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El blog de Angel Arias

Relatos de A. Arias

Papeles comprometidos (Cuentos de Pareja)

Como regalo de Navidad, obsequio a mis lectores con este Relato de mi Libro: "Cuentos de Pareja". Ojalá os guste. 

  Escribió con bolígrafo en una hoja atrasada del calendario de la cocina: "Tienes tortilla en el horno", dejó el papel sobre la mesa del comedor y se acostó. No estaba cansada, pero quería demostrarse que no iba a permanecer indefinidamente esperando por él. Ella no era reposo del guerrero de nadie.  

Al poco tiempo, volvió a encender la luz. Nerviosa, exploró en el montón de revistas de moda y ecos de sociedad, que se habían ido amontonando durante meses, y encontró un libro cuya presencia había olvidado. Acostumbraba a dejar material de lectura junto a la cama, para entretener las horas hasta que le vencía el sueño. También era un pretexto con el que acallaba su necesidad de acumular defensas a su lado del dormitorio.

El libro estaba en inglés, y al retomarlo en sus manos recordó nítidamente el momento en que lo había comprado. Había sido en París, en una librería de viejo a la que habían entrado en su deambular por las callejuelas cercanas al Sena. Leyó varias veces su título, mientras arrancaba con la uña la etiqueta con el precio que todavía estaba adherida a la cubierta: Dried Flower Ideas.

El tema le había parecido entonces atractivo, pero el interés había quedado pospuesto sucesivamente y, dadas sus dificultades con el idioma, resultaba complicado seguir las instrucciones para secar flores y componer centros de jardinería muerta, que la autora detallaba tan prolijamente. Javier había empezado a traducírselo, pero pronto lo dejó, alegando que era lo más cursi y pedante que se había echado jamás a la cara. Así que, desde aquella noche, allí había permanecido aquél libro.

Habían transcurrido dos meses y seis días desde entonces; fué la última vez que hicieron el amor.
 Como no estaba libre de raíces románticas, y menos al principio de una noche en la que apetece tener a alguien al lado pero ese deseo no va a realizarse, aplicó su fórmula de cabecera para salir de la confusión: ningún hecho trivial carece de significado.

Desde niña, le gustaba interpretar los imprevistos como un mensaje. Por eso, se tradujo a sí misma la razón oculta del hallazgo de ese libro inocente: necesitaba ideas para recomponer el decorado de su propia vida, debía darse prisa en incorporar nuevos elementos, antes de que se marchitasen los antiguos.

La reflexión le resultó banal, pero, desde su pesimismo actual, razonó también que cualquier medida terapéutica llegaría ya demasiado tarde. Su vida había encallado, al parecer, en el atolón del aburrimiento sin remedio.
 

Intentando cambiar de aires, y con la mirada absorta en una composición floral de aquenios, siemprevivas y bártulos, rememoró la alocada carrera juvenil con la que ella y su amiga Gloria habían alcanzado el ferry que hacía el trayecto turístico sobre el Sena. Cogidas de la mano, como dos adolescentes, habían subido al barco cuando empezaban a izar la rampa de acceso.

Gloria trastrabilló y estuvo a punto de caerse al agua, pero, instintivamente, había apretado su mano en la suya y, gracias a esa ayuda, pudo recuperar el equilibrio. "Están Vds. locas" -dijo el patrón, moviendo la cabeza con reprobación. "Cada cinco minutos hay un barco idéntico. ¿Tanto les molestaba esperar?".
 

-Me has salvado del ridículo -había susurrado su amiga, todavía sofocada, mientras ambas se sentaban al fondo de la embarcación, con algunas miradas centrándose sobre ellas.-Vamos a necesitar más salvadores -recordaba haber replicado ella misma-. Acabo de leer que los billetes se compran en el muelle antes de embarcar y que la multa por subirse sin ellos es de ciento cincuenta francos.-Eso te pasa por saber francés. Yo alegaré ignorancia invencible.-El letrero está también en español.-Quelle paveur!. Pues si nos obligan a abandonar esta chalupa, cruzaremos el río a nado, como buenas espaldas mojadas -le sonrió Gloria, acariciando su tobillo derecho, algo dolorido-. Cuando lleguemos a la otra orilla, pondremos a secar nuestras ropas sobre el muro y, mientras tanto, interpretaremos un número bufo de zarzuela.-Sí. Sólo nos faltaría don Hilarión. -Ese papel se lo adjudico al patrón de este bateau. Mira la cara de rijoso que se le ha puesto; va a estrellarnos. 

Reavivar la presencia de la sonrisa espléndida de Gloria, una mujer llena de vitalidad, de talante tan inteligente como despreocupado, le reabrió las puertas de la injusticia de la vida. Tuvo una sensación, más que un pensamiento elaborado: somos prisioneros de recuerdos que nos hacen daño. Gloria se había muerto a la semana de aquél viaje, estrellando su coche de madrugada contra la medianera de la autopista a Barcelona; un extraño accidente. 

Llamaron al teléfono. Se levantó, rápida, sin ponerse encima la bata ni calzarse las zapatillas. Sintió el frío de las baldosas en las plantas desnudas de los pies. Era él. "Estamos celebrando que han hecho fijo a Miguel en la agencia". Su voz tartamudeaba un poco, como le sucedía cuando había bebido una copa de más. Le pareció entender un fondo musical, pero sólo se le ocurrió preguntar: "¿Quién es Miguel?". "Se te oye muy mal. ¿Cómo está el niño?. Se me acaban las monedas."-comentó la voz, que no parecía querer hablar de más-.

Ella sabía bien quién era Miguel: uno de los personajes ilocalizables que Javier movilizaba para dar mayor credibilidad a sus historias. "Llegaré tarde". "Ya es tarde. Hace rato que Javi está acostado" -replicó ella, aunque añadió en tono amable:- "Tienes tortilla en el microondas". Siguieron algunas palabras, que sonaron a trámite burocrático: "No me esperes levantada. Acuéstate".
 

Permaneció un rato oyendo el tono del aparato, distraída, antes de colgar. La casa estaba silenciosa, aunque atendiendo mejor se distinguían algunos ruidos de coches procedentes de la autovía. La única sensación que tenía era de soledad. Entonces se percibió de que estaba descalza, y un escalofrío la recorrió.

"Sólo falta que agarre una gripe", pensó. Le sorprendió el sonido ligeramente enfadado, de sus palabras: las había pronunciado en voz alta.
 

A la mañana siguiente, ambos se sobresaltaron a causa del despertador. El se quejó de dolor de cabeza. Pero ella se interesó por la tortilla de patata: "¿Comiste la tortilla?". "Qué cosas tienes, mujer. No me apetecía nada. Además, ya habíamos picado algo por ahí".

El hubiera hecho un comentario acerca de la luz encendida que encontró cuando llegó, a las cuatro de la madrugada, o de las razones que explicasen el cursi libro abierto en su regazo o, mejor aún, hubiera detallado la manera delicada con la que había subido el embozo de la cama, para cubrir sus hombros.

Ella de buena gana hubiera deseado conocer a qué hora había llegado, aclarar con él si había sido ella misma la que había vuelto a colocar el libro sobre la mesita y resolver, en fin, la duda bastante infantil sobre si había sido Javier quien, algo bebido, le había dado un beso y le había acariciado bajo el camisón, o eran solo figuraciones construídas desde el sueño.

Marta miró la espalda desnuda de Javier, sentado en la cama mientras se ponía los zapatos y los pantalones; sin explicación, tuvo el deseo de recorrer con sus manos aquella figura que conocía bien; le hubiera dado un pellizco en las nalgas; no necesitó contenerse, porque desde hacía algún tiempo, su cerebro no mandaba a las manos.
 

No se dijeron más hasta que entró en la cocina el pequeño Javier. Entonces se concentraron en él. Como todos los días, el niño se había incorporado al oir el trajín de la casa, y se acercó somnoliento, en pijama y chancletas, tanteando la protección de su madre, para que lo vistiera para ir a la guardería. -¿Pasas hoy a buscarlo tú? -preguntó Javier, engullendo a grandes mordiscos una tostada con jamón de york y mermelada. "Vamos a llegar tarde", le dijo al pequeño, con la boca llena, sin esperar una respuesta inmediata de Marta, que estaba acabando de componer la cama de matrimonio.

Desde hacía dos meses, la operación resultaba más cómoda, ya que, como sus cuerpos apenas si se rozaban, el lecho no se deshacía. Ella miró la hoyada de ambos, bien perfilada, y aspiró el aroma que despedía el hueco que él había dejado, un olor a almendras y a salina.

Generalmente, Javier llevaba al chico a la escuela, porque le quedaba de paso. Por el contrario, recoger al pequeño se convertía en una operación que debía ser negociada diariamente.
-Hoy me viene mal -la voz de mujer provenía ahora del cuarto de baño, en donde ella se estaba peinando los rizos con un cepillo-. Tenemos reunión de grupo.-Tenéis reunión cada dos días.-El nuevo jefe de departamento es mucho más estricto. Quiere revisar los expedientes de la sección de hemiplejía con un fisioterapeuta rumano.-Bueno, pues iré a buscarlo yo.  

Ella adivinó el tono de disgusto, porque atajó sin contemplaciones: "-Por una vez que hagas algo por el niño, no te vas a herniar." El no contestó, cogió al niño de la mano y se marchó sin despedirse.

Marta se fué al microondas y miró la tortilla de patata; la recogió y la arrojó a la basura, cerrando después la bolsa.
 La ilusión había ido languideciendo poco a poco, aunque en los últimos meses la caída se había acelerado. No encontraban una razón concreta. Pero lo cierto es que habían dejado trascurrir mucho tiempo sin hacer el amor, es decir, sin borrar las huellas de la falta de diálogo, sin renovar el interés. Faltaba una explicación coherente.

Ahora, simplemente un día se superponía sobre el otro, y la acumulación de jornadas de silencios, de incomprensión, de fastidio, adquiría una dimensión que empezaba a dar miedo, porque servía de argumento para admitir una jornada más sin intervenir, y la distancia aumentaba.

Marta se notaba a sí misma cansada para hablar, para disculpar, aunque la ausencia de sus caricias y pensamientos pesaba como una losa sobre el alma. No era ella una persona sensual, ni mucho menos, pero algunos días sufría la necesidad de que la acariciasen, la tocasen, la escuchasen.

En esas fechas, que no tenían que ver con el período ni con el tiempo atmosférico, quería sentirse mimada y deseada. A veces sospechaba de las infidelidades de Javier y, desde luego, no estaba dispuesta a perdonárselas, pero no tenía ningún fundamento serio; era la carencia física lo que no resultaba fácil de suplir. No le bastaban los besos, abrazos y achuchones que prodigaba al inquieto y revoltoso Javier.

Quería un roce más áspero, en el que ella no llevase la iniciativa, donde ella fuera el juguete.
 ¿Estaba él en la misma situación?. Para Marta, era posible que, aunque pretendiera refugiarse con sus escapadas de la realidad, en sus silencios, él también sufriera.

Confiada a sus pensamientos, Marta retiró las llaves del coche, puso una nota para la asistenta, y cerró la puerta de casa con doble llave. Nunca se había imaginado a Javier en brazos de otra, pero no podía descartar la sospecha de que él se hubiera echado una amiga, a la chita callando. Sabía que él era una persona mucho más sexual que ella. Si Javier se había enamorado de otra, porque algo debía haber, era porque ya no la amaba. Le dió rabia que hubieran perdido, sin defenderlo, la fe en el proyecto que habían intuído cuando decidieron vivir juntos.

Se convenció, mientras conducía maquinalmente de semáforo en semáforo hasta el Hospital, de que ella tampoco quería como antes a su marido. Ya no.
 

Sonó el teléfono móvil. "¿Qué te pasa, te has dormido?. Estamos esperando desde hace ya un buen rato". Despertó de pronto. Estaba llevando el coche, sin darse cuenta, al domicilio de sus padres, en Aravaca. "Estoy metida en un atasco -improvisó, volviendo a la realidad en un instante-. Llegaré en cinco minutos." Aguantando el aparato entre la cabeza y el cuello, farfulló más disculpas, y salió de la autopista por el desvío inmediato; oyó algunos pitidos de claxon, protestando por la forzada maniobra.

Retornó hacia Madrid a toda la velocidad que le permitió la fuerte congestión de tráfico de aquella hora de la mañana. "Me estoy comportando como un autómata mal regulado", razonó para sus adentros.
 

Tenían muchos amigos, que habían ido recogiendo a lo largo de los años, sobre todo por la gran facilidad de Javier para acercarse a todo el mundo. Parecía capaz de entablar amistad hasta con un chimpancé del Retiro. Salían todos los viernes a cenar con otras parejas; dejaban al pequeño alternativamente con los padres de él o de ella.

Los abuelos se disputaban el placer de quedarse con el niño. Marta era muy consciente de que los mayores se lo estaban malcriando, pero necesitaba ese día de expansión a la semana, para desconectar de las duras jornadas de rehabilitación, de los apósitos, de los masajes y la sangre.

La mayor parte de los conocidos los había aportado él; eran compañeros de su trabajo en la agencia, clientes o antiguos compañeros de estudios, con los que Javier parecía disfrutar organizando cenas en las que las esposas eran un adorno necesario.

Pasaban el tiempo juntos contándose banalidades, en donde Javier resplandecía. Era un vendedor, había nacido para convencer, persuadido él mismo de que nada se podía resistir a su fórmula, que le llevaba a seducir indiscriminadamente. Marta fué uno de sus trofeos.
 

"-Daría una uña del dedo gordo del pié por averiguar lo que pasa hoy por esa cabeza", le dijo, lanzándole una bolita de papel, el director del Departamento, mientras repasaban en grupo las actividades del día y las incidencias de la noche. "Estoy preocupada porque Javier está enfermo", mintió.

Le apetecía darse un paseo sola por algún Parque. "¿Con quién lo has dejado?", preguntó amablemente el Dr. Vartrina, que aprovechaba cualquier circunstancia por ganar algunos enteros en su objetivo de seducir a la bella Marta. "Está con la asistenta, pero hoy me gustaría marcharme en punto." "¡Ah, las madres!. Sois muy capaces de ignorar un sarcoma en vuestro marido, pero perdéis el culo ante la menor gripe de vuestros hijos", se creyó con la oportunidad de intervenir el seboso Ricardo, ATS de Generales, machista acomplejado. Marta le dirigió una mirada de desprecio, pero sus ojos verdes, grandes y melancólicos, reflejaban mal los sentimientos duros.
 

Recreó la circunstancia en que encontró a Javier. Hacía once años. Ella cumplía ese día diecinueve. Había invitado a un grupo de compañeros de la escuela de enfermería a tomar alguna cosa. Se habían sentado en torno a dos mesas en un bar de Atocha, mientras compartían cuatro raciones de jamón y queso y bebían Valdepeñas de un porrón.

Charlaban sobre los próximos exámenes, quizá teorizaban sobre las dificultades para encontrar empleo cuando terminasen, probablemente se zambullían, como los somormujos en su lago, a la busca del alimento del bienestar, pasando sobre lugares comunes. Javier se acercó con una carpeta azul en la mano y preguntó si alguno de los presentes era dueño de un coche que estaba aparcado fuera. "Un fiat rojo", aclaró.

Era un chico alto, moreno, de pelo negro intenso.
 Contestaron que no, que qué más querrían. No tenían coche alguno, eran modestos peatones. "Me impide salir." -explicó el extraño- "Se ha puesto justamente tapándome el camino. Hay gente que no tiene ninguna consideración con los que estamos trabajando".

Marta se fijó en sus ojos, con inconfundibles matices burlones, y se despachó en su abierta sonrisa. Le gustó a primera vista, antes incluso de que pidiera permiso para sentarse con ellos.

"Ya que no puedo sacar el coche, si no os molesta, me apetecería quedarme un rato con vosotros, hasta que el tío del fiat se digne mover su chatarra". "¿Y tu trabajo?"-preguntó uno de los muchachos, molesto por la intromisión de un competidor de aspecto aventajado. "Por hoy, ya he hecho bastante"-explicó el desconocido-. "En todo caso, como el jefe de mi negocio soy yo, puedo darme permiso hasta mañana". "Bueno, pues quédate con nosotros" -se había precipitado tal vez a ofrecer Marta, encontrando que aquél muchacho, algo mayor que ellos mismos, ofrecía el interés que sus amigos tenían agotado. "Estamos celebrando mi cumpleaños. Pero te advierto que hemos decidido pagar a escote".

Javier se introdujo rápidamente. Era ocurrente, ágil, distendido; pasó a ser, sin dificultad ni recelos, el protagonista de la reunión. No tenía reparos en explicar, ridiculizarse, recomponer. Pidió más cosas de comer, cacahuetes, almendras, uvas pasas; hizo cambiar el vino Valdepeñas por ron y coca cola para todos. Persuadió a las chicas para que llamasen a sus casas, ofreciendo a cada una, la excusa adecuada -a su carácter, decía- y, en su momento, propuso que siguieran la celebración en una discoteca. A esas alturas de la fiesta, nadie se extrañó de que no tuviera coche, porque se dividieron con toda naturalidad en dos grupos para tomar un taxi.
 

Esa misma noche contó a Marta que se había sentido atraído por Gloria, que era pelirroja, pecosa, distinta. Hablaba sin parar y no aburría. "Creí que era extranjera" -sus palabras, más que a justificación, sonaban a maniobra para generación de celos- "Aunque me dí cuenta de que la más interesante del grupo eras tú". Bailaba muy bien, apretándose suavemente en cada movimiento. "Ya, pero deja las manos quietas", había dicho ella, pugnando por no sucumbir al hechizo de su locuacidad, de la noche, de su masculino atractivo.  

Aquella velada fué preludio de otras más, en las que cultivaron la amistad y el interés recíproco, hasta desembocar en una vida en común, en el matrimonio, en un hijo que fue el premio que se concedieron cuando la relación empezaba a palidecer -se daba cuenta ahora.

La carpeta azul se quedó en la guardarropía de la discoteca y, como nunca más se acordó de ella, Marta dedujo que debía contener papeles en blanco, y hasta admitió que la utilizase también como fantasía para entablar relaciones.

Después de algún tiempo de convivencia, apreció que la simpatía de Javier se desarrollaba, sobre todo, de puertas para fuera. Era extrovertido, jovial, exultante hasta el propio desprendimiento, con cuantos acabara de encontrar. Pero no profundizaba, se mantenía flotando en la superficie de los afectos que se sabía granjear de forma tan sencilla.
 

Cuando le entró la duda de si Javier era real o imaginario, se casaron, porque decidieron que debería tener un hijo antes de treinta años. Trataba a todos como conocidos de antiguo, seduciendo con idéntica despreocupación a los que se cruzaban en su camino. Era espléndido, pero con una largueza que se multiplicaba cuanto menor relación le unía con el objeto de sus regalos, de su conversación ilusionada, de su atención desproporcionada.

Tenía todo el tiempo del mundo para el último en llegar. Pero para quienes formaban parte de su círculo más íntimo, para sus mejores amigos y, en especial, para Marta, le faltaba tiempo. Se escapaba.
 

-¿Por qué no te preocupas más por mí o por el chiquillo?-Ya lo hago. Os dedico todo mi tiempo libre. -a Javier la pregunta le había cogido de improviso, y la despachó como quien receta aspirinas. -No te fijas en nosotros. Somos parte de un decorado.-No seas ridícula. -la miró a los ojos, intrigado por la seriedad del tono de sus reparos- Sois la razón por la que lucho en la vida.-Eso no te lo crees ni tú. La razón fundamental de tu vida eres tú mismo. Por no fijarte, ya ni te fijas ni en mi cuerpo. -movió su pelo, coqueta- Hace unos días me paseé desnuda ante tus narices y me miraste como si fuera la televisión.-¡Ah, estás picada por eso!. Te ví pasar en bolas y pensé que estabas depilándote. -Sí, recordaba bien, por supuesto, la exhibición del cuerpo femenino, extemporánea, sorprendente; una travesura portadora de un mensaje que había captado perfectamente, pero que no consiguió reformar su malhumor, en otras ocasiones, vulnerable.-Hace unos años no habrías resistido el deseo de abrazarme.-Si después de once años de intimidad siguiera siendo excitable por las exhibiciones nudistas de mi esposa deberían llevarme al circo Price, entre los enanos y el domador de canguros.

Había sido cruel, pero el supuesto ingenio le bloqueó aún más la puerta de salida. Así que, para Marta, los días empezaron a ser inextricablemente iguales unos a otros. Cuando volvía del Hospital, tomar el relevo de la asistenta para disfrutar del pequeño Javier era la única diferencia que añadía encanto a la realidad anodina en la que se habían convertido las intenciones de ambos, cualesquiera que fuera su signo. Javier padre parecía vivir una existencia al margen; llegaba cada vez más tarde, hablaba muy poco.

Unicamente en las reuniones de los viernes, volvía a lucir con luz propia. Contaba historias fantásticas, desplegaba el mismo derroche de simpatía que le había caracterizado siempre. Marta se sorprendía al principio, extrañada de lo que creía era capacidad de disimular de su esposo. Acabó encontrando en esos encuentros una razón más de la falsedad que la envolvía, episodios inducidos por un ser con personalidad de artificio, que se ocultaba durante la semana para resplandecer con todas sus galas ante quienes le podían dar mucho menos que ella.
 

La noche del accidente de Gloria, habían estado cenando los cuatro en un restaurante argentino. Javier estuvo divertido, como siempre. Incitaba a las dos mujeres a contar el detalle de su semana en París, y cuando ellas hablaban de monumentos, museos y chocolate con cruasán, él inventaba que sus esposos habían contratado los servicios de un detective que les había pormenorizado sus andanzas, con un informe reservado de las salidas del hotel, sus paseos románticos en barco y fogosas noches de placer. Gloria reía, divertida, siguiéndole sus bromas (a veces picantes) y Marta tuvo por un momento fugaz la intuición de que Javier gustaba a su amiga.

Era natural, después de todo.
 -Vuestro detective se ha equivocado de personas -dijo Gloria, entre risas, mirando sobre todo a Javier, quien había encendido un cigarrillo-. -Hay incluso fotos comprometedoras.-¡Qué traidor! -Marta permanecía callada, observando a Mario-. ¿A qué vuestro hombre va a ser el fulano que se ofreció para enseñarnos Pigalle?.-No creo. Nuestro enlace era un patriota, pero de los Pirineos para abajo. Salvo que le hayáis hecho todo "un francés" por vuestra cuenta-a Javier le gustaba bordear la chabacanería; el humo de su cigarrillo se extendió sobre las cabezas de los cuatro.-Imposible. Era muy basto y estaba sin duchar -Gloria repuso, rápida, y al moverse hacia atrás en el asiento, su pelo rojo adquirió nuevos reflejos.

Marta estaba siempre sorprendida de que ellos dos improvisaran diálogos tan vivos, ingeniosos y variados; si no conociera tan bien a ambos, le parecería que los hubieran ensayado-. Lo más que pudimos hacer por él fué regalarle un champú para que se quitase el olor a aprisco de Guadalajara. Así que lo que haya hecho el alcarreño, lo habrá hecho con vosotros.
 

Mario no sintonizaba bien con Javier porque, a diferencia de la inmensa mayoría, la amistad con aquella pareja era una aportación de Marta. Era un ingeniero más bien soso, blanco de tez, de pelo ya clareando. Tenía ojos oscuros de mirada inquisidora, pero contenido inexpresivo. Era responsable de redes en una compañía eléctrica, aunque su trabajo parecía importarle menos. Le gustaban los coches, los viajes; era tímido con las mujeres.

Cuando le parecía que debía hablar, soltaba cuentos de enamoramientos misteriosos en la empresa, historias cruzadas de traiciones en matrimonios y gozos prohibidos entre sombras, que contaba con una frialdad excesiva, y con tan pocas palabras, que reducía cualquier anécdota a caricatura. Desprovisto de gracia, lo curioso era apreciar que le gustaba contarlas.

Desde que murió Gloria no se había prodigado más. El día del funeral fué un fantasma, y luego desapareció. Aunque cada viernes pensaban en llamarlo, invitarlo a cenar, ni Javier ni Marta tomaban la iniciativa de decírselo al otro, con lo que el tiempo pasaba y también esa relación se estaba enfriando. Se había destruído el eje de la amistad, que era la intimidad entre las dos mujeres.

Marta no esperaba por eso que Mario le telefonease aquella tarde al Hospital. La telefonista de la centralita le pasó la llamada al box de enfermeras en rehabilitación. "Es una voz de hombre, pero no es Javier" -le previno.
 -Hola, ¿Cómo te va? -reconoció inmediatamente la voz de Mario, ronca por el tabaco, que parecía siempre preparada para estallarle en el gaznate.-¡Mario!. Estamos todo el tiempo pensando en llamarte, pero ya sabes cómo es esta ciudad. ¿Qué tal han ido las cosas?.

Marta sintió vergüenza por el tiempo que había pasado desde que se besaron, llorando, en el funeral de Gloria: todo el mundo estaba de acuerdo en que ellos dos eran los más afectados. Pero la amistad verdadera era con Gloria, su amiga muerta, aquella con la que había compartido tantos secretos.

-Ayer iba a dar a Cáritas la ropa de Gloria y, al revisarla, encontré un diario. Habla de tí. Bueno, habla de todos, pero lo que cuenta te interesa a tí.-¿Un diario? -era la primera noticia que tenía de las aficiones literarias de su amiga- ¿Y habla de mí?. ¿Qué dice?La voz de Mario se tornó aún más enigmática, firme, cerrada: "-Prefiero no comentártelo por teléfono. Te invito a tomar un café hoy después del trabajo".

Lo cierto es que a Marta no le apetecía remover heridas; no tenía suficiente confianza con Mario y le molestaba tener que compartir secretos, por lo que parecía, con un hombre sin atractivo personal, y de una manera tan forzada. Siempre lo había considerado poco, un tipo obsesionado por el trabajo, sin juego de cintura, torpe en todo lo que no fueran las tarifas eléctricas.

Así que pretendió excusarse: "-Tengo reunión de grupo."
Pero él se encontraba persuasivo: "-No será tan importante. Anúlala. Pide permiso por algo urgente. Dí que tu niño se ha puesto malo". Inventar enfermedades para el pequeño Javier parecía el argumento fácil para todo el mundo aquél día y, sintiéndose supersticiosa, claudicó: "-Bueno, quedamos a las siete y media. Aquí cerca". "En la cafetería Arizona."-reaccionó Mario. El piloto de la habitación 315 se encendió, acompañado de un pitido de aviso. Marta se levantó, sin soltar el teléfono: "-Allí estaré", dijo con voz tenue. 

Mientras preparaba la jeringa para inyectar un calmante, se mantuvo en la intriga acerca de los motivos de aquella llamada, que le abría la existencia de un diario ignorado, de una amiga con la que había compartido todos los secretos. ¿Habría recogido en él, imprudentemente, alguna de las cosas que le había contado?. ¿Pero qué cosas?. ¿Y por qué?. Gloria y Marta se habían prometido lealtad, renovando ese pacto agradable en múltiples ocasiones.

Después del viaje a París, conseguido como un triunfo de la independencia respecto a sus esposos -era el regalo a los treinta años de existencia de ambas-, se había profundizado la relación. Eran como dos hermanas. Ella sabía cómo había sentido su muerte, hasta qué punto la había aturdido. Cómo se sentía culpable de haber provocado, la noche de su muerte, la estúpida discusión que motivó que Gloria cogiera el coche y saliese, enfadada, del restaurante en donde se estaban divirtiendo.
 

Cuando llegó a la cafetería, Mario ya estaba allí esperando. Se dieron un beso, y ella notó su boca caliente en el rostro frío. Estaba más delgado, y el pelo desarreglado le hacía aparecer mayor. Debía tener cuarenta años. "Estás tan guapa como siempre", dijo él."¿Qué tal os van las cosas?".

A Marta se le hizo otra vez cuesta arriba explicar dos meses de silencio, llenos de sinrazones que no era fácil compartir. "Bien; bien. Javier tiene más trabajo que nunca. Y el niño ocupa mucho tiempo. Hemos pensado en llamarte..."

El la interrumpió, justo cuando Marta se apercibió de que estaba a punto de repetirle la torpe razón de su silencio, el socorrido argumento de que la gran ciudad fagocita a las personas. "No es tan fácil olvidar a Gloria.-dijo Mario, y bebió un sorbo del refresco que tenía sobre la mesa-"La casa es silencio, ahora. No puedo pasar tiempo allí. Algunas personas se acercan a mí para animarme, pero... Como no tenemos niños, pensaba que me resultaría más sencillo recuperarme. Pero Gloria está siempre ahí. Viva, pujante, fuerte. Actuando. No quiere morir, Marta. Al menos, no quería hasta ayer, en que su diario me desveló a otra. Hemos estado queriendo a otra persona".
 

Mario sacó un librito de un bolsillo exterior de la chaqueta."-Esta historia parece un cuento de amor trasnochado. Uno de esos cuentos que suceden a los demás".

Suspiró, podía estar molesto consigo mismo, pero quería mantener la teatralidad: "Gloria se entendía con tu esposo". Marta reaccionó con una sonrisa de incredulidad, no le gustó la broma: "-No seas ridículo"."Eso me parecía a mí, que la historia era imposible. Nunca sospeché nada. Pero ahí está escrito, de su puño y letra." -buscó en la agenda abierta la referencia que había señalado con un trozo de periódico, la mano todavía firme- "No puedo entender por qué Gloria quiso reflejar en un diario su pasión inconfesable, sabiendo que un día u otro yo lo descubriría... Lee tú misma".
 

Le tendió el librito, escrito con la letra ordenada y pulcra de Gloria. Marta dudó. No quería leer, no le apetecía. No experimentaba ningún interés por alumbrar ninguna historia de su amiga ni de Javier.

Vió la foto del coche de Gloria, destrozado contra la valla de protección, y el cuerpo de la amiga cubierto con una manta de plástico; ella había bebido demasiado; Javier les llenaba a todos las copas una y otra vez, pero la bebida no parecía hacer mella más que en Mario y en la propia Marta. No recordaba bien por qué habían discutido. ¿Se había sentido celosa?. No quería hacer justicia al pasado, desenterrar sentimientos.

Tampoco quería recordar, pero por supuesto que lo había hecho, que Mario se le había insinuado más de una vez, cargado de copas, entre bromas, y ella había resistido siempre el asedio con mucha destreza, defendiéndose con que debía toda lealtad a su esposo.

Era una situación tragicocómica, además, confirmar por él, no ya la traición que sospechaba de Javier, sino la de su mejor amiga. No podía soportar tanta dureza.
 Leyó en voz baja: "He estado otra vez con Javier. Cada vez son más frecuentes nuestros encuentros. Mario está a uvas, porque nos lo montamos bien. Mario es el ingenuo perfecto. Lo he convencido de que tuve que visitar a una amiga de mi madre en Torrelodones. Quería acompañarme. Me preguntó por qué no había ido por la mañana, ya que tengo todo el día libre. Se creyó fácilmente lo que Javier me había preparado. Le dije que le iba a entregar un regalo que no me había llegado hasta media tarde. No sé lo que Javier le pudo haber contado a Marta. Ella está tan metida en sus cosas, que ni se preocupa de lo que hace su marido. Para Gloria lo único importante es su niño. Su hijito del alma."

Marta dejó de leer; Gloria había escrito las últimas palabras con mayúsculas.
 -No quiero seguir leyendo. No me interesa.-Lo dijo en un tono resueltamente firme, devolviéndole el diario a Mario, pero su movimiento era menos convincente. Este lo tomó, y, con rostro impasible, continuó, en un tono monótono, conteniendo la altura de la gruesa voz metálica; parecía leer un informe del Plan Energético para el sector eléctrico: "No imagino cómo terminará todo esto. Javier me excita muchísimo. Su forma de hacer el amor me vuelve loca. Todo imaginación. Es muy diferente a Mario. El improvisa, no para de hablar. Me descubre lo que soy, una puta. Mañana hemos quedado a cenar los dos matrimonios. Me excita pensar que nuestras parejas están ignorantes de todo. Por la mañana, como Marta tenía día libre, he salido de compras con ella. Estuvimos hablando tranquilamente. Tiene remordimientos por su viaje a París. Ella siempre ha estado con Javier de la misma manera. Qué distintas somos. No tengo el menor rubor por estarme acostando con su esposo. De todas las maneras imaginables". 

A Mario le temblaba algo la mano. Cerró el diario y miró por encima de Marta, por encima de las cabezas de los demás clientes; no veía nada. Era fácil entender que aquella lectura le había deshecho muchas imágenes agradables, le había servido para revisar su conocimiento de una persona a la que amaba. Complicaba su existencia sin destino. Marta comprendió lo que pretendía, supo que se sentía ridiculizado por una muerta y que abrigaba deseos de venganza. ¿Pero cómo?. Quería hacerle compartir la burla puesta de manifiesto, el dolor, el desánimo de descubrir la vejación de que había sido objeto, liberándose con ella. No quería participar. 

-Nos han estado traicionando.-dijo.-Gloria está muerta -replicó Marta-. No merece la pena escarbar en el pasado de los muertos. Mucho menos si nos hace daño.-Pero Javier está vivo. El me ha puesto los cuernos con mi mujer.

-Olvida ese diario. Deja la memoria de Gloria como estaba antes.-No puedo ni creerlo, ¿sabes? -Mario tenía los ojos húmedos, la boca seca-. Hubiera jurado que nuestro matrimonio era feliz. Ella era muy cariñosa conmigo. Jamás sospeché nada.

Marta tuvo presente la última vez que habían hecho el amor, Javier y ella: el día que volvieron de París. Tenía ganas de borrar su aventura francesa, recuperar su papel de esposa intachable. Fue una relación satisfactoria; creía que se había realizado con el gozo de ambos, como en otras ocasiones; la había aliviado, se había sentido liberada de culpa. Así que dijo resueltamente: "Vamos a quemar ese diario ahora mismo." 

Se levantó y Mario la siguió fuera de la cafetería. Había anochecido y agradecieron haberse abrigado bien. Mario se puso incluso una bufanda en torno al cuello, carraspeó y le tendió en silencio el diario. Mantuvieron, rozándose, las manos de ambos sobre la cubierta. "Quémalo tú".

Sin pensarlo más, Marta se dirigió al puesto de una castañera y le pidió permiso para arrojar el librito entre las brasas de carbón. "Da pena quemar un libro de tapas tan bonitas", dijo la anciana, pero ella misma lo arrojó, abierto, al fuego y revolvió con el atizador. Chisporroteó todo el tenderete, por un momento pareció que las llamas saldrían fuera del hornillo.

Estuvieron un rato mirando la puerta abierta, mientras la castañera revolvía con el atizador. Luego se fueron sin despedirse, no dándose cuenta, aturdidos.
 

Marta estuvo caminando sin rumbo. No encontraba el coche, no sabía cómo ordenar sus sensaciones. Creyó que la noche del accidente, Gloria y Javier se habían citado, una vez más, utilizando en el juego los sentimientos de sus esposos.

Cuando llegó a casa, encontró a sus dos Javier jugando con un mecano de piezas de plástico. "¿Qué tal con los parapléjicos?", preguntó el padre. "Uno de ellos empezó a andar esta tarde, como un milagro -contestó Marta, enigmáticamente, y le dió un beso en la frente, sorprendiéndole-. "A veces se consigue en un día lo que no se logró en tres años".

Eran casi las diez, hacía tiempo que el pequeño debiera estar acostado. "Creía haberte oído decir que los avances con los paralíticos eran cuestión de paciencia y método", comentó Javier. La mirada de Marta tenía señales nuevas.
 Javier-niño tenía restos de comida de la merienda. "Lo ha atiborrado a galletas", pensó su madre. Pero no recriminó a su marido, ni pensaba hacerlo.

El padre trató de guiar la mano del niño para que situase correctamente una pieza del mecano: "No me atreví a bañarlo. Creo que tiene catarro". Ella seguía de pie en el salón, contemplando la escena como si la historia no fuera ya con ella. "Fíjate qué extraño. Ayer he soñado con Gloria -comentó Javier, sin dar importancia a sus palabras-. Estaba en la cubierta de un barco y escribía un diario. Miraba hacia delante y sonreía. Ella nunca escribía nada, ¿verdad?".

Marta le miró, inexpresiva:" Gloria sería incapaz de escribir una frase al lado de su propio nombre". El se encogió de hombros, y puso la pieza más alta en la torre que estaba construyendo con su hijo: "Las mujeres sois un enigma permanente. Todas sois distintas, pero todas parecéis iguales". "Nuestros sentimientos son como las flores secas", teorizó Marta, cogiendo al pequeño para llevárselo al baño: "La mayoría los tiran a la basura. Los que saben, hacen centros para la mesa del comedor".

Javier la vió marcharse con el niño, con sus conclusiones, sin entender nada.
 

Madrid, dos de noviembre de 1996

Fragmento de la Novela Contra Elias (Capítulo de Esperanza)

                                                                                                     1  

La casa de Esperanza en Sevilla creo yo que le será fácil de encontrar, sobre todo si no conoce hoy bien la ciudad, porque las cosas de las que se tienen pocas referencias son menos esquivas a los que las pretenden. Así que, una vez traspasado el Puente de Triana, le bastaría por ejemplo girar en la plaza del Altozano, entrando por el camino de San Jorge, y continuar luego paralelo al canal, en dirección al río, hacia el recinto que fue de la Exposición.

Claro que también hay otros modos de llegar hasta allí, y tal vez hubiera sido mejor tomar la autovía del Alamillo, pero en fin.
 Deje el vehículo cerca del recolector de residuos autoincinerables o arrímelo al descuido en el recodo que queda junto al control del parquing en la parcela de aerotaxis, advirtiendo a la celadora que va para poco rato, y avance a pie -dando casi toda la vuelta a la rotonda- unos doscientos metros por la carrera que dicen del Comercio de los Santos y que corta casi al principio a la del Divino Retorno, que antes era de la Revuelta de los Aparceros; tuerza a la derecha sin esperar que la calle se termine.

Guíese si las ve por las torres de la Cartuja, que le deben quedar un poco a mano izquierda. Doble una esquina, siempre siguiendo por la sombra de tanto edificio nuevo, rascaloscielos, cochina especulación, para volver inseguro sobre sus pasos y ya algo cansado llegar hasta un sitio donde le sirvan un fino muy seco y frío, me lo ponga con unas aceitunas sin hueso. Recuperado de la calor, salga a la calle para detener a un transeúnte cualquiera de los pocos que deambulan a esta hora de la tarde, cómo agota caminar al sol. Pregunte por ella o por una calle sin nombre, ¿La Esperanza?, ¿En el recinto de la Cartuja?. Siga las indicaciones sin entenderlas, porque en Sevilla todas las calles conducen a lo que busca.
 

-¿Esperanza?. Aquí la mitad de las hembras se llaman así.
-Una chica de dieciséis años, que hace la carrera con un ordenador.
-¿Una puta, pues?
-Una señorita informatizada, tenga cuidado con las palabras.
-Perdone, no quería ofender. ¿Tiene la dirección?
-Me la dió, pero el papel en donde estaba impresa debió caérseme al sacar el inhalador. Sólo recuerdo que estaba cerca de la Cartuja.
-Puede ser la Espe, tiene que ser ella. 

Esperanza vive en un ático que compensa sus pocos metros construídos con una terraza amplia, en donde alguno de los anteriores inquilinos debió olvidar -hace décadas- varios tiestos que quizá contuvieron azaleas enanas y geranios, y que hoy sirve de almacén para los trastos inservibles, una impresora láser de punto convergente, el vídeoteléfono portátil, un trozo de automóvil desechable y varios ejemplares de revistas, preservativos caducados y unas botas rotas de montar.

Allí estaré durante una semana o mejor, un par de meses, teniéndola de mantenida, yo feliz y ella sin poder prácticamente salir de aquella casa, que te quedes, que si hay que salir salimos juntos, que cómo nos van a ver así hechos una pareja tan cómica, que qué tiene de malo, pues iremos fuera solo de noche como los caracoles y las babosas, ay, eso no.

Así, hasta que se me agote el dinero, yo pensando todavía en escribir una novela fantástica, una historia de desamor y de cariños, un invento para justificar que había vivido, encerrado con el ordenador portátil en el cuarto de baño, no me molestes, Espe, ahora no puedo.

Conectado estérilmente a los bancos de datos de todo el mundo, voy llenando páginas y páginas de un cuento maravilloso que debería ser como el que se me borró del todo cuando se fue la luz pero desapareció sin huella porque lo estaba dictando en memoria virtual, qué pena, y ya nunca fue igual ni tan bonito lo que se me ocurrió desde entonces.
 

-¿Memoria virtual? ¿Y por qué escribes en memoria virtual?
-Me parece mucho más emocionante. Así, hasta que no has terminado de escribirlo todo, nada está seguro.
-Pues qué gracia. Un apagón y se te va todo al garete.
-La inmensa mayoría de los mortales vivimos en la zona de memoria virtual. No queda ni vestigio de lo que hacemos.
-¿Para qué quieres permanecer en pantalla?. Es mejor pasar desapercibido. Como individuo anónimo, puedes hacer lo que te apetezca: vestir de forma extravagante, hacer el tonto, conducir un motogiro por rutas prohibidas...
-Esperanza, nena, yo no he dicho que quiera dejar una señal de haber vivido para la posteridad. Al contrario. Intentar ser trascendente me parece una terrible petulancia, una agresión a las futuras generaciones. Pero, sobre todo, creo que es inútil. Cuando tengas más experiencia -no, si no me refiero a la experiencia del sexo- comprenderás que el mejor consuelo de un viejo es destruir su propio pasado. Eso es lo que estoy haciendo yo.
-¿Tan poco te gusta tu pasado?
-No es eso. Me gusta. Pero el pasado es siempre un lastre para un enamorado. 

Tendré el mundo sobre las espaldas, la inseguridad de haberme perdido en muchos templos de fatal devoción, la mente dispuesta para recordar montones de historias cuajadas de hechos verdaderos y falsos, oscuros sucedidos en lugares remotos los unos para otros, tanto sitio llano en donde anduve llenándome las manos, los sentidos, todo en fin, de mucho amor a juventud, sexos y vicios, y ahora ya viejo convencido de la fuerza única, de que lo que único que vale la pena es la potencia de saberse vital sin remedio, devorador, monstruo ciego ávido de impulsos. Paradojas cuando tengo las baterías para poco. 

-Arturo, ¿y si hoy de noche nos dejamos caer por el Giraldillo, que igual encuentras gente como tú que anden de paseo?
-Chiquilla, tú llévame donde los tuyos.
-Pero mis amigos dicen que los agotas con tanta pregunta y tanto mirar.
-Eso no les hará daño, digo yo.
-Ya, pero la Nieves se queja de que a la primera ocasión le metes la mano entre las piernas.
-Con los de mi edad no se puede ser más exigente. 

A mis años tiene justificación querer de muchas formas, pero no me imagino con un amor apasionado, aunque hace ya mucho que Mercedes, Adela o Pilar -tal vez no fue ella, después de todo- me dijo incluso que la pasión es el núcleo del amor.

Por eso tengo a Esperanza prisionera, chiquilla, con grilletes de dinero tan poco durable, desnúdate para mí otra vez, o mejor, no, anda todo el tiempo en cueros por la casa, déjame que te vea el pezoncito rico, acércame el culito a la boca, estás hecho un degenerado, vejete. Riéndose.
 

Desconozco si los mayores de mi generación, incluso los que sobrevivan para entonces, me entenderán lo suficiente, pero para la juventud, aquí están las claves del truco con el que me habré mantenido las ganas de salir airoso en esta guerra, un desafío prefijado, puesto que fui abandonando a las personas de mi edad cuando me di cuenta de que se hacían algo viejas.

Héme por eso ahora, casi completamente adolescente, enamorado ciegamente de Esperanza, una putita informatizada, quince o diecisiete años, qué coño importa que ella no me quiera, si la tengo cabe mí y sin ella saberlo (pero lo sabe, lo intuye seguro) me sumerjo en su juventud, le chupo la sangre, me hago su vampiro por mi gusto.
 

Esperanza dice alguna vez, mientras lee unos cómicos desnuda sentada a la jineta sobre una silla de montar argentina que le regaló un admirador hace un año, (desde cuándo estás tú en este negocio, si parece que has nacido ya ofreciendo tu cuerpo por dinero), su melena castaña alborotada, los ojos verdes de gitana fina y la boca hecha un mohín de dulzura, ideas que me recuerdan a alguien que pudo ser su abuela: "Háblame de tí, venga, cuéntame cosas".

La miro sin cansarme, porque me quedan áun unos miles de pavos y no quiero creer que el tiempo que le he comprado se me acaba. "Te pareces a tu abuela en esa manera de trasladar a otros la responsabilidad de entretener el tedio", le digo y así provoco más preguntas, dónde conociste a mi abuela, qué sabes de ella, por qué me hablas siempre como si fueras de la familia, no, si a tu abuela no estoy seguro de haberla conocido, pero estoy convencido que esa mujer de la que te hablo era alguien de tu familia.
 

-Y tú, ¿quién eres?
-Un anciano que está a punto para morir.
-No digas éso, que a la muerte no se la debe nombrar ni jugando.-Pues, aquí donde me ves, yo ya lo tengo todo andado.
-Nadie lo diría, viendo cómo te gusta estar siempre detrás de mí. Pareces un adolescente.
-El mérito de mi pasión está en tus nalgas, no en mi cabeza.
-Conozco gente rara, pero hasta ahora no me había echado a la cara un tipo como tú.
-Debe ser por mi vena intelectual. Algunos intelectuales cuando enrancian se convierten en obsesos sexuales, que son como el vinagre al buen vino. 

Pero no te preocupes, adolescente de la calle, huérfana de todo cariño que no se te pueda comprar, hecha para el sexo desde que te parieron: tampoco yo he conocido a nadie como tú.

Puedo intuir sin gran margen de error que tu bisabuela fue la mujer decente que quiso imaginar tu bisabuelo que fuera, una bella hembra morena de ojos negros, amplio escote y nalgas apretadas, que vivió muchos años con total decencia cuidando a sus hijos y que, llegada a los cuarenta, encontró por casualidad, en una fiesta, a un hombre que era completamente distinto a su esposo y no resistió las ganas de hacer el amor con él un par de veces, aunque siempre cuando su marido estaba fuera de la ciudad y siempre después de haberse emborrachado con cava o haber reñido y llorado de despecho.
 

Con esos antecedentes, pierdo la pista de tu abuela, pero me la puedo imaginar como la hija pequeña de aquella familia casi rota, enganchada tempranamente a la droga deambulando por la Universidad junto a un yonqui terminal que la dejó abandonada y embarazada de tu madre. Sacando adelante una gestación difícil, cada vez más débil porque estaba enferma de sida, tu abuela extremó su locura, y antes de morir de parto, con apenas veintidós años, insensible al dolor gracias a los calmantes, pero eufórica por la cantidad de morfina que habían tenido que darle, cantaba pregonando que si la hubieran dejado hubiera sido la capitana que mejor haría el amor de toda su generación.  

-Eso que cuentas puede ser cierto. Mi madre me dijo que la había adoptado una de las enfermeras que atendieron a mi abuela en el parto.
-¿Ves? ¿Y por qué abandonó a su familia adoptiva?
-La entregaron a la Asistencia Social cuando se comprobó que la droga había deformado su sensibilidad sexual y se había hecho ninfómana irrecuperable.
-No me creo una palabra.
-Eres tú quien ha empezado. 

Entre tus piernas, aunque ya no estoy para esos trotes, si tú te tomas mucho empeño para conseguirme una erección, yo pienso para hacerlo más fácil en alguna de las mujeres que he poseído, porque el presente no me basta para que mi juguete mecánico responda, ni tus dulces caricias consiguen excitar la sensibilidad de mis células rendidas, pero no es culpa tuya, pequeña, tu vales un Potosí, tus juegos amorosos resucitan muertos y hacen que el tiempo se estire como los espacios para Aquiles, ¿Aquiles el de la tortuga del otro día?, ¿ése que nunca llegaba a alcanzar la meta porque se paraba a pensar?.

Así, gracias a tí, mi placer dura más porque mi deseo se queda detenido en el aire, engolosinado por la pericia de tus manos, la intuición insolente de tu boca, justo un instante antes del orgasmo inútil. Yo, que he venido a Sevilla tantas veces a enseñar, soy ahora discípulo de una niña que sólo ha vivido la quinta parte que yo, dónde me he metido, si debe tener las muñecas guardadas en el aparador, entre la fusta y los preservativos de eucalipto.
 

Esperanza también me pregunta mientras me da besos en el bigotito blanco, y me acaricia el cráneo con sus manos de niña: "Abuelo, ¿pero tú me quieres?", que seguirá siendo una pregunta de las pocas que no exigen respuesta, no me llames abuelo, aprendiz de putita. Yo afirmaré cruel que "Amo a Sevilla", y pondré el aire del que no quiere que le molesten porque acaba de tener una idea mágica. 

-Tengo una idea mágica.
-¿Una idea de esas que te dejan pensativo y enfurruñado para el resto de la tarde?. Qué lata.
-No, una idea feliz, un hallazgo.
-¿Una idea graciosa, de las que me hacen reir?
-Una idea llena de ideas que se rompen en pedazos cuando se piensa en ellas.
-Si no me pones un ejemplo me quedo en ascuas.
-Será en ayunas, pequeña.
-Ya empezamos con las correcciones. ¿Quieres decirme la idea, sí o no?.
-Acaba de ocurrírseme que todo lo que he vivido es producto de la imaginación de las mujeres que he amado. Cada vez que conocí íntimamente a una hembra, he caído desde ese momento en las garras de su creatividad.
-No parece muy original.
-Pero es sugerente. Ahora, por ejemplo, yo soy invento tuyo.
-Ayer dijiste justamente lo contrario: que yo no existía, porque era sólo un producto de tu imaginación.
-Estaría borracho.
-Siempre estás borracho. Como ese señor Jémingüei del siglo pasado que te gusta tanto.
-La embriaguez es una manera respetable de comunicar nuestra derrota, y si se convierte en costumbre, pasa a ser una forma coherente de vida. Yo bebo para que mi memoria del pasado desaparezca. Cuando vuelvo a estar consciente, puedo así construir mi vida sobre el presente, robándole el tiempo perdido a una mujer muy joven con la que intento hacer el amor.
-Machista.
-Puta. Bendita puta. 

Eso no le gustará, porque ella desearía que yo por lo menos inventase una frase bonita para ella, qué se yo, te quiero porque eres la hembra más bonita del serrallo, (qué es serrallo), te quiero porque tienes un cuerpo de cariátide, (que es cariátide), te quiero porque tus nalgas son las puertas del paraíso, (ya), pero pasará todavía un ratito y tendré que responder a "¿Qué le encuentras a Sevilla, qué tiene para atraerte tanto?", y en el silencio se imaginará cosas graciosas, que he tenido de joven una novia en este lugar pero que anda casada con otro, que mi madre sería de aquí, que ella me recuerda a alguien. 

Otra vez se habrá leído y releído un periódico ya muy atrasado de esos que se bajan por internet con los resúmenes de las noticias de la semana agrupadas por temas, y si se aburre entonces accederé por fin a pasear por la ciudad, expuesto a que el aire de bullicio me derrumbe y me mate, como a esas momias que cuando se las expone al aire se volatilizan pronto. 

-En el geriátrico nos obligan a trabajar porque dicen que el trabajo hace libres. Nos han jubilado de nuestro trabajo de intelectuales y nos tienen haciendo figurillas de madera para venderlas a los turistas.
-¿El trabajo hace libres?. ¿No era ese el lema de los campos de concentración para judíos en Alemania?
-Sí. Veo que no estás tan desinformada. Pero, anécdotas aparte. ¿Qué opinas? ¿A la libertad por el trabajo?
-Qué quieres que te diga. No lo veo mal, todos los miembros de la sociedad tienen que ser útiles. Además, seguro que es bueno para el resto de la sociedad. Hay que probarlo todo. Hasta las ratas usan a sus viejos para probar el efecto de los venenos.
-Esperanza, no se si los jóvenes os dáis cuenta de que esta sociedad se ha hecho muy sutil. No quiere que los ancianos de la tribu pensemos, ignora los argumentos de los jóvenes, vive obsesionada con lo que produce placer pero ignora cómo hacerlo duradero.
-¿En tu época las cosas eran diferentes?
-No me acuerdo. Aunque, como no me gusta que me ordenen, estoy traduciendo al alemán una novela sobre la política en los años noventa del siglo pasado.
-¿A quién interesa eso? 

Habrá que hacer un esfuerzo para imaginarse Sevilla dentro de casi treinta años, con las grandes antenas de los comunicadores móviles presidiéndolo todo, como minaretes de las nuevas deidades, y una arquitectura de edificios de Bancos, multinacionales de la alimentación, del ocio y de las comunicaciones cercando a la torre del Oro, reconstruída en holograma después de la última remodelación. La mayor parte de las iglesias habrán sido desacralizadas para que no sea malaje bailar sobre las criptas, y la ciudad se ha llenado de placas con la inscripción de “aquí estuvo”.  

Nuestros cuerpos, como desde la cuarta dimensión, avanzarán entre los restos del barrio de Santa Cruz que ahora llevará entre paréntesis el nombre de la Santa Campaña.

Todavía existirá El Giraldillo, quiero decir el local de jaleo y virtudes junto a la Catedral en donde habrá cerveza fresca y seguro que una tapita de calamares, menudos o pescaíto, saltamontes de sobre, esencia de bacalao confitado, algo que empujar hacia dentro mientras observamos a los demás, apoyados como todo cristo en la barra o contra la pared o jugando seducidos por las máquinas electrónicas que ahora sí que lucen sofisticadas y hermosas y dan premios que son viajes virtuales, aparentado que necesitamos poco para sostenernos en pie, aunque yo sí que lo necesito, Esperanza, tú no has hecho más que empezar a vivir tus cientocincuenta años, y yo estoy consumiendo mi esperanza de vida, siento el juego de palabras.
 

Ella repetirá preguntas, porque yo hablo de muchas cosas pero le parece el asunto como irreal y no acabará de creérselo antes de que todo termine. Si estamos con otros, hace gestos que me encienden de celos, te digo que no me dí cuenta que estaba mirando, si mi tiempo es tuyo, Arturo, para eso te pago, eres peor que un novio.

Cuando por fin yo pronuncie una frase habré dejado pasar tanto rato que no le parecerá ya una respuesta sino una afirmación para esculpir en piedra, una máxima dimanante del oráculo que hace esfuerzos para sonreír a través de la dentadura de cerámica tenaz y que mantiene en los ojos algo de fulgor del láser con el que me operaron de cataratas:
 

-Sevilla tiene la fuerza de la eterna juventud.
-Entonces tú eres como Sevilla, que a tus años todavía quieres guerra.
-Vénte para aquí, poetisa, que te toque un poco.
-Me vas a dejar pulida como un canto rodado.
-Tonta, si tu piel es ya tan fina como la de un lechoncillo lavado y listo para el horno.
-Vaya ejemplos que buscas.

Esperanza hará bien en fingir casi siempre que ignora que soy ya setentón, no te sientes de sopetón sobre mis rodillas que me vas a tirar y además tienes las posaderas frías. Habré hecho mucho esfuerzo para que me perciba seguro del sí y del no  y, porque le apetece creerlo, piensa que mi dinero no se acabará nunca, como si el dinero fuese lo único importante de la existencia, todavía a los quince, a los diecisiete años.

Aunque otras veces voy y me pongo melancólico, es que soy muy mayor. Pero me recupero pronto, porque para mí Sevilla tendrá siempre, si no la malean, la fuerza de la hembra, el estallido de la aventura posible, un estímulo para resurgir del olvido, pues nos vamos de vuelta a casa, ahora ponen un programa precioso por la televisión independiente del nuevo Estado de Uruguay, y reponen en vascuence la película de La historia interminable, y me van a llamar los fontaneros sin fronteras de Calcuta para un programa en abierto sobre la vida en otros planetas, no corras tanto Esperancita, mejor tomamos el intratren, no se si aguantaré hasta la próxima cita con el hematólogo sin cambiarme la mitad de la sangre.

Conecto mi tarjeta electrónica en la primera estación médica móvil, pongo la mano sobre el pulsador y dejo que me hagan un chequeo remoto solo para tranquilizarme. En tiempo real me dicen que estoy como un reloj.
                                                                                                                                                                                                                                                               

Cuentos de pareja: Un puente largo

De mi libro: "Cuentos de pareja", extraigo hoy este relato sencillo, para los seguidores de este cuaderno.  

Llegó a la estación con tiempo, como le gustaba hacer todas las cosas. No quería improvisaciones, odiaba los imprevistos. Despreciaba esa urgencia por conseguir aquello que siempre había costado mucho esfuerzo y que era -según él- la característica de la época moderna, una obsesión prendida en el alma de los más jóvenes, que ni sabían lo que buscaban ni para qué lo hacían.  

El, naturalmente, no era así. Había preparado su viaje con calma, concienzudamente. Antes de salir de casa había comprobado que la buena Matilde había metido en la maleta las camisas y mudas correspondientes para cada día, el pantalón de recambio, los útiles de afeitar, la colonia y las pastillas contra la tensión, los boletos de reserva del hotel en Sevilla y el bono del coche de alquiler. Deseaba disfrutar intensamente de estas vacaciones del puente largo, lejos de lo que le preocupara durante la semana.  

Se sentó en el asiento 4 C, en la hilera izquierda del vagón de clase preferente del AVE que hacía el recorrido Madrid-Córdoba-Sevilla. Momentos antes, había recogido la prensa del carrito que la azafata estaba preparando ("Perdone, señor, pero vamos a distribuir los periódicos por los vagones inmediatamente después de que el tren se ponga en marcha", le dijo la chica uniformada, aguantando por toda contestación su inexpresiva sonrisa). Se dispuso a leer los periódicos con tranquilidad mientras el vagón de no fumadores se iba llenando con rapidez. Eran casi las seis en punto y el asiento frente al suyo continuaba vacío. Empezó a abrigar serias esperanzas de que no se hubiera cubierto esa plaza. "Mucho mejor así", pensó.

Había dado por supuesto que la agencia le acomodaría en la hilera de asientos individuales; desde luego, orientado en el sentido de la marcha. Se lo había explícitamente indicado al encargado. Aunque su deseo se había cumplido, no contaba con que fuera a tener un compañero sentado justo frente a frente durante todo el viaje. No quería ser objeto de observación para nadie. 

Oyó la señal de partida. El asiento continuaba vacío, así que respiró aliviado. Solo. No conocía a nadie en el vagón, por lo que le esperaban simplemente un par de horas de relax, de suaves atenciones, de bendita independencia. Era la manera adecuada de empezar un viaje de placer. Estaba dispuesto a poner durante tres días borrón y cuenta nueva en el ajetreo de unas jornadas financieramente complicadas. Lo necesitaba. Aunque seguía aparentando una actividad plena, frenética, sus ganas no eran ya las mismas. No tenía hijos, no tenía familia. No tenía creencias que le justificaran adecuadamente dejar su pequeña fortuna a una comunidad religiosa, ni siquiera a las caritativas monjas que le habían acogido como inclusero, hacía ya tanto tiempo. ¿Existirían acaso?.  

La semana había sido pletórica. Había ganado bastante dinero, sí, aunque fueron momentos en total dependencia de las comunicaciones con Nueva York, Ecuador y Colombia. Siempre el mismo juego. La diferencia de horarios le había obligado a cambiar el ritmo, pero en cualquier caso el desgaste era muy inferior al de otros años, cuando se desplazaba personalmente para controlar la negociación sobre el terreno. Con todo, a pesar de la lejanía y de la ausencia física, llegó a sentir la tensión de forma importante. Por algunos momentos creyó que el acuerdo sobre el precio del café se había roto.
En realidad, sucedía así todos los años, pero no era posible acostumbrarse a que en unos días se jugasen los resultados de todo el Ejercicio.

Estaba rememorando una de las últimas conversaciones con Sánchez, el intermediario que había desplazado a Guayaquil. "El muy cabrito se ha ganado a pulso su comisión", dijo para sí mismo, incapaz de concentrarse en el periódico abierto.
Esa distracción respecto al entorno no le permitió advertirla hasta que la tuvo a su lado. Después de haber colocado con esfuerzo una pesada maleta en la estantería de la cabecera del vagón, una mujer le miraba con disgusto, detenida ante él con su tiket en la mano. Con tono resuelto, le dirigió la palabra. 

-Perdone, pero está usted sentado en mi asiento. 
El levantó la vista, y, educadamente, se puso en pie con dificultad, porque ella no le dejaba mucho sitio para moverse y tuvo que doblar la bandeja en una postura incómoda, por lo que uno de los periódicos se deslizó hasta el suelo. 
-No puede ser, este es mi sitio.

Mientras hablaba, buscaba en el bolsillo su billete, pero no lo encontró. Como le sucedía a menudo, un movimiento maquinal habría servido para esconder el cartón en alguno de los bolsillos ahora menos accesibles. 
-Es.
Dijo ella, esbozando una sonrisa de indulgencia, que a él se le antojó orgullosamente acompañada del pensamiento: "Todos los hombres son iguales, se creen en posesión de la verdad".  

Era una mujer de apenas cuarenta años, alta, atractiva, aunque vestida con cierto desaliño. A pesar de la pesada maleta que había dejado a la entrada, aún arrastraba un gran bolso de viaje, que levantó con presteza y dejó caer sobre el asiento que el hombre acababa de dejar vacío.

El estaba acostumbrado a tratar con la agresividad coqueta de las mujeres, así que no se dejó impresionar. 
- Mi asiento es el 4-C, en la dirección de la marcha, del vagón de no fumadores. Ahí debe estar su error. El suyo debe corresponder al otro vagón, al de fumadores. Lo siento.
-Este asiento es exactamente el mío. Compruebe usted mismo.

Ella le mostró su billete, poniéndoselo casi bajo las narices. No estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.  Normalmente, el no hubiera discutido en absoluto y hubiera cedido su asiento con galantería. Pero estaba de vacaciones. Tenía un cierto deseo de comportarse de otra forma, se sentía sin obligaciones. Libre.  
-No quiero ser descortés, señora, pero me temo que el asiento a que Ud. se refiere es el de enfrente. Vea: 3-C. Esto lo aclara todo.  

La azafata, que esperaba para distribuir una bandeja con refrescos, se acercó: "¿Puedo ayudarles?". "Este señor estaba sentado en mi sitio. Ha sido una equivocación, pero ya lo hemos arreglado." Así que, apartando la bolsa de viaje bajo el asiento, se sentó. "Es fundamental para mí viajar en el sentido de la marcha. De otra forma, me mareo.", aclaró, quién sabe si como disculpa.  

El hombre, vencido, ocupó la plaza frente a la mujer, si bien no dudó en bajar la bandeja colocada entre ambos.
Aprovechando la aparente indiferencia de ella, ocupada en colocar más cómodamente la bolsa, la estudió con curiosidad. Los asientos estaban muy juntos y las piernas de ambos eran bastante largas, así que no pudieron evitar el rozarse. El encogió las piernas instintivamente. 

-Perdón. El asiento es un poco corto.
-Sí. Está proyectado para personas condenadas a entenderse. 

El miró para todos lados, buscando algún asiento libre, pero el tren viajaba lleno. Ella no aparentaba sus cuarenta años. De porte resuelto, ligeramente entrada en carnes, iba vestida con una blusa escotada y pantalones vaqueros. Llevaba una cruz con esmeraldas al cuello, colgando de una cadena de oro. No estaba pintada, salvo los ojos, que destacaban, grandes, en una cara bronceada. Podría ser latinoamericana, por ciertas señales: el cabello negro rizado, la atrevida combinación de colores de la blusa, la ropa demasiado ceñida. "Tiene ese toque de sensualidad que tan bien utilizan las mujeres del otro lado del Atlántico.", pensó el viajero. No pudo evitar fijarse en el comienzo de los senos y le pareció que no llevaba sujetador.  

Eran dos horas y media de compañía las que tenía por delante. Desde luego, hubiera podido sentirse intrigado por aquella bella señora que viajaba sola, pero prefirió digerir primero su pequeño disgusto. Observó que ella aceptó beber una copita de fino en tanto que el pidió, por contraste, una naranjada. De haber estado solo, habría solicitado el vino frío, pero -incomprensiblemente- se advirtió deseoso de señalar alguna diferencia. Cuando se notó masticando las almendras y sorbiendo el zumo, comprendió que era ridículo haber reaccionado como un chiquillo con rabieta: ¿por qué no había pedido lo que le apetecía?. ¿Pretendía fastidiar de ese modo a la bella pasajera?. 

-Es mi primer viaje en este tren.
A él le pareció que ella estaba dando una explicación gratuita.
-
 Me voy a Córdoba, donde he sido invitada a dar una conferencia sobre microorganismos, por la Universidad de Biología.
-Ah.
Replicó el, pretendiendo dar a entender que no estaba en absoluto interesado en profundizar en una conversación trivial.

Pero en realidad, estaba empezando a interesarse. Al mover los labios, la desconocida mostraba una boca sensual, muy atractiva. Con cada palabra, se deshacía en mohínes graciosos, descomponiendo la cara en multitud de gestos con los que su rostro cobraba una vitalidad que le pareció llena de encantos. Confirmó que era latinoamericana: colombiana o chilena quizá, aunque su tono de voz no tenía ningún acento que pudiera identificar.  

Mientras hablaba, ella también lo miró. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, con el pelo entrecano, bien cortado. Su contextura era delgada. Por su aire cuidadoso, se adivinaba una persona muy pulcra con una mujer detrás, atenta a cuidarle los detalles. Llevaba una camisa a rayas y un jersey ligero que, a pesar de la delgadez del cuerpo, dejaba adivinar las espaldas anchas de un hombre que había hecho deporte en su juventud y que todavía sabía cuidarse. 

-No creo que estas conferencias vayan a tener mucho público, pero lo he preparado concienzudamente. Es un curso de verano para especialistas en alimentación. Ya sabe, se han puesto de moda en España.
-Sí, en estos tiempos, hay obsesión por adelgazar. No hace mucho leí algo de unas pastillas que, en realidad, contenían huevos de solitaria y que unos sudamericanos vendían sin escrúpulos.

Su comentario no podía evitar un tono hiriente hacia la supuesta extranjera que le había hurtado su asiento. "Seguramente es una de esas locas por la dietética, que venderá un régimen imaginario para gordas incautas. Una combinación de prótidos y lípidos acompañados de un placebo de las que regularmente son desacreditadas por miembros del Colegio de Médicos", pensó.

-Oh, no. A mí la dietética no me interesa en relación con el adelgazamiento. Lo que me preocupa son los modos de alimentación que avivan la inteligencia de las personas. Esta confesión le inquietó: "Dios santo, es argentina, ¿cómo no me  di cuenta antes?. Pertenece a ese subgrupo de aprovechados que venden cuatro ideas apoyándose en títulos que les han tocado en una tómbola. Me espera un viaje a tono."

Por eso, el viajero, con un aire que pretendió tajante, pero que en verdad evidenciaba que estaba ya dejándose vencer, espetó:
-No puedo creerme que la inteligencia se tome en pastillitas, por mucho que avancen las cosas.
-Pues en el futuro puede ser así. Existen unos microorganismos que activan las reacciones del cerebro. En nuestro cuerpo viven millones de pequeños seres que tienen vida al margen de la nuestra y cuyas reacciones no controlamos. Bacterias, hongos, virus. Aparentemente, todos cumplen una función subordinada a nuestro ser superior, pero también se aprovechan de nuestro organismo para vivir su vida y hacer de las suyas. Para ellos, somos un macrocosmos.
-¿Y qué tiene que ver eso con la alimentación y el funcionamiento del cerebro? 

Ella sonrió. Los pendientes que colgaban de sus orejas se bambolearon, mientras recogió coquetamente el pelo hacia atrás. 
-Todavía no se sabe muy bien. Algunos científicos pensamos que los contenidos de la base alimentaria favorecen el crecimiento de determinados microorganismos cuya actividad celular está ligada a las reacciones químicas que potencian el ritmo cerebral.  El estaba seguro que pretendía tomarle el pelo, así que adoptó un tono sarcástico. 
-¿Unos bichitos que se introducen en el cerebro y lo colonizan? Qué peligro. Me asustaría andar metiendo cosas en el cuerpo como si fuera una fábrica de animales. Me suena a ciencia ficción de las que acaban mal.
-No, no deje volar su imaginación, señor. En realidad, nadie mete microorganismos en el cuerpo. Están allí, viven con nosotros. Lo que hacemos es comprobar sus mecanismos, y utilizarlos para mejorar nuestra capacidad.
-Si le digo verdad, me interesa poco todo eso -musitó el caballero.- Me da miedo tanta intervención sobre el pobre cuerpo humano. Además, creo en Dios.
-No se trata de eso. 

Dándose cuenta de que no se habían presentado todavía y de que, al parecer, ella estaba dispuesta a mantener la conversación durante todo el viaje, dobló nuevamente el periódico, resignado a no leerlo de momento, y dijo:
-Mi nombre es Marcos López Arconada. Soy importador de café.
-Sonia de Lima. Encantada. Yo soy química.

 Después añadió, sin solución de continuidad.
- Me gusta mucho el café. Cada día tomo diez o doce tazas. A veces me acuesto tan excitada que no puedo dormir. Mi marido dice que tengo una dependencia a la cafeína. 
"Así que está casada", pensó Marcos, revolviéndose en el asiento 3-C. "No es de extrañar, es una mujer muy sensual. Seguro que el pobre desgraciado que la sostiene es esclavo de la hiperactividad de esta pequeña loca".

Pero ella seguía dando explicaciones:
-Por su culpa casi llego tarde a la estación. Tuve que esperar a que apareciese la persona que se va a encargar de cuidarlo durante estos días.
-Deduzco que su esposo es una persona exigente. Lo que se llama un varón fémino-dependiente. Le echará de menos.
-No es lo que Vd. se imagina, desgraciadamente. Hace unos meses sufrió una hemipléjia. Se ha convertido en un fantasma de sí mismo. Depende prácticamente de otra persona. No quería haberlo dejado solo, pero este curso es muy importante para mí, necesito méritos para mi curriculum.
-Perdone, yo no sabía.
-Tengo necesidad de cambiar de aires. La enfermedad de mi marido se convierte en algunos momentos en una circunstancia apabullante. Para él, tener que estar siempre dependiente de otra persona, es terrible. El era antes muy activo. Ahora se ha convertido en un corderito y quiere que yo esté siempre a su lado, hablándole, leyendo historias, tocándole.
-¿Qué edad tiene su esposo?
-Es mucho mayor que yo. Cumplió ya setenta años. Me casé con el cuando yo tenía dieciséis, a los pocos meses de conocerlo. Era el catedrático del departamento de química técnica en el que mi padre trabajaba. Un día que estaba enfermo, mi padre me encargó que le llevase una muestra con un preparado a su casa. Al subir las escaleras, no advertí que el suelo estaba resbaladizo, así que me caí y el tubo de ensayo se rompió.
-No alcanzo a ver qué tiene que ver una cosa con la otra.
-Llegué a su casa llorando desconsoladamente, con los trozos de cristal en la mano. Si le digo la verdad, no comprendo por qué me dió por llorar así. No tenía sentido, no se trataba de ninguna prueba irrepetible. Pero me abrumaba tener que dar explicaciones de mi atolondramiento a un hombre tan importante, del que mi padre hablaba siempre con tanto respeto.
-Cosas de niños.
-El trató de calmarme, me decía que había de qué preocuparse, que mi padre reproduciría fácilmente la preparación. Esa comprensión hacia mí me hizo enamorarme de él, perdidamente. Era ordenado, pulcro, serio. Tan distinto a mí. 

Pasaron los minutos, y ella no dejaba de hablar de cosas que le atañían muy directamente, así que el viajero estaba entrando cada vez más en el interés por aquella mujer que tenía tantas ganas de hablar, de mostrarse a sí misma.
La tarde había ido cayendo dulcemente, y por la ventanilla, el veía pasar el paisaje a toda velocidad, a contrapié, pero muy hermoso. Con la luz del atardecer dándole en el rostro, sus ojos verdes parecían cobrar destellos imponentes, y él pensaba a veces en los microorganismos que reaccionaban en su cerebro y otras en el café y las más en que, al cabo de muy poco tiempo, aquella mujer desaparecería para siempre.

El tren estaba llegando a Córdoba, en donde ella tenía que apearse, así que él le dijo: 
-¿Por qué no viene hasta Sevilla?. Yo tengo allí un coche de alquiler y le puedo acercar después de cenar hasta Córdoba. Incluso le puedo ayudar a preparar su conferencia. Sevilla es una ciudad muy bonita y a principios de otoño tiene una fuerza especial. Y yo, como público, soy excelente.
-No le digo que no me apetezca, pero hemos avisado a amigos de mi marido. Además, él espera mi llamada.
-No serán esos los problemas. Diga más bien que no le apetece mi compañía.
-No tengo billete.
-Haremos el resto del trayecto mientras tomamos una copa en el bar. Nadie se dará cuenta. 

Ella volvió a repetir que, sintiéndolo mucho, debería bajar en Córdoba, que no podía cambiar su viaje aunque le apeteciera disponer de un anfitrión de Sevilla tan agradable y tan conocedor de la ciudad como sin duda él debía ser.

Así que, cuando el tren se detuvo, la ayudó a bajar sus dos maletas, y se despidieron con un apretón de manos.   
Volvió para sentarse en el asiento que había ocupado ella y, a través de la ventanilla, comprobó que nadie había venido a recibirla. Seguramente le habría mentido. Viéndola de espaldas, su porte decidido le pareció muy atractivo, y se le agolparon algunas de las frases que había pronunciado en aquél viaje que había transcurrido como un suspiro. 

Entonces, ella dió la vuelta y miró hacia el tren. Fue tal vez la señal que esperaba porque, justo antes de que el jefe de estación levantara la bandera para dar salida al tren, se encontró bajando al andén -casi tropieza en el estribo- y, después, se puso a correr como un chiquillo detrás de Sonia de Lima.

Confusamente, cayó en la cuenta de que empezaba a improvisar su viaje. 
Madrid, 10 de septiembre de 1995  

Novela: Contra Elias (fragmento del capitulo Primero, Sección 3. "Esperanza")

                                                                                                   3 
 Esperanza acabará encontrando en algún sitio del apartamento, en el frasco con el sucedáneo del azúcar, debajo de la cama no porque utiliza una especie de jergón directamente sobre el suelo, ay mis huesos, una fotocopia de un papel arrugado que a lo mejor para ella no tiene ningún valor, porque estas niñas que no han nacido son difíciles de imaginar, pero la quiero con las piernas muy rectas, y un culito redondo y terso y unas tetillas ni grandes ni pequeñas. 

Si ves el papel y te fijas en lo que hay escrito en él, querida amiga de mi vejez, hallarás cosas que una vez le dediqué a otra mujer. También ella tenía la melena alborotada y morena, y parecía recatada aunque aceptó sin apenas conocerme una invitación a cenar, qué casualidad, tú por Sevilla, déjame avisar a casa, quieres, para que den la cena a los niños. Estuvimos tomando unas copas deambulando por distintos sitios hablando primero del tiempo y luego de la filosofía de la vida y finalmente del amor y del despecho, de lo complicado que es contener un deseo cuando no hay razones, ni doctrina, ni daños.

Al avanzar la noche, se dejaba tocar bajo la falda el muslo frío, pero qué haces, tocón, no creas que yo soy así, nos van a ver en este plan, a mí me conocen aquí, ¿te vienes al hotel?, no, no, pero qué te has creído, pues nos vamos a tu casa, que seguro que tus hijos ya duermen y estamos un rato juntos en tu cama grande, tu estás loco, qué te imaginas qué es Sevilla.
 

Hasta las cuatro de la mañana no fuimos al hotel ni subimos hasta su piso, porque me gustas pero estoy con la regla, me importa un carajo, me pongo un preservativo, es que me da corte porque estoy tan nerviosa, no te preocupes, que no te hago daño o si quieres me echo a tu lado únicamente por el gusto de verte desnuda y tocarte un poco, soy como todas.

En realidad pienso que nunca te conoceré bastante, que cambias de continuo, que hace sólo unas horas eras otra persona, pues ya ves. Estuve inventando historias absurdas que no tenían más objetivo que rendirla, una mezcla desatinada de introducción a la inmoralidad, pizcas de sexo y algo de política.
 

-Mientras tú y yo estamos aquí, dudando en hacer lo que queremos, mi mujer y un tal Rogelio seguro que están dándose el lote sin trabas, como dos recién casados.
-No lo creo. En todo caso, ¿qué?. ¿Qué nos importa a nosotros?.
-Pues claro que importa. El ser humano por sí mismo no es casi nada. La mayor parte de lo que somos, lo somos por referencia a las ideas de los otros. ¿O acaso crees que tu marido es infiel porque le apetece?.
-Sí.
-No. Es infiel porque tú lo quieres así. Si no te importara lo que él hiciera con otras mujeres, su fidelidad dejaría de ser un concepto que te fuera necesario expresar. ¿Te das cuenta?. ¿Me has entendido?. ¿Le eres fiel?
-Ya ves que no. Soy capaz de dedicar cinco horas de una noche a hablar de intimidades con otro hombre.
-Entonces, lo más normal es que emplees dos horas más para hacer el amor con él. Así tu complejo de culpa será completo.
-El sexo es otra cosa, aunque para mí esta noche me sabe igual que si hubiéramos estado juntos varias noches. No sé por qué me comporto así. Creo que he sido seducida. Me impresionaste como si fuera una quinceañera.
-No me engaña tu pudor. Distingo bien la diferencia entre estar enlazado a un bello cuerpo desnudo o tomar café con un alma atormentada. -¿Me ves como un alma atormentada?
-No quisiera que me interpretases mal. En el momento en que amamos a una persona, la hacemos diferente. El amor nos convierte en dioses. Actuamos sobre ella, la completamos a imagen y semejanza de lo que nos gusta.
-Vas a tener razón. Hemos llegado a ese momento de una relación en el que las palabras ya no tienen sentido. Empiezo a no entenderte, así que supongo que me gustaría acostarme contigo. 

Su conclusión me pareció una brisa suave sobre el alma. La besé dulcemente, sosteniendo su cabeza con mis manos. Ella cerraba los ojos, y yo acariciaba sus orejas, moviendo mi lengua por su boca. Después de aquella demostración de afecto en medio de la calle vacía, con un silencio únicamente roto por un empleado de la limpieza que manejaba una manguera, aparentemente ajeno a nosotros, volvimos a caminar entrelazados. Yo la conducía al hotel. 

-¿Rogelio es el amante de tu mujer?
-No, no. Jamás pensaría en acostarse con mi mujer. Ellos dos me traicionan ideológicamente. Además, que se acostaran juntos no me hubiera importado. Rogelio está por encima de esas cosas, es homosexual. Lo que están haciendo juntos es más maligno. Amelia y él son cómplices políticos, me utilizan para sus intereses como un juguete.
-Me resisto a entender de política.
-Sube a mi cuarto. Te lo explicaré mientras tomamos la última copa. 

Ella urdió todavía algunas excusas para comprobar mi insistencia, sabes demasiado de mí para querer acostarte conmigo. Cuando estábamos ante la puerta del hotel, accedió sin remilgos a subir hasta la habitación, estoy tan cansada, me vendrá bien echarme un poco, pero no esperes que pase aquí toda la noche. 

 Ese papel está escrito a la tarde siguiente, cuando me imaginaba Sevilla con muchas antenas parabólicas en los tejados y suponía que mis pecados bien podían llegar a ser propagados desde esas antenas a los lugares más remotos del mundo, placer de un ególatra, qué gozo.

Estaba haciendo tiempo para ir al aeropuerto, sentado frente a los jardines de Murillo mientras tomaba un café con hielo, y me entró el gusto de confeccionar jugando dos listas de cosas contrarias, con la mera intención de fabricar un catecismo esotérico pero nada engreído.

Estaba pensando en otras noches que me habían hurtado mujeres como aquella, en las inversiones estériles en vino blanco de marca y peces espada al horno con patatas paja, y de postre un helado de la casa servido con decoración de chispas fosforescentes. Pensaba en las Esperanzas que tenían novio estable o una angustia grande que no pude romper. Amaban su tranquilidad.
 

El trazo apurado demuestra que se me agolpaban las ideas, quería vaciarme antes de que la bandada ingeniosa escapase. Amelia se convertía en una sombra en Madrid y las gestiones que debía haber ejecutado en Sevilla habían sido sustituídas por el hallazgo de una mujer adorable con escrúpulos vencibles. Me decidí a escribir sobre lo que sentía, a dar mi opinión sobre cuanto había estado haciendo hasta entonces, a desvelar la forma en que me vería comprometido para el futuro. No para construir, no para vivir en él. Para deshacerlo. Romperlo.  

Esperanza verá, manchado de canela y melaza y con las dobleces sucias y muestras de grasa, un papel viejo repleto de garabatos sin sentido, aunque -atendiendo más- distinguirá algo que le parecerá un rostro de mujer con rizos enmadejados y los ojos grandes, un dibujo de trazo fino pero firme revisado mil veces, un retrato frustrado que a lo mejor le recuerda a ella misma. Más abajo hay un montón de palabras que empiezan a ordenarse con cierto abandono, alternándose con otros dibujos y grafismos, para terminar componiendo dos listas escritas con letra pequeña, como una receta de cocina.

Al principio no sabrá que se trata de dos grupos de cosas diferentes, y a lo mejor no lo sabrá nunca, si no tiene paciencia y decide romper el papel sin descifrar el contenido. Habrá dejado en el correo electrónico su anuncio nuevo, grabando en vídeo su imagen risueña, sentada sobre la silla argentina:
 -Hola, soy Esperanza. Tengo dieciséis años, hablo varios idiomas, estoy especializada en hacer el amor con personas mayores. Conozco posturas suaves y muy excitantes para ancianos. Hago rebaja del diez por ciento a pacientes de osteoporosis y a prostáticos. Me interesan, sobre todo, clientes fijos. 

En una parte verá Espe que alguien escribió quiero volver a la niñez, permanecer eternamente adolescente, conquistar a una bella mujer, quiero encontrar la palabra justa con que llamar la atención de los jóvenes, ser suficientemente hermoso para poder contemplar sin turbación la belleza de los demás.

En esta parte quiero obtener regularmente el premio del amor, pido poder contar con vida un viaje exótico y algo peligroso, aunque sea un largo viaje imaginario, y también quiero tener ciertos amigos pero no demasiados y tampoco muy verdaderos, y éxito, con palabras más grandes, deseo el éxito para ser envidiado que es una sensación de lo más placentera, y por supuesto dinero y muchas ideas para hacer lo que me venga en gana, y finalmente deseo ponerle los cuernos a un extranjero, preferiblemente árabe, quiero inventar algo que no resulte tan difícil aunque tan efectivo, tener un gato blanco con un cascabel rojo al que atropelle sin matarlo un coche conducido por una mujer rubia y delgada estando yo presente en día inspirado y con sombrero nuevo.
 

Me habrán devuelto al asilo y estaré cuidando geranios que se me mueren siempre por el invierno pero que es muchísimo mejor que dar ortigas, y Esperancita verá que el papel tiene una segunda mitad. Allí están escritas cosas que parecen de otra familia de ideas, miedos y batallas que habré ido librando y a saber cuántas tendré perdidas entonces.

Porque también escribí sumergirme en la vejez sin poder dominarla, caer en la cuenta de que tengo una enfermedad grave o incurable, padecer un defecto físico que me haga ante los demás repelente, presenciar un asesinato, peor ser el autor de un accidente que causa la muerte de alguien, estar a punto de ahogarme aunque dicen que la sensación es tal vez placentera, no tener o tener demasiado trabajo, así como ser traicionado por los amigos, así como caer en ridículo.

Pero para un viejo eso ya no es tan importante, es peor que me quiten la libertad, y mucho más perder inteligencia sin que sea en cantidad suficiente como para no advertir que me estoy volviendo tonto, que me pongan los cuernos, que me falte valor para el suicidio si es necesario. Lo peor es no tener ideales, no creer en nada.
  Resulta gracioso imaginar a Esperanza grabando un nuevo mensaje, y reconocerme en el anciano de aspecto risueño, bigote blanco y pelo ralo que se mueve haciendo muecas detrás de esa niña adornada como para una fiesta, jugando a ser actriz cuando su único propósito es vender más caro su bello cuerpo. 

-Hola, soy Esperanza. Tengo quince años. Hablo cuatro idiomas, conozco varios lenguajes informáticos de décima generación. Soy rehabilitadora sexual geriátrica, pero querría cambiar de trabajo. No me importa vivir en el extranjero. Me gustaría estudiar las relaciones sexuales en la segunda mitad del siglo veinte. ¿Tiene alguien información sobre esa época?. Si se me envían vídeos, que sean compatibles TWC. 

Esperanza seguro que no leerá más que algunas frases del viejo papel. Tampoco tiene mucho tiempo que perder. Se pintará con muchísimo cuidado las cejas y las pestañas, dará color a párpados y mejillas, pero no tendrá más remedio que acordarse de mí, el vejete encerrado en el asilo que le regaló una sortija y pensar en esos minutos me vienen muy bien, me rejuvenecen muchísimo. Le he llenado el apartamento de trampas.                


(Hay un ruido como de abrirse una puerta. Se oye una voz distante de mujer -Chelo, la secretaria de Arturo Carpio- que parece preguntarle si puede pasarle una llamada de alguien de un periódico. Se distingue al Director General diciendo: "No, que hablen con el Gabinete de Prensa. Mejor, díles que llamen pasado mañana.")
 

Cuentos de pareja: Correo electrónico

 Estaban ya para casarse. Eran colegas de profesión y de trabajo. Habían estudiado los cinco años sentados en el mismo banco, reconocidos como compañeros de Universidad inseparables. Cuando descubrieron que habían nacido casi el mismo mes, que pertenecían al signo capricornio, tuvieron que hacerse investigar los ascendentes para justificarse muy contrarios. Porque la verdad era ésa: tenían diferente talante, aunque su pelaje estaba hecho de la misma condición humana: eran gente de fiar.  

Cuando Ana pensaba en él, no lo veía guapo, la verdad, pero le podía que fuera tan buena persona. Sus opiniones, algo dogmáticas, eran respetadas sin rechifla en el Departamento, incluso cuando teorizaba sobre fútbol o política; se ponía serio hasta para contar un chiste de leperos. En su mundo, todo estaba claro. Las chicas coincidían en que su tono habitual era bastante aburrido, tal vez porque acostumbraba a ser profesoral sin paliativos; a Ana le alababan, para no meterse en honduras, que su novio fuera inteligente y tan formal, pero en su fuero interno entendían que no le vendría mal que alguien le espetara una guindilla.  Antonio la admiraba.

Ella era parecida a una centella: ágil, extrovertida, ingenua y fugaz como pan candeal en una escuela. Podía estar en ebullición permanente. Preparaba fiestas por motivos imaginativos, con la sana intención de sacar al personal de sus casillas. Por San Cornelio, por ejemplo, siendo la razón principal que era un desconocido; no se olvidaba de onomásticas, ni de aniversarios, ni de faustos. Si alguien pretendía zafarse, lo perseguía con empeño. Allá le iban en pos, en general, como una recua, no numerarios, asociados, titulares, catedráticos; hasta le daba por invitar a la francachela al personal laboral, sin más distingos, y se bailaba, en la inevitable continuación de las juergas en una discoteca, una salsa con el conserje más feo de la Facultad; mientras tanto, Antonio apuraba el vaso de naranjada sin dejar de comentar sobre bacterias.
 

-Con la reducción de consignación para el Departamento, este año van a eliminar tres puestos de asociado -había razonado en tono lúgubre, no hace mucho, el don Aciago-. Me lo ha comentado Isabel;  pero no te chives, que juré que no lo comentaría con nadie.
-Qué noticia. Todos los años dicen lo mismo, y luego renuevan hasta al gato -replicaba, encogiéndose de hombros, la pequeña Ana- . Y si nos licencian, pues nos vamos al paro, como dijo el profeta, a cortar cupón. De hambre no te mueres mientras haya gordos.
-Eres de lo que no hay. Te da todo lo mismo. Cuanto más espeso es el medio, mejor pareces encontrarte. Los seres normales no pueden vivir con esta incertidumbre.
-Pues a mí me parece que no tiene ningún sentido que se ocupen las plazas de asociados con gente como nosotros que acabamos de terminar la carrera. Pero ésa es la teoría; en la práctica, al que me contradiga le muerdo en una oreja. Nosotros  necesitamos más la pasta, ¿no?. Es mejor que nos den las plazas a nosotros que no a tíos que están ya montados y que vendrían a la Universidad a dar una clase como quien perdona vidas. 

Antonio le miraba los ojos, vivarachos, decididos, y pensaba que un mordisco en la oreja dado por aquella hembra podría suponer, de seguro, que le arrancasen al paciente la mitad del cerebro. Así que sacaba su propia conclusión, traída por los pelos: "-Necesitamos acabar la tesis, ya." Ambos preparaban su tesis sobre temas muy contigüos: la Nocardia y la Nostocoida limícola, bacterias filamentosas que causan estragos en las estaciones depuradoras de aguas residuales. El las alimentaba a rabiar -decía- en medio aerobio, con dosis calculadas de aire forzado, aderezadas con cargas orgánicas y sulfuros, en un viejo reactor de laboratorio; ella recogía las natas con una espumadera, las centrifugaba y las destruía sin compasión en un reactor flamante, aumentando la acidez, negándoles oxígeno, bajando la temperatura de cinco en cinco grados. Ambos debían tomar muestras a intervalos determinados; pero a Ana no le importaba suplir con imaginación virtual los defectos de la información real, llenando de puntos continuos los posibles interrogantes científicos, e inventando resultados adecuados cuando se estropeaba alguna preparación o algo no encajaba. "Después de todo, la ciencia es imperfecta. Que alguien me discuta que desde que se ha sabido que el principio de indeterminación dirige todo, no puede ser verdad cualquier elucubración por espantosa que parezca".  

En todo caso, a pesar de los esfuerzos de uno y la imaginación de otra, no avanzaban mucho. Cuando les parecía que acababan de descubrir algo definitivo, (que la motilidad de los filamentos se debía a la acumulación de azufre en las células, que los crecimientos asociados dependían del bajo oxígeno disuelto), el profesor titular que dirigía ambas tesis, el severo tristón apodado Capullito de Alhelí, les restregaba -con la cara de satisfacción que ponen los imbéciles cuando están seguros de hacer daño- indefectiblemente una comunicación de los Laboratorios de Minworth, o de Madford, o de Standfon, que echaba por los suelos la pretendida novedad que les hubiera servido para el grado. "Hay que ser más sistemático. Os lo advertí. No estáis solos en el mundo"-decía con una sonrisa de dientes para afuera.  

Así que Antonio se hartó de ir a la zaga y consiguió una beca para pasarse tres meses en Inglaterra como limpiaprobetas de uno de aquellos Laboratorios eminentes y se marchó a comienzos de primavera, con una carta de recomendación del Dr. Laviña para el Dr. Rether, un monstruo que sacaba conclusiones como churros de cualquier filamentosa, y al que habían conocido en una convención en Granada bajo el prometedor epígrafe de  I Congreso Mundial sobre el futuro de la investigación teórica. 

-Mira si también puedes solucionar algo de lo mío.
-¿Por qué no te vienes tú?. Puedes vivir en mi apartamento y seguro que te dejan entrar en el grupo de Rether, una vez allí, cuando pidamos permiso.-Si tuviera dinero...Pero en mi casa no estamos para dispendios. Además, mi padre anda mal de la próstata.
-Lástima que sólo hubiera dinero para una beca.
-Sí. Pero no me la hubiesen dado igual. Las chicas no tenemos tanta suerte, y mi inglés no es tan bueno como el tuyo. No llego más que a aquello de Dr. Livingston, I supose.
-I presume. -corrigió Antonio- Eso fué lo que dicen que dijo. Los ingleses distinguen entre suposición y presunción. 

Así eran las conversaciones entre ambos. Ana le miraba con ojos que querían comérselo, rezumando sensualidad incluso después de haber estado recontando por el microscopio electrónico durante horas. El mantenía una mirada azul, inexpresiva, acentuada por unas gafas de borde metálico: 
-Descuida, que buscaré algo de lo tuyo. Aunque destruir es más sencillo.
-Se te está poniendo cara de míster Laviña. Sólo te falta decir que las mujeres hubiéramos sido incapaces de inventar la lavadora. 

Se fué a despedirlo a la estación. Prometieron, al darse un beso, que se telefonearían a diario. Lo primero que haría al llegar a Inglaterra, dijo él, sería llamar para darle el teléfono del apartamento. Ella le vió marchar hasta que el tren se convirtió en un puntito negro. Mientras se dirigía de vuelta al párking de la estación, se vió reflejada en un cristal opaco. Se gustó.  Era pequeña, de pelo moreno y suelto, pero no rechoncha. Estaba llena de vivacidad y expectativas. Intervenía con las ideas más atrevidas en cada discusión. El era sereno. Ocultaba con el peine como podía unas entradas ya pronunciadas, de un pelo rubio, lacio. Tenía un rostro de Quijote sobre un cuerpo alto y serio; todo en él era equilibrio, transparentaba frialdad. 

No llamó, pero al cabo de tres días, al encender el ordenador del departamento, vió que tenía un largo mensaje en el correo electrónico. Era de Antonio. Contenía algunas explicaciones por haberse demorado en dar señales durante estos tres días, en los que ella había estado navegando sin éxito por los teléfonos de la Universidad de Standfon, preguntando por un becario español que se había incorporado recientemente; le colgaban siempre al cabo de un minuto de espera. Leyó: "Como puedes suponer, no tengo teléfono en el apartamento. El viaje, asqueroso. Nos tuvieron siete horas en la estación de Dunquerque. Por el contrario, el ambiente para la investigación es adecuado. Son gente muy seria. Ayer me presenté al Dr. Rether, porque el primer día me hicieron análisis de sangre y todo eso. La Universidad es impresionante. Nadie conoce a nadie. El Dr. Rether no me hizo mucho caso. Se habla de él con gran respeto. En cinco minutos le dije que estaba estudiando las interacción de los hidrocarburos sobre el epitelio de la Nocardia sp pectans. No parece que le interesen mucho los hidrocarburos. En su opinión, los fenómenos de bulking se aceleran por la interacción de la Nocardia sp. y la presencia de Microthrix parvicella. No estoy seguro de haberle entendido bien. Búscame información sobre la Parvicella. Aquí me da vergüenza consultar una cosa que a todos les pueda parecer elemental".  Seguía una página entera, y otra, y otra, pormenorizando razonamientos biológicos y químicos sobre la acumulación de espumas y la putrefacción de fangos activos.

Ana bostezó. Hasta incluía la fórmula de la descomposición de un hidrocarbonado. Aunque le agradaba saber cosas de él, lo que contaba no despertaba su interés. Llegó al final de las cuatro hojas, buscando la despedida. La leyó varias veces, aunque era totalmente formal: "Creo que en tres meses tendré casi ultimada la tesis, Ana. Antonio". Le gustó ver los dos nombres tan juntos. Pero, ¿no podía haberse dignado a escribir algo así como un beso muy fuerte, o te echo de menos, o te quiero?.
 

Le contestó aquella misma tarde, cuando casi todos (menos el cátedro, que tenía tutorías) se habían ido: "Mi muy querido Antonio: He pensado mucho en nosotros estos tres días. Te tengo tan presente... Aunque no estés a mi lado, no puedo olvidar lo que hemos sentido juntos. Me acuerdo de tus besos, de la manera tan agradable que tienes de querer. Me gustaría que terminásemos de hacer estos trabajos estúpidos sobre las bacterias que forman bloques, para poder concentrarnos en nosotros y hacer cosas que merezcan la pena. ¿Y si nos vamos fuera?. Qué sé yo, a Africa, a China. Aquí no hay campo más que para estudiar chorradas, cuando en realidad más de la mitad del mundo está por hacer. Ayer me encontré con Marta y Santiago. Se marchan a Salvador. Van muy ilusionados, porque creen que podrán ayudar a curar enfermedades elementales, que aquí despreciamos pero allí son una plaga. Nos preocupamos por cosas que no valen para mejorar la vida de los demás ni la nuestra, como si esto fuera a durar infinito, mientras que en otros lugares la gente lucha por subsistir. Me noto vacía, y todavía más desde que tú no estás. Sobre todo a partir de las siete de la tarde. Quizá porque cualquier cosa que hagamos juntos me parece magnífica. Me apetecería que estuvieras aquí junto a mí para sentir el roce de tus piernas junto a las mías." Envió la nota, con una cariñosa despedida, al numero del correo. E-mail: ustfbm@eal.uk. Destinatario: Antonio Hernández.

El recogería ese mensaje a las seis de la tarde, justo antes de irse a casa.
 Estaba mirando por la ventana, deleitándose en que la primavera venía ya muy adelantada, cuando le entró la duda de si no habrá confundido una de las letras del correo electrónico. ¿Era bm o mb?. Padecía de una ligera dislesia, y cometía este tipo de errores con alguna frecuencia, sobre todo cuando se atolondraba. Volvió a reabrir el fichero en su ordenador y comprobó, con el comprensible disgusto, que había enviado su carta, incluída la atropellada declaración de amor, a un desconocido de la compleja e ignorada Universidad de Standfon.

Se quedó mirando la pantalla unos instantes, con mirada estúpida, sin sacar consecuencia alguna. Pero se tranquilizó. Después de todo, no había porqué rasgarse las vestiduras. El/La erróneo destinatario con total seguridad no entendería el castellano, miraría la carta sin comprender su contenido y, dándose cuenta de que no era para él, la tiraría al cesto de los papeles. Incluso, si estuviera próximo al departamento de biología molecular y conociera a Antonio (que ya era casualidad), podría entregársela, sin más, con una sonrisa.
 Así que reenvió la carta a la dirección correcta, y se propuso olvidarse de la historia. 

Al encender al día siguiente su ordenador encontró que tenía dos mensajes. Uno era de Antonio. Proseguía en su tono doctoral, sistemático: "No utilices el correo electrónico para enviar comentarios personales. Ya te llamaré a casa si hay algo importante. Nunca se sabe quién podría interceptar nuestros mensajes. Sería ridículo. Las posibilidades de completar el trabajo son infinitas. En condiciones de bajo contenido en nutrientes y altos niveles de sulfuros la ecuación de Monod se incumple. El Profesor Dr. Leaton es experto en la Thiotrix, y me invitó a pasar por su apartamento. Creo que está dispuesto a dedicarme especial atención. Le gusta España. Dice que puede ser interesante hacer una siembra de bacterias metanotróficas como sensores, tales como la Flagellata sp. Nos hemos impuesto que en el margen de una semana intercambiemos un resumen de nuestros trabajos". Antonio proseguía pormenorizando las líneas de la exposición que pensaba hacer, y le recordaba la petición de información sobre la Parvicella. Eran dos páginas de detalles, de erudición. Tediosas. Mandaba recuerdos para los compañeros del Departamento: “a todos les vendría bien pasar por aquí”. Esta vez no hacía mención especial a Ana; era una carta impersonal. Parecía una comunicación para una revista científica. 

Recuperó la segunda carta de su correo. Miró la pantalla y sintió como un escalofrío, cuando comprobó que también venía de la Universidad de Standfon. Pero no era de Antonio. La firmaba un tal Steeve, y escribía en español casi perfecto: "He recibido tu carta en mi correo electrónico. Me hubiera gustado que sería para mí, pero me doy cuenta que estarías pensando en otra persona. Admito que me impresionó. No creía que habría mujeres que podrían llamar la atención con solamente una carta. Conozco un poco de España, aunque nunca tuve ocasión de hacer amistad con chicas españolas." Seguían muchas palabras. Le pedía que mantuviesen correspondencia por aquél medio tan simpático. Para mejorar su español. Para conocerse mejor. Le hablaba de cómo era la primavera en Standfon, de cómo los brotes de los prunos se estaban ya rompiendo con toda la fuerza de la naturaleza. Concluía con algo que le hizo sentirse especialmente intrigada: "Me gustaría tenerte aquí cerca para invitarte a pasear por esta bella ciudad. Por las noches, como siempre llueve en la tarde, las calles son húmedas y se refleja mucha luz de los farolas. Te enseñaría en especial la parte antigua, donde los estudiantes toman copas y comentan las clases. Tendríamos muchos motivos para hablar, porque me encanta contar cosas, como tú." Firmaba Steeve Pienazek. ustmb@eal.uk. 

Imprimió las dos cartas, y las estuvo mirando, pasando la vista de una a la otra. Adivinó dos caracteres muy diferentes. Se puso a escribir la contestación para Antonio, pero pensaba en la carta de Steeve. Le atraía. Evidenciaba una persona extrovertida, jovial. No se refería para nada a su trabajo: ¿qué haría en la Universidad? ¿qué significarían las siglas de mb?, ¿tal vez microbiología?. No, no podía ser, porque hubiera comentado algo sobre las bacterias. Parecía romántico y no muy académico. Bueno, y si era el conserje, ¿qué?. 

Surgió en ella el aspecto travieso. Enviaría la misma contestación a las dos direcciones. Podría siempre explicar que se había vuelto a equivocar. "Me ha hecho mucha ilusión recibir tu contestación. Sé que la primavera en Standfon es muy agradable, con hermosos tonos de verde que animan a dar largos paseos. Especialmente me apetecería estar allí por las noches, para conocer el ambiente estudiantil, hablar con la gente de las cosas más variadas. Por ejemplo, compartir ideas felices. Una idea feliz que compartiría es que algunas personas son como el vino de solera y otras como el malta. Hay quien mejora con el paso del tiempo y quien se queda así como está cuando se le embotella. Esta noche pasada he pensado en tí leyendo tu carta. Me excitó, lo reconozco. Debe ser porque mi temperamento de científica flaquea ante mi condición de mujer."

Escribió mucho más, a vuela pluma. Hablaba de cómo le gustaría organizar una vida sin limitaciones, cómo le agradaría haber hecho el viaje juntos, cómo se aburría con el trabajo mecánico y la preparación de las clases, que era como hacer una comida para la cocina económica. Sabiendo que la iba a leer también el otro, no tuvo, sin embargo, reparo en terminar con unas palabras que sólo podrían ir destinadas a Antonio:"Te quiero, te deseo, me descontrolas. Ana".
 Se arrepintió de la travesura. ¿A dónde quería llegar?. Habría un pobre Steeve que iba a recibir una segunda carta para la que no era destinatario y que no iba a entender nada del juego. Lo suyo era exhibicionismo. No de otra forma se podría interpretar ese deseo de encender la pasión de un desconocido, despertar más curiosidad a alguien que había interceptado un correo de amor, que estaba a muchos kilómetros de distancia y a quien no iba a ver nunca. Se fué para su casa y en la televisión vió el habitual programa de preguntas y respuestas. 

Al día siguiente su correo tenía dos contestaciones. Una era de Antonio, de tres páginas, que no le despertó mayor curiosidad, así que recuperó primero la de Steeve. Parecía haber hecho alguna exploración acerca de los españoles, porque hablaba de un compatriota de Ana que había llegado a la Universidad para hacer un trabajo sobre una bacteria de nombre ininteligible y que andaba "como una pulpa en el garage". Así que sacó la conclusión de que Steeve no estaba interesado en las bacterias. Más adelante escribía que estaba terminando la licenciatura en románicas. Se sorprendía de que Ana se hubiera vuelto a equivocar en el directorio, y le sugería que revisara su módulo de transferencia de textos. Explicaba que mb eran las iniciales de modern bookshop, es decir, librería moderna (para distinguirla de la antigüa) y que en su misma Universidad existían los directorios mm (mid-term microcomputing), bm (biology and microtechnology) y bb (brigitte bardot). Todo porque los ingleses no habían desarrollado mucha imaginación, y la mayor parte de las palabras inglesas empezaban por esas dos letras, y -ampliaba con sentido del humor- el correo electrónico estaba subvencionado. 

Podría ser mucho más larga la historia. Hubo, desde luego, más cartas que fueron enviadas simultáneamente, y con el mismo texto, a las dos direcciones de la Universidad inglesa. Las contestaciones divergían siempre, distanciándose cada vez más. Así que Ana empezó a preocuparse de los comentarios que debía hacer directamente a Steeve y le escribía diariamente cartas largas y sentidas, como si fueran conocidos de toda la vida. A Antonio lo despachaba con páginas copiadas del libro Wastewater Microbiology. Un buen día, se encontró escribiéndole a Steeve que sacara el billete para Leeds y que fuera a esperarla al aeropuerto. No le dijo nada a Antonio, así que su correo electrónico se acumuló durante varios días.   

Cuentos de pareja: Residencia para ancianos

Los macarrones no le gustaban. Los preparaban sin ninguna gracia; aquéllos estaban duros como peñas, y los trozos de carne de cuarta sabían a plástico envuelto en tomate frito liofilizado. Qué tiempos en Italia, que fidellini a la impronta napolitana preparaba el dilecto Giorgino, siempre al dente, perfectos. ¿Sabría siquiera la cocinera de esa residencia para ancianos lo que era hervir las pastas al dente?. Claro que no.   

Rememoró las bellas canciones que se oían al atardecer, como producidas por sirenas y neptunos, ascendiendo intrépidas hasta la recoleta Taverna del Porto, donde había un mirador para curiosos impertinentes. Las empinadas luces de Sestri reflejándose caprichosas en el quieto mar de Ligure se conservarían para siempre en su retina, como lo estaba en su sentido del tacto la sensación del calor de aquellas manos de hombre que apretaban las suyas. Emilio se llamaba aquella cálida añoranza.

Este salón, por el contrario, era patético, decorado sin gusto; los sillones, tapizados con un estampado de flores descomunales, estaban asimismo ilustrados con manchas amarillas en casi todos los asientos, producto evidente de sesiones de incontinencia de aquella panda de ancianos, generación de viejos puestos a morir. Eso era lo peor. La casa estaba llena de seres achacosos, moribundos, y, en consecuencia, antipáticos. Aunque sonrieran, se hicieran bromas, dismulasen sus sentimientos, daba por supuesto que eran gente como ella, sin ganas de vivir.

Le molestaba oir alguna risa, porque solamente le parecían con sentido las quejas, incluso por los motivos más nimios. Justificaba las críticas despiadadas ante cualquier fallo que podría parecer fuera de allí fácilmente disculpable, por una razón conceptual. Tenía explicación tanta desgana: ya lo habían vivido todo. A la novedad, no le encontraba más destino que la destrucción, demostrando que era falsa o inútil. Esperaba impaciente a que surgiera su rostro de fantasía literaria, para lanzarse sobre ella, analizarla con rencor y deshacerla a dentelladas.  

Estaba cenando en una mesa, sola. La sala-comedor se había ido llenando de gente, vestida como para fiesta, pero con cara inexpresiva. Algunos, más impedidos, se acercaban a sus sitios habituales pasito a pasito, arrimaban las muletas o los bastones contra el respaldo de las sillas, y se sentaban en el lugar que les correspondía. Raramente se intercambiaban las buenas noches entre compañeros de mesa. Ocupaban su asiento tradicional y esperaban a que les sirvieran. Podría haberse oído el crugir de los huesos al sentarse. A las siete, se arreglaban para la misa y después de la celebración, se quedaban un rato en la sala de estar hasta que les avisaban para la cena por los altavoces de ambiente. Entonces  pasaban al comedor.

Así un día, y otro. Hasta el final. Ella, como no pertenecía a ningún grupo, ni simpatizaba especialmente con nadie, solía recogerse en una esquina del salón, incluso situándose de cara a la pared, en gesto de rebeldía cuyo destinatario era quienquiera que recogiese ese mensaje. Alguna vez, claro,  le habían castigado de niña por traviesa, por haber escrito zorra en la pizarra entre los nombres de capitales del mundo, por haber leído una protesta contra la clase de matemáticas en lugar de la acción de gracias durante los actos religiosos de fin de curso. Pues así, ahora que era vieja, se castigaba ella a sí misma.  Encontraba siempre razones para no estar de buen humor, pero la de hoy era más seria.

Ayer había vuelto a echar de menos a otro compañero de la residencia, y cuando preguntó por el, le dijeron que lo habían trasladado a Alcorcón. La residencia de Alcorcón era la antesala inmediata de la muerte. Cuando te llevaban allí, era para que no te vieran morir los demás. Desaparecías, y a las dos o tres semanas ya estaban celebrando tu funeral los que todavía quedaban en pie, recitando oraciones, que parecían para el muerto, pero estaban destinadas a los vivos.  Impresionada por esa evidencia, al principio de la tarde, se había sentido mal, y pidió que le mirasen la tensión. La enfermera se la encontró alta. "Veintiuno", dijo. "Doña Engracia, tiene que cuidarse más. Debe hacer algo de ejercicio, y, sobre todo, no comer tanto dulce", le había recomendado la niña.

Ella llamaba niña a la enfermera, y a todas las chicas que atendían en el comedor, y a la directora nueva -una gordita que tenía cara de haber sido abandonada por su novio por un plato de lentejas- y a la fisioterapeuta, que aunque peinara canas no hacía más que reirse como si no hubiera sufrido todavía el primer revés.  Era una risa floja de virgen necia: “Por Dios, doña Engracia, sonría, que yo no le he hecho nada”, argumentaba la pobre chica. “Qué me vas a enseñar tú a mí, que lo he vivido ya todo, ricura", se explicaba la anciana, encogiendo los hombros. 

Miró a los lados cuando se cansó de concentrarse en el empapelado de la pared. A la derecha, separadas por un estrecho pasillo, defendidas por un muro invisible, estaban tres estiradas de alma y arrugaditas de faz que habían nacido, según se creía, de ilustre cuna. Todavía conservaban los altos humos, los falsos redaños para alimentar sus propias fantasías. Se atiborraban el ego hablando de criados que ya no tenían, de tierras que habían incautado y repartido sus hijos y nueras, de grandezas que se les habían extinguido para siempre. No necesitaban escucharse unas a otras, se sabían de memoria. Largaban su rollo sin importarles ya lo que las otras dijeran, por turno riguroso. Cuando les retiraran los platos de la comida y los manteles, aquellas viejas reviejas se harían poner un tapete verde y se concentrarían en jugar al cinquillo.

Era un juego sin sustancia, parecido a otros que nunca le habían gustado, que no desarrollaban la inteligencia ni la estrategia. A ella le había gustado el bridge, pero quién se ponía a educar a esas rancias plebeyas que alardeaban, torpes, de árbol genealógico. Mientras jugaban, callaban, y eso al menos era de agradecer. Se concentraban en el juego, contaban los puntos, los anotaban en una hojita de papel, y pasaban así el tiempo hasta que dieran las once, momento justo en que la voz metálica advertía por los altavoces que era hora de retirarse y que iban a apagar de inmediato las luces de los salones.

De vez en cuando venía a visitar a una de ellas (que se decía nieta de José María Pemán, o de José María Pereda, o alguien de la literatura) una sobrina de Valladolid o de Válgamelapena, y entonces las tres se iluminaban, la paseaban orgullosas por el jardín y encargaban chocolate con churros a la niña de servicio, y si hacía buen tiempo se iban todas en  taxi a la calle Hortaleza, a comer picatostes con chocolate. Qué envidia. 

Cuando entró Manuel, le llamó la atención su aspecto muy cuidado, de persona que entiende de detalles. Pero cuando se acercó más, le descubrió unos lamparones de grasa inmesos en la solapa del traje gris y sintió algo de piedad al notar que arrastraba los pies, seguramente deshechos por los juanetes. Tenía el poco pelo peinado hacia atrás y la mirada azul clara extraviada; no debía ver bien. Estaba ausente, parecía asustado, como a quien hubieran cambiado de entorno sin equipaje de ningún tipo.

La cuidadora que lo acompañaba estuvo un momento indecisa, dudando entre otras alternativas, antes de dirigirse hacia ella. -Doña María Engracia, ¿permite que se siente a su lado don Manuel?. Acaba de llegar y todavía no conoce a nadie.“-Por mí, que se siente. No me lo voy a comer, aunque apetito si tengo, ya que aquí nos matáis de hambre a poco que una tenga educado el gusto. “-dijo María Engracia. Y, sin más circunloquios, le espetó: "Estos macarrones están incomibles. ¿No me puedes traer otra cosa?." “-¿Quiere que le haga una tortilla?," preguntó solícita la joven asistente, mientras Manuel se sentaba, musitando alguna cortesía.

La niña era rechoncha, simpática, paciente. La apertura de la bata blanca le hacía enseñar hasta el comienzo de los muslos. ("Pero guapa, no te parece un poco indecente enseñar tanta pierna?." "Total, aquí nadie se fija en lo que enseñas", le había dicho en otra ocasión). "-Buenas tardes. Mi nombre es Manuel Alvarez. Espero no molestar", aclaró, por si hacía falta derrochar buenos modales, el recién llegado.  María Engracia no le contestó. Volvió a dirigirse a la camarera, tirando del borde de su bata como si temiera que se fuera de allí sin terminar de atenderla, y se interesó nuevamente por las variaciones del menú. "¿Una tortilla de qué?". "Puedo mandarle hacer una tortilla francesa con jamón de york." "Peor todavía. El huevo me sienta fatal. ¿Por qué no me traes un trozo de empanada de berberechos?. Vete a la Casa Gallega de la esquina, y cómprame una porción. Toma el dinero que haga falta de mi bolso." La jovencita la miró con paciencia. "No puede ser, no es adecuado para su dieta. Además, las empanadas tienen pimiento y Vd. no puede comer picantes." "Sí, sí. Dí también que no puedes salir a comprar nada a estas horas. Estamos ya en toque de queda, como en la guerra.".

Engracia abrió enfadada su bolso, que había conservado sobre el regazo, sacó un fajo de billetes,  y lo tiró al suelo: "Tengo mucho dinero. Mucho dinero. Cómprate tú lo que quieras y cómetelo a mi salud, niña, y que te aproveche. -la chica recogió los billetes, sin mirarlos, y se los puso sobre la mesa- “¡Traime la tortilla, y si me duele el estómago, lo sufrirás también tú toda la noche, porque te voy a llamar, juro que te voy a llamar, para que veas cómo me retuerzo de dolores!”. 

Todo el comedor miraba la salida de tono de la anciana, y se elevaron algunos cuchicheos. Unicamente Manuel pareció quedarse sumido en sus pensamientos. Había llegado hacía dos horas a la Residencia y ocupado la mejor de las habitaciones, la que tenía el saloncito con el tresillo azul y el dormitorio algo más grande.  Hacía ya varios años que se había quedado viudo, sin hijos, rico. Había resuelto hacía muy poco el dilema que se planteaba abiertamente entre sus sobrinos, sobre quién debería quedarse a vivir con él, aguantarle los años que le quedasen de vida y heredar a cambio el chalet grande del que era propietario en Guadalix de la Sierra, rompiendo de paso la idea de que se resistía a abandonar el usufructo del esfuerzo de toda su vida de trabajo en manos de alguien de la familia, a cambio de que le cuidasen los achaques.

No era tan mayor, pero estaba enfermo. En esa casa estaban sus recuerdos, los fantasmas de Carmela, su mujer, el recuerdo tutbio del hijo que se murió ahogado en la piscina, cuando no tenía ni cuatro años. Se sentía cada día peor, y no tenía ganas de discutir con nadie. Así que vendió el chalet, las pequeñas posesiones, las acciones en Bolsa, y calculó fríamente lo que necesitaba para vivir cinco años en aquella residencia geriátrica, calculando la actualización al 5 % de inflación anual media, para cubrirse un poco. Dejó esa cantidad en la cuenta bancaria, que se consumiría al cabo justo de sesenta meses, que fue el plazo máximo que se dió de vida. El resto del dinero, se lo regaló a la ONG International Solid Wastes Reusal, la primera que encontró en su camino de regreso desde el Banco a casa, adonde volvió para recoger la maleta con sus pocas cosas personales, como quien se va de viaje. Entregó a la muchacha de la recepción la bolsa con la pasta (“Para vuestro proyecto más querido”, le dijo) y se fue, sin querer dar ni el nombre.

Hacía justo un mes había reunido a sus sobrinos y les dijo que le parecía bien ir a una Residencia, y que ya había encontado una, pulcra muy profesional, en Cáceres. (“¿Cáceres? ¿Qué se te ha perdido a tí en Cáceres? ¡Nos será más difícil ir a verte!”, protestó Luis Miguel, mascando chicle. “No tendréis tanto problema después de lo que voy a comentaros ahora”, continuó, poniendo cosa al enigma). Entonces les dijo también que no habría herencia. Fue una tarde muy dura. Se marcharon enojados y no hubo más llamadas. Por eso, no le importaba demasiado que los demás ancianos parecieran más o menos contentos, un pelillo poco o nada integrados.

El ya tenía lo suyo bien dispuesto, estaba ya de viaje, con su maleta a punto. María Engracia dió una nueva vuelta con el tenedor a los macarrones, y, sin probarlos, observó con curiosidad como a él le servían una ensalada de tomate y espárragos verdes. "¿Por qué no me dijiste que había ensalada?", preguntó a la niña del comedor. "No la hay. Sobraron algunos tomates de la preparación de la comida de la mañana. Pero Vd no la quiso al mediodía. Dijo que no le gustaban los espárragos". "Pues, mira lo que son las cosas, ahora me apetece". Así que le trajeron inmediatamente de cocina una tortilla de jamón york con unas rodajas de tomate y dos trigueros escuálidos. -Perdone, ¿me puede acercar la sal? -preguntó el recién llegado, con una vocecita viril, pero desmayada.-Aquí no hay sal en las mesas, -aclaró la anciana-. Los mejunges ya vienen con la dosis justa de sal desde la cocina, para que nadie se desmarque salando de más, y así se le suba el colesterol, la bilis o las porras en vinagre.-Pero yo soy diabético. -protestó suavemente el otro- A mí la sal no me hace ningún daño.-Pues ya ve. Aquí nos tratan a todos por el mismo rasero. Esto es un Ejército, pero para lisiados, y el que manda nos pone el mismo uniforme, sin que le importen las medidas del cuerpo. 

Como un niño obediente, se comía todo lo que le habían puesto en el plato y ella advertía que trataba de encontrar frases agradables para prolongar la conversación. "¿Su marido fue militar?", le preguntó, por preguntar. "No. ¿por qué lo dice?" "Como la he oído ya poner dos ejemplos relacionados con la milicia, pensé que... tal vez. -enrojeció algo-. Fue una imprudencia por mi parte, lo siento".

Ella advirtió de pronto, como una sensación llena de intrigas, que no le iba a caer tan mal el recién llegado. Al menos éste tenía conversación y ponia empeño. Le habían gustado siempre los hombres suavecitos, tímidos. Tenían posibilidades de actuación, un atisbo de cambiarles la cuerda. Seguro que éste se dejaba guiar, que nunca había tomado una decisión sin consultar a su esposa. Tenía un aire elegante, por más que las dos manchas de grasa de la solapa parecieran condecoraciones al descuido. Parecía desvalido, desde luego, y con toda probabilidad era de los que agradecían el esfuerzo que le dedicaran los demás. No como su difunto Jorge.¿Pero qué diablos estaba pensando?. ¿Le preocupaba algún hombre, ahora, a sus años?. ¡Que les diesen pan con queso!.

Todos eran desvalidos allí. Aunque lo disimularan de distintos modos, cuantos se encontraban en aquella pensión de lujo eran vidas acabadas. Para flirtear estaban, vamos, a la pata coja y con la bolsa de heces en la mano. "Mi esposo era propietario de una agencia de viajes. Murió en el accidente de Fuerteventura", disparó, como quien lee el Telediario. Lo dijo en un tono tan tajante, que él no se atrevió a pedir aclaraciones. Debía haber sido un accidente de aviación, imaginó, un suceso terrible, de esos en los que no queda ni el apuntador. Recordaba confusamente una catástrofe aérea acaecida hacía veinte o treinta años. Sería aquélla.

La miró fijamente, pero únicamente sentía curiosidad por precisar el rostro de su interlocutora. No veía bien y tenía que concentrar la mirada para enterarse, y ejercer además bastante imaginación. Una viuda antigua, supuso. Una mujer enamorada a la que el azar le siega de golpe el proyecto de futuro con el hombre amado. Le habían atraído siempre las mujeres cabezonas, algo indómitas, duras. Parecía una compañera interesante, del tipo de mujer resoluta que no se deja avasallar. El muerto imaginario debió haber tenido que bregar para controlar aquella fuerza sin caer vencido en el empeño. Ella tenía el pelo todavía entrecano, y aunque no la había visto todavía de pie, por las manos largas y finas,  sabía que se encontraba ante una mujer alta.

Tal vez había sido muy guapa. Tenía los ojos vivarachos y la boca pintada con cuidado, aunque las arrugas de la cara traicionaban muchas horas de sol, el ajetreo en quien sabe qué cosas. Uno de los trozos de espárrago se le resbaló del tenedor y, tropezando en la corbata, cayó sobre la mesa. "Se me cae todo. He perdido sensibilidad en las manos", se justificó. Ella se fijó en los lamparones del traje y le apeteció encargar que trajesen el bote de polvos talco. Pero la voz del hombre interrumpió su intención. -Perdone la posible impertinencia, pero diría que yo a usted la conozco. Hace mucho tiempo que no la veo, con seguridad, y no consigo recordar en qué situación, pero aseguraría que nos hemos visto antes.“-Tuvo que ser hace más de cinco años, porque ese es el tiempo que llevo en esta cárcel, y sólo salgo para ir a misa los domingos”, dramatizó ella, acentuando el tono de mártir. Pero se fijó también en su cara y, sin precisarlo tampoco, tuvo igualmente el sentimiento de que se conocían. Más precisamente: le pareció que se encontraba con un antiguo y dulce conocido, un resto de frustrado flirteo juvenil, alguien que hubiera estado muy próximo a ella, hacía quién sabe cuanto tiempo,  y cuya intención no hubiese prosperado.

Pero qué estupidez, qué mala pasada producen los lapsus de memoria, cómo aceptar que un novio se hubiera quedado atravesado en el recuerdo. Decididamente, tenía hoy un día muy raro. El insistió: “-Su cara me resulta conocida, desde luego. Si no fuera porque me parece una grosería, le pediría que me enseñara una foto suya de hace varios años, cuando usted era más joven “. Fue tal vez por el movimiento de momentánea desolación, la cara de alarma que se le puso cuando el espárrago tomó nuevamente vida propia, pero ella sintió que sí, que era cierto, que también lo conocía. ¿De qué?-No sé, no tengo ninguna foto. Las he quemado todas hace tiempo. No quiero vivir con los recuerdos. -¿De veras?. Tuvo que haber sido usted muy hermosa. Yo, por el contrario, he sido bastante feo. Mis colegas me llamaban Frankes, por Frankestein, ya sabe.  

El sacó la cartera, y con mano temblorosa, le alargó una foto de un hombre joven, con barba cerrada y descuidada, ojos tristes y orejas grandes, más pequeños los unos, más grandes las otras, que los que ahora tenía Manuel. "Soy yo. En aquél entonces era consejero de Hacienda en la comunidad de Madrid. Pudimos habernos visto en aquella época". Ella miró la foto atentamente, lo envolvió a él. Aquellos ojos eran familiares, pero, decididamente, no se conocían de nada. Y tampoco era tan feo, pensó.-No pudo ser allí. La política nunca me ha interesado. Tampoco a mi marido... -y, ofreciendo una variante, continuó-. A lo mejor coincidimos en algún viaje de los que organizaba mi esposo en la agencia. A veces me llevaba con él, por más que a mí nunca me hizo gracia el avión. Presentía que un día iría a pasar lo que pasó. Pudiera ser, pudiera ser.

Su imaginación se desbordó. Los cuchicheos del salón parecían concentrarse en Doña Engracia "La Paloseco" y en el nuevo, que habían ligado una conversación en la que estaban enfrascados. El le daba vueltas: ¿Podía tratarse de aquella mujer que conoció en un viaje a Cuba?. Era muy cierto que iba acompañada de su esposo, que era muy simpática, que parecía tener ganas de esa aventura lateral que buscan los europeos a los cuarenta.  La chica había bebido algo de más y fue fácil convencerla de hacer el amor en una calleja por la que se empeñó en ir andando hacia el hotel. El no la veía muy bien, se le cruzaban sombras con los rasgos ciertos por culpa de las cataratas y la diabetes, pero, en conclusión, admitió que su cara que no le recordaba en absoluto a aquella otra mujer, que era rubia y más pequeña. Y que, ahora matizaba mejor, hablaba un poco de alemán, lengua que la voluntariosa Doña Engracia con su acento andaluz, no emplearía ni para hornear bizcochos. (“Quiero hacer mi primer Seitensprung contigo”, le susurraba al oído la rubita, agarrándose a su cintura, mientras él no le quitaba ojo a un negro grande, que, desde la ventana del final de la calle, les miraba inquietante, limpiándose los dientes con una navaja).

Había visto mucha gente, en sus años de profesor universitario, de político, de conferenciante activo sobre la amenaza de la globalización económica. Quién recuerda tantos rostros. Podría tratarse incluso de alguna de sus alumnas. "También he sido profesor de Teoría económica en la Complutense durante cuatro cursos", tanteó, para dar nuevas pistas.  “-¿Teoría económica? ¿Explicaba fórmulas para aumentar los impuestos?”,  preguntó la anciana, tomándose el último trozo de la tortilla sin masticar, intrigada. Aquella mujer debería tener sesenta años, así que raramente hubiera podido coincidir en sus clases. "Yo estudié violoncelo. Bueno, por lo menos lo intenté. Dejé de estudiar cuando preparaba el examen final. Mi padre cambió de ciudad y no encontramos a nadie que me tutelase para mi último curso,  allá en Alburquerque".  

-Tenemos peladillos de postre -interrumpió la asistente, retirando platos y cubiertos de la mesa.-¿Qué es eso? -preguntó la anciana. Manuel se apresuró a responder, impresionado todavía por las recientes revelaciones:-Son una mezcla de ciruela y melocotón. En otros sitios se les llama nectarinas.-Prefiero helado, -dijo María Engracia a la niña-. Como por la mañana.-Por la mañana no tuvimos helado. Hubo natillas.-Pues tráigame las nectarinas, si todo va a ser tan complicado. María Engracia, aunque no lo confesó entonces, trataba de recordar también, en un esfuerzo por fijar al desconocido en su pasado. ¿Sería...?. No podía explicarlo bien, pero asociaba al nuevo a recónditas imágenes sexuales. Vagas historias de pasión. Porque ella había tenido un amante, cuando sólo contaba diecisiete años. Vivían entonces en Córdoba. El estaba casado y era vecino en el mismo inmueble. Ella hacía prácticas de chelo de hasta cinco horas diarias, y él sugirió que porqué no utilizaba el bajocubierta que había habilitado en la zona de desvanes. Era la manera de no desesperar a todos con tanta repetición de solos para aquel instrumento diabólico. Sus padres accedieron, porque el vecino era serio y la propuesta coherente. Tenía un hijo pecoso y una mujer aún más pecosa que trabajaba de enfermera a turnos.

Un día estaba ensayando la parte del chelo en el Quinteto de cuerda de Boccherini y se abrió la puerta, apareció el vecino, dijo que le gustaba mucho cómo tocaba y que si podía quedarse a escuchar. No dijo más en todo el rato, pero cuando ella estaba introduciendo las partituras en la carpeta, después de haber terminado, se le cayó una y, cuando se agachó a recogerla, él se levantó de su asiento como para ayudarla, le dijo que la notaba muy sofocada, le levantó la falda diestramente como queriendo comprobar algo y le acercó algo caliente entre las piernas. Sintió mucha vergüenza, algo de curiosidad, bastante miedo. Pasó el trago. No debía haber seguido utilizando el altillo, pero, como otras cosas que se hacen sin que sepamos explicar porqué, no lo comentó con nadie. Aguantó varios días repitiendo la misma sintonía personal hasta que el abogado se acercó otra vez, le pidió que tocara La sinfonía concertante de Haydn y, cuando empezaba a templar, le acarició nuevamente las piernas, abiertas para sostener el aparatoso instrumento. Tembló muchas veces al recordarlo, pero había pasado tiempo y, sobre el recuerdo abierto, había vertido mucho olvido. Estuvieron así cuatro meses, jugando. Aquel hombre la había hecho sentirse mujer, manchando su pureza y demostrándole pronto el vicio que anidaba en ella,  meclando sentimientos de gozo y de vergüenza. Ella se sentía loca como una cabra, pero no hacía nada por evitar la situación. Al contrario, se apasionaba cada vez más. No sabía ni el nombre del amante, su vulgar apellido se perdió en la memoria. Era todo oscuro. Cuando se cruzaban en la escalera, se decían Buenos días o Buenas tardes muy formalmente, y hasta su propia madre le había reconvenido por ser poco cortés con un vecino que se portaba tan bien dejándole el altillo. 

Una de las señoras de la mesa vecina se acercó a la pareja. "Perdón. Les veo tan enfrascados en la conversación, que no puedo por menos que preguntarles. ¿Se conocían de antes?". Manuel se levantó respetuosamente, haciendo que una cuchara se le cayera sobre la moqueta. "Buenas noches, señora. Me llamo Manuel Alvarez. Mucho gusto en conocerla." "¿De verdad que no se conocían?", insistió la curiosa. "No, en absoluto. Es la primera vez que nos vemos", desmintió rápidamente Engracia. "Nunca te ví hablar tanto tiempo seguido con nadie", apostilló la entrometida, marchándose, pero aún tuvo que decir: "A tus setenta y cuatro años, se te ha  iluminado la cara como a una jovencita. Creo que hasta te pusiste algo colorada". Manuel, al oir la edad, sintió un sobresalto. Aquella mujer le llevaba más de diez años. Se había engañado. De pertenecer a algún sitio en sus recuerdos, Engracia pertenecería a la generación de su madre.

Revisó las últimas imágenes y opiniones que se había formado de ella. Qué vitalidad. Imposible pensar en encuentros afectivos del pasado. Nunca había intimado con mujeres tan mayores. Con seguridad, por tanto, no se conocían. Se estaban confundiendo con otras personas. Para dismular el impacto que le había producido conocer la edad de la señora, pronunció lo primero que se le vino a la cabeza: "Madrid es duro para vivir, ¿verdad?. Yo echo de menos Córdoba. Allí sí que me hubiera gustado pasar mi vejez. Pero, lo que son las cosas,  únicamente pasé mi más tierna infancia, esos años que se disfrutan bien en cualquier sitio." -¿Córdoba?. Yo he vivido en Córdoba cuando era una jovencita. Pero a mi padre le trasladaron, así que la dejé cuando tenía dieciocho años.  Entonces a él se le vino encima, como un alud, la pátina amarilla de una joven atractiva que tocaba un raro y pesado instrumento que no había identificado por entonces, porque con sus cortos cinco años no tenía la más mínima cultura musical. Esa chica era su vecina, y se entrenaba en el piso de arriba. Tocaba bien y era muy hermosa, con unas piernas largas y blancas, y un pelo liso como de actriz de teatro, y cuando se cruzaban en el descansillo le manoseaba los rizos y le llamaba "pecoso".

Recordó también que una vez su madre le vistió de niña de los pies a la cabeza porque le había sorprendido manoseando unas braguitas que aunque le dijo que se habían caído del tendedero de sus vecinos, él había encontrado en el altillo. Su madre le vistió con una faldita de encajes, y un gorro blanco, y unos zapatos de charol, y le mantuvo así durante toda una tarde. "De esta forma aprenderás a no hacer marranadas, para que no seas tan torcido como tu padre", le había dicho su madre, que tenía muy, pero que muy mal genio.  -"Creo que me acuerdo del momento en que nos conocimos", dijo él. "Mi hermana mayor estudiaba flauta clásica en el Conservatorio de Córdoba, y yo iba a veces a buscarla con mi madre. Siempre me gustó contemplar a aquellas chicas mayores que yo, tan atractivas. Las admiraba, aunque obviamente no me hacían ningún caso. Incluso las deseaba, a pesar de ser un niño recién destetado. Seguro que tú estabas allí, que eras una de ellas". Puede ser, pensó ella. “Eras un niño precoz”, musitó. Pero al mismo tiempo le vino a su propio  recuerdo  una imagen rota y arrugada de la esquina más insensible de la mente, que pugnaba por volver a salir como las caras de Vélez. Fue que, cuando estaba en su cada vez más falsa práctica del chelo con el vecino, un niño irrumpió para avisar a su padre de que le llamaban al teléfono. Aunque la pareja habría jurado que la puerta estaba cerrada, no les venció la sorpresa y se dieron mucha prisa para ponerse en orden, e incluso ella, arreglándose la falda como quien busca algo, le ofreció rápidamente  al pequeño un caramelo que tuvo la suerte de encontrar en un bolsillo. Unos ojos tristes y asustados se le habrían quedado clavados en el alma. En ese anciano torpe, ahí, estaba aquel niño. 

La enfermera se acercó con el postre. "He podido encontrar algo de helado en la nevera". "Demasiado tarde. Me he hecho a la idea de las necorinas esas". "Nectarinas", corrigió él, sonriendo con más fuerza. Unicamente podría explicarlo él, pero parecía contento de haber recuperado un trozo su pasado, y, en la euforia, encontraba que su vecina de mesa, a pesar de los muchos años, mantenía su atractivo. Los dos pensaron simultáneamente, que habían conseguido ocultar al otro las claves que poseían de una historia turbia que les había unido en el pasado, y, como no tenían a nadie a quien contárselo, se sintieron satisfechos y tuvieron lástima del otro. Aunque eran mayores, y estaban cansados, y tenían el alma llena de roces y heridas que nadie sería capaz de evaluar correctamente sin herirlos aún más, esa sensación de amor en el vacío les hizo creer que sólo necesitaban tiempo para explorar lo que pudiera unirles el futuro. Porque la esperanza necesita poca tierra para crecer en el corazón humano.

Contra Elias (fragmento)

Este es un fragmento de la novela del autor de este log "Contra Elías" /1992)                                                                                                    

1  

Erika es grande, alta, ha sido hermosa. Sentada ante la máquina de escribir, en el reducido despacho iluminado sólo con una lámpara halógena, tiene el aire de una tigresa enjaulada, pero de vez en cuando se levanta, arregla con decisión los papeles, moviliza carpetas, pregunta a voces como se escribe vendimia, rastrojo y verdejo, y su cuerpo toma una dimensión imposible, vence el espacio, atraviesa con decisión el espejo. Creo que debe tener más de cuarenta años y durante los últimos ha acumulado las huellas de un plácido vivir sobre los huesos, se le desparrama el cuerpo en aquellos sitios donde con seguridad más gozo ha sabido transmitir, pero después me fijo y reconozco que la naturaleza ha premiado su indudable prodigalidad con una imagen dominada de sí misma, y si me fijo mejor apuesto que está a punto de cumplir medio siglo, nadie lo diría. Arturo Carpio tiene apenas veintiocho años, una carrera recién terminada.

Trabajo en República Federal Alemana como becario de Comercio Exterior, y esta relación con Erika presenta muchas aristas.
Erika, que ha sido muy rubia, se mantiene fiel al color de su naturaleza, un pelo bonito en el que cada día aparecen nuevas canas, lástima, pero no te preocupes no se lo diré a nadie, ni siquiera a tí, Erika, y con el tiempo esas pequeñas cosas se olvidan, acaban asimilándose. Ella se peina en general con una raya al medio, y aunque inicialmente luce un aire de vampiresa recién salida de vengar agravios, al acabar la semana acaba recogiendo la melena en un moño sobre la nuca, a lo institutriz alemana, su rostro dulce deshace inmediatamente cualquier comparación.

Erika es una mujer bonachona y tranquila, una niña grande.
 Cuando va a la peluquería para cortarse el pelo, la razón fundamental debe ser para hacérselo teñir, vuelve diciendo siempre me engañan, me han cortado desiguales las puntas, me han peinado como a una Juana de Arco o vengo hecha un repollo. Hay que oirla pronunciar repollo con acento de la Baja Sajonia, y amenaza con cambiar de peluquero aunque reconoce que Antonino le da al peine un toque no se cómo que no consigue nadie salvo él, pero ahora se le ha llenado la peluquería de aprendizas, esta gente experimenta con las clientes, farfulla. Le digo: "No sé porqué se deja tocar el pelo sin dar instrucciones precisas. Usted tiene la cara redonda y lo que mejor le sienta es el cabello recogido hacia atrás, pegado al rostro". 

Erika me observa tratando de descubrir si hay asomo de burla en mis palabras. Se mira en el espejo del servicio, hace unas cuantas muecas, disiente y asiente, según le va en gana, y vuelve al cabo de unos minutos con el pelo mojado convertido en un moño. Entra en mi despacho donde yo disimulo estar concentrado en un informe urgente para Madrid, me interrumpe con la excusa de entregarme el Finantial Times, el correo con una carta del Arbeitsamt, anuncios de vinos italianos, y me ilustra con un tropel de sus sentimientos, es decepcionante, señor Carpio, tengo que pagar una fortuna para que usted me diga que estoy más bella sin hacerme nada. Eso es pura filosofía, Erika, las mujeres siempre están más hermosas sin nada encima, me permite que lo dude Sr. Carpio, porque creo que esa opinión es masoquista, las mujeres nos sentimos mejor cuando nos ponemos encima los trapos que nos gustan, que cuando nos los quitamos. ¿No habrá querido decir machista en vez de masoquista, querida Erika?.

 Esto nuestro se llega a confundir con un matrimonio, una cosa de esas parejas que llevan juntos montones de años, en las que cada uno se parece al otro y ambos al perro, de forma que sólo con una misma fotografía pueden obtener el pasaporte y recorrer los tres el mundo. Cuando ya no la miro, después de haber compartido con ella tantas horas la conozco de memoria, la sigo viendo igual.

Lo que más me seduce es su olor, un sucedáneo de perfume enigmático, una mezcla extrema y voluptuosa de hierbas que ella misma se prepara, una combinación variable de aromas, misteriosa, infinita. Me dejó entrar en su secreto después de mucho porfiar, cuando nuestra confianza llegaba casi a la frontera, y pude contemplarla concentrada en la elaboración de esa fórmula mágica, juntando semillas y restos de naturaleza con alcoholes y esencias. Me recordó el proceso de mezcla de anís de guindas y mandarinas que yo preparaba para mis invitados en Madrid, según una receta de Encarna. Erika echa pétalos de rosas, espliego, clavo, clavelinas, lo mezcla con Chanel número cinco o genuina Kölnwasser, según humor, y envicia el todo con otras pócimas desconocidas o secretas, en combinaciones que improvisa sobre la marcha, usando incluso proporciones muy pequeñas, como una bruja o un maestro alquimista. 

Hay que analizarla rodeada de frascos  y matraces, vertiendo la mezcla inquietante encima de un perfume tan caro, para entender que cada ser humano guarda un despropósito, una locura íntima, y quise saber por qué diablos estropea un perfume que le ha costado tanto, ¿no valdría lo mismo algún líquido más barato?. Erika no me miró para responder, se concentraba en su combinación milagrosa, hasta sacaba un poco la lengua para atinar mejor con el pulso y echar sin pérdidas el alcohol adulterado desde el botellón de mezclas al vaporizador. 

-Desde pequeña me pareció importante oler distinto a los demás. Por eso me invento perfumes.

-Pero querida Erika, usted lo que hace es adulterar el perfume de marca que se compra, al mezclarlo con esos potingues.

-El perfume de base es clave, señor Carpio, pero no se engañe. Lo más importante es el frasco. Este perfume en otro frasco no tendría valor.-Pero el frasco no lo ve nadie.

-Lo veo yo cuando lo echo sobre mí. Eso me da ánimos.

-Su perfume tampoco tendría valor en otra mujer. 

Cuando tenga tiempo, Erika, le diseñaré el mejor frasco del mundo, mezcla de botella de Klein y de botijo, con lo que la obligo a preguntar ¿Qué es una botella Klein?, ¿algún licor extravagante?, mi pobre inculta, una botella de Klein es un concepto de geometría analítica, una superficie que se envuelve a sí misma, que se puede recorrer por dentro como por fuera sin necesidad de salir de ella.