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El blog de Angel Arias

Jugando en corto: Varios perfiles del paisanaje de Asturias (II): Angel Arias

La idea de aquel que se hace pasar por muerto para ver su propio entierro y tomar nota de los que acudirán a él, en la hipótesis de que, dadas las circunstancias, ya no cabría esperar que estén deseando de él satisfacción alguna, no encuentra aplicación práctica en Asturias. Puede estar seguro el finado, real o presunto, que la asistencia al sepelio será multitudinaria. Al menos, al principio y final del acto público, esto es, cuando haya ocasión de que los asistentes se vean.

No hace falta, en realidad, organizar ningún espectáculo para ideshacer la preocupación de que a lo tuyo no acudirán tal vez a tiempo más que cuatro amigos y dos curiosos,  y que el resto se enterarán con el paso de los años, cuando vuelvan de sus vacaciones mentales. Si la despedida se presenta de tal forma que los potenciales asistentes al velorio estén medianamente seguros de que van a encontrarse en él con gentes de algún poder fáctico, ten la seguridad de que habrá multitudes hablando de lo suyo, mientras tú te das un paseo definitivo por la eternidad de tu nada.

No debe interpretar, pues, el lector, que he sufrido un ataque de petulancia por el hecho de mantener una exposición de mi pintura en mi ciudad natal, y que quiero presentar mi perfil como paisano importante de Asturias. No. No piense nadie que voy a dar difusión a mi autosemblanza, y aprovechar para poner al caer de un burro a algunos conocidos o hacer la pelota a dos adinerados para que me compren un par de cuadros que pongan a lucir en sus pinacotecas. Tampoco.

Mi Exposición, por lo que me cuentan y he constatado personalmente, está siendo un éxito de público. Salí -además, y previa movilización telefónica- en varios periódicos locales ( incluso con fotografía a todo color) y una de las tres teles ovetenses ha difundido dos o tres veces en horas matinales la entrevista que me hicieron unas mozas de buen ver y que, además, sabían bastante de pintura.

Aclárese ya. El Angel Arias al que me refiero aquí, en el comentario, no soy yo. De entre los muchos Angel Arias que fueron y son en este mundo, quiero referirme a mi padre, en esta breve semblanza.

Cuando lo sorprendió la muerte, a mitad de sus setenta, estaba estudiando griego, por razones que ignoro, y llevaba ya dos o tres lecturas de la Enciclopedia Británica, en inglés, y siguiendo siempre el orden alfabético, sin saltarse página. Sabía varios idiomas y los hablaba con suficiente soltura para salir del paso de cualesquiera dificultades.

Pertenecía a una categoría, hoy ya prácticamente en extinción, de profesionales que saben el porqué de lo que conocen. Era Doctor en Ciencias químicas, y estuvo siempre a la persecución de la fortuna económica, que nunca le llegó, o si le llegó, no se detuvo.

Mi padre, en mi singular opinión, forma parte del paisanaje singular de Asturias. Porque, en lugar ser emigrante de la región, se esforzó en modificarla desde dentro, metiéndose en un montón de proyectos que eran potencialmente muy interesantes, y que terminaron sistemáticamente en un fiasco.

Sabía casi todo sobre las ferroaleaciones, y creó, junto con otros visionarios, una empresa en Lugones que se hartó de fabricar ferrotungstenos y silicomanganesos (por ejemplo) hasta que alguien decidió que había que liberalizar las importaciones. Se empeñó en recuperar la minería de la schelita en Boal, poniendo nuevamente en explotación Penouta, anduvo con los caolines de Guitiriz. Qué se yo dónde puedo terminar su biografía.

Fue el quien me llevó, siendo un chaval, a leerle unos versos míos a un convaleciente Fernando Hontoria, entonces director de Tecnología en Ensidesa, (empresa donde mi padre recaló cuando se quedó sin una perra y muchas bocas que alimentar). El paciente tenía los ojos tapados por la operación de cataratas que acababa de sufrir y la voz me temblaba, supongo, un poco, aunque fui recuperando el tono a medida que notaba que el yaciente me escuchaba en silencio y en su rostro aparecía una sonrisa de complacencia. 

Hontoria no me vió nunca (no coincidimos más que aquel día). Cuando terminé de leer aquellos poemas, dijo a mi padre algo así: "Le agradezco el regalo, Arias. Es de los que no se consumen nunca, porque me llegó al corazón. ¿Dice Vd. que el chaval quiere ser ingeniero?. Que haga lo que quiera, pero que siga escribiendo".

Mi padre salió conmigo de la habitación y nos volvimos a otra del piso de abajo en la que mi madre, empezaba a morirse. Yo continué con mi recital de poesía, que ya no dejé nunca.

 

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