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El blog de Angel Arias

A sotavento: Los toros de Ventas y el derby de Ascot

Me proponía realizar un paralelismo entre el espectáculo de los toros de la plaza de las Ventas, una de las plazas paradigmáticas, con permiso de la Maestranza, de nuestra llamada fiesta nacional, y el derby de Ascot.

Porque, desde una cierta perspectiva, cabría ver en el comportamiento de los espectadores a ambos acontecimientos que tienen lugar en torno a los animales, el reflejo de dos idiosincrasias.

Me podrían objetar que por qué no habría elegido como significantes otras manifestaciones de presunto salvajismo que acercasen más al pueblo británico y al hispano, como pudieran ser la caza del zorro a caballo y el lanzamiento de cabras desde las torres de las iglesias, pero he leído en alguna parte que ambos reflejos de la genuina cultura ancestral europea han sido abolidos. 

Me queda, pues, por la parte insular, la muestra de esa carrera de jinetes montados, con cuya ocasión las inglesas aprovechan para demostrar al mundo y a sí mismas lo que pueden llegar a ponerse en la cabeza, reuniéndose con sus maridos y amantes con la excusa familiar de lo mucho que quieren a los caballos. La imagen me atrae irresistiblemente, como reflejo de lo que interpreto genuino del carácter inglés: elegante, autista, concentrado en su singularidad, estrambótico pero sin perder el aire de "en mi casa hago lo que quiero" y jamás un criado llevará este cucurucho con idéntica elegancia, porque eso es cosa de los señores.

Enfrente tenemos al pueblo machote del botijo con vino peleón y casera, camisa desabotonada, pantalones apretados con cíngulos sobre las orondas tripas, oteando a bellas hembras de justillo apretado, abanico de flores  y sobaquillo algo mojado, mientras lanza gritos al unísono para jalear figuras que tienen en su mayoría uno o varios nombres, (aunque pocos las distinguen realmente). El espectáculo es sabido que lo que componen un hombre vestido como para interpretar ballet y un animal grande y noble al que se le va matando a trozos, y al que se juzga por su forma de morir.

Cómo decir ahora, a renglón seguido, después de estos afilados epítetos que me gusta el espectáculo de "nuestra" fiesta nacional y me dan vómitos las manifestaciones de horteridad de las damas y caballeros de la high británica.

No he ido más que a una sesión en vivo -justamente en la Maestranza, y para ver maltorear a un decadente Curro Romero-, pero me atiborré de ver corridas por la tele, y me ha de creer el lector que se distinguir suertes y faenas, y he pintado varios cuadros con escenas de tauromaquia, cuya fuerza plástica y sensualidad  me parecen  incuestionables.

Estoy a favor de la suspensión inmediata del espectáculo de la fiesta, en la que se provoca el sufrimiento innecesario de un animal de la escala superior, cuya sensibilidad está fuera de duda. No me vale la argumentación de que, si se hace bien esa "faena" (digno nombre), el animal apenas sufre, porque las varas y banderillas se pondrán en todo lo alto y la espada se introducirá hasta la bola rompiendo el corazón del astado, que tendrá una vida de gozo para quince minutos de sufrimiento y gloria.

Termino con unos retazos de unos versos que escribí, hace ya tiempo, y que están integrados en mi libro "No tenemos a nadie". Utilizando una licencia poética, se supone que los autores de la reflexión son los propios toros.

Todos puestos en pie
nos verán con ilusión (qué gozo)
la salida,
disfrutaremos
echando hacia atrás
el pelo de dehesa,
la cabeza muy alta,
hechas nudos muy prietos las nostalgias
del heno y la pajura, ahogaremos
con risas
las congojas, encogeremos
los ánimos
risueños,
mientras las capas nos templan,
serenan con maestría la embestida,
y nos tientan a gritos esos dioses,
que sacuden con picos,
que nos clavan
las espadas en los lomos;
quieren fiesta en nosotros,
quieren guerra. Por fin nos enteramos,
clarines y timbales,
que tenemos
a nuestra total disposición
antes de la muerte
los quince últimos minutos,
qué afición más culta,
sabios entendidos,
exigen colaboración con nuestra suerte
y no vamos a negarnos,
somos nobles
someros somos fieles,
apreciamos educados que se han puesto
para vernos morir sus mejores mantillas,
sus fajines, sus puros, sus galones:
nos contemplan. 

Así que cuando vengan
a hacernos la faena
todos al alimón, toros, cuatreros,
el torero mayor, huestes morenas,
banderas y pendones,
no dudarán de nuestra fuerza,
no habrá mofa, no hay ya ruedo
que valga,con nuestro miedo no
se divertirán,
no harán risas del ansia,
donde menos se esperen
un susto les daremos. 

Porque nosotros
vaya si nos divertiremos, les daremos amor
por los pitones
y si nos clavan rejón
para cortarnos la oreja en dos mitades,
van a saber por Dios,
la oreja es nuestra,nos la van a quitar
por los cojones
y si nos quieren matar, venga castigo,
muertes y rejones,
para hacernos la testuz de guata y de madera,
no se moverán -quietas las manos- nuestros ojos,
castigaremos su orgullo
sin piedad,
atentostodos
a los modos. 

Y si muertos,
les estaremos llenando eternamente
el vacío del salón atiborrado
de trofeos vanales,
cuernos, pieles, víctimas, raleas y animales:
con el ojo de cristal
con disimulo
les vamos a dar amor,
mucho amor. Al cambio, millones de problemas,
lo cual les dará mucho por el culo,
por contagio por pasmo por cansancio,
y se les pondrán las manos
las esquinas las palmas las pasiones
todas llenas de amor, noble amor,
santas mujeres, ínclitos varones.   

1 comentario

Luis -

Yo al espectáculo lo juzgo como una escena de epopeya contemporánea. Un bravo personaje enfrentándose heroicamente a un animal diez veces más pesado que él con una espada y un capote o una muleta como únicas armas.