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El blog de Angel Arias

Eutanasia, premios, huracanes y bodas (Carta desde Europa)

Esta fue la Segunda Carta desde Europa, qu escribí el 11 de septiembre de 2004, para el periódico El Imparcial de Oaxaca. Ya sabéis la historia: un profesor español enamorado platónicamente de una mujer casada mexicana... y todo lo demás

   No me podía imaginar que mi promesa fuera a tener los pies tan frágiles. A los pocos días de enviarle mi primer correo en el que me comprometí a escribirle regularmente cada domingo, mi ordenador me abandonó. Se vió atacado por un implacable ejército de virus informáticos, de esos aviesos, muy retorcidos. Me hicieron creer que mis mensajes llegaban normalmente a sus destinatarios, y no tuve sospechas de que nada funcionara incorrectamente, mientras parece que se intentaban apropiar de la información de mis cuentas bancarias, mis números secretos, mis direcciones de correo y hurgaban en mis intimidades.

Me salvó de la catástrofe total lo que creía que era mi condena, un mensaje que sonaba a despedida, porque la pantalla se colapsó: “Has realizado una operación errónea y tu sistema se apagará”.
 Lleno de pánico, llevé el ordenador a una prestigiosa clínica informática. Realizado prestamente el diagnóstico (“qué mala pinta tiene esto”), y después de mantenerme dos semanas sin ordenador, los especialistas concluyeron que el mal era incurable y me propusieron, en fin,  reformatear el disco duro.

Cuando reconocí que no guardaba copias de seguridad de la mayoría de mis cosas, y que en ese trozo de hierro estaba la mitad de mi vida, no levanté la menor compasión, sino que se me miró como a un insensato. Me vi en una situación de completa desazón, y, negándome a hacer irreversible la pérdida de cuanto guardaba, como el familiar del difunto que confía en que todo vuelva a la situación anterior, volví a casa con mi yerto portátil en las manos.

Por fortuna, en el ascensor le conté a mi vecino mi desgracia, y me envió a su hijo para que le echara un vistazo al desahuciado. Lo llevó consigo y al día siguiente reapareció con una sonrisa de oreja a oreja para decirme que había conseguido recuperar la mayor parte de mis documentos y archivos. Entre ellos, querida amiga, su dirección de correo electrónico.
 

Me tiene que disculpar ser tan prosaico, tan poco romántico, pero estoy seguro de que se podrá imaginar que, para un profesor universitario, perder su ordenador es similar a perder un trozo de cabeza. Pero quién se va a molestar en hacer todos los días un back-up de algo que parece indestructible y al que ha protegido con un montón de caros programas de defensa anti-virus que se actualizan automáticamente a diario.

Ahora imagino como será el Apocalipsis. El anticristo es el Gran Virus. Nos hemos hecho dependientes del coche, el teléfono y el ordenador. Sin ellos, somos otras personas, qué digo, no somos nadie.  
 He ido a ver Mar adentro, la última película de Alejandro Amenábar, éxito de taquilla desde su salida, y premiada ahora por la crítica en la Mostra de Venecia, la bella ciudad que parece estar siempre de vacaciones. Este joven director fue discípulo y protegido de Jose Luis Cuerda, quien quedó impresionado al leer el guión de Tesis, escrito cuando aún era estudiante en la Escuela de Cinematografía.

Dicen que la idea le surgió como su venganza del profesor de Realización, que le había suspendido. Aquella primera obra se inspiraba en los snuff movies, que Vd. sabe son películas que registran a personas realizando actos sexuales, que acaban siendo asesinadas.

Las películas de Amenábar  están narradas desde una sensibilidad especial –se ha confesado homosexual, pero obviamente no me refiero a las consecuencias de esa inclinación-, y una parte sustancial de su corta filmografía gira en torno a la muerte.  La película cuenta la historia real de  Ramón Sampedro, un pescador gallego tetrapléjico desde los 25 años, después de tirarse de cabeza en la peligrosa playa de As Furnas, que estaba al lado de su casa. Durante casi 30 años estuvo defendiendo su derecho a morir, a suicidarse. Dada su incapacidad física, sin embargo, necesitaba la ayuda de otras personas, por lo que su deseo se transformaba en una solicitud de eutanasia. Perdida la batalla legal, acabó distribuyendo meticulosamente entre sus amigos y simpatizantes las actuaciones que llevaron a su mesita de noche un vaso de agua con cianuro, que bebió –ante una cámara fija- con una pajita que alguien había puesto en su boca. Miles de personas reconocieron haberle ayudado a morir.

La difusión de su historia, con el dramatismo de las imágenes de su final, en que justificaba una vez más las razones  y se confesaba único responsable de su muerte, abrió una polémica sobre la eutanasia que no se ha cerrado en absoluto, y que la película replantea de forma muy inteligente.
 La interpretación de Javier Bardem es excelente, como la de todo el equipo. Al actor le han dado la copa Volpi como mejor actor. Sampedro-Bardem son seres vitalistas, seductores, y la identificación del actor con el personaje real es tan perfecta que a uno le extraña verle moverse con naturalidad después de haber representado una muerte tan creíble. Nos gustaría reencontrarnos a un Sampedro vencedor, para confesarle que nos ha impresionado.

Al ver la película, me pareció entender que la decisión de querer morir nos afecta a todos, de alguna forma. Nos acecha el momento en que seremos conscientes de que no será posible hacer aquello que más deseábamos. Estamos todos en riesgo de pertenecer a alguna categoría de desalentados. Parados, olvidados y marginados, desengañados, ancianos, locos, enfermos incurables, los muy lúcidos…
 

El presidente del gobierno español, Jose Luis Rodríguez Zapatero, ha tenido que opinar sobre si hubiera ayudado a morir a Sampedro, y ha dicho que no lo hubiera hecho, aunque comprende su decisión. Por cierto, Juan Jose Millás, uno de los mejores periodistas de acá, le hace un seguimiento de varios días que recoge El Pais semanal. Ya se puede imaginar que el político tiene una agenda agotadora, y uno, tan frágil o tan vago, por más que lo vea joven y de buena salud,  cree que le resultará difícil mantener durante toda la legislatura.

Los políticos parecen vivir en un estado de hiperexcitación cuando llegan a un cargo público.
 Me despertó especialmente la curiosidad lo que el periodista escribe sobre la capacidad de la seducción del Presidente. Justamente acabo de asistir invitado a una tertulia en un restaurante de Madrid en el que un grupo de amigos hemos comentado sobre las relaciones duales entre seductores y seducidos. Hemos hablado de que durante siglos, la cualidad determinante del político fue la seducción por la palabra, su elocuencia, su retórica. Es decir, el modelo Cicerón. Los contertulios estuvimos de acuerdo en que los políticos no seducen ya con la palabra,  no les hace falta. El pueblo prefiere elegir como representante al hombre de la calle, a alguien que no destaque en especial, cuya capacidad de verbalización sea incluso vulgar.

Zapatero seduce, eso sí,  con su gesto de desvalimiento al meter las manos en el bolsillo cada vez que se encuentra en una situación nueva, desviando así –dice Millás- la atención de sus titubeos verbales.
 

Estoy siguiendo con interés y alarma las noticias sobre los huracanes que están asolando la zona de las Antillas. Con razón el nombre se ha tomado del vocablo maya para llamar al diablo. Recuerdo bien las imágenes de aquel Gilbert en 1988, el mayor del siglo pasado. No tenemos aquí experiencia alguna de esos fenómenos, y cuando un vientecillo supera los 100 kilometros/hora las autoridades declaran ya máxima alerta. Me impresiona ver las escenas de gente resignada claveteando tablas en puertas y ventanas tratando de impedir que los terribles vientos, no entren en sus casas y lo arrasen todo.

Cuando le escribo esto,
Iván, uno más de la serie de hermanos demoníacos nacidos en este septiembre, ha bordeado Cuba y se encamina hacia Florida. Con su permiso y mi frivolidad, como estoy convencido de que la furia se desvanecerá al rozar las costas mexicanas, yo le propongo ir con Vd., utilizando nuestra imaginación, a la Playa del Amor, en Puerto Angel, a contemplar el oleaje.  

Estamos en el tercer aniversario del atentado del 11-S de Nueva York y han pasado seis meses desde que sufrimos en Madrid el 11-M. Apenas hace unos días, en la ciudad de Beslan, en Osetia (Rusia) otros terroristas eran la razón de centenares de muertos en una escuela donde se celebraba el comienzo de curso. Todos estos muertos, y tantos otros, han sido elegidos como emisarios del odio del hombre frente al hombre. A medida que me voy haciendo mayor (no, por favor, no me venga ahora con que me ha visto muy joven) aumento mi escepticismo.  Me preocupa mucho el aumento de los terroristas, y no me importa que sean bandas a sueldo o guiadas por fanatismos religiosos.

Un historiador británico,
Timothy Garton Ash, opina estos días que no es posible defender la tolerancia sin  luchar y que una buena parte de los terrorismos son explicables, en el sentido de que tienen causas, que son las que hay que eliminar. Conocemos muchas causas, desde luego: la pobreza y las desigualdades, la lucha por las materias primas y fuentes de energía, la ignorancia o el abuso de poder, la intolerancia, la respuesta a la agresión previa, etc.

Por otra parte, los pueblos viejos perdemos mucho tiempo en discutir los pasos previos, las formas, al fin y al cabo, lo menos trascendente. Valga un ejemplo. En el Ministerio de Defensa de mi país están ocupados por examinar las consecuencias mediáticas del rechazo de un aspirante a soldado,  transexual nacido mujer pero actualmente varón según su DNI, que, después de haber superado todas las pruebas de acceso, incluso las psicotécnicas, dejó evidente en el examen médico que sus órganos sexuales seguían siendo femeninos. Así que es posible que tengamos una división transexual, para un Ejército cuya utilidad tantos se plantean.
 

Otra polémica ardiente, ésta en Francia, reside en decidir si las jóvenes estudiantes musulmanas estrictas pueden ser autorizadas a llevar el velo en clase, tal como su religión les prescribe. Usted y yo podemos pensar que hagan lo que quieran, como no nos atreveríamos a opinar si es mejor o peor que otros alumnos vayan con minifalda, pasamontañas, lleven piercing, tatuajes horribles u ofrezcan sus ombligos al aire.

No crea que en España estos problemas de la observancia religiosa nos son ajenos, ya que el número de inmigrantes ha subido de manera impresionante, y alcanza los 3 millones de personas, de los que se cree que 1 millón son irregulares, y las diferencias culturales y, por tanto, religiosas, empiezan a hacerse sentir. El Gobierno ha creado la vía del “arraigo social” para legalizar a los extranjeros que demuestren que llevan un año trabajando ilegalmente, si denuncian a su empresario, buscando el “borrón y cuenta nueva”.
 

Me han comentado en Secretaría de la Facultad donde doy clase que este año aproximadamente un 10 % de los alumnos inscritos son musulmanes, y que varias organizaciones han protestado por la celebración religiosa confesional católica del comienzo de curso, y que demandan la suya. Yo preferiría que las celebraciones públicas se hicieran aconfesionales. Reconozco el magnífico boato de una boda religiosa, pero también debo decirle que las bodas civiles han mejorado muchísimo. He asistido recientemente a una en la que se leyeron escritos muy ocurrentes sobre los novios, se distribuyó una copa de cava por el Ayuntamiento y el concejal improvisó una magnífica homilía sobre la fidelidad y la vida en común que no tenía nada que envidiar las que hubiera podido prenunciar el mismo padre Feijoo.  

Se casa Laura Ponte, una de nuestras top modelos, con un hijo de la infanta Doña Pilar, hermana del Rey. Los miembros de las familias reales están consolidando su tendencia a casarse con plebeyas, demostrando sus gustos eligiendo hermosos ejemplares de la raza, con las que antaño se limitarían a ejercer su derecho de pernada . El príncipe Felipe, al haberse casado con la ahora también princesa Letizia Ortiz, periodista asturiana, abrió las puertas del cuento de hadas a las familias normales (con su muestrario de matrimonios fracasados, padres separados, abuelos taxistas, estudios en escuela pública, veraneos en el pueblo, partidas de tute.  etc).

Lejos los tiempos en los que la sangre azul buscaba a miembros de otras familias reales para fortalecer vínculos de Estado y defender el status. Ahora los vástagos de las monarquías, en indudable decadencia, no se recatan en reconocer que persiguen los mismos ideales que los demás humanos, repitiendo que son iguales a nosotros. Supongo que son conscientes de que nos están poniendo en evidencia, pues no parecen saber en qué consiste su papel de ser abejas reina de nuestra colmena. Nos dicen también que el mejor sitio para aprender a ser príncipe o princesa, son las Universidades. En lo demás, como escribiría
Andersen, no les importa que el pueblo vea que van desnudos.  

Confio en que mi ordenador no se vuelva a estropear, y pueda enviarle mis correos todos los domingos, sin problemas, a partir de ahora. Ya sabe que no espero su contestación, pero unas palabras, unas simples palabras, me harían pensar que me lee, que aquellas magníficas noches en Oaxaca no fueron un sueño ni un delirio de mi imaginación. Espero que no le haya molestado, sino al contrario, que esta mi segunda carta sea tan larga. Tengo tantas cosas que decirle… Suyo afectísimo.

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