Admito que los papeles suponen para mí una atracción irresistible. Selecciono, recorto, agrupo, relleno, pierdo. Mis despachos y lugares de trabajo, el dormitorio y hasta el cuarto de baño de todos cuantos lugares de habitación ocupé, acabaron atiborrados de papeles. Trato de ordenarlos a veces, pero esa plaga de celulosa laminada y escrita, parece en realidad, incontrolable. Seguramente la mitad de mi vida, como un maleficio, estuvo (está, me deseo, por la cuenta que me tiene) dedicada a buscar los papeles que he perdido en la otra media.
No importa qué papeles. Todo me interesa. Pueden ser noticias, comentarios originales, plagios, ideas memorables o incluso, estúpidas. En la colección inacabable, han de estar, además, por supuesto, los míos, aquellos que contienen mis pensamientos, generados por mi incontenible logorrea: informes, notas, poemas, relatos, conferencias, borradores, anotaciones inconclusas, garabatos acaso indescifrables, que me prometo desentrañar un luego, en la calma que nunca viene.
No solamente letras, ni grafías. También esquemas, pictogramas, fotos. No pueden faltar imágenes de paisajes, trozos de figuras humanas y animales, escorzos de captadas o insinuadas bellezas, más recortes de recortes, acordes de femenina dulzura, rostros de famosos, (por si alguna vez me los encuentro en alguna reunión social que raras veces llega), rostros de anónimos que dicen sin palabras. Y, obviamente, están todos mis dibujos, apuntes, galimatías, caricaturas, logos, líneas,...
Estoy convencido de que somos muchos aquellos a quienes nos entusiasman los papeles. Puede ser que no podamos vivir sin ellos. Nos protegen y nos matan a un tiempo. Pero, ¿cómo resistirnos?.
Tengo una anécdota sobre lo pe
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