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El blog de Angel Arias

Al socaire: De inmaculadas, célibes y vírgenes

Cuando miro el calendario y me encuentro con que ya llegó el ocho de diciembre, me acuerdo, por supuesto, de las Conchas, pero también de mi admirado Ignacio de la Concha, catedrático de Historia del Derecho desde que nació, hombre de principios éticos encomiables, y a quien –injusta, pero con certera puntería- sus alumnos más irreverentes apodaban como Don Coñazo de la Incha. Siempre tuve por autor del mote a Ramón Punset, hoy catedrático de Derecho Político, quien tenía una estupenda habilidad para encontrar heterónimos. 

Contaba don Ignacio que una vez fue invitado a dar una conferencia en Argentina, y el conferenciante se obstinaba en presentarle como Profesor Martínez (que era su segundo apellido). Así que creyendo que se le estaba confundiendo con otro interviniente, le interrumpió: "Perdón, pero yo soy el Sr. de la Concha". El azorado moderador le contestó: "Lo sé, Don Ignacio, pero es que en nuestro país, esa palabra no se debe pronunciar." A lo que el catedrático le replicó: "Mire, joven. La Concha de mi apellido no viene de donde Vd. se imagina, sino que es de las que se crían en la mar, y esa es la concha que tengo en mi escudo y llevo con orgullo". Como debía ser por los setenta y entonces la gente viajaba poco, parece que se armó una gorda.

Pues Concha es el signus identificatorio de una buena parte de las mujeres españolas. La razón debe buscarse en que la Inmaculada Concepción es la patrona de España, varios milagros por encima de la virgen del Pilar, aunque, en esta época de tanta confusión, muchos creen que estamos bajo la advocación de esta última, porque está más de moda. Y para extremar el error, otra mayoría piensa que hoy celebramos tal misteriosa concepción porque la Virgen María se quedó embarazada del Santo Espíritu, pero ese es otro cantar, que la Iglesia católica obliga a creer en otro momento como dogma de la perpetua virginidad.

En fin, por el dogma de la inmaculada concepción, lo que nuestra Maria más venerada no tiene es la mancha del pecado original, que, por contra, todos los demás seres humanos portamos como un estigma invisible cuando nuestras madres nos paren (lamento no poder recordar si, en puridad, lo que se nos enseñó era que el pecado se injertaba en nuestras almas en la concepción misma, o lo hacía en una fase más avanzada del blastocele).

Fue este un pecado que en mi niñez se me hacía duro echarme al coleto, aunque ya me hubieran aplicado la medicina. Ya adulto, en mi libre investigación sobre los orígenes de lo que creemos socialmente, me imaginé que ese pecado había servido para distinguir a la primera pareja -heterosexual, matizo- de homínidos que tuvo el convencimiento de que tenían que morir, pensamiento demoledor que, según la tradición bíblica, les acaeció cuando comían una manzana (fruto, por lo demás, que está presente en unos cuantos descubrimientos singulares de nuestra especie).

La verdad incontrovertible a que se refiere la fiesta de la Inmaculada, la consolidó Pío IX en su Bula Ineffabilis Deus, un documento literario de inspiración divina que animo a leer, pues, como cabría esperar, no tiene desperdicio. Perdóneme el lector la torpe erudición (lo que está muy en su derecho de no concederme), pero ya en el camino de evidenciar que estudié, y creo que lo tengo bien aprovechado, en un colegio marista, no me resisto a escribir que el dogma de la perpetua virginidad fue extraído del credo que compusieron los primeros Apóstoles, en donde se definía a María -en la versión griega, obviamente- como la 'Aeiparthenos', la “siempre-virgen”.

Como estudioso del hecho religioso, me apasiona saber que la diosa Isis en Egipto, la Astarté de los púnicos, o la Salambó de la vieja Siria, son otros tantos ejemplos de la invocación a la  fertilidad que se representan con un niño-dios en los brazos, y que, en el caso de la combinación Isis-Horus, fue al parecer venerada  en Europa hasta, por lo menos, el siglo VI, en dura pugna con la progresiva implantación cristiana. De ahí que algunos agnósticos identifiquen las imágenes de la Virgen María con el Niño Jesús con transmutaciones interesadas de los viejos iconos.

También resulta atractivo, para los que vayan teniendo tiempo,  profundizar en las raíces del fenómeno mariano, que está difundido, sobre todo, en Italia, Portugal y España, y que surge como consecuencia de que la Virgen María haya decidido aparecerse en diferentes lugares de estas tierras latinas, ataviada con diversos hábitos de marcado aspecto oriental y variados tipos faciales, surgiendo casi siempre detrás de un árbol o asentada sobre una roca. Para más precisión, las visiones sobrenaturales tuvieron lugar, sobre todo, en los siglos XVIII, XIX y principios del XX, época en la que se registró una tremenda actividad de la madre de Jesús, premiando así la fe o la desconfianza de gentes humildes y por lo general no muy letradas, y aprovechando la incursión terrestre para lanzar mensajes no siempre de fácil interpretación a niños, enclaustrados, futuros santos o -de todo hubo- hasta impostores.

Por fortuna, casi todas las representaciones de esas Vírgenes gozan de una fama incontrovertible, habiendo generado múltiples curaciones, protegido de tormentas y terremotos, en algún caso, otorgado premios de lotería o salvado de naufragios. Qué sería de nosotros, cabe decir ante toda la retahila de hechos inextricables, si no fuera por la fe, cómo podría la humanidad mover por si sola las montañas de la ignorancia y del dolor.

Termino este escrito de tanto trasfondo religioso para expresar, aunque solo venga a cuento cogido (quiero decir, agarrado) por los pelos, que soy partidario de suprimir el celibato de los sacerdotes católicos. Al menos para los que, teniendo clara su vocación de administrar la fe de los demás, reconozcan que no pueden resistirse ni con mortificación ni ayunos a los atractivos impulsos de la carne ajena. En este momento de la historia del ser humano en que tantos jóvenes no quieren ni casarse ni tener hijos, no podemos despilfarrar ningún deseo de descendencia. Y es que, además, nunca he visto la relación entre la inspiración eclesial, la propagación de las teorías de la fe y el mantenerse oficialmente al margen del coito ocasional.

4 comentarios

Administrador del blog -

Perdonadme, Rafa y Antonio, pero voy a dedicar este comentario a La Gata Insomne, a quien no conozco, y de la que solo sabia -ni mas ni menos- que publicaba desde Isla Margarita (Venezuela) una seleccion de poemas, dibujos y comentarios que me revelaban una sensibilidad poco común, y a la que animé a seguir así.

Ahora se que está en turno de operaciones oculares, que no puede leer mucho, pero que, a pesar de todo, ha visitado este Cuaderno y espera leerlo con calma cuando esté mejor.

Vuelvo a escribir lo que ella me mandó, con acentos, porque creo que debo ponerle los acentos gramaticales a lo que me escribió, para subrayar así el acento afectivo de quienes nos llegan al corazón.


Mejórate pronto, Gata Insomne, y continúa tejiendo en tus duermevelas, caminos a la imaginación.

La Gata Insomne -

(va sin acentos)

Hola
Gracias por tu visita y tu comentario.
He visitado mucho tu Blog, ahora estoy recien operada de un ojo y la semana entrante sera el turno del otro. No puedo leer mucho, cuando este mejor leere con calma.
Gracias

Rafa Ceballos -

¿Vas a presentarte a algún concurso sobre artículos humorísticos?. Seguro que también lo ganarías.
No conocía la anécdota de D. Ignacio que me parece muy divertida en todo su contexto.

Antoine -

Amén hermano!