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El blog de Angel Arias

Jugando en corto: Personas y Personajes de Asturias: Justo de Diego Martínez

He dejado transcurrir algunos días para hacer la semblanza de mi tío Justo de Diego Martínez, fallecido en Oviedo el 28 de octubre de 2011. Desde su muerte, han sido numerosos los obituarios dedicados a homenajear su memoria, escritos fundamentalmente, por sus compañeros de profesión en la abogacía.

Justo de Diego fue mi padrino en la abogacía, lo que le hizo mucha ilusión, según me expresó, pero mucha más me hizo a mí que lo fuera. Desde que lo conocí, cuando se hizo novio de mi tía Inés (Tita), me llamó poderosamente la atención porque evidenciaba un carácter y actitudes ante la vida que no eran habituales entre los Arias.

Era alegre, coñón, dicharachero. Contaba con una gracia imbatible multitud de anécdotas, propias, ajenas o inventadas, imitando voces y acompañándose, si le parecía conveniente, de percusiones y otros sonidos que ayudaban a generar el ambiente preciso, a cuyo encanto era imposible resistirse.

Le gustaba el fútbol, como disciplina y como espectáculo, y se había inventado una forma de jugarlo incluso sobre la mesa de costura de mi abuela Juanina, con una pelota de algodón bien apretado y fotografías de futbolistas pegados sobre cartón, idea que nos permitía organizar, cada domingo, una apasionante liguilla casera. Fue Presidente del filial del Oviedo, el Vetusta, y directivo -tesorero- del equipo principal, cuando el equipo de la capital del Principado daba alegrías.

Hijo de ferroviario, su afición a los trenes le llevó a instalar en la casa de Fray Ceferino un escenario verosímil para una amplia colección de trenes eléctricos que era una maravilla ver evolucionar, a distintas velocidades, entre pasos a nivel, barreras y luces.

Pero lo que más me admiraba, por aquellos años de mi adolescencia, era que tenía opiniones sobre lo que pasaba en la España de Franco que manifestaba con inteligencia, con el espíritu crítico y constructivo, que nunca le abandonó. En aquella casa entraban periódicos y revistas que no eran comunes; gracias a él conocí el España de Tánger, por ejemplo.

Tenía una especial cualidad para alegrar las veladas: mientras degustábamos el chocolate que preparaba mi tía, jugábamos al parchís, al tute o a la brisca, y, si te tocaba de compañero, había la seguridad de que ganarías, incluso aunque la suerte no te acompañaba. Comer una ficha o levantar las cuarenta a mi abuela -eterna competidora de aquellos entrañables festejos dominicales- era todo un espectáculo.

El sacerdote que ofició su funeral -un colega de la abogacía- lo definió como "un coloso" y se expresó en una homilía que, para quienes no lo conocieron, podría haber parecido un desmesurado panegírico. No lo ví así, como tampoco quienes tuvieron la suerte de tenerlo como compañero, cómplice, decano de letrados, maestro de deontología.

Descansa en paz, tío Justo. Hay una virtud que no te ensalzaron, pero que te hacía a mis ojos, muy humano: eras un hombre modesto; no te importaba el dinero (renunciaste a cobrar por tus cargos; dudabas siempre si la minuta no sería excesiva y muchas veces, la perdonabas, atendiendo a la situación de tu cliente). ¿Qué quieres, que no pueda dormir por haber recibido un dinero del que puedo prescindir?, argumentaba.

En vida, recibió muchas distinciones que jalonaron esa entrega a muchas causas de las que no buscó protagonismo. En el libro de honor del restaurante AlNorte, que mantuve abierto durante unos años en Madrid, dejó escrito: "En este sitio, además de comer bien, se come".

Así se me antoja que fue su vida: "Además de hacer las cosas bien, las hizo".

 

 

Manifiesto España Emprende

Desde la agrupación de jóvenes empresarios que ha encontrado como referencia la feliz denominación de Chamberí Valley, surge ahora una iniciativa espléndida. Un manifiesto indicando las condiciones que precisa España para estimular la creatividad empresarial, especialmente, en nuevas tecnologías.

Animo a apoyar el manifiesto. Sus propuestas son muy sensatas, y merecen ser reconocidas; el estímulo a la juventud emprendedora, a quienes arriesgan para mejorar el futuro, merece la pena. Más, en estos tiempos.

Adhiérete aquí, después de leerlo: Manifesto España Emprende.

Cerrar o no cerrar las minas de carbón, esa es la cuestión

El Colegio de Ingenieros de Minas del Noroeste de España presentó el pasado 27 de septiembre de 2011 los argumentos del recién jubilado funcionario europeo Vicente Luque en contra del cierre de las minas de carbón españolas, bajo la forma de una "Solicitud al Gobierno de España". Lo hizo en una rueda de prensa en la que intervinieron el decano del Colegio, Juan José Fernández y el autor de la nota.

Vicente Luque es uno de esos ingenieros de alta capacidad que nuestro país no ha sabido aprovechar. Una de las mentes más brillantes que pasaron por la Escuela de Minas de Oviedo, realizó una magnífica labor técnica en Hunosa y dió un salto a Bruselas como funcionario de la Dirección de Transporte y Energía (DGTREN), en la que fue Jefe adjunto de la Unidad carbón-petróleo y, últimamente, Jefe adjunto de la Unidad Política de las Redes Transeuropeas.

El Colegio de Minas insta a la rebeldía institucional, amparándose en la interpretación del art. 194 del Funcionamiento de la Unión Europea deja libertad a los Estados miembros para decidir la estructura general de su funcionamiento energético. En este sentido, la exigencia de la Comunidad Europea de que el Ejecutivo español presente un calendario de cierre de las minas de carbón (por la necesidad de que subsistan solo con subvenciones), no se corresponde con una soberanía cedida a ningún organismo comunitario, y abocaría, en cambio a la supresión de esta fuente autónoma.

La tesis expuesta se refuerza con la argumentación jurídica de que la decisión comunitaria apela a las reglas de competencia, suponiendo una extralimitación del Reglamento del Consejo, e infringiendo los Tratados que dieron origen a la Comunidad Europea y por el que se autorizaron ayudas al mantenimiento del carbón europeo, "por su contribución al aprovisionamiento energético".

No resultarían de aplicación las normas que rigen las actuaciones de los Tribunales de competencia, porque los intercambios comunitarios de carbón que afectan a España no suponen más del 0,1% del total de las transacciones que en este rubro se llevan a cabo en el seno de la Unión Europea.

La obligación que la Comunidad intenta imponer a España, supone la ignorancia, además, de la posibilidad de mantener hasta en un 15% las fuentes energéticas autónomas, sucediendo que el carbón de origen nacional no alcanza este porcentaje.

Una interesante visión, surgida desde el conocimiento de los entresijos comunitarios, que constituye una aportación técnico-jurídica de un profesional recuperado para el conocimiento autóctono.

Enhorabuena al Colegio del Noroeste, a su decano y al amigo Vicente Luque.

Necesitamos que las actuaciones de nuestros políticos se revistan de contundencia ante los intereses comerciales de otros países de la Unión, evitando la adopción de medidas precipitadas, que solo servirían para crear más malestar social, privarnos de autonomía en un sector estratégico, y lanzarnos aún con mayor estrépito en el campo, no exento de minas de acción retardada, como lo ha probado la historia reciente, de las llamadas "energías alternativas".

Sabor auténtico a situación descontrolada

Sabor auténtico a situación descontrolada

Mi primera intención fue dedicar este Comentario a Telefónica, el grupo que representa, para mí, genuinamente la situación de decadencia y descontrol en el que ha caído España. Cualquiera de los miles de clientes que ha perdido -caídos en las redes comerciales de la competencia pero, sobre todo, forzados por la incompetencia de quienes están en la compañía aún pionera de la telecomunicación española-.

Pero he vuelto a mirar por la ventana de mi despacho y he pensado: ¿Por qué criticar a Telefónica, si todo el país está sumido en el descontrol casi absoluto? ¿Dónde están los que deben vigilar? ¿Quién está al volante? ¿Qué hace el futuro piloto, a dónde vamos?

Si el lector observa la foto, se podrá entretener en analizar cuántas infracciones se evidencian en ella. Una furgoneta comercial -aparentemente dedicada al transporte de la cerveza portuguesa SuperBlock- está negligentemente "aparcada" en medio de una vía pública, frente a un paso de carruajes debidamente señalizado, obligando a los vehículos que utilizan la calle -!y a los peatones!- a invadir el carril contrario. Ah, pero también hay un vehículo que ha estacionado sobre la acera.

¿Qué digo? Lo cierto es que estos trabajadores -si se analiza algo más y se me cree aunque no se les oiga, rumanos- utilizan la furgoneta, no para llevar refrescos derivados del lúpulo, sino para cargar chatarra, que proviene de un contenedor que una empresa de derribos tiene instalado en la salida de vehículos de una clínica. ¿Comercio de chatarra? ...Una cuestión que está, se supone, firmemente controlada.

No hace falta que el lector me siga si le expongo que, mientras esto sucedía, pasó un coche policial con las sirenas a todo chillar. Pasó de largo.

Sí, tiene razón Vd. al adiivinar que en toda la acera está, además, prohibido estacionar: el coche que aparece a la izquierda, también se encuentra en situación irregular.

Podía seguir contando lo que ya no se ve en la foto (almacenaje de botellas de gas inflamable en un tendejón ilegal, ruidos nocturnos provocados impunemente por unos irregulares sistemas de ventilación, clínicas funcionando sin las autorizaciones pertinentes, vecinos que guardan en sus casas animales protegidos, etc.)

Pero quería también hablar de Telefónica, una compañía que refleja perfectamente en qué país nos hemos convertido. Con una dirección floja, una comercialización muy deficiente, externalizada y técnicamente incometente, un equipo destruído -y en parte, los mejores, trabajando para la competencia- y una complacencia general de que vamos bien, de que no pasa nada, de que la culpa la tienen otros. No sabe/no contesta.

Diez robles americanos en Madrid en memoria del Once-Ese

Diez robles americanos en Madrid en memoria del Once-Ese

Diez años después, a las 12h del mediodía, los Príncipes de Asturias, el embajador de Estados Unidos en España (Mr. Solomont, al que acompañaba su esposa Susan), el alcalde de Madrid (Alberto Ruiz Gallardón) , la ministra de Asuntos Exteriores (Trinidad Jiménez) y otras autoridades y representantes de embajadas de los países que habían sufrido víctimas en los atentados del Once-Ese, protagonizaron una sencilla ceremonia por la que se concluyó, simbólicamente, la plantación de diez robles americanos en el Recinto Ferial Juan Carlos Primero de Madrid.

Había poco público, hasta el punto que los fotográfos y cámaras de TV desplazados allí, que ocupaban toda la primera fila, produjeron una sensación de que se trataba más de un acto mediático que otra cosa, y el importante despliegue de seguridad que un acontecimiento de este tipo implica, pareció concentrarse en ellos, ya que sus aparatos de trabajo fueron investigados una y otra vez.

El único en hacer uso de la palabra en el acto oficial fue el embajador norteamericano, que expresó el significado del homenaje a las víctimas de todos los terrorismos -no solo del once-ese-, entre las que incluyó los soldados muertos en Afganistán e Irak,  como muestra de la solidaridad entre los pueblos demócratas y su capacidad para resistir a los atentados de cualquiera que intentase socavar esa unión.

Me sorprendió que el príncipe Felipe no dijera algunas palabras. Se perdió así una ocasión de resaltar, en un acto que tendrá repercusión en Estados Unidos, la presencia de quien, cada vez de manera más cercana, habrá de ser investido como rey de España.

Otra vez será en la que los servicios de protocolo anden más atentos. También habría que preguntarse porqué, en un domingo en el que la vuelta ciclista llega a Madrid y en una mañana soleada pero no muy calurosa, se ha dado tan poca publicidad a esa conmemoración. Miedo no tenemos, ¿verdad?

(La foto que acompaña este comentario la tomé yo, alineado con el resto de fotógrafos dispuestos a dar testimonio del acto, aunque mi intención era manifestar mi repulsa hacia cualquier acto terrorista y mi solidaridad con las víctimas de la barbarie que aflora, como un cáncer ideológico, en los seres humanos que renuncian a identificarse con la calma que emana de la Naturaleza).

Premio Principe de Asturias a los Héroes de Fukushima

El Premio Príncipe de Asturias a la Solidaridad no ha podido tener mejor destinatario este año de 2011. El Jurado ha otorgado este galardón a un grupo de japoneses anónimos, que tienen en común una cualidad muy poco habitual: son héroes.

En el Club Español de Medio Ambiente hemos tenido la visión de conceder la Medalla de este Organismo, en cuya Junta Directiva figuran algunas de las autoridades ambientales del país, a ese conjunto de esforzados que no han dudado en ofrecerse voluntarios para entrar en el recinto contaminado de las centrales afectadas por el seísmo de Fukushima y tratar de controlar, exponiendo sus vidas hasta un nivel que nadie podía predecir, las reacciones que se estaban produciendo en unos reactores que habían quedado a la deriva, desconectados de los mecanismos automáticos que deberían haber servido para regular su funcionamiento.

No sabemos sus nombres, y hasta ignoramos exactamente cuál ha sido su evolución desde entonces. Dicen que alguno ha muerto, que otros han sufrido graves quemaduras, que todos se han visto sometidos a radiaciones que les acarrearán enfermedades seguras, posiblemente cánceres que les causarán su muerte prematura.

En la carta que en marzo pasado, el Presidente del CEMA, Rafael Fernández Rubio, dirigió al embajador de Japón, Excmo. Sr. Fumiaki Takahashi, se decía:

"La Junta Directiva del Club Español de Medio Ambiente, por unanimidad, ha resuelto conceder la Medalla de la entidad a los técnicos y trabajadores de la central nuclear de Fukushima Daiichi (Japón) que, con auténtico heroísmo, se han entregado a la tarea de  reducir los efectos radioactivos de este accidente, con grave riesgo para su integridad personal e, incluso, de sus vidas, ofreciendo al mundo un ejemplo de generosidad y altruismo, que eleva la condición humana a las más altas cotas de solidaridad."

El 6 de junio de 2011, en las dependencias de la Fundación José María Blanc para Defensa de la Naturaleza, en Cañada Real, el embajador recibía, en nombre de los homenajeados, la preciada medalla. Llovió a cántaros: así quiso también contribuir la Naturaleza a ese acto emotivo, que honró al Club, porque supo reconocer las virtudes de quienes, mientras otros gritaban desaforadamente, hacían lo que pocos se hubieran atrevido a hacer, y que redundó en beneficio de todos, poniendo sobre Japón, muy especialmente, la estrella del valor, del sacrificio por los demás, de la subordinación de los intereses personales ante el beneficio de la colectividad.

No se ha escrito bastante acerca de lo que esto significa.

¡Héroes de Fukushima, quienes quiera que seáis, presentes!

España, ¿en el camino a convertirse en una anarquía sin respeto ni valores?

Puede que este comentario sea integrado junto a otros que han surgido de la indignación que, en muy diferentes escalas, está recorriendo -como un nuevo jinete de la Apocalipsis- el mundo.

No pretendo alinearme con los indignados del 15-M, ni -aunque debo manifestar mi simpatía a su expresión de fondo- compartiría mesa y mantel con esas otras diversidades de descontentos que están protagonizando, con resultados muy confusos- la llamada "primavera árabe" (hoy camino de su otoño).

Pero es cierto que, como otros españoles -no sé si centenares, miles, o millones; no tengo posibilidades de contarlos: muchos- participo de la sensación de estar sufriendo la presión de un descontento grave, un malestar que encuentro generalizado, que produce una frustración colectiva honda, respecto a la situación en la que nos encontramos y la capacidad de los actuales gestores y sus alternativas conocidas para sacarnos de ella.

La desilusión abarca órdenes tan profundos, tan serios, que si tuviera la seguridad de ser el único en sentirme así correría a que me tratara un siquiatra. Desgraciadamente para la realidad, no estoy, ni mucho menos solo.

Ni me parece que podamos jactarnos de vivir en una democracia, ni, en lo que conozco -y conozco batante-, puedo defender que las instituciones y las principales empresas del país se comporten con la lealtad, la diligencia y la honestidad que debiera exigírseles.

Ni los partidos políticos pueden alardear de estar haciendo las cosas bien, defendiendo los intereses generales, entregándose sus miembros más significados a la labor de mejorar las cosas y hacer propuestas serias y compatibles, ni es posible creer que las administraciones públicas, los órganos judiciales, los consejos de administración de las empresas más relevantes de España, los servicios públicos y los responsables de las más significativas iniciativas privadas, estén en situación de defender que están haciendo lo que deberían para mejorar la situación, cumpliendo con su deber, ejecutando lo que esperábamos de ellos.

Estamos, en este momento, en un país a la deriva, cansado, viviendo una falsa situación de democracia -era otra cosa; esto se parece más a una anarquía-, alimentando un mundo de fantasía, jalonado de mentiras, medias verdades, sustos y parches de última hora. Son demasiados los ejemplos que conocemos de faltas de honestidad, de diligencia, de inteligencia, de conocimientos, en quienes están ocupando los puestos relevantes. Y es mucho más, seguro, lo que ignoramos todavía.

Hace falta un cambio profundo, producto de una reflexión global, sincera, activa, de lo que nos está pasando.

Esto no puede seguir así. Yo, como supongo que todos los que conmigo coinciden en manifestar su buena voluntad pero sus limitados conocimientos, no tengo la solución. Solo puedo ofrecer mi trabajo, mi respeto a los valores básicos de la persona, mis principios éticos inquebrantables, y mi saber -limitado a aquello en lo que tengo experiencia y  he podido conocer y estudiar en profundidad-, y, desde luego, mi lealtad para ayudar a encontrar una vía.

Como otros, estoy, estamos disponibles.

Por qué crece el número de fanáticos dañinos

La población noruega está conmocionada por el asesinato en masa provocado por un fanático al que se ha catalogado como "fundamentalista cristiano", según fuentes policiales locales. (1)

Han sido, por lo menos, 97 las personas las que, en dos acciones perpetradas el día 22 de julio de 2011, -según parece, por un solo individuo-, han perdido la vida en un tranquilo país, en el que, según coinciden los entrevistados, con el rostro congestionado por la tragedia, "ahora ya no se está seguro".

La investigación policial está sometiendo a un exhaustivo interrogatorio, supongo, al sospechoso de haber confeccionado el maquiavélico plan, para tratar de descubrir sus móviles, dilucidar si ha actuado solo y, en fin, si habrá ideado más atentados-bomba. Por las pesquisas ya realizadas, el asesino protagonizó directamente ambos atentados; en el más sangriento, disfrazado de policía, consumó el asesinato a tiros de 90 personas, causando, además, varias decenas de heridos, todos ellos, jóvenes simpatizantes del Partido Laborista noruego: no es, por lo tanto, en verdad, ni un "fundamentalista cristiano", ni un "antiislamista", ni un "antisistema", ni un "loco sin ideología".

Es un fanático obsesionado con amedrentar a los jóvenes de la izquierda moderada de su propio país, utilizando el asesinato como arma persuasiva.

Me temo que está creciendo el número de fanáticos dañinos, y es imprescindible que los pacíficos analicemos las razones. Habrá que apuntar, por supuesto, a un conglomerado de causas, si bien -contrariamente a lo que podría aparecer como una rápida conclusión de porqué estamos ahora viviendo más episodios de violencia protagonizados por individuos aislados o grupúsculos marginales- no me parece que la principal sea la tolerancia complaciente de nuestra sociedad, fruto del buenismo y la relativa facilidad con la que un individuo anónimo se puede convertir, de la noche a la mañana, en un terrorista cuyo nombre ocupa la primera página de nuestros diarios occidentales.

Tampoco hay que culpar a sus parientes cercanos, incluso putativos: la hipotética  dejadez, el alto grado de inopia, la anomia (2), etc. de la sociedad hacia los que se exceden, el relativo escaso castigo hacia los que matan, siempre menor que el que han inflingido a sus víctimas.

Cada día me convenzo más que la razón fundamental del fanatismo exacerbado de unos pocos, que les lleva incluso al estado de enajenación de creer que con su actuación destructora pueden dar un mensaje - tanto si están o no dispuestos a llegar a su propia inmolación-, es la intolerancia creciente que se pone en evidencia, con excesiva frecuencia, por los líderes de la sociedad, que contribuyen, en su conjunto, a colocar en un grado cada vez más alto la crispación y el desprecio al otro, cuando es diferente, y que se han instalado, como valor -asqueroso valor- entre nosotros.

Hay que decir, con un clamor, que no tiene razón nadie que vea en su diferencia el mérito principal de su existencia. No por haber nacido en una zona del mapa, ni por profesar un credo, ni por hablar una lengua, ni por pertenecer a una etnia, ni tampoco por tener más dinero o más poder, se es mejor, ni se tienen más valores, ni se ha adquirido el menor derecho a avasallar a los demás.

Deben manifestarlo, ante todo, los que manejan los mayores grados de comunicación y potestad: Los gobernantes, los políticos, los empresarios, los sindicalistas, los líderes religiosos, los responsables de cualquier institución u organismos, cuantos se erigen en cabecillas de grupos, y quienes organizan cualquier tipo de asociación, evento, exhibición, o arriesguen exponer cualquier teoría que presente, sin dar razones, lo suyo como mejor al del oponente-.

Han de saber que animar al desprecio al que opina diferente, al que no es miembro, al que no es igual, es una invitación a que, aunque no lo pretendan, algunos individuos entiendan que están autorizados para poner orden por su cuenta, aniquilando o agrediendo al que esté fuera.

Si no basta esta argumentación, si se quiere poner imágenes a una historia bien construída y no se quiere apelar a la Historia de la Humanidad, invito a ver "La ola" (Die welle, la película dirigida por Denis Gansel en 2008 con base en el experimento de "La tercera ola") y a adentrarse sin pudores en el mensaje.

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(1) Quien lanzó esta apreciación, tal vez pretendía, con esta denominación, invitar a un paralelismo con el "fundamentalismo islámico", al que se le imputan los atentados de AlQueda y otras fuentes de desequilibrio en el orden internacional. Me parece que son ganas de retorcer los análisis, agrediendo de paso a los creyentes de las dos religiones con más proyección en este instante, basadas hoy, después de un período de maduración, para la inmensa mayoría de seguidores, en la tolerancia, y el respeto. 

(2) Anomia en el sentido de "ausencia de ley".