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El blog de Angel Arias

Fragmento de la Novela Contra Elias (Capítulo de Esperanza)

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La casa de Esperanza en Sevilla creo yo que le será fácil de encontrar, sobre todo si no conoce hoy bien la ciudad, porque las cosas de las que se tienen pocas referencias son menos esquivas a los que las pretenden. Así que, una vez traspasado el Puente de Triana, le bastaría por ejemplo girar en la plaza del Altozano, entrando por el camino de San Jorge, y continuar luego paralelo al canal, en dirección al río, hacia el recinto que fue de la Exposición.

Claro que también hay otros modos de llegar hasta allí, y tal vez hubiera sido mejor tomar la autovía del Alamillo, pero en fin.
 Deje el vehículo cerca del recolector de residuos autoincinerables o arrímelo al descuido en el recodo que queda junto al control del parquing en la parcela de aerotaxis, advirtiendo a la celadora que va para poco rato, y avance a pie -dando casi toda la vuelta a la rotonda- unos doscientos metros por la carrera que dicen del Comercio de los Santos y que corta casi al principio a la del Divino Retorno, que antes era de la Revuelta de los Aparceros; tuerza a la derecha sin esperar que la calle se termine.

Guíese si las ve por las torres de la Cartuja, que le deben quedar un poco a mano izquierda. Doble una esquina, siempre siguiendo por la sombra de tanto edificio nuevo, rascaloscielos, cochina especulación, para volver inseguro sobre sus pasos y ya algo cansado llegar hasta un sitio donde le sirvan un fino muy seco y frío, me lo ponga con unas aceitunas sin hueso. Recuperado de la calor, salga a la calle para detener a un transeúnte cualquiera de los pocos que deambulan a esta hora de la tarde, cómo agota caminar al sol. Pregunte por ella o por una calle sin nombre, ¿La Esperanza?, ¿En el recinto de la Cartuja?. Siga las indicaciones sin entenderlas, porque en Sevilla todas las calles conducen a lo que busca.
 

-¿Esperanza?. Aquí la mitad de las hembras se llaman así.
-Una chica de dieciséis años, que hace la carrera con un ordenador.
-¿Una puta, pues?
-Una señorita informatizada, tenga cuidado con las palabras.
-Perdone, no quería ofender. ¿Tiene la dirección?
-Me la dió, pero el papel en donde estaba impresa debió caérseme al sacar el inhalador. Sólo recuerdo que estaba cerca de la Cartuja.
-Puede ser la Espe, tiene que ser ella. 

Esperanza vive en un ático que compensa sus pocos metros construídos con una terraza amplia, en donde alguno de los anteriores inquilinos debió olvidar -hace décadas- varios tiestos que quizá contuvieron azaleas enanas y geranios, y que hoy sirve de almacén para los trastos inservibles, una impresora láser de punto convergente, el vídeoteléfono portátil, un trozo de automóvil desechable y varios ejemplares de revistas, preservativos caducados y unas botas rotas de montar.

Allí estaré durante una semana o mejor, un par de meses, teniéndola de mantenida, yo feliz y ella sin poder prácticamente salir de aquella casa, que te quedes, que si hay que salir salimos juntos, que cómo nos van a ver así hechos una pareja tan cómica, que qué tiene de malo, pues iremos fuera solo de noche como los caracoles y las babosas, ay, eso no.

Así, hasta que se me agote el dinero, yo pensando todavía en escribir una novela fantástica, una historia de desamor y de cariños, un invento para justificar que había vivido, encerrado con el ordenador portátil en el cuarto de baño, no me molestes, Espe, ahora no puedo.

Conectado estérilmente a los bancos de datos de todo el mundo, voy llenando páginas y páginas de un cuento maravilloso que debería ser como el que se me borró del todo cuando se fue la luz pero desapareció sin huella porque lo estaba dictando en memoria virtual, qué pena, y ya nunca fue igual ni tan bonito lo que se me ocurrió desde entonces.
 

-¿Memoria virtual? ¿Y por qué escribes en memoria virtual?
-Me parece mucho más emocionante. Así, hasta que no has terminado de escribirlo todo, nada está seguro.
-Pues qué gracia. Un apagón y se te va todo al garete.
-La inmensa mayoría de los mortales vivimos en la zona de memoria virtual. No queda ni vestigio de lo que hacemos.
-¿Para qué quieres permanecer en pantalla?. Es mejor pasar desapercibido. Como individuo anónimo, puedes hacer lo que te apetezca: vestir de forma extravagante, hacer el tonto, conducir un motogiro por rutas prohibidas...
-Esperanza, nena, yo no he dicho que quiera dejar una señal de haber vivido para la posteridad. Al contrario. Intentar ser trascendente me parece una terrible petulancia, una agresión a las futuras generaciones. Pero, sobre todo, creo que es inútil. Cuando tengas más experiencia -no, si no me refiero a la experiencia del sexo- comprenderás que el mejor consuelo de un viejo es destruir su propio pasado. Eso es lo que estoy haciendo yo.
-¿Tan poco te gusta tu pasado?
-No es eso. Me gusta. Pero el pasado es siempre un lastre para un enamorado. 

Tendré el mundo sobre las espaldas, la inseguridad de haberme perdido en muchos templos de fatal devoción, la mente dispuesta para recordar montones de historias cuajadas de hechos verdaderos y falsos, oscuros sucedidos en lugares remotos los unos para otros, tanto sitio llano en donde anduve llenándome las manos, los sentidos, todo en fin, de mucho amor a juventud, sexos y vicios, y ahora ya viejo convencido de la fuerza única, de que lo que único que vale la pena es la potencia de saberse vital sin remedio, devorador, monstruo ciego ávido de impulsos. Paradojas cuando tengo las baterías para poco. 

-Arturo, ¿y si hoy de noche nos dejamos caer por el Giraldillo, que igual encuentras gente como tú que anden de paseo?
-Chiquilla, tú llévame donde los tuyos.
-Pero mis amigos dicen que los agotas con tanta pregunta y tanto mirar.
-Eso no les hará daño, digo yo.
-Ya, pero la Nieves se queja de que a la primera ocasión le metes la mano entre las piernas.
-Con los de mi edad no se puede ser más exigente. 

A mis años tiene justificación querer de muchas formas, pero no me imagino con un amor apasionado, aunque hace ya mucho que Mercedes, Adela o Pilar -tal vez no fue ella, después de todo- me dijo incluso que la pasión es el núcleo del amor.

Por eso tengo a Esperanza prisionera, chiquilla, con grilletes de dinero tan poco durable, desnúdate para mí otra vez, o mejor, no, anda todo el tiempo en cueros por la casa, déjame que te vea el pezoncito rico, acércame el culito a la boca, estás hecho un degenerado, vejete. Riéndose.
 

Desconozco si los mayores de mi generación, incluso los que sobrevivan para entonces, me entenderán lo suficiente, pero para la juventud, aquí están las claves del truco con el que me habré mantenido las ganas de salir airoso en esta guerra, un desafío prefijado, puesto que fui abandonando a las personas de mi edad cuando me di cuenta de que se hacían algo viejas.

Héme por eso ahora, casi completamente adolescente, enamorado ciegamente de Esperanza, una putita informatizada, quince o diecisiete años, qué coño importa que ella no me quiera, si la tengo cabe mí y sin ella saberlo (pero lo sabe, lo intuye seguro) me sumerjo en su juventud, le chupo la sangre, me hago su vampiro por mi gusto.
 

Esperanza dice alguna vez, mientras lee unos cómicos desnuda sentada a la jineta sobre una silla de montar argentina que le regaló un admirador hace un año, (desde cuándo estás tú en este negocio, si parece que has nacido ya ofreciendo tu cuerpo por dinero), su melena castaña alborotada, los ojos verdes de gitana fina y la boca hecha un mohín de dulzura, ideas que me recuerdan a alguien que pudo ser su abuela: "Háblame de tí, venga, cuéntame cosas".

La miro sin cansarme, porque me quedan áun unos miles de pavos y no quiero creer que el tiempo que le he comprado se me acaba. "Te pareces a tu abuela en esa manera de trasladar a otros la responsabilidad de entretener el tedio", le digo y así provoco más preguntas, dónde conociste a mi abuela, qué sabes de ella, por qué me hablas siempre como si fueras de la familia, no, si a tu abuela no estoy seguro de haberla conocido, pero estoy convencido que esa mujer de la que te hablo era alguien de tu familia.
 

-Y tú, ¿quién eres?
-Un anciano que está a punto para morir.
-No digas éso, que a la muerte no se la debe nombrar ni jugando.-Pues, aquí donde me ves, yo ya lo tengo todo andado.
-Nadie lo diría, viendo cómo te gusta estar siempre detrás de mí. Pareces un adolescente.
-El mérito de mi pasión está en tus nalgas, no en mi cabeza.
-Conozco gente rara, pero hasta ahora no me había echado a la cara un tipo como tú.
-Debe ser por mi vena intelectual. Algunos intelectuales cuando enrancian se convierten en obsesos sexuales, que son como el vinagre al buen vino. 

Pero no te preocupes, adolescente de la calle, huérfana de todo cariño que no se te pueda comprar, hecha para el sexo desde que te parieron: tampoco yo he conocido a nadie como tú.

Puedo intuir sin gran margen de error que tu bisabuela fue la mujer decente que quiso imaginar tu bisabuelo que fuera, una bella hembra morena de ojos negros, amplio escote y nalgas apretadas, que vivió muchos años con total decencia cuidando a sus hijos y que, llegada a los cuarenta, encontró por casualidad, en una fiesta, a un hombre que era completamente distinto a su esposo y no resistió las ganas de hacer el amor con él un par de veces, aunque siempre cuando su marido estaba fuera de la ciudad y siempre después de haberse emborrachado con cava o haber reñido y llorado de despecho.
 

Con esos antecedentes, pierdo la pista de tu abuela, pero me la puedo imaginar como la hija pequeña de aquella familia casi rota, enganchada tempranamente a la droga deambulando por la Universidad junto a un yonqui terminal que la dejó abandonada y embarazada de tu madre. Sacando adelante una gestación difícil, cada vez más débil porque estaba enferma de sida, tu abuela extremó su locura, y antes de morir de parto, con apenas veintidós años, insensible al dolor gracias a los calmantes, pero eufórica por la cantidad de morfina que habían tenido que darle, cantaba pregonando que si la hubieran dejado hubiera sido la capitana que mejor haría el amor de toda su generación.  

-Eso que cuentas puede ser cierto. Mi madre me dijo que la había adoptado una de las enfermeras que atendieron a mi abuela en el parto.
-¿Ves? ¿Y por qué abandonó a su familia adoptiva?
-La entregaron a la Asistencia Social cuando se comprobó que la droga había deformado su sensibilidad sexual y se había hecho ninfómana irrecuperable.
-No me creo una palabra.
-Eres tú quien ha empezado. 

Entre tus piernas, aunque ya no estoy para esos trotes, si tú te tomas mucho empeño para conseguirme una erección, yo pienso para hacerlo más fácil en alguna de las mujeres que he poseído, porque el presente no me basta para que mi juguete mecánico responda, ni tus dulces caricias consiguen excitar la sensibilidad de mis células rendidas, pero no es culpa tuya, pequeña, tu vales un Potosí, tus juegos amorosos resucitan muertos y hacen que el tiempo se estire como los espacios para Aquiles, ¿Aquiles el de la tortuga del otro día?, ¿ése que nunca llegaba a alcanzar la meta porque se paraba a pensar?.

Así, gracias a tí, mi placer dura más porque mi deseo se queda detenido en el aire, engolosinado por la pericia de tus manos, la intuición insolente de tu boca, justo un instante antes del orgasmo inútil. Yo, que he venido a Sevilla tantas veces a enseñar, soy ahora discípulo de una niña que sólo ha vivido la quinta parte que yo, dónde me he metido, si debe tener las muñecas guardadas en el aparador, entre la fusta y los preservativos de eucalipto.
 

Esperanza también me pregunta mientras me da besos en el bigotito blanco, y me acaricia el cráneo con sus manos de niña: "Abuelo, ¿pero tú me quieres?", que seguirá siendo una pregunta de las pocas que no exigen respuesta, no me llames abuelo, aprendiz de putita. Yo afirmaré cruel que "Amo a Sevilla", y pondré el aire del que no quiere que le molesten porque acaba de tener una idea mágica. 

-Tengo una idea mágica.
-¿Una idea de esas que te dejan pensativo y enfurruñado para el resto de la tarde?. Qué lata.
-No, una idea feliz, un hallazgo.
-¿Una idea graciosa, de las que me hacen reir?
-Una idea llena de ideas que se rompen en pedazos cuando se piensa en ellas.
-Si no me pones un ejemplo me quedo en ascuas.
-Será en ayunas, pequeña.
-Ya empezamos con las correcciones. ¿Quieres decirme la idea, sí o no?.
-Acaba de ocurrírseme que todo lo que he vivido es producto de la imaginación de las mujeres que he amado. Cada vez que conocí íntimamente a una hembra, he caído desde ese momento en las garras de su creatividad.
-No parece muy original.
-Pero es sugerente. Ahora, por ejemplo, yo soy invento tuyo.
-Ayer dijiste justamente lo contrario: que yo no existía, porque era sólo un producto de tu imaginación.
-Estaría borracho.
-Siempre estás borracho. Como ese señor Jémingüei del siglo pasado que te gusta tanto.
-La embriaguez es una manera respetable de comunicar nuestra derrota, y si se convierte en costumbre, pasa a ser una forma coherente de vida. Yo bebo para que mi memoria del pasado desaparezca. Cuando vuelvo a estar consciente, puedo así construir mi vida sobre el presente, robándole el tiempo perdido a una mujer muy joven con la que intento hacer el amor.
-Machista.
-Puta. Bendita puta. 

Eso no le gustará, porque ella desearía que yo por lo menos inventase una frase bonita para ella, qué se yo, te quiero porque eres la hembra más bonita del serrallo, (qué es serrallo), te quiero porque tienes un cuerpo de cariátide, (que es cariátide), te quiero porque tus nalgas son las puertas del paraíso, (ya), pero pasará todavía un ratito y tendré que responder a "¿Qué le encuentras a Sevilla, qué tiene para atraerte tanto?", y en el silencio se imaginará cosas graciosas, que he tenido de joven una novia en este lugar pero que anda casada con otro, que mi madre sería de aquí, que ella me recuerda a alguien. 

Otra vez se habrá leído y releído un periódico ya muy atrasado de esos que se bajan por internet con los resúmenes de las noticias de la semana agrupadas por temas, y si se aburre entonces accederé por fin a pasear por la ciudad, expuesto a que el aire de bullicio me derrumbe y me mate, como a esas momias que cuando se las expone al aire se volatilizan pronto. 

-En el geriátrico nos obligan a trabajar porque dicen que el trabajo hace libres. Nos han jubilado de nuestro trabajo de intelectuales y nos tienen haciendo figurillas de madera para venderlas a los turistas.
-¿El trabajo hace libres?. ¿No era ese el lema de los campos de concentración para judíos en Alemania?
-Sí. Veo que no estás tan desinformada. Pero, anécdotas aparte. ¿Qué opinas? ¿A la libertad por el trabajo?
-Qué quieres que te diga. No lo veo mal, todos los miembros de la sociedad tienen que ser útiles. Además, seguro que es bueno para el resto de la sociedad. Hay que probarlo todo. Hasta las ratas usan a sus viejos para probar el efecto de los venenos.
-Esperanza, no se si los jóvenes os dáis cuenta de que esta sociedad se ha hecho muy sutil. No quiere que los ancianos de la tribu pensemos, ignora los argumentos de los jóvenes, vive obsesionada con lo que produce placer pero ignora cómo hacerlo duradero.
-¿En tu época las cosas eran diferentes?
-No me acuerdo. Aunque, como no me gusta que me ordenen, estoy traduciendo al alemán una novela sobre la política en los años noventa del siglo pasado.
-¿A quién interesa eso? 

Habrá que hacer un esfuerzo para imaginarse Sevilla dentro de casi treinta años, con las grandes antenas de los comunicadores móviles presidiéndolo todo, como minaretes de las nuevas deidades, y una arquitectura de edificios de Bancos, multinacionales de la alimentación, del ocio y de las comunicaciones cercando a la torre del Oro, reconstruída en holograma después de la última remodelación. La mayor parte de las iglesias habrán sido desacralizadas para que no sea malaje bailar sobre las criptas, y la ciudad se ha llenado de placas con la inscripción de “aquí estuvo”.  

Nuestros cuerpos, como desde la cuarta dimensión, avanzarán entre los restos del barrio de Santa Cruz que ahora llevará entre paréntesis el nombre de la Santa Campaña.

Todavía existirá El Giraldillo, quiero decir el local de jaleo y virtudes junto a la Catedral en donde habrá cerveza fresca y seguro que una tapita de calamares, menudos o pescaíto, saltamontes de sobre, esencia de bacalao confitado, algo que empujar hacia dentro mientras observamos a los demás, apoyados como todo cristo en la barra o contra la pared o jugando seducidos por las máquinas electrónicas que ahora sí que lucen sofisticadas y hermosas y dan premios que son viajes virtuales, aparentado que necesitamos poco para sostenernos en pie, aunque yo sí que lo necesito, Esperanza, tú no has hecho más que empezar a vivir tus cientocincuenta años, y yo estoy consumiendo mi esperanza de vida, siento el juego de palabras.
 

Ella repetirá preguntas, porque yo hablo de muchas cosas pero le parece el asunto como irreal y no acabará de creérselo antes de que todo termine. Si estamos con otros, hace gestos que me encienden de celos, te digo que no me dí cuenta que estaba mirando, si mi tiempo es tuyo, Arturo, para eso te pago, eres peor que un novio.

Cuando por fin yo pronuncie una frase habré dejado pasar tanto rato que no le parecerá ya una respuesta sino una afirmación para esculpir en piedra, una máxima dimanante del oráculo que hace esfuerzos para sonreír a través de la dentadura de cerámica tenaz y que mantiene en los ojos algo de fulgor del láser con el que me operaron de cataratas:
 

-Sevilla tiene la fuerza de la eterna juventud.
-Entonces tú eres como Sevilla, que a tus años todavía quieres guerra.
-Vénte para aquí, poetisa, que te toque un poco.
-Me vas a dejar pulida como un canto rodado.
-Tonta, si tu piel es ya tan fina como la de un lechoncillo lavado y listo para el horno.
-Vaya ejemplos que buscas.

Esperanza hará bien en fingir casi siempre que ignora que soy ya setentón, no te sientes de sopetón sobre mis rodillas que me vas a tirar y además tienes las posaderas frías. Habré hecho mucho esfuerzo para que me perciba seguro del sí y del no  y, porque le apetece creerlo, piensa que mi dinero no se acabará nunca, como si el dinero fuese lo único importante de la existencia, todavía a los quince, a los diecisiete años.

Aunque otras veces voy y me pongo melancólico, es que soy muy mayor. Pero me recupero pronto, porque para mí Sevilla tendrá siempre, si no la malean, la fuerza de la hembra, el estallido de la aventura posible, un estímulo para resurgir del olvido, pues nos vamos de vuelta a casa, ahora ponen un programa precioso por la televisión independiente del nuevo Estado de Uruguay, y reponen en vascuence la película de La historia interminable, y me van a llamar los fontaneros sin fronteras de Calcuta para un programa en abierto sobre la vida en otros planetas, no corras tanto Esperancita, mejor tomamos el intratren, no se si aguantaré hasta la próxima cita con el hematólogo sin cambiarme la mitad de la sangre.

Conecto mi tarjeta electrónica en la primera estación médica móvil, pongo la mano sobre el pulsador y dejo que me hagan un chequeo remoto solo para tranquilizarme. En tiempo real me dicen que estoy como un reloj.
                                                                                                                                                                                                                                                               

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