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El blog de Angel Arias

Jugando en corto: De quién es el agua

No estoy haciendo con el titular de este Comentario una pregunta, porque, para mí al menos, no admite dudas. El agua es de todos, es un derecho de cada ser humano disponer de  agua suficiente para la vida, equiparable a disponer de aire, o alimentos para cubrir las necesidades energéticas, o disponer de un entorno seguro para poder desarrollar sus capacidades de ser feliz.

Claro que esta argumentación es utópica, porque la realidad nos muestra que no se cumplen estos supuestos para millones de personas. Conocemos algunas cifras, gracias a nuestro falso mundo global. Millón y medio de niños mueren cada año por enfermedades derivadas de consumo de agua no apta para la ingesta. Más de mil millones de seres humanos carecen de agua suficiente -y, obviamente, también de comida- para satisfacer lo que estiman serios estudios como "cantidades aconsejables mínimas". En el fondo de muchas guerras cruentas, con millones de muertos, de desplazados y de víctimas de odio y hambruna, está el agua. La falta de agua, la disputa por la propiedad del agua.

Pero en España tenemos un debate más fino, como corresponde a un país desarrollado. Nuestra guerra del agua enerva ánimos pero no ha matado a nadie, al menos que se sepa. Tiene varias vertientes, esta disputa hídrica, desde la cuestión del precio, pasando por la distribución de la existente, terminando en la autorización para reutilizar la sobrante o producir agua potable allí donde se pueda.

¿Cuánto cuesta el agua? ¿Uno, dos euros el metro cúbico?. No hay problema, podemos pagarlos, sería la respuesta más frecuente. Una factura mensual de 15 a 30 euros no nos hará prescindir de otras ventaja, y es muy agradable disponer de agua para ducharse, regar las plantas, poner la lavadora y el lavavajillas. Así piensa, o podría pensar si se lo planteara, el ciudadano que vive en una población cualquiera de nuestro país. Poblaciones que, como es bien sabido, se asentaron preferentemente a la orilla de los ríos. Y que, por el atractivo de conseguir empleo "más digno", fueron sustituyendo el campo por el asfalto, el cultivo propio por la frutería.

Esos precios para el agua tan asequibles, sin embargo, no pueden ser abonados por el sector agrícola, el gran demandante de agua. Aquí y en cualquier lugar del mundo. Los agricultores, desde inmemoriables tiempos, han venido utilizando las aguas sobrantes que, en abundancia, corrían por la España húmeda y podían derivarse sin problemas de las cercanías de los ríos de nuestra España seca. Algunos, incluso, como el Ebro, muy caudalosos. Y, en general, los que llevaban sus aguas a la vertiente mediterránea, con amplios deltas, periódicamente inundables, en los que se acumularon, durante siglos, depósitos muy fértiles.

En tiempos más modernos, al homo sapiens versión occidentalis ya no le interesaron tanto los ríos y empezó a sentirse atraído por el mar y la montaña, conquistando, gracias a la técnica, todo el espacio. Disponer de un chalet en primera línea de playa o de una casa "de campo" en una ladera boscosa a la que se pudiera llegar con un todo terreno, era -sigue siendo- el deseo de cualquier satisfecho militante en las clases altas (y medias) de nuestra sociedad.

Pero un desarrollo sin otros límites que la libertad de mercado, genera monstruos. No hace falta, por favor, acudir a los clásicos marxistas. Monstruos derivados que pueden atrapar a ciudades como Barcelona, cercada por el mar y los municipios limítrofes, deficitaria de agua. Monstruos originarios, como tantas poblaciones y barrios que se generaron, por la incuria de unos y la avidez de otros, allí donde no había garantía de servicios de agua, transporte y recogida de residuos.  Monstruos satisfechos, como algunas zonas de la España seca que confiaron en que nunca les faltaría el agua para hacer más ricos a los que habían descubierto que la alta producción agrícola es combinación de agua e insolación, y que la primera puede desplazarse.

 

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