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El blog de Angel Arias

Cuentos de pareja: Un puente largo

De mi libro: "Cuentos de pareja", extraigo hoy este relato sencillo, para los seguidores de este cuaderno.  

Llegó a la estación con tiempo, como le gustaba hacer todas las cosas. No quería improvisaciones, odiaba los imprevistos. Despreciaba esa urgencia por conseguir aquello que siempre había costado mucho esfuerzo y que era -según él- la característica de la época moderna, una obsesión prendida en el alma de los más jóvenes, que ni sabían lo que buscaban ni para qué lo hacían.  

El, naturalmente, no era así. Había preparado su viaje con calma, concienzudamente. Antes de salir de casa había comprobado que la buena Matilde había metido en la maleta las camisas y mudas correspondientes para cada día, el pantalón de recambio, los útiles de afeitar, la colonia y las pastillas contra la tensión, los boletos de reserva del hotel en Sevilla y el bono del coche de alquiler. Deseaba disfrutar intensamente de estas vacaciones del puente largo, lejos de lo que le preocupara durante la semana.  

Se sentó en el asiento 4 C, en la hilera izquierda del vagón de clase preferente del AVE que hacía el recorrido Madrid-Córdoba-Sevilla. Momentos antes, había recogido la prensa del carrito que la azafata estaba preparando ("Perdone, señor, pero vamos a distribuir los periódicos por los vagones inmediatamente después de que el tren se ponga en marcha", le dijo la chica uniformada, aguantando por toda contestación su inexpresiva sonrisa). Se dispuso a leer los periódicos con tranquilidad mientras el vagón de no fumadores se iba llenando con rapidez. Eran casi las seis en punto y el asiento frente al suyo continuaba vacío. Empezó a abrigar serias esperanzas de que no se hubiera cubierto esa plaza. "Mucho mejor así", pensó.

Había dado por supuesto que la agencia le acomodaría en la hilera de asientos individuales; desde luego, orientado en el sentido de la marcha. Se lo había explícitamente indicado al encargado. Aunque su deseo se había cumplido, no contaba con que fuera a tener un compañero sentado justo frente a frente durante todo el viaje. No quería ser objeto de observación para nadie. 

Oyó la señal de partida. El asiento continuaba vacío, así que respiró aliviado. Solo. No conocía a nadie en el vagón, por lo que le esperaban simplemente un par de horas de relax, de suaves atenciones, de bendita independencia. Era la manera adecuada de empezar un viaje de placer. Estaba dispuesto a poner durante tres días borrón y cuenta nueva en el ajetreo de unas jornadas financieramente complicadas. Lo necesitaba. Aunque seguía aparentando una actividad plena, frenética, sus ganas no eran ya las mismas. No tenía hijos, no tenía familia. No tenía creencias que le justificaran adecuadamente dejar su pequeña fortuna a una comunidad religiosa, ni siquiera a las caritativas monjas que le habían acogido como inclusero, hacía ya tanto tiempo. ¿Existirían acaso?.  

La semana había sido pletórica. Había ganado bastante dinero, sí, aunque fueron momentos en total dependencia de las comunicaciones con Nueva York, Ecuador y Colombia. Siempre el mismo juego. La diferencia de horarios le había obligado a cambiar el ritmo, pero en cualquier caso el desgaste era muy inferior al de otros años, cuando se desplazaba personalmente para controlar la negociación sobre el terreno. Con todo, a pesar de la lejanía y de la ausencia física, llegó a sentir la tensión de forma importante. Por algunos momentos creyó que el acuerdo sobre el precio del café se había roto.
En realidad, sucedía así todos los años, pero no era posible acostumbrarse a que en unos días se jugasen los resultados de todo el Ejercicio.

Estaba rememorando una de las últimas conversaciones con Sánchez, el intermediario que había desplazado a Guayaquil. "El muy cabrito se ha ganado a pulso su comisión", dijo para sí mismo, incapaz de concentrarse en el periódico abierto.
Esa distracción respecto al entorno no le permitió advertirla hasta que la tuvo a su lado. Después de haber colocado con esfuerzo una pesada maleta en la estantería de la cabecera del vagón, una mujer le miraba con disgusto, detenida ante él con su tiket en la mano. Con tono resuelto, le dirigió la palabra. 

-Perdone, pero está usted sentado en mi asiento. 
El levantó la vista, y, educadamente, se puso en pie con dificultad, porque ella no le dejaba mucho sitio para moverse y tuvo que doblar la bandeja en una postura incómoda, por lo que uno de los periódicos se deslizó hasta el suelo. 
-No puede ser, este es mi sitio.

Mientras hablaba, buscaba en el bolsillo su billete, pero no lo encontró. Como le sucedía a menudo, un movimiento maquinal habría servido para esconder el cartón en alguno de los bolsillos ahora menos accesibles. 
-Es.
Dijo ella, esbozando una sonrisa de indulgencia, que a él se le antojó orgullosamente acompañada del pensamiento: "Todos los hombres son iguales, se creen en posesión de la verdad".  

Era una mujer de apenas cuarenta años, alta, atractiva, aunque vestida con cierto desaliño. A pesar de la pesada maleta que había dejado a la entrada, aún arrastraba un gran bolso de viaje, que levantó con presteza y dejó caer sobre el asiento que el hombre acababa de dejar vacío.

El estaba acostumbrado a tratar con la agresividad coqueta de las mujeres, así que no se dejó impresionar. 
- Mi asiento es el 4-C, en la dirección de la marcha, del vagón de no fumadores. Ahí debe estar su error. El suyo debe corresponder al otro vagón, al de fumadores. Lo siento.
-Este asiento es exactamente el mío. Compruebe usted mismo.

Ella le mostró su billete, poniéndoselo casi bajo las narices. No estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.  Normalmente, el no hubiera discutido en absoluto y hubiera cedido su asiento con galantería. Pero estaba de vacaciones. Tenía un cierto deseo de comportarse de otra forma, se sentía sin obligaciones. Libre.  
-No quiero ser descortés, señora, pero me temo que el asiento a que Ud. se refiere es el de enfrente. Vea: 3-C. Esto lo aclara todo.  

La azafata, que esperaba para distribuir una bandeja con refrescos, se acercó: "¿Puedo ayudarles?". "Este señor estaba sentado en mi sitio. Ha sido una equivocación, pero ya lo hemos arreglado." Así que, apartando la bolsa de viaje bajo el asiento, se sentó. "Es fundamental para mí viajar en el sentido de la marcha. De otra forma, me mareo.", aclaró, quién sabe si como disculpa.  

El hombre, vencido, ocupó la plaza frente a la mujer, si bien no dudó en bajar la bandeja colocada entre ambos.
Aprovechando la aparente indiferencia de ella, ocupada en colocar más cómodamente la bolsa, la estudió con curiosidad. Los asientos estaban muy juntos y las piernas de ambos eran bastante largas, así que no pudieron evitar el rozarse. El encogió las piernas instintivamente. 

-Perdón. El asiento es un poco corto.
-Sí. Está proyectado para personas condenadas a entenderse. 

El miró para todos lados, buscando algún asiento libre, pero el tren viajaba lleno. Ella no aparentaba sus cuarenta años. De porte resuelto, ligeramente entrada en carnes, iba vestida con una blusa escotada y pantalones vaqueros. Llevaba una cruz con esmeraldas al cuello, colgando de una cadena de oro. No estaba pintada, salvo los ojos, que destacaban, grandes, en una cara bronceada. Podría ser latinoamericana, por ciertas señales: el cabello negro rizado, la atrevida combinación de colores de la blusa, la ropa demasiado ceñida. "Tiene ese toque de sensualidad que tan bien utilizan las mujeres del otro lado del Atlántico.", pensó el viajero. No pudo evitar fijarse en el comienzo de los senos y le pareció que no llevaba sujetador.  

Eran dos horas y media de compañía las que tenía por delante. Desde luego, hubiera podido sentirse intrigado por aquella bella señora que viajaba sola, pero prefirió digerir primero su pequeño disgusto. Observó que ella aceptó beber una copita de fino en tanto que el pidió, por contraste, una naranjada. De haber estado solo, habría solicitado el vino frío, pero -incomprensiblemente- se advirtió deseoso de señalar alguna diferencia. Cuando se notó masticando las almendras y sorbiendo el zumo, comprendió que era ridículo haber reaccionado como un chiquillo con rabieta: ¿por qué no había pedido lo que le apetecía?. ¿Pretendía fastidiar de ese modo a la bella pasajera?. 

-Es mi primer viaje en este tren.
A él le pareció que ella estaba dando una explicación gratuita.
-
 Me voy a Córdoba, donde he sido invitada a dar una conferencia sobre microorganismos, por la Universidad de Biología.
-Ah.
Replicó el, pretendiendo dar a entender que no estaba en absoluto interesado en profundizar en una conversación trivial.

Pero en realidad, estaba empezando a interesarse. Al mover los labios, la desconocida mostraba una boca sensual, muy atractiva. Con cada palabra, se deshacía en mohínes graciosos, descomponiendo la cara en multitud de gestos con los que su rostro cobraba una vitalidad que le pareció llena de encantos. Confirmó que era latinoamericana: colombiana o chilena quizá, aunque su tono de voz no tenía ningún acento que pudiera identificar.  

Mientras hablaba, ella también lo miró. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, con el pelo entrecano, bien cortado. Su contextura era delgada. Por su aire cuidadoso, se adivinaba una persona muy pulcra con una mujer detrás, atenta a cuidarle los detalles. Llevaba una camisa a rayas y un jersey ligero que, a pesar de la delgadez del cuerpo, dejaba adivinar las espaldas anchas de un hombre que había hecho deporte en su juventud y que todavía sabía cuidarse. 

-No creo que estas conferencias vayan a tener mucho público, pero lo he preparado concienzudamente. Es un curso de verano para especialistas en alimentación. Ya sabe, se han puesto de moda en España.
-Sí, en estos tiempos, hay obsesión por adelgazar. No hace mucho leí algo de unas pastillas que, en realidad, contenían huevos de solitaria y que unos sudamericanos vendían sin escrúpulos.

Su comentario no podía evitar un tono hiriente hacia la supuesta extranjera que le había hurtado su asiento. "Seguramente es una de esas locas por la dietética, que venderá un régimen imaginario para gordas incautas. Una combinación de prótidos y lípidos acompañados de un placebo de las que regularmente son desacreditadas por miembros del Colegio de Médicos", pensó.

-Oh, no. A mí la dietética no me interesa en relación con el adelgazamiento. Lo que me preocupa son los modos de alimentación que avivan la inteligencia de las personas. Esta confesión le inquietó: "Dios santo, es argentina, ¿cómo no me  di cuenta antes?. Pertenece a ese subgrupo de aprovechados que venden cuatro ideas apoyándose en títulos que les han tocado en una tómbola. Me espera un viaje a tono."

Por eso, el viajero, con un aire que pretendió tajante, pero que en verdad evidenciaba que estaba ya dejándose vencer, espetó:
-No puedo creerme que la inteligencia se tome en pastillitas, por mucho que avancen las cosas.
-Pues en el futuro puede ser así. Existen unos microorganismos que activan las reacciones del cerebro. En nuestro cuerpo viven millones de pequeños seres que tienen vida al margen de la nuestra y cuyas reacciones no controlamos. Bacterias, hongos, virus. Aparentemente, todos cumplen una función subordinada a nuestro ser superior, pero también se aprovechan de nuestro organismo para vivir su vida y hacer de las suyas. Para ellos, somos un macrocosmos.
-¿Y qué tiene que ver eso con la alimentación y el funcionamiento del cerebro? 

Ella sonrió. Los pendientes que colgaban de sus orejas se bambolearon, mientras recogió coquetamente el pelo hacia atrás. 
-Todavía no se sabe muy bien. Algunos científicos pensamos que los contenidos de la base alimentaria favorecen el crecimiento de determinados microorganismos cuya actividad celular está ligada a las reacciones químicas que potencian el ritmo cerebral.  El estaba seguro que pretendía tomarle el pelo, así que adoptó un tono sarcástico. 
-¿Unos bichitos que se introducen en el cerebro y lo colonizan? Qué peligro. Me asustaría andar metiendo cosas en el cuerpo como si fuera una fábrica de animales. Me suena a ciencia ficción de las que acaban mal.
-No, no deje volar su imaginación, señor. En realidad, nadie mete microorganismos en el cuerpo. Están allí, viven con nosotros. Lo que hacemos es comprobar sus mecanismos, y utilizarlos para mejorar nuestra capacidad.
-Si le digo verdad, me interesa poco todo eso -musitó el caballero.- Me da miedo tanta intervención sobre el pobre cuerpo humano. Además, creo en Dios.
-No se trata de eso. 

Dándose cuenta de que no se habían presentado todavía y de que, al parecer, ella estaba dispuesta a mantener la conversación durante todo el viaje, dobló nuevamente el periódico, resignado a no leerlo de momento, y dijo:
-Mi nombre es Marcos López Arconada. Soy importador de café.
-Sonia de Lima. Encantada. Yo soy química.

 Después añadió, sin solución de continuidad.
- Me gusta mucho el café. Cada día tomo diez o doce tazas. A veces me acuesto tan excitada que no puedo dormir. Mi marido dice que tengo una dependencia a la cafeína. 
"Así que está casada", pensó Marcos, revolviéndose en el asiento 3-C. "No es de extrañar, es una mujer muy sensual. Seguro que el pobre desgraciado que la sostiene es esclavo de la hiperactividad de esta pequeña loca".

Pero ella seguía dando explicaciones:
-Por su culpa casi llego tarde a la estación. Tuve que esperar a que apareciese la persona que se va a encargar de cuidarlo durante estos días.
-Deduzco que su esposo es una persona exigente. Lo que se llama un varón fémino-dependiente. Le echará de menos.
-No es lo que Vd. se imagina, desgraciadamente. Hace unos meses sufrió una hemipléjia. Se ha convertido en un fantasma de sí mismo. Depende prácticamente de otra persona. No quería haberlo dejado solo, pero este curso es muy importante para mí, necesito méritos para mi curriculum.
-Perdone, yo no sabía.
-Tengo necesidad de cambiar de aires. La enfermedad de mi marido se convierte en algunos momentos en una circunstancia apabullante. Para él, tener que estar siempre dependiente de otra persona, es terrible. El era antes muy activo. Ahora se ha convertido en un corderito y quiere que yo esté siempre a su lado, hablándole, leyendo historias, tocándole.
-¿Qué edad tiene su esposo?
-Es mucho mayor que yo. Cumplió ya setenta años. Me casé con el cuando yo tenía dieciséis, a los pocos meses de conocerlo. Era el catedrático del departamento de química técnica en el que mi padre trabajaba. Un día que estaba enfermo, mi padre me encargó que le llevase una muestra con un preparado a su casa. Al subir las escaleras, no advertí que el suelo estaba resbaladizo, así que me caí y el tubo de ensayo se rompió.
-No alcanzo a ver qué tiene que ver una cosa con la otra.
-Llegué a su casa llorando desconsoladamente, con los trozos de cristal en la mano. Si le digo la verdad, no comprendo por qué me dió por llorar así. No tenía sentido, no se trataba de ninguna prueba irrepetible. Pero me abrumaba tener que dar explicaciones de mi atolondramiento a un hombre tan importante, del que mi padre hablaba siempre con tanto respeto.
-Cosas de niños.
-El trató de calmarme, me decía que había de qué preocuparse, que mi padre reproduciría fácilmente la preparación. Esa comprensión hacia mí me hizo enamorarme de él, perdidamente. Era ordenado, pulcro, serio. Tan distinto a mí. 

Pasaron los minutos, y ella no dejaba de hablar de cosas que le atañían muy directamente, así que el viajero estaba entrando cada vez más en el interés por aquella mujer que tenía tantas ganas de hablar, de mostrarse a sí misma.
La tarde había ido cayendo dulcemente, y por la ventanilla, el veía pasar el paisaje a toda velocidad, a contrapié, pero muy hermoso. Con la luz del atardecer dándole en el rostro, sus ojos verdes parecían cobrar destellos imponentes, y él pensaba a veces en los microorganismos que reaccionaban en su cerebro y otras en el café y las más en que, al cabo de muy poco tiempo, aquella mujer desaparecería para siempre.

El tren estaba llegando a Córdoba, en donde ella tenía que apearse, así que él le dijo: 
-¿Por qué no viene hasta Sevilla?. Yo tengo allí un coche de alquiler y le puedo acercar después de cenar hasta Córdoba. Incluso le puedo ayudar a preparar su conferencia. Sevilla es una ciudad muy bonita y a principios de otoño tiene una fuerza especial. Y yo, como público, soy excelente.
-No le digo que no me apetezca, pero hemos avisado a amigos de mi marido. Además, él espera mi llamada.
-No serán esos los problemas. Diga más bien que no le apetece mi compañía.
-No tengo billete.
-Haremos el resto del trayecto mientras tomamos una copa en el bar. Nadie se dará cuenta. 

Ella volvió a repetir que, sintiéndolo mucho, debería bajar en Córdoba, que no podía cambiar su viaje aunque le apeteciera disponer de un anfitrión de Sevilla tan agradable y tan conocedor de la ciudad como sin duda él debía ser.

Así que, cuando el tren se detuvo, la ayudó a bajar sus dos maletas, y se despidieron con un apretón de manos.   
Volvió para sentarse en el asiento que había ocupado ella y, a través de la ventanilla, comprobó que nadie había venido a recibirla. Seguramente le habría mentido. Viéndola de espaldas, su porte decidido le pareció muy atractivo, y se le agolparon algunas de las frases que había pronunciado en aquél viaje que había transcurrido como un suspiro. 

Entonces, ella dió la vuelta y miró hacia el tren. Fue tal vez la señal que esperaba porque, justo antes de que el jefe de estación levantara la bandera para dar salida al tren, se encontró bajando al andén -casi tropieza en el estribo- y, después, se puso a correr como un chiquillo detrás de Sonia de Lima.

Confusamente, cayó en la cuenta de que empezaba a improvisar su viaje. 
Madrid, 10 de septiembre de 1995  

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