojo.

Ella mordisqueó su tostada, que había untado con mermelada.

-Sí, sí. A los petirrojos los distingo. -y, para apoyar su comentario, señaló al pájaro que se había acercado, dando saltitos, a picotear algo en el suelo.

-No, siento contradecirla. Pero ese es un gorrión molinero. Se distingue de los gorriones comunes en que tiene el pecho de color marrón oscuro. En todo caso, los gorriones no trinan, más bien gorjean y chillan.

El camarero irrumpió, curioso. Posiblemente había estado escuchando.

-¿Quieren alguna cosina más? Ye porque vamos a cambiar el turnu, y quieru dejálos ya servidos.

Ambos respondieron al unísono:

-No, gracias, va bien así.

-Pídoios perdón si ofendo -expresó el lugareño- pero mátame una curiosidad. Esos paxarinos encapirotáos que tan picotiando la fruta de aquel árbol, ¿sabe cómo se llamen?

-Por supuesto. Son herrerillos. Seguramente son familia. Los padres y los dos pollos, ya criados. Fíjense que bulliciosos. Aunque tampoco cantan. El sonido que emiten es un débil sshii.

De aquella conversación sobre ornitología elemental no hubiera habido, seguramente, recuerdo alguno, salvo porque la huésped quiso conocer la razón de la afición a los pájaros del viajero.

-Ya se ve que le gustan los pájaros. ¿Es usted biólogo? -preguntó.

-Solamente aficionado. Mi profesión no tiene nada que ver con la biología ni con la ornitología.

-Déjeme adivinarla. -y, antes de que pudiera expresar ninguna conclusión de su adivinanza, él la cortó-.

-No conseguiría acertar... -expresó, con una sonrisa- No tengo estudios universitarios. Soy un pertinaz procastinador.

Ella le obsequió con una mirada en la que había complicidad.

-No tiene porqué avergonzarse. Hoy día, hace falta de todo.

Un silencio extraño permitió oir un eco de trinos alborotados, una secuencia de gorjeos saltarines y alegres, que el experto identificó de inmediato como de un grupo mixto de jilgueros y verderones.

Cuentos para solitarios: Consecuencias de la afición a la ornitología

Cuentos para solitarios: Consecuencias de la afición a la ornitología

Ignoraba dónde estaba. No del todo, obviamente. Se encontraba en un pueblo del occidente de Asturias, en una casona rural que había sido rehabilitada como hotel de tres estrellas.

Había llegado en plena tormenta la noche anterior. El objetivo era acercarse un poco más hacia Galicia, pero se le había hecho tarde como consecuencia de la sobremesa con unos amigos de Oviedo y, cuando empezó a llover intensamente no dudó en detenerse en el primer albergue con garantía de mínima limpieza y comodidad con el que se cruzó.

Abrió la ventana de la habitación y contempló el paisaje. La inclemencia de ayer se había vuelto luminosa claridad. Un escenario de verdes montañas en varios planos, salpicados aquí y allá con alguna casa de labranza se extendía como un lienzo espléndido. Se vistió rápidamente y bajó con la intención de desayunar.

El hotel parecía vacío. Ni personal, ni huéspedes, aunque los grandes ventanales, con sus hojas desplegadas y las cortinas corridas, revelaban que alguna mano había cuidado del orden de las cosas desde primeras horas de la mañana.

Se sentó en una de las mesas del jardín, la única que tenía un jarrón con flores. Tres hermosos capullos de rosa. Una frescura suave le inundó el alma.

Apenas se había acomodado, un camarero se le acercó, con una sonrisa y un fuerte acento asturiano.

-Buenos días, ¿quiér bollines, casadielles o pan bregáu?

El viajero miró al lugareño, sin estar seguro de haber comprendido.

-¿Puede ser un poco de todo?. Estoy de turismo por la zona y me interesa conocer la gastronomía. Y tráigame sobre todo café, por favor. Mucho café.

El sirviente hizo como que arreglaba el búcaro con las flores y, antes de marcharse a cumplir la orden, espetó:

-La mesa taba preparada pa otru guéspe. Peru, non se preocupe, que pué quedase n´esta, que seguro que no-i-mporta.

Apenas se había ido, apareció "el otro huésped". Una mujer de unos cuarenta años, rubia, con un libro en la mano. Su vestido estampado ponía una nota adicional de color al jardín. Miró hacia la mesa ocupada y, luego, pareció que buscaba otra con un jarrón de flores.

-Disculpe, señora. Me he sentado en su mesa creyendo que era el único cliente del hotel. El camarero me explicó, ya demasiado tarde, que estaba preparada para otra persona. Pero, si es usted tan amable, le pediría que compartamos la vista de este precioso trío de rosas, y le prometo hacer lo posible para que la conversación le resulte agradable.

La recién llegada sonrió, agradeció la atención y, sin hacer más comentarios, acercó una silla, y se sentó enfrente. Justo cuando el camarero traía una bandeja con varios bollos, un zumo de naranja, una humeante cafetera italiana y una jarra con leche, igualmente caliente.

-¿Qué i traigo? ¿Lo de siempre? -preguntó a la señora.

-Sí, por favor, Arturo. No me tueste mucho el pan.

-Mi marido aún duerme -explicó, cuando el camarero se fue.- A mí, en cambio, me gusta levantarme pronto para disfrutar el día desde el comienzo. Ver amanecer, oir el primer canto de los pájaros mientras desayuno.

(seguirá)

-

 

 

Blogs de Ingenieros

Me he preguntado a veces cuántos ingenieros mantienen un blog. No se asocian las carreras técnicas a la afición de escribir, erróneamente, pues no son pocos los que escriben buena literatura, e incluso algunos ingenieros que consiguieron fama con la pluma.

He aquí, sin mayores explicaciones, las direcciones de blogs personales escritos por ingenieros en lengua española (No recojo los blogs profesionales que son, obviamente, más numerosos).

a) direcciones de blogueros ingenieros que escriben desde España:

"Antoine´s blog", de Antonio Fumero, ingeniero de telecomunicaciones.

"Mis historias", de Enrique Brito, ingeniero de telecomunicaciones.

"ChemyChemy", de José Miguel Rubio, ingeniero de telecomunicaciones

"Alfonso Field", de Alfonso Estébanez, ingeniero de caminos.

"The long way", de David Reche, ingeniero informático.

"Vuelta al mundo en 60 días", de Javier Cuevas, ingeniero industrial.

"Servicios energéticos", de Javier Sierra Marco, ingeniero industrial.

"El cosmos antroscópico", de Juan Gerardo Heliodoro, ingeniero aeronáutico.

"My way", de Luis de Lope, ingeniero de minas.

"Desde el Centro", de Antonio Checa, ingeniero de minas (y economista)

Y, por supuesto, los dos míos:

Al socaire, y éste: El blog de Angel Arias.

(continuará)

Terrarios con iguana y vecina (segunda parte)

Terrarios con iguana y vecina (segunda parte)

(continúa desde la entrada anterior)

II 

Hasta donde alcanzaba mi cultura sobre los reptiles, estaba convencido de que la iguana era un animal protegido, prácticamente en extinción y –ya en un plano más personal- me hubiera parecido una solemne majadería mantener un bicho de ese tamaño y características en este lugar del mundo, tan lejos de su hábitat natural.

Salvo que se tratara de una investigación sobre las consecuencias del cambio climático y se estuviera introduciendo la fauna adecuada al aumento de temperaturas.

No me parecía que la iguana fuera, además, el típico animal de compañía, la mascota dinámica y simpática con la que retozar cuando se llega cansado del trabajo, el bichito cariñoso que se puede regalar a un hijo o a la sobrina cuando supera con notable las pruebas de final de bachillerato.

Estos días de mediados de verano hace mucho calor, duermo muy mal y me despierto muy temprano. Aprovecho para ordenar papeles atrasados y, sí, de vez en cuando echo un vistazo tratando de descubrir algún movimiento en el terrario de enfrente.

La cortina echada me hurta la visión de lo que pasa al otro lado, aunque –a riesgo de ser calificado como obsesivo- me imagino la escena con detalle. Por el cambio de luminosidad, presiento a la vecina encendiendo la luz del terrario y supongo que alimenta a su iguana con frutas y verduras frescas. He leído que nunca deben dársele espinacas.

También he identificado al lagarto de enfrente como una iguana rayada; algo más pequeñas que las iguanas verdes y son las que tienen el rabo listado.

Hace un rato me desperté alborotado. Acababa de librar una lucha terrible contra un dragón abominable que custodiaba en una torre muy alta a una delicada princesa, y a la que su padre le había entregado, cuando era una adolescente, a cambio de que dejara de comer a los vecinos de su reino cuando iban a recoger frutas y maderas al bosque.

El dragón estaba enamorado de la joven, pero mi valiente subconsciente le había cercenado la cabeza de un certero tajo con una espada de acero, por lo que merecía el premio de casarme con la princesa.

Lamentablemente, la escena se desvaneció sin dejar más rastro que un sudor frío, y pegajoso. Como un autómata, fui a mi despacho y miré por la ventana.

La de enfrente estaba abierta de par en par, y la cortina, desplazada a un lado.

La iguana se giró y pude ver su rostro. Un rostro inequívoco de dragón que, en la boca amenazadora, dibujó lo que interpreté como una mueca.

Pero lo que más me impresionó fue ver a la vecina.

Convencida de que a esa hora del amanecer no tendría testigos, la vecina estaba desnuda. Comprendí que no podía descubrirme, enmascarado yo por el reflejo, porque se movió libremente por el cuarto, trajinando con total despreocupación.

Luego, abrió la puerta del terrario y se introdujo dentro.

Juro que no volví a verla.

Tampoco a la iguana.

Me pregunto qué se supone que debería hacer.

Terrarios con iguana y vecina

 

Para refrescar el verano, me propongo escribir, en cuanto disponga del tiempo necesario, algunos cuentos. Los recopilaré, en principio, con el titulo, "Cuentos para solitarios".

Este es el primero de la serie, que distribuiré, como haré con los restantes, en dos entradas al blog. Que lo disfruten.

I

Mi vecina de enfrente era una persona discreta, de lo más normal, -al menos, para mí-, hasta que descubrí su secreto: en su casa tenía un terrario con una iguana.

Ignoro cuánto tiempo llevaba allí -quiero decir, la iguana-. A la vecina la conocía de saludarla por la calle, Hola y Adiós, sin más conversación, porque no había razones para mayor intimidad.

Además, no suelo fijarme en lo que hacen los vecinos, quizá como defensa de que no deseo de que se preocupen por lo que yo hago de mis puertas adentro.

No es que no hubiera mirado nunca hacia la ventana de enfrente. Mentiría. No soy curioso, pero lo que tenía enfrente resultaba poco interesante.

Las cortinas se encontraban permanente corridas y el reflejo sobre el cristal me dificulta la visión.

Con todo, resultaba evidente que la habitación parecía destinada a una utilización que pudiera resultar escandalosa en otros tiempos, pero no ahora y menos para mí, que tengo que vérmelas a diario con las aficiones de mis inquietos alumnos universitarios.

Había creído que lo que guardaba la vecina, oculto tras una cortina de los ojos curiosos de los demás (y, particularmente, de los míos), era una plantación de marihuana para su uso privado.

Todo me parecía encajar. La luz del techo, encendida durante horas, destinada a acelerar el crecimiento de las plantas; las cortinas como protección visual ante el único que podría descubrir la relajante afición; y, en fin, hasta me pareció distinguir en las sombras la apariencia de hojas verdes dispuestas permanentemente para la cosecha. 

Descubrir la iguana en el terrario de la vecina fue una sorpresa. Se convirtió, también, en un símbolo, un secreto compartido sin querer.  También tuve el presentimiento de que ese conocimiento nos acercaría, a la vecina y a mí.

Cuando la ví, estaba mirando distraído por la ventana del despacho, preparando las preguntas del examen de Contabilidad Analítica.

La cortina había quedado ligeramente descorrida. Por el hueco, aparecía lo que, en un primer momento, identifiqué como un tronco de árbol.  Pero, al volver a mirarla, advertí que se había movido algo.

Era un trozo de cola. Inmensa. Una cola a rayas, gorda, provista de unas excrecencias que parecían púas.

Quise ver más, pero resultó imposible. Ni alargando el cuello, ni cambiando de posición. El animal no se movía.

Así que mi vecina  pasó a tener un secreto al descubierto. Albergaba en su casa, como mascota, una iguana.

No marihuana –ni mariguana-, iguana. Un animal de extraordinaria quietud, que, según comprobé de inmediato en internet, podría llegar a medir hasta dos metros.  Lo que, por el tamaño del trozo de apéndice que se había desvelado a mis ojos, ya era el caso.

La hora de los sensatos y el arroz

Mis hijos me han regalado el "otro" libro de Leopoldo Abadía y, claro, me lo he leído, antes de devolverlo a la librería para cambiarlo por uno de mariposas, setas, animales o flores (amenazadas de extinción), que son los que más me gustan.

Cuando vea a Leopoldo tengo que invitarle a un café, para resarcirle de los derechos de autor que le he birlado.

También puedo justificarme pensando que él tampoco me da a ganar ní un euro, porque no compra mis libros, pero se que esta sería una explicación muy torpe. Abadía no utiliza mis libros y artículos, ni para alabarlos, ni para utilizarlos en una miserable cita y ni siquiera para ponerlos a parir, que es lo que yo voy a hacer (en este paritorio público) con este comentario.

"La hora de los sensatos" es el título del libro de 195 páginas con el que la editorial que ha publicado "La crisis Ninja" ha pretendido continuar la carrera del éxito iniciada por ese Dr. Ingeniero Industrial retirado (nació en 1933), que no ha perdido, ni mucho menos, su capacidad de pensar, y que, a pesar de los imaginables achaques, hasta le queda bastante sentido del humor en la recámara.

Pero el libro no es libro, sino más bien, es un librito. Porque aunque se propone, ni más ni menos, que responder a la pregunta de qué hacer si, de pronto, nos (le) nombraran Presidente del Gobierno de las Españas (el plural es mío), la respuesta no es tal, sino un conato de metodología sobre cómo evitar el personalismo y tratar de infundir ganas de trabajar y conseguir estimular a esos 23 millones de personas que en las estadísticas se recogen como "población activa".

Esperaba más de "La hora de los sensatos", especialmente porque parecía que el profesor Abadía -uno es profesor hasta que se muere, si lo ha sido una vez- iba a poner en la cancha la necesidad de tener en cuenta los consejos de los mayores.

Más bien lo que se pone en circulación es la importancia de dejarse guiar por las mujeres, en especial, las propias (no en el sentido de posesión, sino según el derecho civil y, por la época del casorio de Abadía, especialmente, el derecho canónico), y dialogar mucho, y tener en cuenta a todo el mundo, porque todos tienen que contribuir, en la medida de sus fuerzas, para sacarnos del agujero en donde aún no nos hemos aclarado bien de cómo hemos caído en él, y por culpa de quiénes.

El día clave del programa del presidente de Gobierno Abadía me parece que es el tercero, cuando convoca a los empresarios y Bancos de ese país imaginario llamado España real, para tener una reunión.

Pero resulta que, en lugar de exigirles que participen sin milongas en concretar el modelo de desarrollo, detectando y ayudando a detectar oportunidades para sus clientes -públicos y privados-, poniendo en circulación continua lo que han captado de los ahorros, plusvalías y actividad de todos -que ellos llaman su pasivo-, pues más bien parece que se va a tomar una copa con ellos.

No de otra forma caabe intepretar que, después de recordarles los beneficios que han conseguido a base de especular con productos financieros que solo ellos entienden bien, de cargar, a la chita callando, costes a sus depositarios cada vez que éstos retiran su dinero (de ellos) de sus cuentas, les pide que "se arrepientan de sus pecados" y que se pongan el sueldo que les parezca, pero que no lo hagan público.

No quisiera creer que Abadía pretende dar la impresión de que, a los sensatos, se les/nos ha pasado el arroz y que solo queda confiar en los insensatos para que nos saquen de aquí o -más probablemente- nos estrellen a risotadas contra el muro de su estulticia.

Tendremos que esperar al tercer libro, en donde se nos explique lo que le quedó a Abadía en el tintero, que debe ser mucho. O deberé dedicar este verano a escribir yo mismo uno, que nos vuelva a poner a los sensatos en el lugar de las ideas de su propio tenor, reducto del que nos echaron, pero que nunca debiéramos haber abandonado, aunque fuera de okupas.

Ideas para el optimismo

La sociedad española se encuentra en una situación de pesimismo. Asumir las dificultades del momento es necesario para encontrar la manera de superarlas. Pero magnificar lo negativo, es un lastre mental que hay que eliminar.

Propongo que, como uno de los elementos de discusión, aportemos ideas para estar optimistas.

He aquí algunas:

1. Hay en el país mucha gente que sigue haciendo su trabajo lo mejor que saben. Necesitamos que todos mantengamos la calidad de lo que hacemos. Tomemos el ejemplo de los que no decaen, ayudemos a conocerlos bien, a que el fruto de sus trabajos no se pierda ni se menosprecie.

2. Los activos no financieros no han sido dañados por la crisis: tenemos las mismas máquinas, los mismos recursos físicos, que antes. Es el momento de retirar los más inefectivos, los más contaminantes ... Preguntémosnos en qué han variado las demandas. Ayudemos a revisar todas las líneas de producción y consumo para que los mercados no queden desabastecidos de los productos que son necesarios para nuestro bienestar y continuar nuestro desarrollo.

3. Démos más espacio al impulso natural de nuestra juventud, apoyando las ideas de los mejores y los proyectos que ellos propongan, o que les ayudemos a imaginar, que estén en la línea de lo que deseamos para construir una sociedad mejor, más eficiente, más igualitaria, más generosa, más global.

4. Dediquemos un esfuerzo para mejorar la formación individual y, especialmente, en seguridad laboral. Los Sindicatos utilizan las asignaciones para formación -detraídas de cada nómina, además de otras aportaciones directas desde la Administración del Estado- de una manera poco transparente y, por tanto, sospechosamente inefectiva. Introduzcamos en la asignación de estos recursos a otros estamentos: Universidad, centros de formación reglada, mutuas y aseguradores y, sobre todo, abrámoslas al control de la sociedad civil.

5. Revísese la normativa en seguridad, especialmente en los sectores con mayores índices de accidentabilidad y gravedad, adecuándola a cada caso y dedicando especial atención a la forma de evitar los accidentes más graves en los tipos de trabajo más peligrosos.

6. Es necesario impulsar, con decisión -es decir, financiación barata-, las ideas que provengan desde el conocimiento. Y el conocimiento oficial está en nuestras Universidades. Deben premiarse las iniciativas que surjan desde allí, siempre que se traduzcan en la creación de empresas, en proyectos novedosos, con el aval multidisciplinar de profesores y expertos, que empleen a egresados de las Universidades y que sirven de orientación a las formaciones de grados intermedios y de especializaciones profesionales de los distintos tipos. Es una buena forma de valorar a nuestros académicos; no que se puntúen entre sí, ni que lo hagan los alumnos, ni que se les valore por publicaciones de destino social incierto en revistas de hipotético prestigio. Los valoraremos desde la sociedad civil, por aquello para los que nos sirvan a todos. Hay muchas maneras de otorgarles esa puntuación y de reconocer su trabajo por el bien colectivo. Y suponemos que, además, esto animaría a los mejores a ser más útiles, más apreciados por todos.

7. Es sustancial detectar y eliminar las redundancias e ineficiencias de nuestro sistema económico-prductivo. Son muchas, y los despilfarros de recursos son, en algunos casos, tan evidentes que solo necesitarían un control serio para ser corregidas.

Por ejemplo, mientras una parte de la población se mueve en la estrechez y el paro, otros siguen haciendo ostentación de sus disponibilidades, adquiriendo aparatos lujosos -coches, electrodomésticos, aparatos de grandes prestaciones, etc.- que se producen fuera de nuestras fronteras.

Existen bolsas de ineficiencia laboral en el funcionariado, pero también en las empresas privadas, que han vivido épocas de bonanza y descontrol. Se sigue castigando a los que promueven ideas, se margina a los mejores, simplemente porque critican actuaciones o proponen cambios que no gustan a directivos apoltronados o interesados en mantener sus estatus de confort.

8) Si las empresas privadas eligen a sus empleados de acuerdo con su capacidad y rendimiento, considerando que su remuneración no debe ser un obstáculo para contratarlos si demuestran eficacia en el cumplimiento de los objetivos, ¿por qué, para gestionar el interés público, hemos de consentir que se elija a los candidatos por amiguismo, color político o lealtades personal? ¿Por qué habríamos de consentir que la carrera política sea un aprendizaje para después pasar a la gestión privada? ¿Qué se interpreta cuando en las encuestas se manifiesta que un político lo está haciendo rematadamente mal?